Arabia Saudita se enfrenta con Emiratos Árabes Unidos en Yemen y el espacio musulmán comienza a agrietarse
- Ignacio Montes de Oca
- hace 1 día
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Nacho Montes de Oca
Aviones de Arabia Saudita siguen atacando las posiciones del Consejo de Transición del Sur, la milicia separatista de Yemen apoyada por los Emiratos Árabes Unidos y comienza a agrandarse la grieta entre los emiratos petroleros de Medio Oriente. Desde 2014, Yemen está en una guerra civil y su territorio dividido en 3 grandes zonas. Una es la que controla el gobierno reconocido internacionalmente del presidente Rashad al-Alimi, respaldado por el Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC) apoyado por Arabia Saudita. El oeste es controlado por los Hutíes del partido Ansar Allah, respaldados por Irán. Ocupan la zona más poblada y la antigua capital yemenita, Saná. El tercer grupo es el Consejo de Transición del Sur (STC) apoyados por los Emiratos Árabes Unidos que buscan su independencia. Hay otra división y es religiosa. Todos son musulmanes, pero los hutíes son chiitas zaidíes, el gobierno del PLC es en su mayoría sunita y el STC son también sunitas, pero shafies. Y hay otros dos grupos, pero yihadistas: el ISIS y Al Qaeda que pertenecen a la rama salafista del sunismo.
Ahora bien, el resto de los emiratos se acopla al conflicto de diferente manera. Qatar, por su cercanía a Irán, se vincula a los hutíes, pero en esta fase del conflicto decidió apoyar a los esfuerzos de los sauditas para evitar el avance del STC y oponerse a los planes emiratíes. Omán, con fronteras con los saudíes, yemenitas y emiratíes, hace el rol de mediador. Bahréin se alineó con los EAU, con quienes confluye cada vez más en su política exterior. Ambos son parte de los Pactos de Abraham y reconocen a Israel. Luego veremos por qué esto es importante. Kuwait se alineó con los sauditas, aunque sin ser parte del capítulo militar. Esto hay que aclararlo, porque en 2014 se formó una alianza contra los hutíes que los llevó a lanzar una campaña militar fallida para acabar con ellos. Esa alianza desapareció en esta crisis.
Esa liga estaba formada por 10 naciones musulmanas. Qatar se retiró el último día del año 2025. El resto no mandó tropas para apoyar a Arabia Saudita, aunque Egipto y Jordania los apoyan desde las declaraciones. Marruecos, hace silencio y Sudán tiene su propio conflicto. Allí es donde comienza a revelarse la separación creciente entre los integrantes de la esfera musulmana de Medio Oriente, que en 2015 se habían comportado como un bloque consistente al marchar contra los hutíes. Y volvieron a hacerlo entre 2017 y 2019 al bloquear a Qatar.
Entre junio de 2017 y enero de 2021 esa coalición menos Marruecos, pero con la adición de Mauritania, Senegal, Yibuti, Maldivas, Yemen y Comoras, aislaron a Qatar luego de acusarla de usar su sistema financiero a favor de grupos terroristas como la Hermandad Musulmana y Al Qaeda. Qatar fue asistida por Irán y hasta el ocaso de Teherán luego de la Guerra de los 12 Días y el colapso de sus proxies en Siria, Líbano y los territorios palestinos, la coalición tuvo un sentido al servir como contención al yihadismo que alentaban los iraníes. Pero ahora algo cambió. Con Irán debilitado, comenzaron a chocar las políticas exteriores de los sauditas y los emiratíes. Los cataríes, rehabilitados tras el proceso de paz que siguió al levantamiento del bloqueo, comenzaron a acercarse cada vez más a los saudíes. En Yemen, quedó expuesto el quiebre.

En diciembre las fuerzas del STC lanzaron una ofensiva contra los que se suponían eran sus aliados y tomaron partes importantes del territorio que controlaba su socio del PLC, como las provincias orientales de Hadramaut y Al-Mahra, que son ricas en petróleo y por lo tanto cruciales. Este ataque fue precedido por el envío de grandes cantidades de vehículos blindados al STC desde EAU y Arabia Saudita avisó de su descontento bombardeando parte de esos equipos luego de ser descargados en el puerto de Mukala el 29 de diciembre. Fue un aviso a los emiratíes.
Los EAU dijeron que iban a retirar sus fuerzas del sur de Yemen, pero lejos de cumplir con lo pactado continuaron descargando equipos en el sur y mantuvieron sus posiciones. Los hutíes, celebraron la descomposición de la coalición que les impide extenderse hacia el oriente. Ahora los saudíes y emiratíes están al borde de una confrontación directa. Arabia Saudita decidió ponerle un límite a los EAU, que va más allá de Yemen y es hora de entender hasta donde se extiende esta disputa entre emiratos petroleros. Dirijamos la mirada hacia el oeste.
Cuando Israel decidió reconocer a Somalilandia, quedó expuesta además la presencia de los emiratíes como los financistas de la región separatista de Somalia. Arabia Saudita apoya el gobierno somalí y rechaza la secesión. Qatar volvió a alinearse con los sauditas en esta crisis. Marruecos y Bahréin respaldaron a los EAU y aquí surge otra vez el factor común y es que los tres son signatarios de los Pactos de Abraham y esto invoca el rol de Israel en esta crisis, junto a su acercamiento cada vez menos disimulado con los emiratíes en la zona del Mar Rojo.
Los EAU se instalaron en dos grupos de islas de Yemen que dominan el oeste del Golfo de Adén. En 2024 terminaron dos bases aéreas en las islas de And al Kuri y en Sammah, en el archipiélago de Socotra, otra en la isla Mayun, en el grupo de islas Perim y otra en la de Zuqar. Estas instalaciones, además del puerto militar que construyeron en Berbera, Somalilandia, les da el control de ambas orillas del paso de Bab al-Mandeb en el golfo de Adén y del 12% del tráfico de petróleo global que se dirige al Canal de Suez y que es vital para todos los emiratos.

Además, se verificó la presencia de “asesores” israelíes en las bases emiratíes de Socotra para controlar las actividades de los hutíes, la instalación de un radar ELM 2084 fabricado en Israel en la base militar de EAU en Berbera, Somalilandia, y sistemas similares en Zuqar. Si le sumamos la ofensiva para acelerar la secesión de Somalilandia por parte de israelíes y emiratíes, comienza a entenderse el rumbo de colisión con los saudíes y el grupo de países que respaldan al sistema de alianzas que fue construyendo Ryad. Pero hay más frentes de conflicto.
En Sudan, mientras saudíes y cataríes apoyan al gobierno de Abdel al-Burhan, los EAU continúan armando a las fuerzas rebeldes del RSF de Hemedti, que podría buscar la partición del país. El apoyo llega desde sus bases en Somalilandia y la base aérea de Bosaso en Putnlandia. La otra ruta de aprovisionamiento para las fuerzas de Hemedti es a través de Libia, en donde los EAU apoyan a la facción del General Khalifa Haftar del Gobierno de Estabilidad Nacional que en el pasado también recibía apoyo saudita, pero que desde hace un tiempo ha recortado su asistencia.

Del otro lado está el Gobierno de Unidad Nacional de Abdul Hamid Dbeibah en Trípoli, apoyado por Qatar y Turquía, que a su vez también apoyan a los gobiernos de Somalia y Sudán. Aquí surge otra constante y es el apoyo de los emiratíes a los grupos secesionistas en cada escenario. Esa diferencia es importante porque al tiempo que se acentúan las diferencias entre emiratíes y sauditas se van reacomodando las alianzas a través del apoyo a los gobiernos o a los grupos en disputa. Y la presencia de Qatar y Turquía es lo que termina de explicar la magnitud del quiebre.
Turquía es, además de un miembro de la OTAN, el nexo con Europa y un socio de EEUU en varios frentes, incluyendo el palestino. Qatar es el puente para controlar a Irán, con quien comparte los yacimientos de petróleo y gas. Los EAU e Israel están en las antípodas de ese eje.
Para explicarlo de un modo sencillo, los emiratíes comenzaron a confiar en los israelíes y no logran hacer lo mismo con los qataríes o los turcos. A los primeros los acusan de proteger a Hamas y otros grupos yihadistas. A los segundos de apadrinar a la Hermandad Musulmana.
Los saudíes tomaron el camino opuesto. Desde los acuerdos de Al Ula en 2021 recompusieron su relación con los cataríes y, tanto en las crisis por Palestina y Siria, mostraron una cooperación creciente con Qatar y con Turquía, que siempre apareció cuando se abrió la billetera catarí. Arabia Saudita fue siempre el emirato líder dentro de los reinos petroleros de la zona y el acompañamiento de los EAU le daba cohesión a esa alianza. Ahora esa construcción está en crisis y la entrada de turcos y cataríes cambia por completo la naturaleza de los armados políticos.
El otro problema es el cruce de alianzas. Turquía está cada vez más cerca de una confrontación con Israel y más cerca de Qatar desde la decadencia persa. Los EAU se acercaron a los israelíes y recelan de los mismos países con los que Arabia Saudita mejora sus vínculos. Esto es lo que se vio en diferentes escenarios de crisis, por ejemplo, en Yemen y Somalilandia, en donde se repite este nuevo ordenamiento de bandos enfrentados. Y vuelve a hacerse presente en el tema palestino en donde también confrontan visiones opuestas.
Como vimos, los EAU tiene un vínculo diplomático con Israel desde los Pactos de Abraham de 2020 y es ambiguo en torno a esa cuestión. Los sauditas condicionan su firma a que se incorpore una promesa de estado palestino y allí coinciden otra vez con Qatar y con Turquía. Hablamos en todo momento de los tres grandes emiratos con un peso crucial en el mercado de los hidrocarburos y con un sistema de inversiones que se adentra en los más profundo del sistema económico mundial. Allí está la otra senda en donde compiten los emiratos. Arabia Saudita ha colocado U$S 1,1 billones, los EAU U$S 2,9 billones y Qatqr U$S 557.000 millones, principalmente en EEUU, Europa y Asia. Los emiratíes corren con ventaja y esto indica además que su política exterior está más avanzada en la exportación de petrodólares. No obstante, Arabia Saudita tiene un peso mucho mayor que el de los EAU. Su territorio es 25 veces más grande, su PBI es 2,2 mayor y su población la triplica. En producción petrolera los saudíes ocupan el 2° puesto global y los emiratíes el 7°, con la mitad de la producción saudí.
Pero en términos religiosos Arabia Saudita tiene dos bazas insuperables: aloja las ciudades de La Meca y Medina, dos de las tres más sagradas del islam. La monarquía saudita siempre estuvo dispuesta a usar esa circunstancia para reclamar el liderazgo del universo musulmán. La cuestión religiosa es otra línea de ruptura porque ambos países tienen miradas diferenciadas. Sin dejar de ser conservadores, los emiratíes tienen una postura menos severa y favorecen el diálogo interreligioso. Su acercamiento a Israel es una de las resultantes. Arabia Saudita, aunque incorporó algunas medidas para relajar la Sharia, sigue montada sobre la idea de un orden conservador y en la estrategia de formar un bloque sunita que incorpore a la mayor cantidad de aliados para convertirse en el líder de un factor de poder a escala global.

Horas atrás el STC anunció que buscará su independencia. Con Somalilandia y quizás Puntlandia y la zona sudanesa controlada por Hemedti hay un proceso de fragmentación que va directamente en contra del proceso de consolidación de un área sunita que proponen los sauditas. La diferencia se amplía al trato con Irán. Arabia Saudita hizo un acercamiento cauteloso en 2023, pero sigue percibiendo al chiismo como una amenaza primordial. Los EAU desescalaron el conflicto en 2021y tienen un dialogo abierto con Teherán, aunque aún están lejos de ser aliados. Ese dialogo incluye la cuestión de los hutíes, el tráfico marítimo en la Mar Rojo y su reclamo por las islas Abu Musa y las Tonb Mayor y Menor controladas de facto por Teherán. La ofensiva del STC, que omitió a los rebeldes asociados a Irán, tiene ahora una explicación racional. EAU está buscando salirse de la sombra de los saudíes desde hace años y eso explica otros desencuentros como el que se está dando en la OPEP. Arabia Saudita quiere recortar la producción para sostener el precio, los EAU quieren aumentarla a 6 millones de barriles diarios.
La competencia tiene otro aspecto más allá de los movimientos políticos y se relaciona con las cantidades monumentales de dinero que disponen los emiratos y que hacen que sus decisiones sean seguidas atentamente por los países que aspiran a ser beneficiadas con sus inversiones. Arabia Saudita tiene un fondo soberano con U$S 1,15 billones, el de los EAU cuenta con U$S 2,9 billones, Kuwait U$S 1 billón, Qatar U$S 557 mil millones, Omán U$S 55.000 millones y Bahréin U$S 20.000 millones. Es mucho dinero ambicionado por muchos más allá de Medio Oriente. Todos los emiratos están usando esos fondos para reforzar su política exterior. Pero EAU lleva la delantera en zonas como África, en donde invirtió U$S 110.000 millones desde 2019. Los saudíes están muy detrás con U$S 29.000 millones en zonas mineras de Sudan, Zambia y Mauritania. Qatar, Kuwait y Omán también destinan fondos a África, pero de menor valor y esta diferencia explica tanto el interés emiratí en intervenir en los conflictos en curso como el esfuerzo de los saudíes y sus aliados para ponerle un freno a la creciente influencia que construye en la zona.
La misma disputa se está dando en Egipto, en donde los EAU lidera la competencia de inversiones con U$S 35.000 millones, cerca de los U$S 30.000 millones de los cataríes y lejos de los U$S 5.000 millones de los saudíes. En Jordania, lideran los sauditas y los kuwaitíes. En Siria las coronas petroleras y Turquía colaboran, por ahora. Al menos en ese frente todavía no hay una grieta, aunque la cooperación es superficial y el compromiso de los EAU es menos enérgico que el que hacen Qatar y Arabia Saudita. Reunidos, aportaron U$S 29.000 millones.
La cantidad de fondos disponibles es un problema para resolver esa disputa. Por ejemplo, Trump encontraría difícil tomar partido dado que los sauditas le prometieron inversiones por U$S 600.000 millones, los cataríes por U$S 1,2 billones y los emiratíes por U$S 1,4 billones. EEUU enfrenta el mismo dilema que el resto de los países. Tomar posición a favor de unos puede cortar las posibilidades de recibir inversiones de los otros si la disputa se radicaliza. Esto vale para la Casa Blanca o para la más humilde de las naciones si quieren acceder a esos fondos. Europa no es ajena a esa ambición y el entramado de intereses políticos y económicos con las coronas petroleras y la necesidad de contentar a países clave para el control de Medio Oriente como Turquía, Egipto y Jordania hacen que las herramientas de intervención sean precarias.
Esas dudas hacen que por inercia el conflicto entre saudíes y emiratíes se siga agravando. Y con ello comienza a arrastrar a otros estados ansiosos por recoger los beneficios de aliarse a uno de los bandos en disputa, ya sea para acopiar inversiones o para lograr peso regional. El problema es que en la medida que el forcejeo entre sauditas y emiratíes se sigue extendiendo se perfila además un enfrentamiento que podría va más allá de lo militar. Toda la arquitectura de sus amistades y enemistades se está tensionando y obliga a muchos a tomar posición.
Puede que los emiratíes no puedan competir en tamaño con los saudíes, pero han logrado tejer una red de nuevas amistades que incluyen a Israel o grupos locales de reputación incierta y con sus fondos como lubricante extendieron su influencia hacia África con una eficacia admirable. Esa influencia puede medirse por la cantidad de bases fuera de su territorio: 4 en Yemen, Berbera en Somalilandia, Bosaso en Puntlandia, Assab en Eritrea, Al Jufra y Al Khadim en Libia, Amdjarass en Chad y Sidi Barrani en Egipto. Es el único emirato con bases en el exterior. Arabia Saudita entendió el reto de quien creía su ladero. El avance del STC anunció el fin de una convivencia que duró décadas. La idea de EAU de crear nuevos estados desprendidos de los que son aliados le resulta inadmisible, al igual que a sus nuevos y viejos socios estratégicos.
La jugada con Israel en Somalilandia y el pedido de independencia del STC dejaría a los emiratíes con el control de ambos márgenes del Estrecho de Adén por donde pasan los buques de todos los emires. Ninguno de ellos puede equiparar esa jugada de control de esa vía estratégica.
Pero además expuso la debilidad de la política exterior del resto de los emiratos y, al mismo tiempo, puso en duda el liderazgo saudí tanto en el campo musulmán como en el grupo de países árabes y en el de los sunitas que incluye a los estados seculares como Turquía y Egipto. Ahora EAU tiene cartas que jugar y debe sostener su estrategia tanto en Yemen como en Somalia y Sudán. Ya llegó demasiado lejos y acumuló una cantidad de adversarios enorme. Pero también comenzó a recolectar aliados de porte, lo cual no debe pasar desapercibido.
EEUU y China defendieron la integridad territorial de Yemen y ofrecieron su mediación, pero no es mucho más lo que pueden hacer. Los contendientes no dejan intervenir a terceros y los alejan con chorros de petróleo y fajos de petrodólares. Es un lujo que pueden permitirse. Queda como rescoldo la cuestión de los hutíes respaldados por Irán, pero también favorecidos por Rusia y China a cambio del paso seguro de sus buques. Con la alianza en su contra desgarrada y una tregua con EEUU desde mayo, pueden reconstruir su poderío militar. Se sabe que los hutíes quieren avanzar hacia las provincias de Hadramaut, Shabwa y Al-Mahra y tomar los campos petroleros. La presencia cercana de Israel podría disuadirlos, pero la tentación que se les presenta ante el STC y el PLC debilitados por la lucha es muy grande.
Con estos datos es más fácil entender lo que está en juego en Yemen y el porqué de tanta animosidad entre dos emiratos que eran hasta hace poco aliados. También, por qué Qatar es rehabilitada frente a sus pares y como encajan EEUU, Israel, Irán, Turquía y Egipto en la trama.
Se está moviendo todo el sistema de alianzas en Medio Oriente y cada cual hace su juego. Yemen puede ser el principio de un cambio más profundo que repercute en África y más allá, en las previsiones de inversión de naciones que poco o nada quieren tener que ver con la crisis. Como siempre, un evento considerado lateral, como la independencia de lo que fue Yemen del Sur hasta 1991, abre el juego para conocer cómo funciona el complejo mecanismo de Medio Oriente, cuán rápido muta el escenario y cómo influye mucho más allá de esa región.
