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A solas con Arturo Pérez-Reverte: El escritor de batallas

Pucará Defensa pudo hablar en exclusiva con el escritor español más leído de las últimas décadas. Además de hablar de Revolución, su última novela, conversamos sobre cómo ha llevado a sus libros los más de 20 años de experiencias como corresponsal de guerra.


Por Santiago Rivas


Aunque sus libros son casi todos de ficción, Arturo Pérez Reverte siempre escribe sobre combatientes (sean estos civiles o militares) y sus textos son una expresión de cómo él vio la guerra durante los 21 años en que fue corresponsal de guerra, entre 1973 y 1994. Durante ellos, conoció como pocos América Latina (además de casi todos los demás lugares del mundo en donde la paz era poco más que un deseo), pero recién ahora hizo una novela cuya trama ocurre casi toda en la región.

En estos días visitó nuevamente la Argentina para presentar Revolución, una mirada de la revolución mexicana desde los ojos curiosos de un ingeniero de minas español, pero, más allá de hablar de una novela que vale la pena ser leída, quisimos ahondar un poco en cómo su experiencia como corresponsal de guerra fue la semilla para la creación de sus personajes y sus historias.



Necesitaba una revolución, una cualquiera, cualquiera de ellas me hubiera valido” empieza contando Arturo cuando le pregunto por qué Mexico, para agrega que “México, por razones variadas, me iba muy bien. Una revolución en un momento en que todavía había cierta inocencia revolucionaria. La mexicana fue especialmente interesante, había personajes como Pancho Villa y Zapata que eran muy buenos para tenerlos como telón de fondo. Yo también tenía un conocimiento muy bueno de México, tenía una buena bibliografía sobre la revolución mexicana en casa y una historia familiar, que es que mi abuelo paterno era ingeniero de minas y uno de sus mejores amigos fue a México como ingeniero de minas, a las minas de plata del norte y le mandaba cartas diciendo cosas como ‘aquí ha habido una revolución, que Pancho Villa’. Todo eso en mi casa estaba ahí, se hablaba del amigo de mi bisabuelo, yo crecí de pequeño acostumbrado a Pancho Villa. Entonces, todo eso se concitó para que, a la hora de montar la historia, yo necesitaba un escenario de violencia para que mi personaje Martín Garret haga una especie de máster de vida a través de la violencia, entonces elegí esta, pero podría haber elegido cualquier otra o una guerra actual”.


“Cuanto aprendí de interesante sobre el ser humano, fue en la guerra”

Pero, además, cuando uno lee el libro encuentra que su personaje principal, Martín Garrett, cuya curiosidad por lo que sucede en México le hace acercarse hasta terminar siendo parte de la revolución sin quererlo, tiene una reminiscencia del corresponsal que, mientras todos escapan del peligro, siente un deseo por ver qué pasa y termina siendo parte de la historia, como lo fue él durante sus años de corresponsal. “Es que de ahí proviene, mis novelas no son autobiograficas, yo no estoy en mis novelas, excepto en ‘El pintor de batallas’ y ‘Territorio Comanche’, que son mis novelas autobiográficas, el resto no lo son. Utilizo elementos de mi propia vida para darle vida a mis personajes. En este caso yo tenía una cosa que era personal, cuanto aprendí de interesante sobre el ser humano, fue en la guerra. Mis años de guerras fueron una especie de máster intenso de la condición humana, en lo bueno y en lo malo. Entonces, esa especie de aprendizaje a través de la violencia, me pareció que era un buen elemento narrativo. Le pasé a Martín Garret mi propia experiencia, la mirada, Martín Garret no soy yo, evidentemente, pero mira el mundo como lo miro yo y su aprendizaje es el mío”, explica Arturo y esa experiencia en los conflictos reales se ve con fuerza en éste y sus otros libros, donde los personajes son crudos y reales, con sus grandezas, su sabiduría aprendida a la fuerza y sus miserias. Aunque reconoce que toma mucho de los personajes que conoció a lo largo de sus años como reportero, acota que nunca los ha empleado puros, “siempre híbridos, mezclados con imaginación y con literatura, pero sí, de muchos de ellos, y he conocido gente muy interesante, tanto buena como mala, y eso me ha dejado recuerdos, ideas, voces, actitudes, físicos, que utilizo en las novelas. Martín Garret no existe, Genovevo Garza, el mayor amigo de él, me gusta mucho ese personaje, no existió nunca como tal, pero es verdad que he tenido amigos que tenían algunas características de Genovevo Garza, he conocido mujeres que no eran Maclovia Ángeles, pero que podían asimilarse a ella, o mujeres periodistas como Diana Palmer. Hay un guiño a mi juventud lectora de cómics, a los cómics de El Hombre Enmascarado, pues la novia se llamaba Diana Palmer”.


“La enemistad une tanto como la amistad”

En el libro, el personaje de Genovevo Garza no solo es tal vez el más querible, sino que es una excelente encarnación del mexicano del interior profundo, con su sabiduría ganada en una vida dura llena de privaciones, donde una de ellas fue la educación formal, pero que comprende de qué va la revolución. “Yo a México lo conozco muy bien, de América Latina conozco casi todos los países, pero los dos que mejor conozco son México y Argentina, y de México tengo un conocimiento muy estrecho, muy íntimo, me era fácil crear un personaje mexicano que tuviera esas características. Yo estoy muy orgulloso de ese personaje, y el lector lo adopta como propio, ha habido lectores que han dicho que lloraron con la muerte de Genovevo Garza.

Pero fíjate que, hasta los malvados, o los del otro lado, tienen su punto. Yo nunca coloco en mis novelas malos o buenos, siempre está mezclado todo. Por ejemplo, el enemigo de Garrett, que es el capitán Córdova, pues fíjate que hay una relación casi de amistad en la enemistad. Incluso Sarmiento, que es el indio que odia a éste y que muere de una manera absolutamente indigna. De hecho, cualquiera que lea mis novelas verá que todos mis malos son así, en Alatriste, el enemigo de Alatriste, que el Malatesta, lo mismo.

En mi literatura nunca hay líneas que separan el bien y el mal, porque el bien y el mal, lo sé por experiencia, está muy mezclado. Uno puede ser héroe por la mañana y villano por la tarde o al revés. Incluso entre viejos enemigos, se da una complicidad, la enemistad une tanto como la amistad. Eso lo aprendí en Los Tres Mosqueteros, donde el enemigo de D’Artagnan es Rochefort, se odian, pero 20 años después, cuando se encuentran y se hablan, dicen ‘éramos malos como no hay ahora, ahora, son todos unas mierdas, no hay gente como nosotros’, esa especie de complicidad en la enemistad me interesa mucho”.

Esto último nos llevó a hablar del respeto que existe entre los veteranos de Malvinas de ambos bandos, que muchas veces fue superior al que obtuvieron de sus propios compatriotas. “Paradójicamente, los ingleses respetan más a los argentinos que combatieron, que los propios argentinos, es una aberración histórica, tristísima” apuntó, entrando en un tema sobre el que volveríamos más adelante en la entrevista, pero antes ahondamos en esta idea de que en la guerra no hay hombres buenos y malos, como ha mostrado el cine, “en la guerra aprendí que no. Yo he visto en la guerra a la misma gente hacer cosas heroicas y cosas infames en el mismo día, y eso es una lección de humildad. No somos nadie para juzgar, para trazar líneas, es la vida la que las traza, no nosotros. Me dicen ‘pues Reverte, defínase usted, es de derechas o izquierdas’, digo, pues, ‘depende’, si me preguntas por el aborto, soy de izquierda, estoy a favor del aborto. Si me preguntan por la propiedad privada, soy de derecha, estoy a favor de la propiedad privada. Y se quedan desconcertados, es que es verdad, es que no hay una línea que separe las cosas. Por eso en mi Twitter pongo, ‘no tengo ideología, tengo biblioteca’”.



- Uno aprende que no hay buenos o malos…

- Incluso los malos y los malos de verdad, un malo de verdad puede tener ángulos muy interesantes. Primero, educativos, porque el mal enseña tanto como el bien, incluso más. Yo he aprendido mucho de los malos, de asesinos, de torturadores, he aprendido mucho de ellos. El problema ahora está en que se pretende, cuando algo se considera malo, según el que lo considere malo, silenciarlo. Y no, al contrario, hay que sentarlo, que hable, ‘a ver, don Adolfo Hitler, usted, ¿por qué mató a seis millones de judíos? Cuéntemelo’, después lo matan si quieren. ‘A ver usted, de la ESMA, siéntese. ¿Qué sentía usted cuando a una chica, una montonera, la torturaba?’ Después lo pones en la cárcel o lo que sea, pero escuchas, porque es muy interesante saber por qué son las cosas y así puedes prevenir, comprender. Pero no, ahora queremos que se calle, como es un asesino que no hable, como no me gusta políticamente, que lo silencien. Woody Allen, como es un acosador, que sus películas no se vean, eso es ridículo y vamos hacia eso.

Aparte hay otra cosa, yo desafío a cualquier persona contraria a la tortura, a la violencia, a que le cojan a su hija y se la maten o se la violen o la torturen, a ver cómo reacciona él. Hay que entender que todos los seres humanos tienen motivos para hacer lo que hacen, bueno o malo. No se trata de aplaudirlo, únicamente de entender cómo funciona el mundo, las reglas crueles, duras, implacables, viejas, que tiene la vida. Y las redes sociales pasa eso, ‘cancelémoslo’, pero si no sabes lo que dice, te estás guiando por un titular que han manipulado, lo que te han dicho que otro dice que han dicho, a eso me refiero.


- Un tema interesante en Revolución es como muestras a México, donde se ve claro esto de que el mismo que puede mandar a fusilar a la vez puede ser un héroe.

- México es así, México es como la vida, México es un país muy vivo. Es un país que me gusta mucho, donde la realidad humana se manifiesta con mucha evidencia, en lo malo y en lo bueno sí.


- En el México violento que existe hoy parece que esa revolución nunca terminó…

- No, nunca fue una revolución, un país donde termina habiendo un Partido Revolucionario Institucional, esa contradicción, parece argentino. Nunca hubo una revolución, fueron los de siempre, se fueron los españoles, se quedó la oligarquía criolla. Se mataron los mismos de siempre, como en Argentina.


- Es un poco la realidad latinoamericana en general.

- Dicen, ‘no, es que España… España se fue hace 200 años, ahora sois vosotros. Si, además, siguen mandando los mismos, si la revolución contra España no la hizo el pueblo, la hicieron las clases criollas opulentas americanas que querían no pagar impuestos en España. Esa fue la revolución contra España, pero han seguido mandando, volveos contra ellos, pero no contra el español, que se fue hace 200 años.


- También está la búsqueda de echar culpas por los males de la región.

- Es que eso pasa cuando la inteligencia deja de ser el factor fundamental, la estupidez fácil se hace dueña del asunto, entonces, es más fácil decir ‘esto es bueno y esto malo’, que analizar. La gente ya no quiere analizar, quiere cosas empaquetadas. Además, ya no se trata de razón, se trata de sentir, tú eres bueno porque sientes, no porque razonas. ‘Yo siento que a las focas hay que salvarlas’, convertimos sentimientos individuales en morales universales y eso es un disparate.


- En América Latina se ve, pero pasa en todo occidente.

- En todo occidente, no solamente aquí, lo que hay son lugares donde se ha degradado más.


- ¿Cómo has visto la evolución de México? Esta violencia que ha tenido México en su historia.

- Es que hay muchos Méxicos, hay un México pudiente, una clase alta que vive en su mundo, aislada del resto, que gana mucho dinero y vive de una forma extraordinariamente bien. Está una masa popular que vive muy mal. Está el narco que lo ha envenenado todo, pero al mismo tiempo porque ha dado una forma de vida. Evidentemente, si yo no puedo comer y el narco me da dinero, pues ‘viva el narco’ y si en mi tienda de televisores el narco que hace dinero me compra televisores, yo apoyo al narco, y si yo compro y vendo autos y el narco me compra el coche, pues yo amo al narco. Entonces, el narco va creando una especie de entorno social, que no son narcotraficantes, pero que se benefician del narco, eso es lo que pasa en Sicilia con la mafia y eso es imparable.

Al final eso pudre la vida y pudre a todo mundo y eso en México es lo que ha pasado, México es un país desgraciadamente muy podrido y sobre todo por la presión de Estados Unidos, que han jodido cuanto han podido. Aquí os habéis jodido solos. Aquí no son los Estados Unidos, aquí son vosotros solitos.



- PD: ¿Nunca pensaste en escribir una novela sobre Argentina?

- En una novela mía, ‘El tango de la guardia vieja’, aparece el barrio de Barracas. Pero no porque no soy argentino. Hay una novela que siempre le digo a Jorge Fernández Díaz, ‘Jorge, tú eres el único tío que puede hacer esa novela y es la gran novela de la Guerra de Malvinas, la gran novela, la que hizo Mailer con ‘Los desnudos y los muertos’ o la que hice yo con ‘Línea de Fuego’ en España. Y no, no la hace, no sé por qué, quizá porque el tema Malvinas sigue aquí siempre, pero la gran novela de Malvinas no se ha hecho.

Pero hay dos hechos indiscutibles, uno es que hay una Junta militar que es una banda de hijos de puta, la mayoría, con un sistema de represión, que tampoco los contrarios son angelitos, hay una guerra sucia, de acuerdo, pero claro, el que está arriba hace más daño que los otros. Eso está claro, nadie lo discute. Yo lo entrevisté a Galtieri, borracho, lo conocí, yo estuve aquí seis meses.

Y después están unos soldados que están en Malvinas, en la colimba, que los han mandado con unos FAL oxidados que yo los he visto, con los zapatos en el agua, quietos en el agujero pasando miseria. Después están unos militares profesionales como los comandos que viajaron en helicópteros tras líneas enemigas y los mataron a casi todos, los de Monte Longdon, los de Goose Green, los de la Infantería de Marina, los pilotos… o sea, tú no puedes meter en el mismo saco a la Junta militar, a Galtieri con el piloto de Skyhawk, que pasa y los ingleses le aplauden. No puedes hacer eso, es injusto. O sea, tú puedes condenar un sistema militar, esto fue la represión, ¿pero eso qué tiene que ver con el soldado que está con su FAL oxidado en Malvinas, bajo la lluvia y muriendo? El soldado que, como me contaba un paracaidista inglés ‘le disparamos a un tipo y entonces salió un chico jovencito, salió a por él y lo tuvimos y no le disparamos porque el teniente dijo ‘no le tiren, que va a ayudar a su jefe. Cogió al oficial y lo llevó de vuelta a la trinchera y no le tiramos’, dice el inglés.

Los huevos de ese chaval que sale a coger a su sargento o lo que fuera. ¿Cómo puedes, porque resulta que los jefes eran malos, este chico no ha existido nunca? Es un disparate.

La conducción de la guerra, la guerra en sí, fue un desastre, todo estuvo mal conducido, mal llevado por un grupo de irresponsables y de borrachos y de asesinos, pero coño, respeta a esos pilotos, que yo los he visto salir de la base de Río Gallegos. Yo vi salir a cuatro Skyhawk, los tíos todos peinados para atrás, con bigote, rosarios colgados en la cabina, y vi volver a uno. ‘No volvieron ¿qué pasó?’ ‘Ahí se quedaron’. De pronto dejaron de estar. ¿Tú has leído ‘La hermandad de honor’ de Jorge Fernández Díaz? El chico que ataca y se queda sin combustible y van a rescatarlo, que no se respete su historia me indigna de verdad.

Hay que hacer el libro de Malvinas, que no se ha hecho, cuando tú estás viendo la imagen de San Carlos y ves que están los barcos ingleses en la bahía y ves los Skyhawk rasando la tierra, que aparecen de repente, pasan entre los palos de los barcos ingleses y tiran bombas que no estallan, porque las lanzaban demasiado bajas, y ves a los ingleses que aplauden… y aquí están con que no se hable, me da mucha pena y me enfurece.


- Hoy hay un cambio interesante en las generaciones más jóvenes, que les llama mucho la atención Malvinas y creo que se debe a esa falta de héroes que tiene la Argentina, esa sociedad tan frustrada.

- Pero es que hasta la palabra héroe puede ser sospechosa para algunos, porque se ha abusado tanto de ella, que es muy sospechosa. Pero, hay una cosa que es evidente y es el cumplir el deber. Es gente que cumplía con su deber. Debes estar aquí, pues estoy aquí. Y como el sargento va, tú vas, no vas a dejar al sargento solo, pues vas con él porque te da vergüenza que el sargento vaya solo y te vas con él y te aguantas. Te puedes haber estado puteando antes, pero en ese momento es tu sargento y esa dignidad, todo ese tipo de cosas son tan emocionantes. No son héroes, es gente que cumple con el deber que la vida le impone en ese momento.


- Me recuerda a un piloto que me dijo ‘fui porque, si bien estaba muerto de miedo, me daba más miedo que mis compañeros vean el miedo que tenía’.

- No fue valentía, fue su miedo a quedar como un cobarde, que fue más grande que el miedo a morir. Y eso es muy frecuente, yo lo he visto muchas veces, el grupo te hace ser valiente, aunque no lo seas. Van tus compañeros y todos están pensando lo mismo, todos están asustados, pero todos van.


- En cuanto a las guerras que has ido cubriendo a lo largo de los años. ¿Cómo te fue impactando ver ese tipo de cosas y cómo se generó la idea de empezar a escribir ficción?

- Fue un proceso complejo, es decir, yo salgo de casa porque quiero ver si los libros reflejan la vida. Yo me voy con una mochila, con 20 años, a vivir aventuras. Quiero saber si hay mujeres guapas, si hay peleas en burdeles de Bangkok, si hay amigos valientes. Yo quiero vivir las aventuras que he leído en los libros y, en efecto, las había, las vivo y conozco mujeres guapas, amigos, me emborracho, me pegan navajadas, vivo la vida. Entonces hay una fase de aprendizaje, que se completa como veréis con lo de después, con la guerra, voy aprendiendo cosas del ser humano. Hay un momento en el cual mi mochila empieza a estar llena de cosas, cosas que ya no puedo explicar con el periodismo. Entonces siento la necesidad de escribir novelas para poder darle salida por ahí. Esa mochila llena de cosas las voy sacando para mis novelas, yo escribo con la mirada que la vida me dejó.

Entonces, yo vuelvo a ir a los piratas con mi mochila llena de cosas, y digo ¿qué hago con esto? Voy a hacer una novela, a ver qué pasa, y bueno, hago una novela, me siento bien y digo ‘voy a hacer otra’, y la tercera novela es un éxito internacional, que es ‘La tabla de Flandes’.

De pronto me da dinero y me da la posibilidad de vivir de la literatura. Yo nunca quise ser novelista, es una paradoja, amigos míos que han estado la vida luchando por serlo y no lo han conseguido y yo que nunca lo pretendí, me lo encontré hecho, ¿no? Pero bueno, ocurrió. Y entonces dije, ‘voy a dedicarme a escribir’, yo decía ‘yo no puedo estar toda la vida con una mochila, entrevistando gente’. No sobreviviría ahora a cosas a las que sobreviví cuando tenía 20 años, me da una salida honorable, una forma de ser independiente, no tener jefes, ser dueño de mi tiempo, contar historias, tener lectores y entonces me llevo mi capital de vida a la literatura y voy dándole salida en forma de novelas de ficción y esa es la historia.

Yo no quería ser novelista, nunca lo quise.


- ¿Y periodista? porque saliste a los 20 años.

- Yo quería vivir el mundo, a ver, militar no quería ser, marino no. Periodista, puedo ser donde quiera, en aquella época era ser un reportero, entonces cogí mi mochila. Imagínate, 20 años, hacía África, América, no existía el SIDA, ganando dinero, la aventura que viví, fue fabuloso.


- ¿Y cómo comparas ese periodismo con lo que hay hoy en día?

- No tiene que ver. Es que hoy en día lo que hay no es eso. El problema grave está en que antes había medios potentes, fiables, aunque cada uno tuviera su tendencia, pero fiables en cuanto a gente seria que podían pagar. Un reportero que se fuera a una guerra, ahora nadie tiene un céntimo, entonces nadie cubre guerras de verdad. Y la guerra se cubre con cámaras de video, un teléfono y te ponen musiquita de Shakira, una frivolización de todo.

Entonces, seamos honrados mercenarios, como digo siempre, como reportero me he jugado la vida y pagamos el precio con la familia, la salud, pero éramos muy buenos en nuestro trabajo. Éramos honrados en nuestro trabajo, ahora no.

Pagamos nuestros precios y me han dado culatazos, me han dado palizas, me han metido en la cárcel, he tenido disentería, amibiasis, paludismo, he cagado sangre, pues mil cosas, era normal, chicas que te dejan. Recuerdo que… yo he estado viajando siempre… y entonces mi hija cumplía creo que seis años, le prometí que estaría en su cumpleaños, tiene su cumpleaños en la playa con su madre, teléfono, ‘Arturo, oye, que en Sarajevo han pegado un tiro en la boca a Peggy la Cámara de TVE, la han dejado la mandíbula arrancada y la Ángela Ruiz, la reportera, que dice que la saquen de allí. ¿Quieres ir?’. Cuelgo y mi mujer me mira, dice, ‘¿adónde te quieren mandar?’, le digo ‘tal’ y me dice ‘y ya sabes que Carlota’… Me fui y dejé a mi hija y eso me costó una crisis que casi me cuesta el matrimonio. Es decir, que todos pagamos nuestros precios, pero éramos profesionales. Te movías por el mundo como un profesional, el horror no te cegaba porque si no, no podías trabajar. El horror forma parte de la vida. Hay una bomba en el mercado de Sarajevo, 23 muertos y 52 heridos, no se me olvida, andaba pisando charcos de sangre, llegas hasta allí, ‘a ver, venga el cámara, la luz, a ver’ y cuando ha terminado el cámara, entonces te pones a ayudar. Después, no antes. Porque para eso están los médicos, yo no voy a ir de ONG, yo voy de reportero, y si yo voy y no grabo y me pongo a ayudar, me dice mi jefe, ‘vale, cojonudo, pero vente para acá porque la CNN ha dado la imagen y nos lo ha chafado’.

Comprendes entonces toda esa dinámica dialéctica entre el deber, la moral, los sentimientos, el remordimiento, el trabajo profesional, hacía falta ser muy profesional para llevarla. Yo no iba a la guerra a indignarme, iba a la guerra a contar el horror. Ahora, cuando van a la guerra van a decir ‘esto es terrible, el niño llorando, la mujer, los refugiados’. Yo iba a contar, iba a enseñar, no iba a decir ‘esto es espantoso, qué horror, estoy aquí sufriendo mucho’. Eso ha cambiado, me importa un carajo lo que tú sientes, ‘estoy agobiada, angustiada’, no, coño, enséñame, ve al frente juégatela y enséñame y deja que después me indigne yo o me horrorice yo, pero no me lo hagas tú por mí, eso a eso me refiero.



- ¿Te terminas acostumbrando?

- Te acostumbras, es un proceso, como todo en la vida, se acostumbra el minero que está trabajando en la mina, el pescador que está pescando o el preso a estar en la cárcel. Te acostumbras a todo, claro que sí, tardas más o menos según como seas, y, si no, hay gente que no vale para ese trabajo, entonces tiene que retirarse. Pero si vale, si tiene la frialdad, la cabeza adecuada, es lo bastante tranquilo para ver cómo es la cosa, tienes la cultura adecuada para todo eso, digerirlo como parte de la vida, como un horror puntual, entonces es soportable. Yo no puedo ir al mercado de Sarajevo y horrorizarme, como te decía, es imposible. Y tengo remordimientos, cosas que no he hecho, que hice que no me gustaron. Por ejemplo, me recuerdo una vez tenía que transmitir y vamos a toda hostia por Sarajevo con el coche y hay una familia que decía que los ayudáramos y no paramos porque tengo que transmitir en 10 minutos y perdemos el satélite y es caro, pero después te quedas con eso en la cabeza. Esas cosas también están, pero hay que ser capaz de vivir con eso también.


- En Revolución, Martín se va metiendo hasta que termina siendo uno más. ¿Te paso en algún conflicto?

- Solo una vez en mi vida, al principio no lo conté a nadie, fue secreto muchos años, pero alguien lo dijo y ya me da igual. Yo nunca he combatido en ninguna excepto en una, que fue en Eritrea en el año 77. Estábamos con los guerrilleros eritreos y los etíopes contraatacaron con aviación cubana y nos masacran. Éramos mil y pico y llegamos a Sudan muy poquitos y entonces me dijeron, ‘Arturo, eso está muy mal, ahora ya no podemos cuidar de ti, únete a un grupo de estos y toma un Kalashnikov y búscate la vida’. Entonces, durante dos semanas, andando de noche y escondidos de día, y tengo que llegar a la frontera con Sudán y hubo que combatir. Y el final también fue un proceso, cruzar y al llegar a Sudán me vieron los sudaneses con los prismáticos que llevaba el arma y la tiraba, me metieron en la cárcel, pensaron que era un mercenario y estuve en la cárcel, casi muero allí, con disentería, fue de los peores momentos de mi vida. Ahí combatí, pero combatí por mi supervivencia, no por Eritrea ni por una causa, sino porque me dijeron ‘oye, mira, es que aquí ya nadie va a cuidar de ti, aquí ya eres un paquete, te unes a un grupo’, eran unos veintitantos, se armaron distintos grupos. Había que llegar a la frontera con Sudán, cercados por los etíopes, con los F-5 de la aviación de Etiopía, pilotados por cubanos, bombardeándonos con napalm, de la hostia, pues sabes que el napalm cuando cae cerca te quita el aire, quema el oxígeno. Quedaríamos unos 500 en pequeños grupos, intentamos llegar a la frontera fragmentados y de noche veíamos grupos que estaban combatiendo y combatí. Tengo una foto que me hizo un amigo, una foto muy mala, muy borrosa, estoy desnudo desde la mitad para arriba, hacía mucho calor, con el Kalashnikov colgado y estoy yo con una cara, con los ojos con una especie de borrachera de pólvora, como alucinado, aturdido, con un gorro de jungla y fue la única vez en mi vida que empuñé un arma. Me dijeron ‘defiéndete tú también’, y me tuve que defender. Nunca más volví a hacerlo.


- Como en el libro Martín se va involucrando…

- Si te das cuenta, Martín no es un revolucionario, él está porque está allí, pero él no se siente parte de la revolución y eso me pasa a mí también, estuve con todos, los mandos israelíes, palestinos, sirios y todo el mundo, cuando estás con ellos todo el mundo te cae bien.



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Pucará Defensa

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