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Un cañón que hizo historia

Por Luis Briatore*


Con la aparición del misil, muchos fabricantes subestimaron la efectividad del cañón en un poderoso avión de combate, decisión que tuvieron que rever ante la inexistente infalibilidad al momento de hacer efectivo el derribo con este nuevo armamento, un ejemplo de ello fue el F-4 Phantom.



Pasan más de cinco décadas y la historia se vuelve a repetir. En algunos aviones de combate, se está prescindiendo de esta potente arma, aunque en la mayoría de los distintos modelos lo siguen equipando.

El cañón en combate aéreo es empleado una vez que estamos muy cerca del avión enemigo, esto sucede cuando salimos de la envolvente del tiro del misil, a unos 500 metros de distancia o en un furioso cruce convergente de casi impacto, situación a la que llamamos, en el léxico cazador, tiro a la pasada o snap shot.

Distinto es lo que sucede al batir objetivos terrestres, donde el cañón tiene un uso muy limitado, excepto en el A-10 Thunderbolt, el caza tanques, especialmente blindado para este tipo de ataque, que es un avión hecho alrededor del poderoso cañón rotativo GAU 8. El resto de los aviones de combate, debido al alto riesgo que representa la elevada efectividad de los distintos sistemas antiaéreos, compuestos por misiles tierra aire, cañones de distinto calibre con director de tiro y los misiles de defensa antiaérea portátil de corto alcance, no se considera este tipo de ataque como efectivo y a la vez, redituable.

Empeñarse en ataques con cañón y poner en peligro al binomio avión-piloto, para batir objetivos con poco peso táctico o estratégico, no es conveniente.

Este arraigado concepto no es algo nuevo, ya que en el conflicto por nuestras Islas Malvinas estaba instalado y asumido. Era impensado, por no decir suicida, considerar esa posibilidad para atacar una poderosa fragata misilística.



“La necesidad tiene cara de hereje”

Argentina es un hermoso país, con gente sensacional y profesionales que se destacan en todos los ámbitos. Es una nación que hace culto a la amistad de una manera muy especial. También, en nuestro territorio disponemos de una cantidad impresionante de recursos naturales y humanos, pero tenemos un grave problema, nos aqueja una enfermedad endémica fronteras adentro, que nos impide avanzar y explotar un ilimitado potencial.

Todo nos cuesta, y como sucede en otras aéreas, y la defensa del espacio aéreo soberano no escapa a la excepción, siempre faltan los necesarios recursos. No contamos con las herramientas adecuadas para cumplir la misión impuesta.

Acostumbrados a este estado de situación, puertas adentro, nunca bajamos los brazos, como decimos los argentinos, le buscamos la vuelta, lejos de rendimos ante la adversidad, “lo atamos con alambre”, y de alguna manera cumplimos el objetivo, aplicando una mezcla de valor y creatividad.

También, tratando de dar factibilidad a lo que necesitamos, hacemos culto a otra conocida frase que proviene de la antigua Roma: “necessitas caret lege” cuya traducción corresponde a “la necesidad carece de ley”, que, con el tiempo, y por resonancia entre “caret” y cara y “lege” y hereje, se formó la frase que conocemos actualmente: “La necesidad tiene cara de hereje”.



Llega la guerra

Abandonando el plano etimológico de una o varias frases relacionadas con la idiosincrasia argentina, en la guerra nuestros pilotos de combate, al despertar el 2 de abril de 1982, se vieron con una cruda y triste realidad. Se enteraron que se enfrentarían a un enemigo que era por aquellos tiempos la tercera flota del planeta.

Pasaban los días y comenzó el lógico análisis de la Fuerza Aérea Argentina: ¿Que tengo, y cómo utilizo lo que tengo para enfrentar a los ingleses?

Disponíamos de aviones con una aviónica antigua, el armamento no era el adecuado para el ataque a objetivos navales altamente defendidos, no contábamos con sistemas de autodefensa alguno o de alerta temprana, y si bien el adiestramiento era la principal fortaleza, el entrenamiento de tripulaciones nunca había estado direccionado hacia una guerra contra una flota, y menos de esta envergadura.

Ante un panorama tan sombrío, lo primero que se hizo fue buscar información dentro y fuera de las fronteras. De manera unánime, la voz de la sabiduría no se hizo esperar, y decía: “Los pilotos de combate no tienen chances, ni siquiera de acercarse a una fragata misilística inglesa, considerada en aquellos tiempos como invencible”. La fuente más confiable provenía de la propia tropa, la Armada Argentina, que disponía del mismo tipo de destructores, los Tipo 42, los gemelos ARA Hércules y la ARA Santísima Trinidad.

Cuando se solicitó armamento acorde para el ataque de superestructuras navales fuertemente defendidas, también la respuesta puertas adentro fue contundente: “no hay nada para dar”.



“Juráis a la Patria, seguir constantemente su bandera y defenderla hasta perder la Vida”

La guerra asomaba sus narices en las gélidas aguas del Atlántico Sur, y la gloriosa Fuerza Aérea Argentina, con lo que tenía, que distaba muchísimo de lo necesario, sabiendo el alto costo en vidas que se produciría ante semejante contienda, “puso toda la carne en el asador”. Otra sabia frase, tan argentina, que se cumplió a rajatabla en todas las especialidades participantes en el conflicto que integran a esta gran institución.

La fuerza más joven y la más reducida en cantidad de efectivos, ofreció para hacer batalla a sus mejores hombres y mujeres, los más profesionales y preparados que tenía.

Formados en valores, desde aquel primer memorable día de ingreso a los distintos institutos de educación militar, nos criamos en un ambiente en el que prevalecían la enseñanza de valores morales, éticos y militares relacionados al ámbito específico, los que forman parte del juramento sagrado, hecho por todos con solemnidad un memorable 20 de junio, “Día de la Bandera”. Preparación integral del hombre alado, que le permitió enfrentar la contienda con un importante bagaje moral y espiritual.

Iniciados los ataques de la flota invasora, y sin dudarlo, nació la reacción lógica de un guerrero, la de sacar pecho y decir “presente”, ante el llamado de la Patria.

Con un potro salvaje corriendo a máxima velocidad, boleadora girando y chiflando sobre la cabeza, lista para ser empleada contra el invasor, facón entre los dientes y con un potente grito de “Viva la Patria”, así salieron nuestros hombres al campo de batalla, un frío 1° de mayo de 1982.



Dilema al atacar superfortalezas flotantes

Previo al primer ataque a la flota, los pilotos de combate sabían que contaban con pocas posibilidades de pegar con éxito y escapar. Dentro de las opciones barajadas, estaban enfrentadas la eficacia en el ataque versus la supervivencia de las tripulaciones.

Si el cazabombardero atacaba en vuelo bajo a 300 pies, altura necesaria para que la bomba estuviera en el aire 3 segundos, tiempo suficiente para que la espoleta se arme (dispositivo pirotécnico que habilita la explosión de la bomba), seguramente pegarían en el blanco y se produciría la detonación de manera exitosa, pero con anterioridad, seguramente serían derribados por subir demasiado, facilitando la puntería y efectividad del armamento antiaéreo embarcado.

Si atacaban a muy baja altura, incrementaban las posibilidades de seguir viviendo, pero chocaban con un problema, la espoleta no se armaba, y las bombas atravesarían la estructura del buque sin explotar o quedarían incrustadas en el interior del buque, jugando el factor suerte en la posible detonación del explosivo contenido por las carcasas de acero de la bomba.



El fiel y potente cañón aéreo malvinero

Si bien las posibilidades de explosión de las bombas no eran seguras, todos los aviones de combate contaban con una precisa y devastadora arma, tal vez, no tenida en cuenta por el enemigo, ya que nunca se imaginaron que un proyectil disparado a pocos metros del buque pudiera perforar el casco de una superestructura causándole importantes daños, cascarón blindado, considerado hasta ese momento de intocable.

Camuflado dentro del fuselaje, ahí estaba, sin que muchos los tuvieran en cuenta, ya que el cañón no fue concebido para atacar buques de guerra, por el contrario, era un armamento previsto para ser utilizado contra objetivos no defendidos.

Tirar con cañones en vuelo bajo y sin ángulo de picada era algo impensado, pero como las huestes gauchas rompieron todos los moldes de la guerra moderna, lo hicieron a su manera, buscando parte del talón de Aquiles de la flota británica, con coraje y a fuerza de sangre derramada.

Esta ingeniosa opción no fue la excepción, transformándose en un medio eficaz para causar más daño del previsto.

El piloto argentino, luego de llegar como podía al objetivo, rozando las olas, escurriéndose por debajo de las PACs de Harriers, escuchando en frecuencia y viendo a su alrededor derribos de queridos camaradas, recibiendo fuego enemigo desde los 360°, aun así, en la adversidad, fueron capaces de mantener la vista concentrada en la visión de mira para batir al objetivo.

Segundos antes del ataque, una cortina de agua se levantaba delante de la nariz del caza, dificultando la visión por el parabrisas, efecto causado por los piques de la metralla enemiga sobre el mar, mientras la defensa del buque, con desesperación, trataba en vano de evitar el punzante e inevitable ataque.



Una mano que conducía a la gloria

En esos momentos decisivos, donde estos valientes se codeaban con la muerte, la empuñadura que los llevaba a la gloria era tomada con fuerza por la mano derecha. A puro músculo y coraje, estos patriotas maniobraban la máquina con maestría. Esquivaban misiles, lo hacían manteniendo el fuselaje pegado al agua y virando de un lado hacia el otro, aplicando “G”. Eran instantes de tremenda tensión donde solo dos dedos permanecían en alerta, listos para actuar.

El primero en participar sería el largo índice, el que con el buque al frente presionaría la cola del disparador con fuerza en un vuelo súper bajo, marcando un sendero de dos líneas de color blanco sobre las frías aguas, camino que conducían directo al inmenso blanco flotante. Todo comenzaba a suceder a unos 500 metros del objetivo acorazado.

La totalidad de la munición era descargada sobre una mole gris. Se trataba de munición explosiva incendiaria, que perforaba como un láser la dura chapa, haciendo estragos con múltiples detonaciones que alcanzaban el interior de la cubierta del buque de guerra, instante en que los marineros rezaban por seguir con vida.

Milésimas de segundo más tarde, incrementando la altura imperceptiblemente, entraría en juego el dedo más corto, el vigoroso pulgar, que, con un solo impulso, sería el encargado de lanzar los zepelines llenos de explosivo en salva, que sentenciarían un posible hundimiento.



Una película de terror

Sintiendo en el cuerpo la pérdida de 1000 kg de explosivo de manera repentina, este impulso, acompañado a una rápida presión de palanca atrás y un viraje a 90°, permitía evitar el impacto contra las filosas antenas de la fragata, iniciando el arriesgado escape, en un momento de incertidumbre total.

De cola al blanco, y siguiendo la línea del horizonte, el bólido protegido por un manto celeste y blanco, era seguido por las armas de una multitud de buques que apuntaban y le tiraban con lo que tenían, pero no todo terminaba allí.

Los que lograban superar este obstáculo, debían esquivar a las PACs de Harriers, las que se interponían justo en el camino del obligado retorno al continente, los que sabían dónde esperarlos para intentar derribarlos, ante el escaso combustible remanente.

Héroes con mayúsculas, los que como en ninguna otra guerra moderna, hicieron uso del poderoso cañón por extrema necesidad, marcando un hito histórico para la utilización de este tipo de armamento contra blancos altamente defendidos.

Con las panzas limpias, los cargadores vacíos y el deber cumplido, estos patriotas eran recibidos por infinidad de forjados mecánicos, que además de vitorearlos luego de cada hazaña, de inmediato y sin perder tiempo, debían artillar y preparar las máquinas para una nueva y heroica salida.


Viva la Patria



* Luis Alberto Briatore nació en la ciudad de San Fernando (Buenos Aires) en el año 1960.

Egresó como Alférez y Aviador militar de la Escuela de Aviación de la Fuerza Aérea Argentina en 1981 (Promoción XLVII) y como Piloto de Combate de la Escuela de Caza en 1982. Fue Instructor de vuelo en la Escuela de Caza y en aviones Mirage y T-33 Silver Star (Bolivia).

A lo largo de su carrera en la Fuerza Aérea Argentina tripuló entrenadores Mentor B45 y MS-760 Paris, aviones de combate F-86F Sabre, Mirage IIIC, IIIEA y 5A Mara ocupando distintos cargos operativos, tales como Jefe de Escuadrón Instrucción X (Mirage 5 Mara/Mirage biplazas) en la VI Brigada Aérea y Jefe del Grupo 3 de Ataque en la III Brigada Aérea.

En el extranjero voló Mirage IIIEE como Jefe de Escuadrilla e Instructor en el Ala 111 del Ejército del Aire (Valencia, España) y T-33 Silver Star como Instructor de Vuelo en el Grupo Aéreo de Caza 32 y Asesor Académico en el Colegio Militar de Aviación en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).

Su experiencia de vuelo incluye 3.300 horas de vuelo en reactores y 200 horas en aviones convencionales.

Es también Licenciado en Sistemas Aéreos y Aeroespaciales del Instituto Universitario Aeronáutico (Córdoba, Argentina) y Master en Dirección de Empresas de la Universidad del Salvador.

Tras su pase a retiro en el año 2014, se dedicó a la Instrucción en aviones convencionales PA-11 Cub y PA-12 Super Cub en el Aeroclub Tandil (Buenos Aires) y el Aeroclub Isla de Ibicuy (Entre Ríos) y en el año 2018 se empleó como Piloto de LJ-60 XR – operando desde Aeroparque Jorge Newbery.

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