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Malvinas desde la mirada de Eduardo Rotondo, el Ășltimo corresponsal

Actualizado: 5 jul 2023

Eduardo Rotondo cubrió la Guerra de Malvinas como fotógrafo y camarógrafo, dando una mirada distinta y mostrando a aquellos que combatieron como nadie lo hizo. Tuvo el valor de quedarse hasta el final y salir de las islas luego del cese del fuego. Hoy, cuenta su historia en su libro Malvinas – Los ojos de la guerra, que acaba de ser editado.


Por Santiago Rivas


Eduardo Rotondo fue de los muy pocos que cubrieron la Guerra de Malvinas, dejando para siempre la gesta a travĂ©s de sus imĂĄgenes, tanto de video como fotografĂ­as. AdemĂĄs, fue el Ășltimo corresponsal de guerra argentino en dejar las islas, luego de la caĂ­da de Puerto Argentino. A fines de 1982 editĂł un libro y un documental con sus imĂĄgenes, llamados ambos Alerta Roja. Sin embargo, el tesoro documental que generĂł durante sus dĂ­as en las islas necesitaba estar disponible nuevamente junto con la historia de Eduardo en esos dĂ­as que, como a todos los que participaron de la gesta, lo marcaron para toda su vida.

El nuevo libro no solo contiene las fotografías que fue tomando en Malvinas, sino también la historia de ellas y suma la posibilidad de ver también los videos, a través de códigos QR en distintas partes del libro que llevan a poder ver 56 videos que el autor ha subido a la web.

En una larga charla con Eduardo, hablamos de su libro, su historia antes de Malvinas y sobre la guerra.



PucarĂĄ Defensa: Vos habĂ­as sacado Alerta Roja en 1983 ÂżCĂłmo fue el proceso para sacar este nuevo libro?

Eduardo Rotondo: La idea nace cuando hace 2 años Netflix decide hacer una serie de mini capĂ­tulos de distintos acontecimientos que ocurrieron en la Argentina. De hecho, actualmente lo estĂĄ haciendo. Lino Palacio, que es productor de Torneos y Competencias y habĂ­a sido uno de los productores, compañero de mi hijo y que aparte es el coautor del libro, presentĂł un proyecto para hacer un documental sobre Malvinas. Y propone viajar a Malvinas a Max Hastings, que era el corresponsal de guerra britĂĄnico, y a mĂ­, y que allĂĄ juntos recordĂĄramos los momentos vividos y recorriĂ©ramos los lugares. Y de paso, pasar los vĂ­deos que habĂ­a grabado en aquel entonces y lo que Ă©l habĂ­a fotografiado. Nos pusimos en contacto con Max Hastings, le gustĂł la idea, pero a Ășltimo momento dicen ‘no vamos a hacer los documentales, de Malvinas. Pero ya se habĂ­a hecho toda una investigaciĂłn y entonces Lino me propone hacer un libro. Le digo, ‘mirĂĄ Lino, yo soy reportero grĂĄfico, no soy periodista y en este momento sacar un libro de fotografĂ­as es muy costoso’, porque no quiero cometer el mismo error que cometĂ­ en el 83, que, por bajar un poco los costos para que el libro fuera accesible, no usĂ© papel ilustraciĂłn. Y entonces, a los 3 o 4 años el libro se volviĂł amarillento y empezaron a desaparecer los colores reales en las fotos empezaron. Entonces me dijo, ‘vamos a hacer el libro igual, yo voy a escribir los capĂ­tulos’. Empezamos a hacer el libro hace dos años. Mi hijo, que es camarĂłgrafo, tuvo la idea de poner los cĂłdigos QR y cada capĂ­tulo tiene un video y asĂ­ la gente entiende mejor. Fuimos armando el libro de a poco y cuando ya lo tenĂ­amos listo fuimos a una editorial. A la editorial le gustĂł, pero a los cinco dĂ­as recibieron una visita y los amenazaron si publicaban el libro. AsĂ­ que empezamos a buscar tres o cuatro editoriales en Capital Federal y la amenaza la habĂ­an recibido todas. Terminamos conectĂĄndonos con una imprenta en La Plata, que dijo que sĂ­. Hubo que remasterizar las diapositivas, limpiarlas, porque muchas de ellas tenĂ­an puntitos negros de hongos, los vĂ­deos eran un poco mĂĄs fĂĄcil, pero la fotografĂ­a para mĂ­ era lo mĂĄs importante, en funciĂłn de que los soldados se vieran en cada una de las fotos.

Realmente yo estoy muy conforme con el libro. No podĂ­amos divulgar que estĂĄbamos haciendo el libro ni dĂłnde se estaba haciendo, porque corrĂ­amos el riesgo de que esta imprenta sufriera lo mismo. AsĂ­ que reciĂ©n cuando tuvimos las cajas con los libros pudimos decir “sale Los ojos de la guerra”. Una semana muy movida porque el mismo dĂ­a que la imprenta nos entregĂł los libros viajĂ© para Buenos Aires, encontrĂ© a mi hijo, fuimos a retirar los libros y de ahĂ­ en adelante programar todas las actividades que se iban a realizar en funciĂłn del lanzamiento del libro en la Feria del Libro, la Universidad de LanĂșs, la Facultad de Lomas, y al “bunker” Malvinas Siempre, que es un lugar donde hacen ropa afĂ­n a Malvinas. El dueño es un veterano de guerra.

Hubo dos momentos muy especiales en estos 11 dĂ­as que estuve en Buenos Aires. En una de esas dos reuniones en el bĂșnker vienen tres uniformados y se sientan a escuchar la charla y a ver los vĂ­deos que pasamos. Cuando termina, se acercan, uno era oficial con una jerarquĂ­a bastante grande. Me dice “¿no se acuerda de mĂ­? Usted nos fue a dar una charla a los Cascos Azules, para los cursos de periodistas en zona de combate. Yo era el segundo jefe y lo que usted contĂł, cĂłmo lo contĂł, me encantó”. Me dijo que era lo que los alumnos necesitaban, una vivencia para que ellos supieran. Y me dice “¿no se atreve a dar una charla en el Estado Mayor General del EjĂ©rcito?”. Programamos, me mandĂł un vehĂ­culo a buscarme, me llevaron hasta el Estado Mayor y ahĂ­ me encontrĂ© con una sorpresa muy grande, porque en el hall central habĂ­a unas puertas de madera muy altas, se abrieron las puertas, lleno de soldados que empezaron a aplaudir.



PD: Yendo para atrås en el tiempo. Antes de Malvinas, ¿Cómo fue tu experiencia como camarógrafo en Centroamérica y tus inicios?

ER: Yo empecĂ© muy joven, como fotĂłgrafo y camarĂłgrafo para una casa de fotografĂ­a en Lomas de Zamora, Fotolog. Cada vez que ocurrĂ­a algĂșn accidente o algo en la comisarĂ­a de Lomas, el comisario era conocido, llamaba a La Plata para pedir el fotĂłgrafo forense, pero tardaba dos dĂ­as en llegar, asĂ­ que habĂ­a negociado con Fotolog para que haga las fotografĂ­as. DespuĂ©s de varios dĂ­as, me dicen “hay un aviso en el diario buscando un reportero grĂĄfico para mandarlo a CentroamĂ©rica a una agencia nueva”. Me presento en la agencia y me dicen, “nos sirve, pero los cupos para toda Europa ya estĂĄn cubiertos, nos queda nada mĂĄs que CentroamĂ©rica, que se atreve a ir”. Les dije que sĂ­, yo ya sabĂ­a lo que estaba pasando en CentroamĂ©rica. Me dicen que iba a tener que hacer un curso de corresponsal de guerra, porque dos de los tres paĂ­ses que iba a cubrir, Guatemala y El Salvador, pedĂ­an que los periodistas que fueran allĂĄ fuesen corresponsales de guerra. Porque al ser corresponsal de guerra, vos te hacĂ©s responsable de lo que te suceda. Si bien tenĂ©s el beneficio de que podĂ©s estar junto a las tropas o donde estĂĄ el conflicto, tambiĂ©n tenĂ©s la contra de que si te pasa algo, el responsable es uno y no el paĂ­s donde te ocurre.

Ellos mismos averiguaron, fui a Campo de Mayo, hice un curso en el Ejército. En aquel entonces cada fuerza tenía su curso de corresponsal de guerra.

Y de ahĂ­ me mandaron para CentroamĂ©rica por 15 dĂ­as y me quedĂ© 3 meses, porque era muy difĂ­cil. Eran los comienzos de que la televisiĂłn se abrĂ­a un poco al exterior y mostraba lo que pasaba fuera de Argentina, con gente que fuese Argentina para un noticiero. En cuanto se aclimataron en los tres paĂ­ses a ver mi presencia y a saber que yo trabajarĂ­a para un canal con un noticiero importante que era 60 minutos, empecĂ© a recibir material como para poder cubrirlo. Cuando empecĂ© a mandar el material de video me dijeron, “lo vamos a dejar en CentroamĂ©rica”, y le dije “bueno, pero tengo que ir a buscar a mi familia, tengo una esposa y dos hijos”. VolvĂ­ a Buenos Aires y nos fuimos a vivir a Guatemala. Yo desde ahĂ­ iba a los distintos paĂ­ses a cubrir, a El Salvador y Nicaragua, pero Guatemala se habĂ­a puesto tambiĂ©n muy fea.

Por una casualidad conocĂ­ Costa Rica, que es como normalmente la llaman la “Suiza Centroamericana”, es un mundo aparte, asĂ­ que me mudĂ© con mi familia a Costa Rica y desde ahĂ­ iba a Guatemala, Nicaragua, El Salvador, y asĂ­ fui cubriendo por cuatro años. Como al canal le exigĂ­an que el camarĂłgrafo y el periodista tenĂ­an que ser del canal, el canal decide que el camarĂłgrafo voy a hacer yo y que el periodista me lo iban a mandar, asĂ­ que primero me lo mandaron a Leonardo ShocrĂłn. Con el que estuve un año y medio trabajando. Y despuĂ©s lo mandaron a NicolĂĄs Kazansew.

Cada cuatro o 5 meses me llamaban y me decĂ­an “andate con tu familia unos dĂ­as de vacaciones”. Yo, como quedaba cerca, iba por lo general a Miami. Me llamaba la atenciĂłn, entonces un fin de año que volvĂ­, voy a la Agencia y les preguntĂ© por quĂ© cada cuatro meses me mandaban unos dĂ­as de vacaciones. Me dicen “venĂ­ al control”, voy al control y le dicen al operador, “ponele cuando vuelve de las vacaciones”. Me pone un video y me dice “¿a cuĂĄnto estĂĄs de dĂłnde estĂĄn disparĂĄndose?”. Digo: “una cuadra y media”. “Y pasale cuando le decimos que se tiene que ir de vacaciones”. Me pasa otro video y estaba en el medio de la manifestaciĂłn, empiezan a volar la molotov y ShocrĂłn estĂĄ en el medio y yo estoy al lado de Ă©l y nos caen las Molotov cerca, me dice “por eso te damos las vacaciones”.

No te ibas dando cuenta y cada vez ibas metiĂ©ndote mĂĄs. Lo mismo le pasaba a ShocrĂłn. Cuando nos Ă­bamos a PanamĂĄ a editar, en cuanto veĂ­a las imĂĄgenes me decĂ­a “¿por quĂ© no me dijiste que atrĂĄs mĂ­o estaban empezando a disparar”. Le decĂ­a “era la nota”.



PD: ÂżY cĂłmo volviste para ir a Malvinas?

ER: Y en marzo de 1982 la agencia me dice, cerrĂĄ todo y venite con tu familia para Buenos Aires. A mĂ­ me llamĂł la atenciĂłn, les pregunto, “¿para quĂ© quieren que viaje de vuelta?” Me dicen “cuando vengas te vas a enterar”.

LleguĂ© el 28 de marzo, fuimos todos a la casa de mi suegra y el 2 de abril, cuando ocurre la recuperaciĂłn de las islas, me llaman y me dicen, “ahora ya sabĂ©s para que te habĂ­amos mandado llamar”. Y asĂ­ fue como pude ir a Malvinas, viajĂ© 3 veces y la Ășltima me quedĂ© hasta el final.

Cuando MenĂ©ndez, a las 20:55 de la noche firma la rendiciĂłn, yo decido quedarme un poco mĂĄs, hasta tanto me estuvieran buscando. Y el 15 salgo, pero sin el casco. El casco lo usĂ© nada mĂĄs que el 14 de junio. El 15 salgo sin el casco y la campera que usaba, que era la misma que usaban los kelpers, la habĂ­a comprado en el West Store, o sea que mientras no abriera la boca, era un kelper con una camarita de fotos. Y entrĂ© a sacar fotos a los soldados britĂĄnicos para mostrar el equipamiento que cada uno traĂ­a, lo Ășnico negativo de ellos eran los borceguĂ­es. Los mejores borceguĂ­es eran los de la Marina, porque tenĂ­a la lengĂŒeta pegada hasta arriba, era un poco mĂĄs difĂ­cil que te entrara agua, porque cuando caminabas en la turba y te quedabas parado en un lugar, entraba a brotar agua.



PD: ÂżCĂłmo fuiste cubriendo la guerra? ÂżCĂłmo fueron tus viajes a las islas y cuando ya te quedaste hasta el final?

ER: La primera vez fui a Comodoro Rivadavia, era un loquero, estaban todos los periodistas y los aviones que salĂ­an de Comodoro Rivadavia eran aviones comerciales que les habĂ­an quitado las butacas, pero no llevaba periodistas, asĂ­ que decidĂ­ irme hasta RĂ­o Gallegos. En RĂ­o Gallegos, no habĂ­a nada, de ahĂ­ despegaban solamente los HĂ©rcules, pero iban cargados. Estuve como tres dĂ­as dando vueltas por ahĂ­ hasta que un dĂ­a para una camioneta de Felfort y bajan un huevo de Pascua gigante, era el 7 de abril, y le dicen al piloto del Hercules “necesitamos que este huevo llegue a Malvinas para que el 11, que era domingo de Pascua, los soldados puedan, aunque sea, tener un pedacito”. Y el piloto le dice, “cĂłmo estĂĄ el Hercules cargado hasta atrĂĄs, yo pongo el huevo ahĂ­. Ahora, si llega entero, no sĂ©â€. Yo escucho y como ya hacĂ­an tres dĂ­as que me veĂ­an, le digo al piloto “si me llevas, yo me siento arriba de un cajĂłn de municiones, agarrĂł el huevo de Pascua y lo voy sosteniendo hasta que llegue”. “Bueno”, dijo el piloto.

AsĂ­ que voy esa primera vez, estoy tres dĂ­as filmando, todavĂ­a no habĂ­a pasado nada, y me vuelvo al continente para dĂĄrselo a la agencia, porque con esas imĂĄgenes la agencia iba a poder negociar. Todos los medios de televisiĂłn extranjeros estaban todos en el Hotel Sheraton, porque ahĂ­ estaban controlados. AhĂ­ se interesa la televisiĂłn norteamericana, la ABC. El productor Frank Manitzas dice “me gustarĂ­a que vaya de vuelta, pero con un periodista que hable inglĂ©s”. AsĂ­ que nos volvemos a contactar con NicolĂĄs, que en ese momento estaba sin trabajo y dijo que sĂ­. Inmediatamente fuimos a RĂ­o Gallegos, no hizo falta esperar, cuando lo vieron a NicolĂĄs me dieron a elegir el HĂ©rcules que quiera. Fuimos a Malvinas, estuvimos dos dĂ­as haciendo reportajes en inglĂ©s y algunos en español, y despuĂ©s los traducĂ­a. Cuando volvimos les mostramos el material. Frank Manitzas dice “las imĂĄgenes me gustan, los reportajes no son los bĂ©licos que yo esperaba”, o sea, era mĂĄs notero que otra cosa. Igual no habĂ­a mucho para preguntar porque todavĂ­a no habĂ­an empezado los combates.

Entonces, dicen, “queremos que viaje, pero solo y que haga nada mĂĄs que sonido ambiente”. Yo hasta ese momento venĂ­a usando VHS profesional. Cuando estoy por salir para RĂ­o Gallego viene Frank Manitzas en persona, y me dice “este es tu nuevo equipo y me da una mochila y una cĂĄmara Sony 1800. Los cassettes solamente se podĂ­an grabar 25 minutos, la casetera llevaba dos baterĂ­as de moto y la cĂĄmara llevaba una baterĂ­a de moto mĂĄs. Me dieron el cargador, me dieron una mochila para poder llevar la cĂĄmara y me dijeron “tenĂ©s que grabar con esto que tiene la calidad que nosotros queremos y estĂĄ en NTSC. AsĂ­ que mientras iba en el aviĂłn hasta RĂ­o Gallegos y despuĂ©s de RĂ­o Gallegos a las islas iba leyendo el manual. Porque, si bien las botoneras eran bastante parecidas, yo soy zurdo y me costaba trabajo manejar todo con la otra mano.

Como yo era fotĂłgrafo de toda la vida, siempre fui con una cĂĄmara de fotos.



PD: Aunque ahĂ­ fuiste solo como camarĂłgrafo

ER: Y tenĂ­a una misiĂłn muy difĂ­cil porque lo que yo filmaba los norteamericanos al otro dĂ­a se lo daban a los britĂĄnicos. Entonces, las cosas que yo filmaba las tenĂ­a que ser sin delatar, por ejemplo, posiciones o el estado del aeropuerto.

Así que viajé la tercera vez, me hospedé en el hotel Upland Goose, donde estaban los periodistas menos los de Télam, porque ellos habían alquilado una casa porque habían llevado una teletipo y una radiofoto. Ellos sacaban fotos blanco y negro, revelaban en el baño de la casa, mandaban ese mismo día la fotografía por ese nuevo aparato y las recibían en el momento en Buenos Aires.

Cinco dĂ­as despuĂ©s que empezĂł la guerra, recibiĂł MenĂ©ndez una orden y les secuestraron el aparato para mandar las fotos. Yo sacaba las fotos y junto con los cassettes mandaba uno o dos rollos de fotos. Cuando el 1Âș de mayo ocurre el primer ataque, una orden de Buenos Aires, dice que los periodistas que estĂĄn en Malvinas quedan en Malvinas, pero que no entra nadie mĂĄs.

Antes del 1Âș de mayo, la gran mayorĂ­a de los periodistas iban en el vuelo que llevaba a Galtieri o a Lami Dozo o Anaya y volvĂ­an con Ă©l en ese vuelo.

AsĂ­ que, cuando se presenta esta encrucijada del 1Âș de mayo quedaban TĂ©lam, ATC, que era el canal del Estado y yo que que trabajaba para el exterior. Cuando MenĂ©ndez me llama, me dice, “Mire, con usted voy a consultar a Buenos Aires, porque usted en realidad trabaja para un canal del exterior”. Como a la hora y media, me dice, “dicen que sĂ­, que se quede acĂĄ, pero que tenga cuidado con lo que vaya a filmar, porque usted es argentino, va a sentir la guerra de otra manera y les va a entregar el material de otra manera”.

Y entonces empezamos a trabajar. Cuando salĂ­amos a la mañana del hotel yo le preguntaba a NicolĂĄs, para dĂłnde iba, y NicolĂĄs me decĂ­a, “voy para el aeropuerto”, entonces yo le decĂ­a, “bueno, yo voy para el otro lado”. En los primeros dĂ­as NicolĂĄs hacĂ­a dedo y le paran los camiones, los jeeps, las ambulancias. Yo hacĂ­a dedo y el chofer me saludaba, hasta que me conocieron y se enteraron de que yo trabajaba para la cadena norteamericana.

Al tercer dĂ­a, cuando reciben los primeros dos rollos despuĂ©s del 1Âș de mayo me llaman de la agencia y me dicen que la revista Gente estĂĄ interesada. Les digo que sĂ­, pero que con una cĂĄmara sola no podĂ­a hacer nada, asĂ­ que me dijeron que averigĂŒe si podĂ­a comprar otra. Yo me habĂ­a llevado una cĂĄmara con un teleobjetivo, pero tenĂ­a el inconveniente de que no sacaba fotos de cerca. Era una Nikon F10 que todavĂ­a la tengo. Me fui al West Store que vendĂ­a de todo, me encontrĂ© con la sorpresa de que la mayorĂ­a de los productos eran argentinos. Argentina e Inglaterra mantenĂ­an un contacto permanente no solamente comercial, la juventud de las islas terminaba sexto grado y venĂ­a para el continente o se iba para el Uruguay a seguir el secundario.

En el West Store veo la Nikon F10, les pregunto si la tienen con un gran angular y me dicen que sĂ­. La compro y andaba con dos cĂĄmaras de fotos, la cĂĄmara de video, la mochila y un bolso con las baterĂ­as de repuesto.

Empecé a sacar fotos, Gente me pedía que tenía que hacer diapositivas porque la calidad cuando se pasaba a papel era superior que el negativo color. Así que sacaba fotografías cuando podía y cuando no, filmaba. Cuando volví de Malvinas el 18 de junio me encontré con que me estaban esperando en Comodoro Rivadavia y en un Learjet me trajeron a Buenos Aires, me llevaron directamente al Sheraton HP para que entregara los dos rollos con el final de la guerra a Franck Manitzas, que estaba re contento, porque nadie tenía ese material.

DespuĂ©s me llevan a editorial AtlĂĄntida para entregar los 3 rollos y mientras estoy esperando que me sirven un cafĂ© y me traen las ediciones de Gente anteriores. Cuando las empiezo a ojear y empiezo a ver las tapas, que decĂ­an “Estamos ganando”, “seguimos ganando” y cuando yo miraba las fotos y digo, “pero estas fotos no son mĂ­as”. Cuando llegĂł el momento de entrar le digo al que era mi jefe “yo el material a la revista Gente, estos tres rollos, no se los doy. Yo no sĂ© si fue autocensura o los obligaron a hacer censura, pero esto no es lo que estaba pasando en Malvinas. Estas fotografĂ­as, aparte no ser mĂ­as, no son la realidad, porque si al menos hubieran usado mis fotos, hubiĂ©ramos mostrado a los soldados como realmente estaban”, que no estaban sucios, estaban sucios a propĂłsito porque se pasaban grasa en la ropa para que cuando lloviese la ropa fuera impermeable y no les mojara la ropa interior.

Y entonces me dicen, “hablemos de precio”, y yo les digo, “no tiene precio. Esto no tiene arreglo, prefiero tirar los tres rollos al piso y pisarlos y que se velen, que dĂĄrselos a ustedes”. Entonces me preguntan quĂ© quiero y les digo que cuenten la verdad, que cambien la tapa de la revista, “La guerra que no vimos, la verdadera guerra” y asĂ­ lo hicieron. Les di los tres rollos y publicaron las fotografĂ­as de los cuatro Ășltimos dĂ­as, sumadas a algunas fotos de antes.

DespuĂ©s Manitzas me dijo que querĂ­a que siga siendo camarĂłgrafo y me mandaron a Chile, que estaba Pinochet. AhĂ­ estuve tres años mĂĄs trabajando, hasta que un dĂ­a un carabinero que andaba a caballo con un bastĂłn y cuando avanza, estĂĄbamos un grupo de periodistas y yo lo estoy filmando y me quedo como medio embelesado viendo que viene el caballo. Y reacciono reciĂ©n a lo Ășltimo, que me tira con el palo, pongo la cĂĄmara y pega el palo en la cĂĄmara y la rompe. En ese momento volvĂ­ a Buenos Aires y dije, “hasta acá”.

DespuĂ©s empecĂ© a trabajar en televisiĂłn, trabajar en un mĂłvil de video, me contactĂ© con Sony Music y armĂ© un mĂłvil para hacer recitales y mi Ășltimo trabajo fue con Juan Alberto BadĂ­a en Imagen de Radio. DespuĂ©s vendĂ­ los equipos y me vine a vivir a la costa.



PD: ÂżCĂłmo fueron estos Ășltimos dĂ­as en Malvinas?

ER: El 13 de junio, a media mañana, MenĂ©ndez nos manda a llamar y nos dice, “los ingleses estĂĄn del otro lado de los montes. En una hora o una hora y media estĂĄ llegando el Ășltimo Hercules, ya despegĂł desde RĂ­o Gallegos, asĂ­ que por favor los invito a que se retiren”. Los de Telam no lo pensaron dos veces, dijeron vamos a buscar los equipos porque no los iban a dejar ahĂ­. Les dijeron en que galpĂłn estaban, fueron a buscar los equipos, pero cuando llegaron al aeropuerto el Hercules habĂ­a partido. En el caso de NicolĂĄs, Ă©l pidiĂł quedarse y MenĂ©ndez le dijo, “tenĂ©s un problema gravĂ­simo, vos disparaste un cañón y saliĂł por televisiĂłn. En cuanto los ingleses vengan para este lado, al primero que van a buscar va a ser a vos y no las vas a pasar bien. AsĂ­ que, resignado, se tuvo que volver con Lamela en ese Hercules.

Cuando me toca el turno a mĂ­ le digo, “discĂșlpeme, usted tiene mi acreditaciĂłn en su escritorio, yo me voy a quedar”. Me dijo “¿sabes a lo que te exponĂ©s? a partir de ahora quedas bajo tu responsabilidad”. La gente que trabajaba en la gobernaciĂłn eran kelpers que supuestamente no hablaban español, pero cuando llegamos al hotel, Mr King, que era el dueño del hotel, nos llama y nos da la factura para que le paguemos. Nos quedamos mirando, porque nosotros pagĂĄbamos una vez por semana, pero ahora sabĂ­a que nos tenĂ­amos que ir. Yo le digo “se la pago a la factura, pero yo me quedo”. “¿CĂłmo que se va a quedar?” me pregunta.

Me ocurre el 13 a la noche una cosa increĂ­ble. Ya el 13 el bombardeo era permanente, no paraba en ningĂșn momento, se combatĂ­a en los montes y tanto la artillerĂ­a naval como la terrestre no paraban de disparar. Y la terrestre nuestra tampoco. Y como a las 21 se corta la luz en el hotel. Y yo me querĂ­a morir, porque iba a poder sacar fotos, pero no iba a poder firmar porque las baterĂ­as no estaban cargadas.

Me asomo como puedo, porque no podíamos salir del hotel, había una orden de que todos los kelpers tenían que tener sus ventanas tapiadas. Y me encuentro con que las luces de mercurio de todo Puerto Argentino estaban prendidas. Agarré la cåmara de fotos para sacar una foto pero no podía sacarla ni siquiera con la mínima velocidad, la tenía que poner posición Bulbo, que mientras tuviera apretado el disparador la cåmara iba a tomar, pero eso necesitaba un trípode.

Me apoyé como pude en un lugar, puse la cåmara y saqué en bulbo mås o menos haciendo el cålculo de cuånto podría tardar y la solté. La foto salió un poco fuera de foco, creo muestra todo Puerto Argentino a oscuras menos la luz de mercurio. En ese momento no le presté atención, pero después me di cuenta de que ese sabotaje había sido hecho para que tanto la artillería naval como la terrestre ubicara donde estaba Puerto Argentino y que todo donde no estaba iluminado por la luz de mercurio estaban todos los argentinos. La luz volvió como a las 4:30 h de la mañana, puse a cargar las baterías, pero no se llegaban a cargar. A las 6:00 h de la mañana salí, había empezado a salir el sol, agarré la batería a medio cargar y salí. Ahí fue donde filmé las calles nevadas, el combate ya se estaba dando a la altura de los montes. Podía filmar a lo sumo un cassette de 25 minutos y me quedaba sin batería, así que, de donde estaba, volvía al hotel, ponía a cargar esa batería y me llevaba las otras que tampoco estaban cargadas en su totalidad. Eso me limitaba un poco lo que filmaba.

En el momento donde se decreta el cese del fuego, cuando llega el secretario de Jeremy Moore a negociar me cruzo con Max Hastings, el corresponsal de guerra britĂĄnico.



PD: DĂłnde hacen las famosas fotos de cada uno

ER: Un capo, habĂ­a estado en todas las guerras, nos sacamos una foto cada uno y prometemos publicarla. Yo en Alerta Roja la publiquĂ© y Ă©l en su segundo libro. DespuĂ©s algunos ingleses intentaban pasar a Puerto Argentino, asĂ­ que yo decido avanzar, meterme entre las filas britĂĄnicas, pedirles permiso y filmarlos, sacarle foto al primer grupo de todos, que eran dos. Este yo todavĂ­a no estaba muy seguro, si bien andaba con el casco que me identificaba como corresponsal, asĂ­ que me puse la cĂĄmara bajo el brazo y la dejĂ© prendida. Hablo con ellos, eran paracaidistas britĂĄnicos y me preguntan dĂłnde queda Puerto Stanley. Yo le digo, “esto es Puerto Argentino”, uno de ellos hace una seña, como diciendo “¿por esta porquerĂ­a vinimos a pelear?”, porque realmente era un pueblito. El otro que se rĂ­e y se vuelve y yo lo saludo y ahĂ­ es donde reciĂ©n me pongo la cĂĄmara al hombro.

Lo que habĂ­a ocurrido es que ese dĂ­a los ingleses habĂ­an avanzado casi hasta la gobernaciĂłn y el hospital quedaba del otro lado. AsĂ­ que mientras estaba el cese del fuego, decido ir al hospital a ver cĂłmo estaba, asĂ­ que me meto entre la las fuerzas britĂĄnicas cuando agarrĂł la calle para ir al hospital. De atrĂĄs de una de las casas salen dos comandos que estaban agazapados y nos piden agua o chocolate. No tenĂ­amos ninguna de las dos cosas. Llego al hospital, estaban todos los mĂ©dicos con el guardapolvo, pero esta vez estaban con el casco blanco con la Cruz Roja puesta. Ya estaban todos afuera, me dijeron “quedate tranquilo, estĂĄ todo bien, evacuamos a los a los heridos, los pudimos subir al IrĂ­zar. Lo Ășnico que no pueden traernos heridos acĂĄ porque estamos con los britĂĄnicos alrededor”. Quiero entrar a la gobernaciĂłn y no me dejan ni a mĂ­ ni a los 20 corresponsales britĂĄnicos que habĂ­an llegado. La reuniĂłn de MenĂ©ndez era a puerta cerrada.

Los corresponsales de ellos estaban uniformados igual que los soldados, hasta tenĂ­an casco, no estaban identificados los cascos, pero no tenĂ­an correaje ni armamento. Y lo Ășnico que los identificaba eran las cĂĄmaras de fotos que tenĂ­an colgando. El camarĂłgrafo de ellos venĂ­a un dĂ­a atrĂĄs, asĂ­ que todo eso no lo pudo grabar. Los ingleses pensaban el 14 a la noche, ingresar a Puerto Argentino desfilando y como el camarĂłgrafo de ellos no estaba esperaron hasta el 15 al mediodĂ­a, que llegĂł y entraron desfilando y salieron los Kelpers con las banderas.

Uno de los corresponsales se va hasta el hotel y le regalan una botella de whisky, asĂ­ que vuelve con esa botella de whisky en el bolsillo. Yo lo grabo. Y estaban hablando como que no lo podĂ­an creer. A los pocos minutos vienen cinco o seis civiles, porque no estaban uniformados, tambiĂ©n con cĂĄmaras de fotos y un kelper que hablaba bien español y que hablaba siempre conmigo. Me hice ‘periodistas’, claro, eran los periodistas asimilados, no eran corresponsales de guerra. En aquel entonces se utilizaba la palabra asimilado para los que no habĂ­an hecho el curso.

Cuando nos enteramos de que MenĂ©ndez firma la rendiciĂłn me vuelvo para el hotel. Cuando llego al hotel, soy el Ășnico argentino dentro del hotel. King me mira, le hago señas, me da la llave de la habitaciĂłn y me voy a la habitaciĂłn. Todo el 14 a la noche la pasĂ© levantado cargando baterĂ­as. El 15 a la mañana decido salir, pero sin el casco, a sacar fotos. Cuando vuelvo, la hija de Mr. King, que estaba estudiando el secundario en Comodoro Rivadavia, me dice en español “lo estĂĄn buscando a Kazansew, no para saludarlo, y estĂĄn buscando al camarĂłgrafo que ayer estuvo filmando, creo que para pedirle los cassettes”. Me dice “Si bajas, ya estĂĄn los soldados, asĂ­ que escapate por la ventana”. Yo estaba en un primer piso, que era bajitos. La ventana daba al depĂłsito de basura que era metĂĄlico, el salto era poco y me dice “el jeep del hotel tiene la llave puesta. Si te vas con el jeep, lo Ășnico que te pido es que te acordĂ©s que tenĂ©s que manejar ahora por la derecha y no por la izquierda”.

AsĂ­ que, como puedo, desarmo el equipo de video, lo meto en el bolso que tenĂ­a, un bolso de la Marina que me habĂ­an regalado, guardo el casco, una o dos pavadas mĂĄs y me subo, salto, voy al Jeep. Le digo al capitĂĄn del Yehuin “mire, necesito que despache este bolso que tiene dos cassettes y tres rollos de fotos” y me dice “es difĂ­cil, porque cuando llegamos al IrĂ­zar hay un mĂ©dico argentino, un mĂ©dico de la Cruz Roja y un mĂ©dico britĂĄnico. Subimos a los heridos que tienen un tarjetĂłn que dice que ya han sido revisados. Va a ser difĂ­cil poder despachar este material. Si quieres dĂ©jamelo y veo en quĂ© momento lo puedo subir”.

Le digo “OK, le dejo el material” y me pregunta quĂ© iba a hacer. Le digo “nada, voy a volver al hotel a devolver el Jeep” y me dice “te van a agarrar los ingleses y te vas a comer unos cuĂĄntos cachetazos hasta que digas quĂ© hiciste con el material”. Me dijo “te doy un overol de los marineros que estĂĄn arriba del barco y quĂ©date. El jeep dĂ©jalo, que ya alguien lo va a venir a buscar”. Y asĂ­ fue, de un momento al otro el Jeep ya no estaba mĂĄs. Agarra el bolso y me dice “es tu responsabilidad, asĂ­ que agarrĂ© los dos cassettes, me los puse entre medio del overol y guardĂ© los rollos de fotos y me quedĂ© arriba el Yehuin.

Íbamos al IrĂ­zar y solamente podĂ­amos subir a los heridos. Ninguno de nosotros podĂ­a subir. En ese Ă­nterin llega el chĂłfer del general MenĂ©ndez con un baĂșl de madera verde y le dice al capitĂĄn del Yehuin “este baĂșl dice el general que lo suban al IrĂ­zar o lo tiran al mar, no acĂĄ, dentro de la bahĂ­a.


El Dr. Guillermo Francisco Klein y Eduardo Rotondo mirando cĂłmo trepar la red para abordar el IrĂ­zar.

El IrĂ­zar termina de subir los 420 heridos el 16 al mediodĂ­a y, una vez que estaban todos, tanto el mĂ©dico de la Cruz Roja como el mĂ©dico britĂĄnico bajan para que el Irizar zarpe. Cuando zarpa el IrĂ­zar digo, “bueno, chau”. Lo que tenĂ­a el IrĂ­zar era que no estaba dentro de la bahĂ­a como habĂ­a estado el BahĂ­a ParaĂ­so, por su calado. AsĂ­ que cuando zarpa el IrĂ­zar, el capitĂĄn del Yehuin toma la decisiĂłn de acercarse al IrĂ­zar, yo creo que era para llevar ese baĂșl. El capitĂĄn del Yehuin le habla al capitĂĄn del IrĂ­zar por radio y le dice, “tengo unos amigos que necesitan subir y tengo un regalo para darle”, porque arriba del Yehuin se habĂ­an venido tres curas y parte de la gente de Prefectura. Y el capitĂĄn del IrĂ­zar le dice, “yo no puedo parar los motores, porque si paro los motores, los britĂĄnicos que estĂĄn todos alrededor se van a dar cuenta. Lo que puedo hacer es tirar una red y el que se atreva a subir, que suba y despuĂ©s a lo Ășltimo, tiramos otra red, meta todas las cosas adentro de esa red y la subo”.

AhĂ­ recibĂ­ un curso ultrarrĂĄpido de 10 segundos que me lo dieron los de Prefectura de en quĂ© momento yo tenĂ­a que saltar y cĂłmo aferrarme a la red. Yo no sabĂ­a que tenĂ­a esas aptitudes, pero del miedo que tenĂ­a encima lo pude hacer. Y lleguĂ© a la cubierta de vuelo y ahĂ­ me sentĂ© y me puse a llorar. Terminaron de subir al resto de la gente y cuando viene la red viene el bolso mĂ­o con la cĂĄmara, la videocasetera, y el baĂșl.

Se acercó un enfermero y me acompañó a un camarote, me pegué una ducha y ahí pude avisar al continente que estaba vivo y que estaba yendo en el Irízar que llegaba aproximadamente el 18 de junio a Comodoro Rivadavia.

AhĂ­ quedĂł la historia del baĂșl. Un año despuĂ©s un dĂ­a pido hablar con MenĂ©ndez, estaba reacio a dar notas y me dice que vaya a charlar un rato. Y lo primero que le pregunto, “dĂ­ganme general. ÂżQuĂ© habĂ­a dentro de ese baĂșl?” y me dice “por un lado habĂ­a documentaciĂłn secreta que le habĂ­a sacado al gobernador britĂĄnico. Y, por otro lado, estaba la bandera de ceremonias de la gobernaciĂłn, que yo no querĂ­a que cayera en manos britĂĄnicas”.

Los muchachos de Telam que estuvieron en Malvinas, lamentablemente fallecieron todos. El año pasado Telam decide publicar una serie de fotografías, van los archivos y había algunos negativos que nunca habían visto la luz. Esos negativos tenían la fotografía de Eduardo Ferrer, que era el fotógrafo de Telam desde arriba del Irízar, que había sacado la foto cuando el Yehuin, estå llegando, mostrando la cubierta donde estaba yo. Y esa foto la descubrí después de 40 años porque la publicaron. Este eso cerraba mi historia, porque eståbamos mirando la red para ver cómo subir.


"Por esa ventana me escapé del hotel. La ventana que se ve era mi habitación y luego de saltar al depósito de residuos. En ese lugar estaba el jeep del hotel con el que me escapé. La foto es 19 años después."

PD: En 2001 volviste a Malvinas

ER: Ese viaje fue no solo en que me encontrĂ© con Max Hastings, Ă©l estaba igual, yo estaba hecho pelota. Pude ir a los lugares donde ellos habĂ­an estado porque salĂ­amos en dos Land Rover a recorrer toda la zona y la Ășnica exigencia que yo habĂ­a puesto para viajar era que me permitieran ir con una cĂĄmara de video. AsĂ­ que filmĂ© en los lugares donde ellos estaban y vi que no la habĂ­an pasado tan bien como muchos argentinos se creen.


PD: Es interesante porque ellos reconocen lo que les costĂł y lo mal que la pasaron. Siempre ha sido mĂĄs de un problema de acĂĄ la desmalvinizaciĂłn, porque los ingleses siempre dicen que fue una guerra muy difĂ­cil.

ER: Cuando volvĂ­ al continente me encontrĂ© que los argentinos estaban con el mundial de fĂștbol y Malvinas ya habĂ­a pasado. Entonces yo decĂ­a, ‘quĂ© extraño no, porque los soldados no tienen la culpa de haber perdido y si hubieran analizado contra quiĂ©n estĂĄbamos combatiendo, se habrĂ­an dado cuenta que, tarde o temprano iba a ser muy difĂ­cil mantener las islas’.


PD: Fue una experiencia muy fuerte haber estado ahí, en la parte mås compleja en la rendición y el escapar después.

ER: Yo podrĂ­a haberme ido el 13 de junio. Pero me parecĂ­a que despuĂ©s de haber seguido a esos soldados y, sobre todo, de haber visto con la valentĂ­a con que combatieron, no me voy a ir, porque alguien tiene que mostrar cĂłmo terminĂł todo. Y cuando el 14 pasĂł lo que pasĂł yo me dije, “ahora me doy cuenta por quĂ© me quedĂ©â€. En un momento estaba en la loma de la gobernaciĂłn, aĂșn se seguĂ­a disparando. Ya a esa altura no solo recibĂ­amos disparos de los britĂĄnicos, sino que recibĂ­amos disparos de los Kelpers, que nos tiraban con carabina 22 desde las ventanas. Los veo a los soldados que vienen replegĂĄndose y me llamĂł la atenciĂłn que no venĂ­an arrastrando los pies, que es un sĂ­ntoma de haber llegado hasta un punto lĂ­mite. Eran Infantes de Marina y entraron cantando la canciĂłn del infante.

Lo que pasa es que algunos todavĂ­a tenĂ­an municiones y otros habĂ­an disparado hasta la Ășltima pieza o hasta la Ășltima municiĂłn, y no habĂ­a manera de reabastecerlos.



Y una de las cosas que no te contĂ© fue que, en los primeros cinco dĂ­as, a la noche cuando nos juntĂĄbamos en el hotel, despuĂ©s de comer, venĂ­a lo que nosotros habĂ­amos llamado el interventor, el capitĂĄn RodrĂ­guez Mayo. Y tanto Triki Lamela, que era el camarĂłgrafo de NicolĂĄs, como a mĂ­, me decĂ­a, “quiero ver”. Entonces entraba a mirar por el visor lo que habĂ­amos filmado, decĂ­a, “esto hay que borrarlo” y le decĂ­amos “pero si lo borramos queda sin pulso y me queda el pedazo”. AsĂ­ por cinco dĂ­as. A mĂ­ me hacĂ­a borrar menos que a Triki, pero igualmente dos o tres veces tuve que borrarlo, hasta que al quinto dĂ­a le digo a Lamela. “vamos a plantarnos y decirle que dejamos de trabajar si no nos dice cuĂĄles son las pautas, porque salimos, nos exponemos para que despuĂ©s el tipo a la noche nos borre”. Lo vamos a ver y dice “lo que pasa es que cuando ustedes hacen una nota dicen ‘soy el soldado clase 62, JosĂ© LĂłpez del Regimiento Patricios, estoy acĂĄ en el monte Dos Hermanas’ y eso es informaciĂłn”. Nos miramos y le dijimos “¿eso es todo?”, y le dijimos que entonces antes de empezar la nota les decimos que digan nada mĂĄs su nombre y que digan “desde algĂșn lugar de Malvinas”. Nos dijo que le parecĂ­a bien, lo querĂ­amos matar, en lugar de decir por quĂ© nos hacĂ­a borrar el material para que buscĂĄramos una soluciĂłn, solamente decĂ­a “bĂłrrenlo”.



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