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¿Invadir o no invadir Irán? Esa es la cuestión

Por Ignacio Montes de Oca


EEUU sigue enviando tropas a Medio Oriente y los rumores de una invasión a Irán se multiplican. Vamos a analizar posibles escenarios a partir de cada una de las posibles formas de invasión. No es una predicción, es un análisis de riesgos en cada opción. Sale análisis.


Trump sugirió que la toma de la isla Kharg usada por Irán para exportar el 90% de su petróleo es el plan A. La isla de 24 km2 está a 35 km de la costa iraní y no es una fuente de petróleo, solo es una instalación de acopio y embarque. Tomarla no implica apoderarse del crudo iraní. Irán sufriría un golpe devastador para su economía al perderla, por su capacidad de embarcar hasta 7 millones de barriles diarios. Le quedarían los puertos alternativos con una capacidad de 500.000 a 700.000 barriles diarios.



La isla no es un obstáculo difícil para las fuerzas de EEUU, aunque no debe menospreciarse el costo que tendría ocuparla. La guarnición de la isla y su red de defensas subterráneas pueden ser una fuente de bajas considerable y demandar tiempos de combate difíciles de predecir. En ese caso debería ser suficiente un asalto aéreo, porque EEUU no tiene buques de desembarco en esa parte del Golfo Pérsico y de querer enviarlos deberían atravesar el Estrecho de Ormuz expuestos con su carga de tropas a un ataque. Lo descartamos de momento. Pero el problema no es la toma de Kharg, sino lo que puede suceder luego. Ocupar la isla sería el primer paso al que le seguirían intentos desde la costa para hostigar a las fuerzas de EEUU. Esos 35 km de distancia los dejan dentro del rango de la artillería, los drones y los misiles de Irán.

Pero supongamos que la superioridad aérea mantiene a raya a los iraníes. Hay que calcular que una guarnición mínima de 2.000 hombres para defenderla necesita ser sostenida con alimento, agua y municiones. Vamos a calcular el consumo básico de esa guarnición por día. Cada soldado de EEUU consume unos 2 kilos diarios de raciones de combate equivalentes a 3 MRE (Meal, Ready-to-Eat). El consumo de agua en zona de calor extremo se estima en unos 8 a 12 litros. En Kharg hay poca agua y parte de las desalinizadoras fueron destruidas el 14 de marzo. Para una guarnición de 2.000 soldados se necesitan entonces 4 toneladas diarias de alimentos y de 16.000 a 24.000 litros de agua potable. Parece razonable, pero ahora hay que ir al mapa para comprender el problema logístico. La costa aliada más cercana está a 200 km de distancia. Ya sea que se trate de Kuwait, Arabia Saudita o Emiratos Árabes Unidos, el puente aéreo para mantener a la isla debería transportar 8 toneladas diarias de alimentos y 24 a 36 toneladas métricas de agua, sin contar las necesarias para sostener a los 9.000 habitantes de la isla.

Cada UH-60 puede llevar hasta 4,5 toneladas por viaje, lo que en principio resuelve el problema incluso con margen para la carga de municiones y otros insumos. El alcance de un helicóptero cargado a tope está en el rango de los 590 km, por lo que necesitan bases cercanas para operar.

Aquí surge otro problema porque ningún emirato autorizó a EEUU a usar su territorio para realizar operaciones ofensivas y, por lo tanto, antes Trump debería resolver una dificultad política, que es torcer la decisión de cada emir de negarse a colaborar con sus planes ofensivos.

Además, EEUU debería mejorar en mucho sus defensas aéreas, porque la carga logística quedaría expuesta a los ataques de misiles y drones que, como vimos hasta el día de hoy, encuentran huecos en las defensas combinadas de las fuerzas norteamericanas y locales. Esas defensas serían una prioridad tan grande como la isla porque cada emirato que prestase su territorio sería objeto de la atención focalizada de los drones y misiles iraníes. En particular, sus plantas de petróleo, gas y de desalinización, que las exponen a una catástrofe humanitaria.

Vamos a suponer que alguno de los emiratos se presta a servir como base y se reemplaza el puente aéreo por una ruta de aprovisionamiento naval. Esto trae otro problema por la vulnerabilidad de cualquier buque a los drones, misiles y minas que seguramente usaría Irán. Para evitarlo es preciso controlar las aguas circundantes y para eso volvemos al problema del paso de una flota militar por Ormuz y los riesgos asociados. Pero una flota más grande implica más blancos y regresamos al riesgo que implica sostener la posición en la isla de Kharg. Las estimaciones más serias indican que Irán tiene 6.000 minas marinas, 300 drones marinos, más de 20.000 drones aéreos, más de un millar de misiles antibuques y quizás un remanente de 2.000 misiles balísticos SRBM. Con el 10% de esa capacidad, sigue siendo una amenaza seria.

La solución más obvia es asegurarse el control de la costa opuesta, lo que implica un asalto anfibio, porque ya no estamos hablando de una isla de 24 km2 sino de un territorio mucho más extenso. Para eso es necesaria la participación de una fuerza anfibia mucho más grande. Ya no estaríamos hablando de algunos miles de hombres, sino de una fuerza de varias decenas de miles de soldados con su logística que excede la capacidad de transporte aéreo. Y esta vez se trata de combatir con un enemigo que tiene una retaguardia inmensa, que en Kharg no existe. Es decir, que en este caso habría que planificar un desembarco en territorio hostil, luego calcular como defenderlo y al mismo tiempo asegurar que reciban provisiones suficientes por la vía marítima para mantenerse en un combate que podría durar semanas o meses.



Regresamos al problema del paso por Ormuz, que debe contar con una flota de apoyo y todo debería quedar expuesto a ese breve espacio en donde el Estrecho forma un embudo de 33 km de ancho. Y además se debería garantizar que permanezca abierto en tanto dure la guerra. El problema siguiente es que la costa opuesta a Kharg puede ser insuficiente por el riesgo de quedar encajonados en un área estrecha con muchas tropas amontonadas expuestas a los ataques. A la fuerza deben expandir la toma de territorio y eso implica más tiempo y esfuerzo. Este escenario está pensado para mantener la isla de Kharg, que de por si es un objetivo limitado que no asegura la caída del régimen ni el fin del boqueo al paso por Ormuz. Para asegurar el segundo objetivo hace falta hacerse con el control de 1.700 km de costa iraní. De no lograrse ese control, se corre el riesgo de que los iraníes usen cada espacio para lazar drones, misiles o para plantar minas a escala masiva, un factor frente al cual EEUU es en extremo vulnerable porque carece de una fuerza de dragaminas mínimamente efectiva.

Ese es el otro teatro que hay que considerar. El perder Kharg le quitaría motivos a Irán para preservar el paso de buques por el extremo norte del Golfo Pérsico y le daría razones para minarlo y para obstaculizar las operaciones buques civiles y militares en toda esa zona. Esa decisión, probable a la vista de su estrategia de aumentar el daño indiscriminado, sumaría problemas para la economía mundial porque cortaría además las exportaciones de crudo de Irak y Kuwait, que representan el 3,3% y el 7,7% de la producción global respectivamente. Si le sumamos el 2,5% de Irán que sale de Kharg, el minado o ataque a los buques en el norte del Golfo Pérsico afectaría al 13,5% del total del crudo mundial. No parece un buen negocio por una isla y, con el tiempo, el efecto serio acumulativo por otros ataques indiscriminados de Irán.

Sigamos con la idea de tomar el control de la costa. Ya no estaríamos hablando de una isla de 9.000 habitantes sino de controlar una serie de ciudades costeras con millones de habitantes en su conjunto. El listado de grandes ciudades ribereñas empieza con Bandar Abbas (750.000), Abadán (420.000), Bushehr (250.000), Bandar Chabahar (200.000), Bandar Mahshahr (180.000), Khorramshahr (150.000), Assaluyeh (100.000) y otras urbes como Jask y Bandar Lengeh con unos 30.000 habitantes. El problema de la insurgencia no es un tema menor. Por la experiencia en Irak, EEUU sabe que, pese a la impopularidad del régimen local, siempre existen focos de resistencia que demandan de fuerzas adicionales para controlar la retaguardia. Ya sea porque son adictos al régimen o por nacionalismo, es un factor real. Y luego hay que considerar el frente de combate, porque Irán cuenta con 190.000 soldados del Artesh, su ejército regular, que sube a 420.000 contando reservistas y además con los 190.000 miembros de la Guardia Islámica, que representan un desafío numérico importante.

Es cierto que EEUU tiene una superioridad tecnológica y doctrinaria inmensa, pero controlar la costa lo expone a un combate en una zona muy extensa y montañosa ideal para la defensa. Aquí es donde hay que analizar el escenario iraquí para entender mejor de qué hablamos. EEUU usó una fuerza inicial de 150.000 soldados para invadir a Irak en 2003 y ese número creció hasta 466.000 efectivos para controlar el país. Esto fue luego de 42 días de campaña aérea y le demandó otros 42 de avance terrestre y combates para controlar el territorio iraquí. Pero, además, en Irak avanzó sobre terreno plano y contra un ejército ya derrotado y despojado de su poderío principal en la anterior operación Tormenta del Desierto en 1991. Para una acción en Irán, incluso si solo se limita a la costa, es posible que se demande una cantidad mayor de tropas.



Es cuestión de magnitudes: la población iraquí en 2003 era de 23 millones. La de Irán hoy es de 90 millones. Los montes Zargos representan un problema incluso mayor que el que representaron las cadenas montañosas afganas, que nunca pudieron ser controladas por ninguna potencia.

Aumentar el número de tropas necesarias para la invasión aumenta la dependencia de una colaboración de los emires, porque mover semejante masa de recursos militares no es posible sin contar con una base cercana estable y segura. Hablamos de centenares de miles de soldados.

Y aquí surge otro problema anexo e inesperado: para abastecer a Medio Oriente los EEUU dependen de las bases europeas y lograr que los países a los que sigue destratando no se opongan a su uso para una invasión. La bocota de Trump es un problema político y militar de fondo. No se trata de ser pesimistas, sino de plantear escenarios realistas, porque es muy probable que Irán haya previsto un ataque en su costa y un avance sobre su zona central. Hay otra posibilidad y es que, dado el riesgo que plantea una acción anfibia, se busque un avance directo por tierra.

En ese caso solo quedan como candidatos Turquía, que ya dijo que no, e Irak, que es la opción restante. Es decir, que EEUU intenten el mismo camino que probó Sadam Hussein en 1980 al avanzar hacia el Juzestán iraní para acceder a los mayores yacimientos de crudo que tiene Irán.

En ese caso no dependería de las líneas marítimas, del paso por Ormuz y tendría la ventaja de apuntar al corazón de los recursos iraníes. Pero hay un par de dificultades en esta opción. La primera es que para llegar a Khorramshahr y controlar esa región no es un paseo militar. Cruzar el rio Shatt al-Arab o las zonas de canales, pantanos y ríos de Karun es una tarea muy complicada, que Hussein entendió en su momento. Es tan arduo de tomar como las montañas de Zagros y es el sitio ideal para que Irán use su número para compensar su debilidad militar.

Además, hoy existe un factor que en 1980 no existía y son los 130.000 milicianos de las Fuerzas de Movilización Popular formadas por las tribus chiitas del sur iraquí y que responden a Teherán. De hecho, ya están atacando objetivos militares en Irak desde el inicio de la guerra.

Una retaguardia tan inestable desaconseja la ruta por Khorramshahr y queda entonces analizar un objetivo más humilde y es tomar la zona de Bandar Abbas para controlar la zona inmediata que domina en Estrecho de Ormuz. Es la puerta de entrada a los valles que conducen a Teherán. De nuevo nos encontramos con el mismo problema, porque Irán conservaría la capacidad de seguir atacando dentro del Golfo Persico y en la salida al océano Indico. Y le daría a Teherán la oportunidad de ejercer una presión continua en la vanguardia y en la retaguardia con la insurgencia.

Israel ya presiente lo arriesgado de la idea y avisó que no va a participar de una invasión terrestre. Al igual que Europa y los emires le niega el apoyo y en la coincidencia hay un dato que va más allá de las especulaciones militares y las lealtades que exige hoy la Casa Blanca. En todos los casos no se rompen las reglas condicionantes: se necesitan grandes cantidades de tropas, una retaguardia que hoy no está asegurada, tiempo para completar los objetivos y la voluntad para asumir bajas de personal y materiales mucho más allá de las actuales. Ese es el desafío del tiempo. Con las elecciones de medio término en noviembre, cualquier plan debería estar resuelto de manera positiva en un plazo de seis meses. Parece suficiente hasta entender que convocar, organizar y movilizar cientos de miles de tropas demanda meses.

La Operación Tormenta del Desierto tomó 5 meses para ser organizada y fue un esfuerzo internacional con medio millón de soldados en el terreno. La invasión a Irak demandó tres meses para movilizar 150.000 hombres en el ataque y 460.000 en total para la campaña. En ambas campañas las bases de partidas ya estaban arregladas y en EEUU había un consenso entre demócratas y republicanos que apoyó el esfuerzo de guerra. No es el caso de EEUU en el presente y sin apoyo en el Congreso no hay dinero ni autorización para iniciar una guerra abierta.

No importa si Trump decide, como sus predecesores, dejar de lado la Ley de Guerra del 73. De todos modos, necesita esos 200.000 millones para seguir adelante y algo más si el conflicto demanda una movilización aun mayor que los 50.000 hombres que ya desplegó EEUU en la zona.



Los cálculos dicen que Trump tendría dos o tres meses para completar exitosamente su misión y presentarse victorioso en las elecciones de medio termino y evitar otra derrota en las urnas. Por más vueltas que le demos, en ninguno de los escenarios parece cumplirse esa condición. El único escenario en donde sale victorioso es el que surge de un colapso del régimen en Teherán. Pero por ahora no hay signos de que ello esté sucediendo y al descabezamiento le siguió la reorganización de las cadenas de mando. Israel ya admitió que es poco probable.

Por otra parte, para forzar ese derrumbe se hace necesario llegar a Teherán, lo que nos devuelve al planteo de la guerra a largo plazo luego de un desembarco o esperar que haya una rebelión popular o militar, que hasta el momento no se produjeron. Todo converge en un punto similar.

Queda un escenario alternativo y es una operación para terminar con la amenaza nuclear iraní. Ese objetivo va más allá de la destrucción de las instalaciones atómica iraníes y está en esos 460 kg de uranio enriquecido al 60% que tienen guardados los iraníes en algún lado. Este logro le permitiría a EEUU e Israel exhibir un logro real, porque de momento las instalaciones iraníes para enriquecer uranio están en su mayoría destruidas. Sería una salida muy razonable para decretar que el peligro nuclear está conjurado y pausar el conflicto.

Hablamos de pausar porque luego de los ataques de EEUU e Israel es poco probable que los ayatolas renuncien a buscar un arma atómica si siguen en el gobierno. Derrotados en el campo convencional es posible que busquen con mayor empeño tener un arma disuasiva en el futuro. Con esos 460 kg de uranio enriquecido les alcanza en teoría para fabricar de 10 a 12 ojivas, por lo que su ubicación y neutralización pasan a ser incluso más prioritarios en esta etapa de la crisis que una demostración de fuerza en una isla o la perspectiva de un Vietnam disecado. Para entender las dificultades de lograr ese objetivo vamos a explicar que ese uranio no está en bolsas Ziploc o en un tupper guardado en un armario de una base militar. Se guarda en contenedores especiales, por lo general en Cilindros Tipo 30B o en Paquetes Tipo B. Simplificando las cuestiones técnicas, se trata de cilindros que, por lo general, miden 1,8 metros de largo y 75 cm de diámetro y tienen un peso aproximado de 2 toneladas. Y no es uno, sino que puede que Irán haya dispersado sus existencias en varios sitios como medida de seguridad.

Es decir que se trata de un objeto del tamaño de un auto mediano, pero mucho más pesado que puede estar en cualquier sitio de los 1,64 millones de km2 de Irán. Muy probablemente algunos en las fortalezas subterráneas que ordenaron construir los ayatolas en las montañas iraníes.

La misión es saber cuántos son, en dónde están y luego organizar una extracción en sitios a los que puede resultar muy difícil llegar, con la dificultad adicional de sacarlos o neutralizarlos sin que los miembros de la misión brillen en la oscuridad terminada la misión.

No es imposible, pero demandaría una planificación y ejecución perfectas para no fracasar y dejar detrás bajas o rehenes que puedan generar una crisis adicional. De ser sencillo de lograr queda claro que Israel y EEUU ya lo hubieran hecho para evitar las dificultades actuales.

El cierre del análisis tiene que ver con el tiempo. Cuanto más se demande llegar a una solución, mayor es el daño global. Cuanto más crezca la oportunidad de supervivencia del régimen de Teherán, más posibilidades hay de que el escenario de hoy se repita en un futuro cercano.

El gobierno iraní se sabe ante un riesgo existencial y sube la apuesta apostando a la seguridad de sus vecinos a sabiendas de que es un modo de contribuir a cerrar las opciones de su enemigo al imputarle a sus decisiones de escalar el daño que generó con su represalia generalizada. El daño económico viene acompañado de una presión de los países sobre EEUU para que cierre la crisis y esa demanda se traduce además en el quite de colaboración para que profundice la apuesta militar. Esa soledad estratégica, como vimos, tiene efecto en el campo de batalla.

La segunda presión es interna y tiene que ver con el descontento que genera dentro de los EEUU la falta de resultados, lo que lleva a una personalidad como la de Trump a no admitir sus errores y doblar la apuesta. Es una cinta de Moebius demencial que está agravando la crisis. Queda por ver qué sucede en el campo militar, porque por ahora el nivel de apuestas hace que hoy una negociación sea una fantasía. O puede que de la lectura de los escenarios se concluya que, dado el nivel de demencia que implican, en algún momento conducirán a una mesa negociadora. El orgullo desmedido ya elevó el nivel de dificultad para resolver la crisis y le agregó más objetivos que antes no existían, como el abrir el Estrecho de Ormuz. En este punto, todos los escenarios apuntan a que no hay ganadores y solo grados de perdedores al final del camino.

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