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Del Soldado Analógico al Guerrero Digital

hace 37 minutos
6 min de lectura

 

Por qué la revolución tecnológica obliga a repensar la formación del combatiente del siglo XXI.

 

Desde el inicio de los tiempos, los ejércitos formaron soldados para un campo de batalla donde la fortaleza física, la rusticidad y la resistencia constituían las principales ventajas competitivas. El combatiente ideal era capaz de marchar durante días, transportar decenas de kilogramos de equipo, orientarse en terrenos hostiles y soportar condiciones extremas. Era, en esencia, un soldado analógico.

Ese combatiente seguirá siendo indispensable, pero ya no será suficiente, la revolución tecnológica que atraviesa la guerra moderna no está reemplazando al soldado, está transformando profundamente las capacidades humanas que generan ventaja militar. Mientras gran parte del debate continúa concentrándose en drones, inteligencia artificial o sistemas autónomos, el cambio más importante está ocurriendo en otro lugar: en el perfil del hombre y la mujer que deberán emplear esas tecnologías y convertirlas en poder de combate.

La verdadera revolución no está en las máquinas, está en las personas. La guerra en Ucrania ha demostrado que un pequeño equipo equipado con drones comerciales, enlaces de datos y municiones merodeadoras puede destruir vehículos blindados que durante décadas representaron el símbolo del poder terrestre. Sin embargo, detrás de cada dron sigue habiendo un combatiente que observa, interpreta, selecciona prioridades, coordina fuegos y adapta tácticas en cuestión de minutos. La tecnología no eliminó al combatiente, lo volvió más decisivo.

 

Del músculo a la información

Durante el siglo XX, el éxito de una unidad dependía, en gran medida, de su capacidad para desplazarse, resistir y sostener el combate. En el siglo XXI comienza a adquirir un peso creciente la capacidad para procesar información y convertirla en decisiones más rápido que el adversario. El nuevo combatiente deberá ser capaz de integrar imágenes térmicas, video en tiempo real, cartografía digital, inteligencia artificial y comunicaciones distribuidas sin perder conciencia de la situación táctica. El arma más importante ya no siempre será el fusil, sino la capacidad de transformar información en decisiones antes que el adversario.

Esto obliga a replantear incluso los criterios de selección y formación del personal militar. En los últimos años se observó con preocupación el surgimiento de una generación acostumbrada a crecer rodeada de pantallas, videojuegos e interfaces digitales. Paradójicamente, algunas de las capacidades asociadas a esa cultura digital pueden comenzar a transformarse en ventajas operacionales en un campo de batalla cada vez más digitalizado. No porque jugar videojuegos convierta a alguien en soldado, sino porque la guerra comienza a demandar habilidades cognitivas que parte de esa generación desarrolló desde muy temprana edad: comprensión intuitiva de interfaces digitales, procesamiento simultáneo de múltiples fuentes de información, coordinación en entornos virtuales y adaptación permanente a nuevas tecnologías. Hablamos de interpretar el campo de batalla a través de interfaces digitales.



La guerra cambió y lo hizo a una velocidad que obliga a revisar la doctrina, la formación y la selección del personal mucho más rápido que en revoluciones militares anteriores. Pero también cambió la escala: capacidades que antes estaban concentradas en pequeñas comunidades de especialistas pueden hoy distribuirse entre un número mucho mayor de combatientes y el regreso del volumen agrega un nuevo problema: quién opera todos esos sistemas. La democratización tecnológica permite producir y desplegar drones, sensores y plataformas a una escala que hace pocos años estaba reservada a capacidades mucho más costosas y especializadas, pero multiplicar sistemas no implica que podamos multiplicar proporcionalmente el número de personas capaces y dispuestas a emplearlos, el próximo cuello de botella puede estar precisamente en el recurso humano. La cuestión ya no será solamente cuántos sistemas podemos producir, sino cuántos podemos convertir efectivamente en poder de combate.

 

Del cazatanques al cazador de sistemas

La aparición de los vehículos blindados impulsó el desarrollo de unidades y capacidades especializadas en localizar y destruir objetivos blindados. Desde el Bazooka hasta los modernos misiles antitanque, la función permaneció esencialmente la misma: encontrar un objetivo de alto valor y destruirlo. Lo que está cambiando en Ucrania no es necesariamente la misión, sino la cadena mediante la cual esa misión se cumple.

Hoy un blindado puede ser localizado por un pequeño dron comercial, seguido durante kilómetros, identificado mediante sensores y, eventualmente, destruido por una munición merodeadora, un FPV u otro sistema de bajo costo. El dron puede haber cambiado radicalmente la forma de adquirir y atacar el objetivo, pero no ha creado una nueva necesidad militar, ha ampliado las herramientas disponibles para cumplir una misión que los ejércitos ya conocían.

El error aparece cuando confundimos la herramienta con la función. Durante décadas, el cazatanques necesitó un arma especializada para cumplir su misión. El cazador de sistemas puede disponer hoy de una combinación de sensores, drones, inteligencia artificial, enlaces de datos y diferentes medios de ataque. La tecnología no elimina la función: modifica la manera de ejercerla y permite distribuir capacidades que antes estaban concentradas en especialistas.

Quizás la evolución doctrinal no deba orientarse a crear una nueva especialidad de "operadores de drones", sino a potenciar especialidades existentes cuya misión siempre fue localizar y destruir objetivos de alto valor. El dron deja de ser el centro del debate, pasa a ser simplemente una herramienta más del combatiente.

 


Más que operadores, combatientes conectados

Pero la masificación de estas capacidades plantea otro desafío: cómo incorporarlas sin convertir al combatiente en un simple operador. La democratización tecnológica no convierte al combatiente en piloto remoto, le proporciona herramientas que antes estaban reservadas a especialistas y le permite incorporarlas a su función dentro del sistema de combate.

Las Fuerzas Armadas no necesitan miles de personas capaces simplemente de despegar un cuadricóptero, necesitan combatientes capaces de integrar información, interpretar el campo de batalla, coordinar fuegos y tomar decisiones en tiempo real utilizando drones, sensores, enlaces de datos y otras herramientas digitales. La diferencia parece sutil; en realidad, es doctrinal.

No se trata de formar operadores de drones, se trata de formar guerreros digitales. El guerrero digital no es un especialista en una plataforma, es un combatiente capaz de incorporar capacidades digitales a su función y emplearlas como parte de una red mucho más amplia de sensores, información, fuego y decisión.

Pero esta transformación contiene una paradoja, si la tecnología permite distribuir capacidades a una escala cada vez mayor, también aumenta la demanda de personas capaces de utilizarlas. Podemos fabricar miles de drones mucho más rápidamente de lo que podemos formar y sostener a los combatientes que deben emplearlos. El volumen tecnológico puede terminar encontrando su límite en el volumen humano.

Las revoluciones militares rara vez eliminan por completo las capacidades anteriores, normalmente las integran y las transforman. El soldado que soporta largas marchas seguirá siendo indispensable, el explorador continuará siendo necesario, el especialista en guerra electrónica seguirá siendo fundamental, el mando conservará su lugar, pero todos ellos deberán operar en un entorno donde la información se convirtió en un arma tan decisiva como el fuego.

El desafío será conseguir que esa tecnología multiplique las capacidades del combatiente sin convertirlo en un simple operador de máquinas, porque cuanto mayor sea el volumen de drones, sensores y sistemas disponibles, mayor será también la tentación de cargar sobre el individuo más información, más decisiones y más responsabilidades, y todo combatiente tiene un límite.

La autonomía aparece entonces como una respuesta lógica a ese límite. Si podemos producir miles de sistemas, pero no podemos multiplicar al mismo ritmo a los hombres y mujeres que deben operarlos, la solución parece ser que las máquinas hagan cada vez más por sí mismas. Pero esa solución abre una pregunta todavía más profunda: ¿hasta dónde debemos aumentar al combatiente y en qué momento comenzamos a reemplazarlo?

Quizás, dentro de algunos años, recordemos que la verdadera revolución de los drones nunca consistió simplemente en que las máquinas aprendieran a combatir, consistió en que el ser humano aprendió a extender sus sentidos, su inteligencia y su capacidad de decisión más allá de los límites de su propio cuerpo. Ese puede ser apenas el comienzo, el próximo paso será entender cómo esa extensión transforma al combatiente, cuánto puede aumentar sus capacidades y qué límites humanos la tecnología no debería intentar eliminar.

Las guerras seguirán siendo libradas por personas, lo que está cambiando es todo aquello que esas personas pueden ver, comprender y hacer. El soldado analógico no desaparece, evoluciona, y esa evolución tiene un nombre: el guerrero digital.

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