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China podría ser la verdadera ganadora en Ormuz (y sin disparar un solo tiro)

 

Por Ignacio Montes de Oca

 

El Estrecho de Ormuz sigue siendo el centro de la tensión energética global. Este corredor de 33 kilómetros entre Irán y Omán puede marcar una derrota para EEUU y una inesperada victoria para China. El memorándum firmado entre EEUU e Irán el 14 de junio de 2026 permitió una reapertura parcial del Estrecho. Pero la normalización está lejos: Irán, que desde hace décadas amenaza con cerrarlo, parece haber conseguido esta vez su objetivo de plantarse como rector de Ormuz.

Los datos navieros indican que, en la primera semana tras la firma del memorándum, salieron más petroleros del Golfo Pérsico de los que entraron. Para un paso obligado que normalmente mantiene flujos equilibrados, esa asimetría es rara como un león con peinado afro. La explicación es simple: navieras y petroleras no confían en que la apertura dure y aún dan permisos de navegación con cuentagotas. Por eso, el tráfico sigue deprimido: está un 30% por debajo del nivel de preguerra. Irán no dio garantías formales y conserva la capacidad militar de cerrar el estrecho sin aviso. La reapertura luce como un gesto táctico y reversible.

Esa desconfianza explica la “evacuación acelerada”: las compañías intentan sacar del Golfo el mayor inventario posible antes de que la ventana vuelva a cerrarse. En ese escenario, China aparece con una ventaja definitiva: como principal comprador del crudo iraní, podría consolidarse como actor dominante del mercado petrolero.

Al abrir el foco aparece otro dato clave: el 68% del crudo que sale por Ormuz se dirige a China, no a Europa, Estados Unidos ni Japón. Ese destino explica el movimiento de fondo del mercado. La salida acelerada de crudo no responde a una demanda occidental deprimida, sino a una estrategia china de acumulación. Mientras el mercado ve más oferta, Pekín aprovecha precios aún bajos para llenar reservas antes de que el riesgo real de Ormuz se refleje en el Brent.

Irán ya anunció que no cobrará tasas durante los 60 días del memorándum, pero luego aplicaría cargos de servicio mediante su nueva Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico, pese al rechazo de EEUU, Europa y los países del Golfo. China, antes opuesta a la navegación tarifada, ahora aceptaría cargos indirectos si eso asegura el flujo de petróleo. La baja dependencia estadounidense de ese crudo, celebrada por Trump, también puede volverse una debilidad estratégica frente a China si Washington intenta frenar a Irán y provoca otro cierre del estrecho.

Por eso, la baja del Brent no debe leerse como estabilidad recuperada, sino como un fenómeno transitorio sostenido por factores con fecha de vencimiento. El primer factor es un shock artificial de oferta: los buques que salieron del Golfo no transportan producción nueva, sino inventarios retenidos durante el cierre parcial. Cuando ese excedente se agote, el mercado volverá a una oferta real más ajustada y el Brent debería recuperar presión alcista. Volver por completo al ritmo de producción previo demandará entre varios meses y hasta dos años. Los daños estructurales provocados por la guerra en 30 complejos industriales del Golfo tendrían una factura de reconstrucción de 46.000 millones de dólares. Habrá que reemplazar refinerías de alta complejidad, terminales de bombeo y plantas de procesamiento, lo que requiere ingeniería pesada y cadenas de suministro globales capaces de fabricar y enviar componentes durante meses. En el gas, Qatar, el mayor exportador de GNL, redujo su producción un 17% hasta reparar la infraestructura afectada por la guerra, algo que le llevará al menos cinco años. Todo esto sin contar el despeje de minas en el estrecho, la reactivación de yacimientos y la reorganización del esquema logístico y contractual.

El segundo factor es la debilidad cíclica de la demanda occidental. Europa consume menos por su baja actividad industrial, afectada por el shock de precios y el racionamiento. EEUU mantiene una demanda plana de combustibles, aunque presionada por el aumento del precio interno de los refinados. Pero no se trata de un cambio estructural: cuando esa demanda rebote, aunque sea levemente, el precio debería acompañar.

El tercero es geopolítico: el riesgo de un nuevo cierre de Ormuz sigue intacto. El memorándum no garantiza tránsito permanente, no obliga a Irán a mantener el estrecho abierto ni prevé verificación internacional. Por eso el Brent conserva un “piso geopolítico” mientras no exista una solución de fondo.

En este contexto, China es el actor más fortalecido: absorbe gran parte del crudo que sale del Golfo y lo hace con una meta clara de largo plazo: llenar sus reservas estratégicas mientras los precios siguen relativamente bajos. La escala de esa estrategia se entiende al comparar reservas. China tendría entre 1.300 y 1.400 millones de barriles, equivalentes a 100-120 días de importaciones. EEUU conserva entre 350 y 415 millones, unos 20-40 días. Europa ronda los 90 días, Japón entre 90 y 120, e India apenas entre 40 y 70.

La diferencia es decisiva: China cuenta con tres o cuatro veces más reservas estratégicas que EEUU y mayor capacidad operativa que la Unión Europea. Eso le permite regular precios internos de energía con una libertad que otras grandes economías importadoras no tienen. Ese colchón de reservas le da a China cuatro palancas. Puede liberar crudo para contener precios internos, acumular cuando los precios internacionales caen, absorber petróleo ruso si Ormuz se cierra y proteger a su industria de una crisis energética global.

Estas herramientas le dan una flexibilidad que Occidente no posee. Mientras Europa y EEUU dependen más de precios de mercado y restricciones políticas, Pekín puede administrar reservas, compras y abastecimiento alternativo con mayor coordinación estatal.

Si la crisis escala, China tendría energía suficiente para sostener su economía y, además, influir sobre el mercado global liberando o reteniendo reservas según su conveniencia. Podría ocupar el rol estabilizador que durante décadas tuvo la Reserva Estratégica de Petróleo de EEUU, pero con más volumen y menos restricciones políticas.

La comparación con la SPR estadounidense muestra el cambio de poder. EEUU creó esa reserva tras la crisis de 1973 y la usó para amortiguar shocks energéticos, pero la redujo en las últimas décadas. Mientras Washington perdía margen de maniobra, Pekín construía la mayor reserva del mundo.

Irán queda en una posición ambigua. En el corto plazo gana presión sobre Occidente, relevancia frente a China e ingresos petroleros mínimos pese a las sanciones. Pero también refuerza su capacidad de coerción regional.



Pero esas ganancias tienen un costo. Irán pierde autonomía al depender cada vez más de China, reduce su poder para negociar precios, limita sus mercados alternativos y enfrenta mayores costos logísticos y de seguros en una zona de riesgo. La centralidad que recupera por Ormuz puede transformarse en una dependencia estructural de Pekín, difícil de revertir con el tiempo.

No es un escenario novedoso: desde la reimposición de sanciones, Irán ya venía vendiendo más crudo a China mediante descuentos, transbordos difíciles de rastrear y pagos en yuanes o trueques. La crisis de Ormuz ahora profundiza esa dependencia, que además se derrama al plano militar, porque China es el único gran proveedor disponible mientras Putin se lame las heridas provocadas por su error ucraniano.

Esa debilidad iraní, a su vez, representa una nueva fortaleza para China. Al contar con la capacidad de influir sobre Irán y ser el mayor comprador del petróleo de las petromonarquías, Pekín se convierte en un interlocutor necesario para la diplomacia regional. En otras palabras, tiene la correa que ata al mastín chiita, y eso tiene valor al sentarse con cada monarca sunita. Se habla mucho de la influencia de los sauditas sobre Pakistán para impulsarlo como mediador, pero poco de la que ejerce Pekín sobre Islamabad.

China no solo muestra el palo, sino también la zanahoria. Sin estridencias, también se fue convirtiendo en socio de las coronas de la región. En los últimos 20 años invirtió US$ 270.000 millones en proyectos de construcción e inversión en Oriente, principalmente en Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

El comercio entre China y los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo alcanzó los US$ 257.000 millones en 2025, lo que convirtió al gigante asiático en el principal socio comercial de la región. En comparación, esa cifra es casi equivalente al total combinado de Estados Unidos, el Reino Unido y toda la Eurozona.

En perspectiva, Occidente es el gran expuesto si la crisis escala y China puede recoger los dividendos de su estrategia. No lanzó misiles ni bombardeos para construir influencia: hizo que EEUU gastara medio arsenal y se mantiene intacta militarmente. La paciencia es, a veces, un arma más poderosa que la espada.

Si Ormuz se cerrara otra vez —algo que no debe descartarse porque la tensión no está resuelta—, Europa, EEUU, Japón, Corea del Sur e India quedarían más expuestos. Todos dependen de importaciones estables, tienen reservas menores y no cuentan con herramientas directas para regular precios internos de energía.

Europa sufriría volatilidad energética sobre una industria debilitada; EEUU podría enfrentar más inflación; Japón y Corea del Sur quedarían muy vulnerables por su dependencia marítima; e India, con reservas más ajustadas, afrontaría un golpe sobre industria y transporte.

La asimetría es clara: China puede usar sus reservas como amortiguador y herramienta de política activa; el resto queda más expuesto a cualquier shock de oferta originado en el Golfo. Además, guarda una carta para negociar con cada actor el modo de resolver las urgencias del mercado global. Las limitaciones del memorándum explican la fragilidad actual y le dan fuerza a las herramientas que construyó Pekín: el acuerdo no garantiza tránsito permanente, no fija sanciones automáticas, no incluye verificación internacional y no obliga a Irán a avisar antes de restringir el paso. Por eso, hablar de normalización es prematuro. Lo que existe es una ventana de tránsito abierta por Teherán, revocable en cualquier momento.



La acumulación china en momentos de precios bajos no es nueva. Pekín ya aprovechó caídas previas del crudo para reforzar reservas. Lo distinto ahora es el volumen, la velocidad y la inestabilidad de Ormuz, que obliga a evacuar inventarios y rellenar reservas con prisa. Esa anticipación contrasta con la reacción occidental, que suele responder a los shocks una vez producidos, en lugar de acumular estratégicamente como China viene haciendo desde hace más de una década. El memorándum generó alivio inicial entre importadores de energía, pero ese optimismo se moderó al conocerse sus límites y al verse que el tráfico marítimo no reflejaba una normalización sostenida.

Europa mantiene cautela diplomática y Washington intenta presentar el acuerdo como un logro mientras refuerza su presencia naval. Esa combinación de alivio público y prevención militar no pasa inadvertida para los mercados.

China, en cambio, evita tomar partido en público, pero actúa con decisión calculada en el plano comercial. Su neutralidad discursiva convive con una estrategia clara de acumulación de crudo hacia sus puertos. Esta correlación refleja un cambio estructural: Asia, y especialmente China, desplazó a Europa y EEUU como principal destino del petróleo de Medio Oriente. Por eso, ante cada crisis en Ormuz, el crudo tiende a fluir más hacia puertos asiáticos.

Los productores del Golfo también tienen un interés directo en la estabilidad de Ormuz. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Qatar necesitan el libre tránsito para colocar su crudo en los mercados internacionales. Su dilema es evidente: se benefician de precios más altos por la inestabilidad, pero un cierre prolongado les impediría exportar. Además, como vimos, sus vínculos con China son cada vez más profundos, incluso entre socios tradicionales de EEUU como Arabia Saudita. Eso se cotiza como otro activo de Pekín.

La conclusión es clara: la baja reciente del Brent no refleja una mejora sostenible, sino una ventana frágil que podría cerrarse sin aviso. Los operadores no confían en Ormuz y sacan crudo mientras pueden. El flujo hacia China muestra una estrategia de acumulación energética, mientras Occidente sigue limitado por una demanda débil. El Brent barato depende de inventarios retenidos, compras chinas y una apertura temporal del estrecho.

Ese equilibrio difícilmente dure. Si la crisis escala, China ganará margen por sus reservas; Irán sumará poder táctico, pero perderá autonomía; Occidente quedará más expuesto; y el Brent probablemente volverá a subir. Ormuz no está normalizado. El Brent solo parece barato mientras dura la ventana. Y, mientras tanto, China acumula capacidad para dominar el tablero energético cuando llegue la próxima crisis.

Alguien especuló con la idea de que Trump atacó a Irán para controlar el mercado energético y doblegar a China. A quien lo dijo, le pido los 36 números de la ruleta que cree que van a salir, para apostarle todo lo que tengo al casillero restante.

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