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La crisis del fentanilo y una nueva Guerra del Opio

Por Ignacio Montes de Oca

 

Hay una nueva Guerra del Opio, pero esta vez en sentido inverso. La epidemia de adictos al Fentanilo en EEUU conecta asuntos aparentemente inconexos como la crisis migratoria con México y la negativa conservadora de los republicanos a asistir a los aliados de EEUU.


La cifra de norteamericanos muertos por consumo de fentanilo creció de manera exponencial. En 2010 se registraron 235 muertes. En 2021, treparon a 34.429. En 2022, murieron 109.000 personas por sobredosis de ese opioide. El problema es claro, las victimas van en aumento.

Si se comparara con las muertes en guerras pasadas, equivale a los muertos acumulados en los conflictos de Vietnam (58.220), Corea (36.574), Kuwait (148), Iraq (4.422) y Afganistán (2.318). En 2024, la cifra podría aumentar y superar a los muertos en la I Guerra Mundial (116.510).



La crisis del fentanilo en EEUU comenzó en la década de 1990 con la proliferación en el uso de opiáceos. Es un fenómeno mundial que buscaba paliativos para los efectos de las dolencias. El problema se hizo evidente ante el aumento de casos de mortalidad entre los consumidores. Antes de que se viralizaran las imágenes de adictos convertido en zombies deambulando por las calles de ciudades como Filadelfia o San Francisco, la muerte de celeridades como Prince o Tom Petty por el consumo desmedido de opiáceos, no alcanzó para elevar el nivel de alarma. En 1999, en EEUU se redactaron 138 millones recetas para medicamentos con opioides. En 2011, superaron 219 millones y se convirtieron en el fármaco más vendido. Este fenómeno se dio en paralelo en otras sociedades de occidente desarrollado y en vías de desarrollo.

Purdue Pharma, el laboratorio que dominaba el mercado, admitió haber falseado las pruebas ante la FDA para ocultar los efectos adictivos de sus productos. Aunque se declaró en quiebra ante una acción colectiva de los damnificados, el daño ya estaba hecho y la epidemia en marcha.

En 2020, hubo 68.630 muertes por sobredosis de opioides, es decir un 75% del total de casos. La introducción de controles a partir de 2008 aceleró el mercado ilegal y allí comenzó a gestarse una crisis aún más profunda al sumar a los grupos de crimen transnacional al problema.



Ante las restricciones para acceder a los opiáceos legales, creció el contrabando de drogas y precursores para fabricarlas, que incorporaban sustancias como el fentanilo, cuyo efecto narcótico es 50 veces más potente que la heroína. Esta es una historia simplificada.

Entre los opioides hay variedades como la oxicodona, hidrocodona, morfina y fentanilo. Este último es el que se está difundiendo en los circuitos marginales por su facilidad de elaboración y la disponibilidad de precursores para fabricarlo y mezclarlo con otras sustancias. Los narcotraficantes descubrieron que el fentanilo potenciaba el efecto de otras drogas como la cocaína y la heroína En consecuencia, introdujeron esta poderosa mezcla en forma de pastillas o inyectables que, además, les favorecía por sus propiedades adictivas aún más poderosas.

En un principio, comenzó a importarse el fentanilo y los precursores para fabricarlo en laboratorios clandestinos por las vías comerciales. El origen principal era China, que había abastecido a los laboratorios legales en EEUU en tiempos anteriores a las restricciones. Dado el volumen del mercado, las 5.000 empresas chinas dedicadas a los opioides no querían perder un mercado activo. En consecuencia, mantuvieron los envíos de precursores y las exportaciones de fentanilo hacia los EEUU, pero a clientes que ya no eran necesariamente médicos. El aumento de los decomisos y los mayores controles aduaneros estimulados por la creciente tensión geopolítica entre Washington y Pekín hizo que a partir de 2012 los comerciantes chinos buscaran una ruta alternativa para seguir comercializando sus productos en EEUU. Es entonces que comenzó a gestarse la alianza entre grupos empresarios chinos y los grupos mexicanos dedicados al narcotráfico. Los carteles de Sinaloa y de Jalisco Nueva Generación fueron los precursores y pronto controlaron el circuito del tráfico de droga sintética hacia EEUU.



Hay que decir que también hay productores de opiáceos en India, Singapur y Taiwán, pero su peso y relación con los grupos criminales es mucho menor. En menos de un lustro, los carteles mexicanos dominaron por completo el ciclo de importación, producción y exportación. Una dosis de fentanilo con 100 a 400 microgramos de principio activo se vende en EEUU a 3 o 6 dólares. Un kilo de fentanilo puesto en la frontera se valúa en unos 400.000 dólares de acuerdo con su calidad. Con un kilo y tras su corte, se producen entre 16 y 24 kilos de drogas. En las calles se vende en pastillas, en polvo, como líquido en ampollas, diluido en papel o en rociadores nasales, queda claro que no hay apoyo médico de parte de los traficantes, que no advierten que es suficiente una dosis de 2 miligramos para provocar la muerte.

Los laboratorios clandestinos pueden producir hasta 1 millón de dosis a partir de un kilo de fentanilo usando otros precursores para estirar la materia prima. Calculen el valor por dosis para entender por qué es un negocio aún más lucrativo y seguro que el de las drogas vegetales. Cada kilo de fentanilo tiene un costo de producción de U$S 17.000. Cuando llega a EEUU, aumenta el margen de ganancias 58 veces respecto a su valor de fabricación y hasta unas 1.275 veces respecto al costo inicial de las materias primas que se usan para elaborarlo. Las ganancias son más elevadas si la droga sintética en estado puro viene ya elaborada desde China. En ese caso el valor varía desde los 3.500 a los 5.000 dólares. En ese caso el margen de ganancia es mayor, pero el riesgo también se incrementa por los controles aduaneros.

Si una fracción mínima de fentanilo se transporta en una ampolla o polvo y sirve para fabricar miles de dosis, esa economía de espacio hace más lucrativo el negocio, más compleja su detección y su efecto más potente simplifica transportar más efecto narcotizante en cada viaje.

Solo para darse una idea del volumen de producción, en agosto de 2019 se incautó en la localidad mexicana de Manzanillo, en el estado de Colima, un cargamento de 23 toneladas de precursores para fabricar fentanilo.



Otros números

El problema del fentanilo no amenaza solo a EEUU, a quien pusimos de ejemplo para contar las cuestiones anexas relacionadas con la política internacional. Tiene tres aspectos que corren en paralelo y son de idéntica gravedad. Este esquema es válido para el resto de los países del mundo. El primero es de salud pública, dada la enorme dependencia que genera en los consumidores y los efectos letales que tiene tanto en las tasas de sobredosis como en el deterioro físico e intelectual permanente que provoca a los adictos en un plazo muy corto de tiempo.

Esos márgenes de ganancia grotescos permiten a los grupos delictivos comprar más medios de producción, más armas y más funcionarios. A mayor debilidad institucional y pobreza, más débil es un país a la hora de afrontar a los grupos que buscan abrir nuevas rutas y mercados. En el caso de los cárteles de Sinaloa o Jalisco Nueva Generación, el mercado ampliado por el fentanilo les permitió poner en jaque al gobierno y convertirse en los que ejercen el control sobre zonas cada vez más amplias del territorio, en particular de las zonas de frontera.



Ese control territorial viene de la necesidad de ejercer el dominio de las rutas de trafico de las drogas y de otros negocios relacionados. Su armamento cada vez más sofisticado que incluye misiles, drones y blindados, se vincula con el creciente margen que dejan las drogas sintéticas. Por eso los carteles se disputan a los tiros tanto las rutas de exportación en Baja California y Juárez como el de los puertos de Lázaro Cárdenas, Manzanillo, Coatzacoalcos y Veracruz, así como los pasos aduaneros de Cancún, Veracruz, Ensenada y Tuxpán. Desde que México inició su guerra contra el narcotráfico en 2006 fueron asesinadas 153.342 personas en delitos relacionados al tráfico de drogas. De esa cifra, 50.000 corresponden al mandato de López Obrador iniciado en diciembre de 2018. Así de letal resulta la actividad de los carteles.

De acuerdo con el general estadounidense Glen Van Herck, jefe del comando aéreo norte, el gobierno mexicano perdió el control de un tercio de su territorio o los disputa con grupos narco. Las zonas de la frontera con EEUU forman parte de esas regiones de control difuso. Esa estrategia tiene que ver, por supuesto, con el control de las vías de exportación de la droga.

Es aquí donde se introduce otro elemento que es la migración creciente a los EEUU y que está relacionado de manera cercana con la cuestión de las drogas. Mientras se hacían con el control del mercado del fentanilo, también fueron desplazando a los “coyotes”, los grupos organizados que lucraban a partir del cobro de un servicio para llevar a los inmigrantes hacia el otro lado de la frontera con los EEUU. Ese paso fue clave para el negocio. Los carteles capturaron con violencia el negocio de la migración y cobrar hasta U$S 10.000 por llevar a una persona a los EEUU. Si bien no todos pagan por el servicio, hay un mercado inmenso en el millón de personas que solo en 2023 intentaron el cruce por el sur.



Además, saturar las fronteras con migrantes facilita abrumar los controles para el tráfico hormiga de estupefacientes que se transportan en partidas de 1 a 1,2 kilos por persona. Entre la multitud, aumentan las posibilidades de traspasar los controles aduaneros con mayores cargas. Si solo el 1% del millón de migrantes portara una carga de 1 kilo de fentanilo, implican 10 toneladas. Si apenas el 1% lograra pasar los controles, llegarían 100 kilos. Es decir, que los carteles invirtieron para producir U$S 170.000 para obtener U$S 100 millones en ganancias. Este cálculo vale para el contrabando hormiga a través de los nuevo migrantes. La mayor parte se hace por vías tradicionales como cargas ocultas en correos, transportes terrestres y marítimos, vuelos clandestinos y barcos que desafían a los controles navales del país receptor.

Los carteles modernos se han convertido el poli-rubros que recaudan fortunas por varios conceptos, entre los que se incluye además el cobro de peajes a cuentapropistas que incursionaron en alguno de los negocios usando las rutas dominadas por los carteles. Una vez en EEUU, la marginalidad desde la cual arranca la vida de muchos migrantes facilita crear redes de colaboradores para mover cada mercado de drogas. O la deuda por el servicio de paso es una atadura que les obliga a ser parte del tráfico antes y después de la frontera.

El fentanilo, a diferencia de las drogas vegetales como el hachís, la cocaína y la marihuana, no requiere del control de grandes extensiones ni del envío desde las regiones remotas como Colombia, Afganistán, Perú o Bolivia, o del riesgo asociado a su traslado al mercado de consumo. Un laboratorio del tamaño de una habitación puede producir un kilo de fentanilo. Se necesita una hectárea de terreno fértil para producir la misma cantidad de heroína. La cocaína rinde 5 kilos por hectárea, pero se necesitan además 284 litros de gasolina para procesarla.

Lo mismo sucede con el tráfico de precursores y dogas ya elaboradas, en donde la economía de espacio y la posibilidad de enmascarar los químicos dentro de otras exportaciones hacen más complicada su detección, a diferencia de otros rubros en donde los grandes alijos son la norma.



Canadá también tiene laboratorios clandestinos. En octubre fue allanado uno en Vancouver con capacidad para producir 2,5 millones de dosis. El problema es que Canadá y EEUU trabajan en conjunto, mientras que con México hay una relación complicada por la ideología. AMLO se ha dedicada a hacer de las declaraciones contra EEUU una política constante para seducir partidarios en lo interno. La postura permisiva con los carteles y con la delincuencia en general hizo el resto. La consecuencia fue una demora en el combate a la expansión del fentanilo.

Entre los meses de septiembre de 2022 y 2023, la aduana estadounidense interceptó un total de 12.247 kilos de fentanilo. Recordemos que su valor de mercado es de un millón por kilo, para calcular lo decomisado, y que estadísticamente se detiene entre el 5 y el 10% del total traficado.

Entre 2016 y 2022 los decomisos de fentanilo dentro de México, en la frontera con EEUU, pasaron de 11 kilos a 2 toneladas. La diferencia de volúmenes puede deberse a una orden política o a una diferencia en la eficiencia estimulada por una distracción rentada, vaya uno a saber.

El presidente de México, Manuel López Obrador, sintió el aliento en la nunca y decidió dejar la pachorra que facilitó el aumento de la actividad de los grupos criminales. El 17 en noviembre de 2023 acordó con su par norteamericano trabajar en conjunto el problema del fentanilo. El acuerdo además aborda la cuestión migratoria, reconociendo que ambas son parte de un mismo problema bilateral. Una semana antes, en la reunión de la APEC en San Francisco, Biden y Xi Jinping firmaron un acuerdo similar para controlar las ventas de precursores. La reunión de la APEC también sirvió para que México y China firmaran otro acuerdo para cooperar en el control del tráfico de elementos para producir fentanilo. Así, el presidente mexicano se desdijo de sus afirmaciones respecto a que “México no produce fentanilo”.

La sucesión de acuerdos y el nivel de las autoridades implicadas parece indicar la gravedad de la crisis, que sin embargo aun tardarán en surtir efecto y, mientras tanto, solo en EEUU, mueren cada día 300 personas por sobredosis vinculadas a su consumo. Pekín, reaccionó tarde.  En realidad, China reaccionó solo a partir de 2019, cuando sus empresas comenzaron a ser sancionadas y restringirse su acceso al mercado de EEUU por representar un “riesgo para la seguridad nacional” al probarse su vinculación con el circuito de las drogas sintéticas. China sabe el nombre de cada una de sus empresas relacionadas con el tráfico de fentanilo como Chenxu Hebei Biotech Co, Hebei Chenxu Biotech Ltd, NanJing ZhongCheng China Co. O Puyer BioPharma Ltd, por nombrar algunas de las 5.000 compañías con sede en ese país.



La política antidrogas china reprime solo el consumo dentro de su territorio y el lavado de activos que implican salida de capitales. El control estricto que ejerce Pekín sobre su población y su industria hace imposible que un problema público tan grave suceda sin su tolerancia. Recién en 2019 y por la presión de EEUU, China restringió la venta de algunas sustancias ligadas a la producción de fentanilo. Sin embargo, fue insuficiente y sus exportaciones se mantuvieron a ritmos elevados. Pekín le recomendó a EEUU que se concentre en su demanda interna.

Pekín tampoco puede ignorar que los envíos que traspasan sus aduanas se hacen por correo común y que además de materias primas para producir drogas sintéticas se comercializan las maquinarias para producirlas. Esta pasividad nos lleva a un final histórico.

Durante la Guerra del Opio entre 1839 y 1860, China sufrió una humillante derrota ante las potencias coligadas de Occidente y Oriente. Tuvo que resignarse a tolerar el tráfico de opio que enriqueció a los comerciantes británicos y hacer concesiones territoriales y comerciales. En aquellos días, China vio reducida su soberanía en todos los sentidos posibles y esa afrenta quedó marcada a fuego hasta el presente. En las actuales circunstancias, China se encuentra en una situación opuesta. Si en esos años la epidemia de adictos era un problema doméstico, hoy lo es para sus adversarios geopolíticos. Ahora son los chinos los que observan los estragos que hace la droga en las sociedades ajenas.

Occidente, porque el problema de las drogas sintéticas afecta a todo el hemisferio, es ahora el que pide terminar con el lucro a partir de una epidemia de adictos. China puede resolver la cuestión por ser el proveedor de más del 90% del fentanilo y sus precursores a escala global. De hecho, las exportaciones de fentanilo no superan los 8.000 millones de dólares anuales, un grano de arena dentro de los 2,98 billones de exportaciones anuales de China en 2023. Necesariamente, la actitud de China debe explicarse por fuera del andarivel económico.

Es así que China encontró el modo se sentarse en el lado opuesto de la mesa de negociaciones de 1860, cuando tuvo que firmar los acuerdos que la despojaron de parte de su territorio y tuvo que ceder cantones y puertos para frenar una guerra en la que estaba perdiendo. En esos años México estaba también sumergida en la violencia de la Guerra de la Reforma y lamiendo las heridas de la amputación territorial a manos de EEUU, país que estaba a un año de sumergirse en la sangrienta Guerra de Secesión. Hoy, China está más fuerte que entonces. Pekín observa como los mismos actores afrontan una situación de división interna igual de debilitante que la que atravesó en los tiempos de la Guerra del Opio. A diferencia de aquellos años, los chinos tienen elementos para negociar en una mesa de discusiones. Porque China es el actor inicial en la trama, al menos en lo que respecta a la oferta de fentanilo y sus precursores. No podrá frenar la demanda de los adictos en otras tierras, pero si domina el abastecimiento que alimenta la epidemia de sobredosis más fuerte que se tenga memoria en EEUU.

China ve como las mismas potencias que la atacaron hace 185 años están enredadas en una disputa en Ucrania y otros sitios del globo. El imperio ruso esta vez se enfrenta al resto de las potencias de aquellos días. Y China es la que atraviesa un periodo sin conflictos abiertos. En EEUU, los conservadores pro-Putin piden aislacionismo mientras proponen atacar a su vecino del sur por un asunto de drogas y los demócratas buscan sostener las alianzas externas. Pekín mira el espectáculo comiendo “bào mǐhuā” mientras vende más fentanilo.

Las diferencias internas en occidente son tantas y a veces tan absurdas que ni siquiera el riesgo supremo de las drogas sintéticas y el efecto catastrófico que tienen hizo surgir una respuesta colectiva y coherente para enfrentar la emergencia y al actor más básico de la trama.



De manera que, en un giro sorprendente de la historia, China logró encontrar uno de los tantos talones de Aquiles de sus adversarios y la oportunidad para resolver un trauma histórico con ellos. Nadie puede obligarla esta vez a decidir bajo la amenaza de la fuerza.

Es entonces que el problema del fentanilo en EEUU está lejos de ser una cuestión doméstica como lo plantearon algunos republicanos en su disputa electoral con el gobierno demócrata. Tan es así que hasta sus principales figuras reconocieron la transnacionalización del problema. En 2020 el entonces presidente Trump evaluó la idea de atacar de manera encubierta los laboratorios de los carteles más allá de la frontera con México. Al menos eso es lo que reveló su ex secretario de defensa, Mark Esper, en su libro autobiográfico publicado en 2023. Lejos de ser una fantasía, la salida militarista sobre México sumó a algunas de las principales figuras republicanas. Ya lo propusieron los precandidatos Robert De Santis, Nikki Haley y Apu Vivek Ramaswamy. Hasta el propagandista putinista CarlsonTucker apoyó la idea.



No obstante, este enfoque colisiona con la nueva moda entre los republicanos de regresar al aislacionismo para dedicarse a “los problemas domésticos”. Pero, como vimos, proponen resolver la cuestión del fentanilo y los grupos delictivos transnacionales con acciones externas.

Considerando las posibilidades electorales republicanas este enfoque va más allá de las contradicciones y se enlaza con otro de los temas preferidos de su agenda electoral, que es el control de la migración en la frontera con México. Y luego, con el vínculo con China. Es más, aquí viene el tercer aspecto del problema y es que el aislacionismo implica recortar la influencia exterior de los EEUU. Aquí es donde se meten temas inesperados como la invasión de Putin a Ucrania o las tensiones por la posible invasión china a Taiwán.

Es poco probable que EEUU pueda negociar la cuestión migratoria o del fentanilo con México o con China una política de control en la exportación de precursores hacia su territorio si no tiene elementos para presionar a otras naciones por medios directos o apoyando a sus adversarios. Más aún si dentro de la política aislacionista que proponen el speaker de la Casa de Representantes, Mike Johnson, hay un recorte a la asistencia a países aliados como Ucrania, Israel y Taiwán. Menos aún habrá fondos para que el gobierno mexicano afronte a los carteles. O, si se prefiere, tanto por sumarse al esfuerzo militar de Putin por identidad conservadora o por torpedear la política exterior del demócrata Biden en el marco de la competencia electoral, los republicanos más duros están debilitando la lucha contra la epidemia de opiáceos.

Aislarse implica en términos prácticos atajar al problema una vez que está dentro sin utilizar los mecanismos para presionar a los países que facilitan que el problema llegue hasta la línea fronteriza estadounidense. Ese sinsentido aun no fue resuelto por los vladimiros de EEUU.

Mientras tanto, EEUU observa como el número de muertos por sobredosis crece a niveles que en pocos años acumularán las pérdidas de cualquier guerra que haya emprendido en su historia. Y en sus rencillas electorales, está perdiendo la capacidad para negociar con China una solución. La moraleja es a la vez histórica y política. En el momento en que EEUU y Occidente necesitan dar otra vez una respuesta a China por un asunto narcótico, esta vez casi los mismos actores, pero en lados opuestos y dados vuelta como una media.

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