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Putin vuelve a agitar su órgano nuclear y Occidente toma medidas: la verdadera dimensión de la amenaza

Por Ignacio Montes de Oca

 

Putin y sus funcionarios ya amenazaron al mundo con un holocausto nuclear más de 50 veces desde el inicio de la invasión a Ucrania. La “líneas rojas” que trazó, sin embargo, van siendo ignoradas. El motivo está en las cifras reales de su verdadero poder nuclear.



Desde antes del 24 de febrero de 2022 la propaganda rusa advierte que, si no se le permite a Putin invadir libremente a Ucrania u otros estados, posee un órgano atómico lo suficientemente poderoso como para desatar una guerra nuclear. Es la base de su extorsión estratégica. La historia de las “líneas rojas” es extensa. Putin comenzó con usar su arma atómica desde antes de invadir a Ucrania si Occidente asistía con armas a Kiev. Luego se desató y volvió con las amenazas si le enviaba a los ucranianos misiles anticarro y antitanque… si enviaba sistemas HIMARS, si le proveía de baterías Patriot, si despachaba tanques, si proveía de armas de largo alcance del tipo ATACMS o Storm Shadows, si lo tanques enviados a Ucrania usaban munición de uranio empobrecido, si el territorio ruso era atacado, si Occidente le entregaba los aviones F16 a Ucrania o si sus bases en el territorio ocupado de Crimea eran alcanzadas, por citar las más conocidas. Va una breve historia de las “líneas rojas” hecha en septiembre de 2023: https://twitter.com/nachomdeo/status/1702441577170239664



Ahora Putin volvió a agitar su órgano nuclear a la vista de Occidente como respuesta a la sugerencia del presidente Macrón de enviar un contingente de tropas a Ucrania para asistir a las fuerzas defensoras. El lápiz rojo de Putin ya está gastado y lleno de tierra. La base de esa amenaza es un hecho concreto: su arsenal cuenta con un total de 5.889 ojivas, un número mayor que las 5.244 de los EEUU, las 225 del Reino Unido y las 290 de Francia, contando los países occidentales que enfrenta. Aun así, sumando ojivas supera a Occidente.

Pero la cuestión comienza a desfavorecer a Rusia si se analizan correctamente esas cifras. Hay que empezar a distinguir entre número y disponibilidad para entender por qué Occidente ignora la amenaza rusa desde hace dos años y la debilidad que ocultan Putin y sus vladimiros. Para evaluar la potencia nuclear se deben contar las ojivas desplegadas, es decir cuál es el número que efectivamente puede usarse de inmediato más allá de la cifra total declarada de artefactos atómicos. En el caso de Rusia, en 2023 y según el SIPRI, era de 1.674. Luego está la cifra de ojivas almacenadas sin los dispositivos de detonación colocados. Este ítem es importante porque para usarlas se las debe transportar hasta el sistema de lanzamiento y armarlas para que realmente sirvan para su propósito. Rusia tiene otras 2.815 almacenadas. Hay un tercer número que es el de existencias totales y acá sí nos encontramos con las 5.889. Pero ese número incluye dispositivos obsoletos o que estaban a la espera de ser almacenados. Su capacidad de detonación es dudosa o son artefactos peligrosos de manipular.

Es decir que, si Putin se despertara mañana molesto o nervioso por algún motivo, en realidad dispone en realidad de 1.674 artefactos nucleares. Ahora es tiempo de comparar con lo que le espera del otro lado si tuviese la mala idea de tener un berrinche atómico. EEUU tiene una disponibilidad inmediata de 1.700 cabezas nucleares que, al igual que Rusia, se despliegan en misiles intercontinentales, de crucero y en forma de bombas y misiles que pueden ser lanzados por aviones, submarinos y buques de superficie. Es decir que EEUU supera por 26 ojivas a Rusia y esa diferencia se estira porque entre Francia y Gran Bretaña suman otras 400. Serían 1.674 contra 2.320 en contra de Putin. Comienza a entenderse porqué es crucial diferenciar entre arsenales totales y el que puede ser usado de inmediato



Esa diferencia se entiende mejor si se comprende que en un intercambio nuclear, los sitios de almacenamiento de armas nucleares y los silos de misiles, aeródromos militares y buques que los lanzan serían los primeros en ser alcanzados. Pásenme la goma para borrar líneas rojas. De todos modos, el número real de ojivas rusas disponibles puede ser mayor, dado que en febrero de 2023 Putin anunció la salida de Rusia de los acuerdos START que permiten monitorear el número y estado de los arsenales atómicos. Es muy posible que haya aprestado más armas. Pero ese incremento se compensa con un aumento similar en los arsenales atómicos de parte de occidente una vez que Rusia informó que sus inspectores ya no podrían viajar a revisarlos a causa de las sanciones. Gran Bretaña, por ejemplo, las viene aumentando desde 2021.

En esencia, la disparidad no se altera y la disuasión sigue intacta porque en caso de una guerra nuclear Putin recibirá hasta un 24% más de artefactos atómicos de los que podría lanzar contra sus adversarios. Esos son los números que cuentan más allá de las amenazas.

El otro aspecto es el mantenimiento. De acuerdo al SIPRI, en 2023 se gastaron U$S 82.900 millones en armas nucleares, un presupuesto que va desde la fabricación al mantenimiento de las armas en los arsenales. EEUU acapara la mitad de ese gasto con U$S 43.700 millones.

Rusia, por tener el mayor arsenal, debería al menos ocupar el segundo puesto. Pero no; su gasto anual es de U$S 9.600 millones y está por encima de China que, con “apenas” 410 ojivas, destinan U$S 11.700 millones. El Reino Unido gasta U$S 6.800 millones y Francia U$S 5.600 millones.



Si hacemos un promedio de gasto por ojivas totales, EEUU gasta 8,3 millones por ojiva, Rusia 1.6 millones, China 28,5 millones, el Reino Unido 30.2 y Francia 19,3 millones. Moscú tiene el arsenal más grande pero el menor gasto entre las 5 mayores potencias nucleares. No se trata solo de análisis contables. Luego de observar la debacle tecnológica rusa en Ucrania con torres saltando como pulgas, aviones que no son reconocidos por los propios artilleros rusos y derribados o los drones ucranianos que penetran las defensas de Putin, es un dato importante. Es imposible separar la realidad tecnológica rusa de su amenaza nuclear. Es el mismo país que intentó enviar a la luna el artefacto no tripulado Luna 25 el 11 de agosto de 2023, el que falló al estrellarse en la superficie del satélite antes de cumplir la etapa de centrifugado.


Rusia se jugaba su prestigio al intentar el regreso a la luna tras 47 años sin lanzar misiones de ese tipo. India, que se supone tiene menos experiencia y un arsenal de 164 ojivas con menor tecnología, llegó con su sonda Chandrayaan 3 a la luna el 23 de agosto siguiente.

Incluso China le sacó ventaja a Rusia al alunizar por primera vez en diciembre de 2013 y ahora se prepara para lanzar la misión Chang´e que viajará al lado oculto del satélite terrestre este año y otra misión tripulada en el año 2028. Putin mira la luna con melancolía. Mas allá de las bromas, la tecnología espacial está íntimamente relacionada con la capacidad de un país para colocar artefactos atómicos a grandes distancias mediante misiles intercontinentales. El fracaso de la misión Luna 25 es por lo tanto otro signo importante.

La otra señal vino el 22 de febrero de 2023. Ese día, Putin había organizado una prueba de su arma más promocionada, el Sarmat, como respuesta a la visita del presidente norteamericano Joe Biden a Kiev. El misil nunca logró salir de su lanzador. Se supone que el Sarmat es el más letal de los misiles intercontinentales rusos y que sus ojivas múltiples y señuelos son capaces de burlar la detección y las defensas occidentales. Pero si no despega, tiene la misma utilidad que un peine para un calvo. Seamos objetivos y señalemos que occidente también registró fallas como la caída al mar de un misil Trident II lanzado desde un submarino británico el pasado 23 de febrero. Pero Occidente dispone de más dinero para corregir errores y mayor ventaja tecnológica.

Todo gira en torno a la disuasión mutua y la doctrina de la destrucción mutua asegurada. Putin sabe que si lanza un ataque nuclear Europa sería destrozada, pero Rusia también dejaría de existir. Europa y EEUU también saben que Putin lo sabe. Putin sabe además que descabezado el Kremlin ya no hay autoridad y que del otro lado hay 33 gobiernos y un territorio clave mucho más extenso que el suyo. Casi todo el poderío militar e industrial ruso y su demografía se acumulan al oeste de los Urales y esa es una debilidad.

No es un detalle menor porque el imperio ruso se maneja desde Moscú y bastaría descabezar el poder central para que su periferia quede a la deriva. Las autocracias son agiles para decidir, pero el poder concentrado también tiene desventajas cuando llega la hora de las armas. Es aquí en donde la precisión y la carrera tecnológica cobran más sentido. La ventaja de un golpe decisivo sería crucial en una primera etapa de una confrontación. Por eso al número real de armas disponibles se les debe sumar la efectividad en un ataque.

Sigamos sumando factores. En su campaña por sembrar el terror en las ciudades ucranianas, Putin lanzó hasta diciembre de 2023 al menos 444 KH555, 900 Iskander, 500 Kalibr, 50 Kinzhal y al menos 4 Zircon. Son todos modelos con capacidad de llevar armas nucleares. Putin no solo gastó el grueso de su arsenal en una campaña fallida para doblegar a Ucrania, sino que además le proporcionó a Occidente datos cruciales sobre sus armas y evidencia de un problema severo de puntería e incluso de fallas recurrentes en los lanzamientos. De nuevo surge la cuestión tecnológica, porque incluso los modelos hipersónicos rusos que fueron promocionados como invulnerables demostraron que pueden ser interceptados incluso con misiles Patriot con tecnología desarrollada en la década de 1970. O que no eran siquiera hipersónicos.



Hay que resaltar que las tres baterías de Patriot entregadas a Ucrania son una fracción de los sistemas disponibles en los países de la OTAN. Polonia adquirió 48 lanzadores y 644 misiles, es solo una fracción del poder antiaéreo que está desplegando la OTAN. Putin gastó una parte importante de sus vectores en zonas civiles ucranianas y a la fuerza esa capacidad fue restada a su potencia de ataque nuclear. Con las sanciones, su capacidad de reposición es más baja que antes de la guerra. Otro dato que Occidente conoce.

Rusia despliega unos 800 misiles en silos y lanzadores terrestres, 560 en submarinos y el resto en bombarderos estratégicos preparados para lanzar misiles o bombas con ojivas nucleares, los mismos que hoy se desgastan atacando objetivos en Ucrania. Por eso es importante resaltar el cambio estratégico que implicó la entrada de Finlandia a la OTAN. La base mayor base de lanzamiento rusa de ICBM en Viborg, en la península de Kola y a solo 30 millas de la frontera que es ahora con la alianza occidental, quedó más expuesta. La otra base de lanzamiento en el enclave de Kaliningrado quedó rodeada y expuesta al asedio por tierra y por mar. Sus lanzamientos están bajo vigilancia cercana y bajo riesgo de ser interceptados en su fase de lanzamiento, las más vulnerable que afronta un misil balístico. Lo mismo sucede con las bases navales rusas de Múrmansk y Arkangel en la península de Kola, desde donde operan los submarinos armados con misiles nucleares intercontinentales de Putin. En otras palabras, entre la disponibilidad de armas y vectores, y la asimetría en ojivas listas para usar junto con la fiabilidad tecnológica, la amenaza nuclear de Putin se vuelve relativa y esto explica porque Occidente tiene pintura roja en sus suelas.

No obstante, el club de la lencería rusa sigue lanzando amenazas de holocaustos para pedir que Putin quede impune bajo el riesgo de una escalada total. Pero esa campaña se basa en la ignorancia y la proverbial capacidad del Kremlin para ejercer con eficacia un rol psicopático. Hay que admitir que lo que le falta a Rusia de tecnología lo suple con un desarrollo de su propaganda capaz de convencer al mundo que el tamaño es lo importante y no la eficacia, para llegar a un público que por temor o identidad de tamaños se acopla a sus mensajes. Es así como lograron imponer en muchos sectores el temor a una escalada y el riesgo de un conflicto atómico en el que Rusia tendría las de ganar. Otra vez, la idea de un triunfo inevitable de Putin logra imponerse aun cuando toda la evidencia indica lo contrario.



Hay un aspecto final que en realidad es un matiz dentro de la amenaza de Putin y es la posibilidad de usar un arma táctica en Ucrania, es decir, un artefacto nuclear de menor potencia a unos 20 kilotones. Es importante analizar qué sucedería en ese escenario. Primero aclaremos que en un frente de 1.000 km como el de Ucrania el uso de un arma de esa potencia solo destruiría directamente a una superficie de 11.5 km2, el tamaño de la ciudad de Avdiivka. Su capacidad para cambiar el curso militar es escasa tirando a casi nada. Sin dudas un hongo atómico tendría un efecto político y visual enorme, pero si se quisiera usar como advertencia previa al uso de armas nucleares a gran escala, volveríamos al escenario anterior de las realidades concretas de los artefactos listos para su uso. Lo que sí podría provocar es la aplicación de los artículos 4° y 5° de la OTAN. El primero prevé tomar medidas cuando “la seguridad de cualquiera de las Partes sea amenazada” y acelerar, por ejemplo, un despliegue preventivo de fuerzas en Ucrania. No es una especulación menor porque la OTAN ya blanqueó su preparación para una futura guerra con Rusia y la perspectiva de una agresión nuclear podría arrasar con lo que queda de las reticencias para frenar a Putin en territorio ucraniano.

La opción de una rendición por temor a una agresión nuclear rusa no parece tener perspectiva de funcionar, como no lo hizo hasta el presente. Una detonación atómica solo corroboraría que el riesgo es real y que los preparativos militares deben acelerarse.

Además, los efectos de la radiación podrían afectar al territorio de los miembros de la OTAN y con ello gatillar el Artículo 5° si la alianza considera que los efectos del ataque afectan a uno de sus miembros. Chernóbil pasó porque fue imprudencia, esta vez no habría excusas. Este es el peor escenario porque Putin afrontará una respuesta convencional asegurada en donde quedaría en desventaja por sus pérdidas acumuladas, y otro de riesgo de escalada nuclear en el que neutralizar un ataque mayor podría ser un imperativo estratégico para occidente.

Finalmente hay que sopesar los objetivos políticos de Putin. Su ambición es anexarse cuanta tierra ajena sea posible para recuperar el sueño imperial ruso. En una guerra nuclear no habría posteridad rusa porque no quedarían muchos rusos para reconocerle como el nuevo Zar.

EEUU y Europa se toman en serio la amenaza nuclear rusa y, de hecho, en febrero de 2022 Washington ordenó prepararse para un intercambio nuclear y los países más cercanos a Rusia tomaron idénticas precauciones. Pero eso no implicó rendirse ante la extorsión. Putin siempre pudo lanzar un ataque nuclear total o parcial contra Occidente o restringido a Ucrania. Amenazó decenas de veces y ya perdió credibilidad estratégica. No lo hizo pese a que fue desafiado y humillado más de 50 veces. Ese es un hecho final e irrefutable.



PS: ya sabemos los motivos de la bravuconada atómica basados en datos, no en consignas ni elucubraciones diseñadas para ejecutar una maniobra de gaslighting a escala planetaria. Luego de descubrir el verdadero poder del órgano atómico de Putin, solo resta perderle el temor.

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