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Descubriendo un tesoro bien aeronáutico

Por Luis Briatore*


Finalizada una amena charla ofrecida en el Museo Nacional de Aeronáutica (MNA) de Argentina, ante un entusiasta público, al que puedo catalogar afectuosamente “de propia tropa”, uno de esos fieles seguidores de mis tantos relatos relacionados con la aviación de caza celeste y blanca me invita a que vea algo que asegura, con una sana vehemencia, que iba a llamarme la atención, expresión que en pocos minutos, comprobaría que se había quedado muy corta.

Al salir del Museo en medio de una copiosa lluvia, nos dirigimos al Hangar 4, ubicado al Sur del MNA, el que comparte la misma plataforma para estacionar aeronaves.

Realmente, no iba con muchas expectativas. De repente, en pocos minutos, luego de ingresar por una hendija, pasando entremedio de impresionantes portones, me encontré con un enorme templo para los devotos de todo aquello que vuela. La imagen inicial era surrealista. Un enorme espacio colmado de artesanos aeronáuticos trabajando como dedicados obreros. Realmente no podía creer lo que estaba viendo. Imaginariamente me refregaba los ojos ante este hermoso hallazgo.



Una veintena de hombres y una joven mujer, inmersos en un aviente cuasi fabril, con similitud a esas plantas de montaje que vimos seguramente en alguna película de la Segunda Guerra Mundial o pasajes del conocido aventurero Indiana Jones. Era un ambiente con predominio del color gris, que envolvía a una imagen interactiva con bordes sepia.

Trabajando en pequeños grupos atravesados por rayos azules, que eran despedidos por un par de soldadoras que no paraban de salpicar chispas a su alrededor, cada cirujano de la restauración en su puesto de trabajo, estaba inmerso en una profunda concentración, cumplía a la perfección diferentes labores para dar vida a algo que estaba abandonado, por no decir muerto. También había planos antiguos de un ajado papel, sostenidos por manos con una suciedad sana, que es a consecuencia de una mañana completa de intenso y forjado trabajo, manipulando metales y herramientas de distinto tipo.

Al comenzar a bucear en este mundo nuevo y asombroso al mismo tiempo, giré la cabeza a la derecha, y atónito pude observar un helicóptero sostenido por largas y gruesas cadenas, que caían desde un antiguo puente grúa.

Periféricamente desde mi punto en el espacio, como en un sueño, apreciaba movimiento de buzos azules llevando diferentes piezas y herramientas de un lado a otro. Nada en esa fantástica foto era estático, cada uno estaba ejecutando una importante misión, de un trabajo organizado y que, palpaba, se realizaba en equipo y a pura conciencia.

Más penetraba en el corazón de esta célula virtuosa y más admiraba lo que estaban haciendo. Instrumentos hechos con una impresora 3D, utilizando la última tecnología, compartían espacio con una ametralladora calibre .50 (12,7 mm), con su respectiva torreta, perteneciente al legendario Avro Lincoln, la que luego comprobé, gira, apunta y dispara si tuviera munición, lo hacía de la misma manera que cuando estaba operativo este importante y majestuoso bombardero. Lo menciono con lujo de detalles, porque estuve sentado accionado todos los comandos que funcionaban a la perfección, puesto en servicio por el padre y experto en esta maravilla de avión, otro gran maestro de la restauración.



Un fantástico submundo

A medida que me acercaba a estos artesanos, especializados en la resurrección de aeronaves llenas de historia, de a uno por vez se iban arrimando a mi paso, que era muy lento porque no me quería perder nada. Destilaban educación y respeto de otra generación. Buen trato y virtudes que lograron hacerme aterrizar en pocos minutos en un mundo apasionante, el que lamentablemente desconocía.

En ese momento surgió una reflexión espontanea: Como miembro de la gloriosa Fuerza Aérea Argentina, era inconcebible no saber de la existencia de este grupo de civiles incondicionales al servicio de la historia aeronáutica, que colaboraban desinteresadamente abrazando a la institución de la que formo parte. Restauradores y salvadores de una parte de nuestro pasado aeronáutico lleno de gloriosas cicatrices, sin vinculación orgánica a la Fuerza, movidos por un motor alimentado por una mezcla de pasión y amor institucional.

Todo era bien a lo argentino, como tantos fenómenos que en medio de un caos donde es muy difícil planificar, son de esos milagros, de los que a menudo suceden en tierras gauchas, y que uno no sabe cómo, pero si por qué. Podemos deducir que es algo genético, y a la vez parte de nuestra idiosincrasia que nos hace distintos, una herencia de aquellos inmigrantes que hicieron grande a la Argentina, y ésta es una demostración de que ese germen virtuoso está vivo.

Lo bueno es que, entrando a este lugar, me di cuenta de que todavía existen muchos que aman con locura lo nuestro, cobijados por una bandera celeste y blanca llena de esperanza.

A cada uno que saludaba le hacía un par de preguntas y todas tenían un factor común: las respuestas se transformaban en una grata sorpresa. No podía creer lo que escuchaba, mientras miraba extasiado todo lo que pasaba a 360°.

Era un hallazgo personal, pero tenía seguridad plena de que pocos pares conocían la labor de estos verdaderos maestros de la restauración aeronáutica, que se movían solo por pasión y la satisfacción del deber cumplido, un sentimiento tácito, pero muy efectivo por lo que estaba viendo.

Ad honorem

Con un perfil bajo, en silencio, aportando de sus bolsillos herramientas e insumos, además del tiempo robado a tantas familias, estaban firmes como Granaderos, al servicio de la rica historia aeronáutica argentina desde hacía muchos años, lo curioso es todo lo hacían, sin que casi nadie se diera cuenta. Podría expresar que es algo totalmente injusto, que merecen mucho más, por el solo hecho de la noble y desinteresada causa que abrazaron de manera espontánea y voluntaria.



Grupo Técnico de Restauraciones Aeronáuticas – GTRA

En el mes de abril de 2011, nace esta asociación sin fines de lucro, un desprendimiento de la Asociación de Plastimodelistas del Oeste-APO.

Entusiasmados con idea de incursionar en la restauración de material aéreo histórico, comienzan esta valorada tarea en los trabajos finales del famoso Douglas C-47 TA-05 llamado “El Montañes”, y también, en la reparación del tren de aterrizaje del MS-502 Criquet LV-ZIP, apodado “La Cigüeña”. Con la satisfacción de aportar valor a estas piezas únicas, lo hicieron solo por amor a la institución que admiran y ad honorem.

A medida que pasó el tiempo, ganaron mucha experiencia y fueron puliendo una brillante idea. Hoy ven, disfrutan y tocan con sus propias manos los asombrosos resultados de tantas horas de trabajo, que están a la vista de todos. Con una fuerza arrolladora y un corazón gigante, este pequeño grupo, montado sobre el éxito de sus logros, se atreven a mucho más, desean concretar proyectos más ambiciosos, como lo fue en su momento la restauración del legendario AT-11 Kansan.

Con poco hicieron mucho

Sintiendo en la piel que podían animarse a más, se proponen como obra máxima, levantar al deteriorado Avro 694 Lincoln matrícula B-004, de los que quedan solo cuatro en el mundo y dos, por fortuna, se encuentran en Argentina. Al respecto, indican con preocupación, es difícil aventurarnos a vaticinar un tiempo de finalización, ante la dificultad de poder definir plazos de ejecución, por falta de personal y presupuesto que permita acelerar la restauración de esta reliquia de un mundo aeronáutico con alas.

Siempre buscando abarcar más, empujados por el espíritu aeronáutico que caracteriza a este grupo de artistas de la restauración, se animaron con poco, a efectuar tareas de pintura, dejando en un inmejorable estado de conservación al Fiat G-46 E-441, tarea exitosa llevada a cabo en estrecha colaboración con el personal del Museo, al igual que la impresionante restauración concretada del IA-46 Ranquel.

Como objetivo a mediano plazo se encuentran abocados, entre otras ambiciosas metas, al desarmado completo del helicóptero Sikorsky H-19, el que una vez culminado el ensamble que se viene haciendo con mucha minuciosidad será entregado en un estado óptimo de restauración al MNA.

Formando fila, y en una impaciente espera, afectados directamente por la principal problemática que enfrentan, la falta de personal y presupuesto para la adquisición de herramientas, utillaje y materiales, se encuentra estático, mirando al Hangar 4 con ansiedad, esperando en algún momento que esas manos sabias lo acaricien y pueda lucir como en sus años mozos, nos estamos refiriendo a la querida “chancha”, avión que es un símbolo para la Fuerza Aérea Argentina, el C-130 Hercules matrícula TC-60.


Hermanos en la restauración

Muchos comenzaron y siguen armando maquetas en distintas escalas, hoy unidos y apodados como las “Ovejas Negras”. La más importante virtud de este equipo, es que nunca se detienen. Con una mente abierta y creativa, siguen soñando con nuevos proyectos, buscando talentos y más recursos para acelerar una importante tarea al servicio de la historia aeronáutica nacional.

En “Argentina Vuela”, se los vio vendiendo hamburguesas, y por la noche durmieron en su segunda casa, el Hangar 4, aprovechando una oportunidad única ante millones de espectadores, la de poder avanzar en búsqueda de recursos, dando muestra de que no tienen límites para conseguir lo que necesitan, iluminados por una noble causa.

Como lo dice el encabezado en una importante red social, son una asociación civil sin fines de lucro que colabora con el MNA. Así de sencillo se autodefinen.

En los últimos tiempos han recibido un fuerte viento de cola, gracias a un fuerte apoyo del actual director del MNA, el Comodoro Carlos Maroni, quien hace lo imposible para activar más aún la labor de estos notables de la restauración de un valioso parque aeronáutico que es histórico.

El ADN de un grupo que siempre está unido

Curiosamente, la mayoría no tiene una especialización relacionada con la aeronáutica en el mantenimiento de aeronaves. Provienen de un crisol de profesiones y oficios: maestro mayor de obra, técnico mecánico, bancarios, diseñador gráfico, mecánico de autos, productor de seguros, estudiantes de distintas carreras y oficios, técnicos aeronáuticos, paisajista, pilotos y otras muchas ocupaciones. Todos son personalidades destacadas que curten el perfil bajo, que hacen, de un grupo heterogéneo en lo que a formación profesional se refiere, algo homogéneo en lo medular, y justamente es lo que le da trascendencia a las obras en las que ellos se involucran, son portadores de un enorme espíritu aeronáutico, simbolizado en una fuerte unión de este gran equipo los que pujan mirando como norte hacer cada día más por el valioso patrimonio aeronáutico argentino.


Carencias que pueden solucionarse con poco

De manera voluntaria y cuando pueden, como regla fija, se reúnen solo el día sábado, ya que en la semana trabajan como cualquier ciudadano por el sustento necesario para vivir. Una barita mágica los toca y se transforman por un día en maestros de la restauración, cumpliendo una importante tarea, la de restaurar y dar vida a nuestro importante patrimonio aeronáutico.

Ante tantos proyectos extensos chocan con una realidad, la falta de voluntarios que se unan a esta noble tarea.

Espacio sobra y el corazón que tienen en muy grande. Con este tipo de publicaciones aspiran a que muchos amantes de estos pájaros de metal con tanta historia bajo sus alas puedan acercarse, hoy privados de hacerlo fundamentalmente por falta de difusión, los que ignoran la posibilidad de ser parte del Grupo Técnico de Restauraciones Aeronáuticas – GTRA, todos unos capos, con una fuerte vocación de servicio.

El requisito para formar parte de este grupo de apasionados es solo tener ganas de aportar lo que cada uno pueda, solo deben utilizar el músculo, poner voluntad y tener perseverancia en mantener y mejorar esta noble patriada, todo en pos de la reconstrucción de aeronaves que son reliquias históricas y están esperando ser restauradas.

Haciendo referencia a las condiciones de admisión, no nos podemos olvidar de la más importante y excluyente, “sentir un gran amor por la Fuerza Aérea Argentina y la Aeronáutica Nacional”.

¿Cómo contactarse para formar parte de este grupo o poder colaborar?

Instagram: restauracionesaeronauticas

Facebook: gtra-grupo técnico de restauración aeronáutica

Twitter: GTRA grupo técnico de restauraciones





* Luis Alberto Briatore nació en la ciudad de San Fernando (Buenos Aires) en el año 1960.

Egresó como Alférez y Aviador militar de la Escuela de Aviación de la Fuerza Aérea Argentina en 1981 (Promoción XLVII) y como Piloto de Combate de la Escuela de Caza en 1982. Fue Instructor de vuelo en la Escuela de Caza y en aviones Mirage y T-33 Silver Star (Bolivia).

A lo largo de su carrera en la Fuerza Aérea Argentina tripuló entrenadores Mentor B45 y MS-760 Paris, aviones de combate F-86F Sabre, Mirage IIIC, IIIEA y 5A Mara ocupando distintos cargos operativos, tales como Jefe de Escuadrón Instrucción X (Mirage 5 Mara/Mirage biplazas) en la VI Brigada Aérea y Jefe del Grupo 3 de Ataque en la III Brigada Aérea.

En el extranjero voló Mirage IIIEE como Jefe de Escuadrilla e Instructor en el Ala 111 del Ejército del Aire (Valencia, España) y T-33 Silver Star como Instructor de Vuelo en el Grupo Aéreo de Caza 32 y Asesor Académico en el Colegio Militar de Aviación en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).

Su experiencia de vuelo incluye 3.300 horas de vuelo en reactores y 200 horas en aviones convencionales.

Es también Licenciado en Sistemas Aéreos y Aeroespaciales del Instituto Universitario Aeronáutico (Córdoba, Argentina) y Master en Dirección de Empresas de la Universidad del Salvador.

Tras su pase a retiro en el año 2014, se dedicó a la Instrucción en aviones convencionales PA-11 Cub y PA-12 Super Cub en el Aeroclub Tandil (Buenos Aires) y el Aeroclub Isla de Ibicuy (Entre Ríos) y en el año 2018 se empleó como Piloto de LJ-60 XR – operando desde Aeroparque Jorge Newbery.


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