Láser en Malvinas
- Mariano Sciaroni
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Por Mariano Sciaroni
En marzo de 1982, por recortes presupuestarios y cambios estratégicos, señalados en el Libro Blanco de la Defensa con el título "The United Kingdom Defence Programme: The Way Forward", presentado en junio de 1981, la Royal Navy estaba en proceso de convertirse en una armada predominantemente antisubmarina, que pelearía su guerra principal contra los soviéticos en el Atlántico Norte junto con otras fuerzas de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte).
Y entonces llegó Malvinas.
El centro de gravedad en esta guerra para la Armada Real no sería proteger a los convoyes que venían de Estados Unidos de la amenaza soviética, sino proteger, en una primera etapa, a los portaaviones HMS Hermes y HMS Invincible, luego a los buques de desembarco (cuando este se estuviera produciendo) y, por último, dar apoyo a la cabeza de playa y a las fuerzas terrestres.
Si los portaaviones se perdieran, la guerra estaría perdida. Luego, el hundimiento de los buques de desembarco también significaría perder la guerra. Finalmente, si las tropas terrestres fueran diezmadas, la victoria sería inviable. En cada etapa, era crucial proteger estos elementos de los argentinos, especialmente de sus medios aéreos.
Para ello, lo primero que se hizo fue recurrir a la doctrina existente sobre cómo combatir aviones y misiles.

El principio básico en la guerra antiaérea es la defensa en capas, basado en la premisa de que ningún sistema, operando de forma individual y no coordinado, es capaz de enfrentarse a la amenaza de forma efectiva. Genéricamente, las capas (del exterior al interior) resultan:
1. Una inteligencia precisa y vigilancia de gran alcance, tanto para predecir las intenciones argentinas como para proveer alerta temprana ante cualquier amenaza aérea que se acercara a la flota.
2. Aviones caza para destruir aeronaves enemigas antes que estas pudieran lanzar su armamento ofensivo
3. Defensa de área con misiles de medio alcance, apuntados a destruir aeronaves enemigas antes de que estas pudieran lanzar sus armas.
4. Defensa de área mediante contramedidas electrónicas para confundir o interrumpir los ataques.
5. Defensa puntual mediante ataques electrónicos (“soft kill”) o con armas (“hard kill”) para proteger, finalmente, a las unidades individuales.
En el caso de Malvinas 1982, para que un avión argentino lograra impactar una unidad capital británica (hay que recordar siempre que lo que se intenta proteger son los buques de mayor valor, NO a todos) debía pasar por estas cinco capas de defensa. En concreto:
• Sería detectado a largo alcance por los propios radares de la flota, por los radares en Chile, por submarinos cerca de las bases aéreas, etc.
• Aviones caza (Sea Harrier FRS.1) intentarían derribarlo antes de que se acercara a la flota.
• Misiles de mediano alcance (Sea Dart o Seaslug) intentarían derribar dentro de 40 millas del objetivo.
• Dentro de esas 40 millas, sería atacado por contramedidas electrónicas, que confundirían a sus equipos y limitarían sus posibilidades de ataque.
• Al estar sobre el objetivo, se enfrentaría a misiles de corto alcance (Seacat y Sea Wolf), cañones de 40mm y 20mm y ametralladoras, así como el blanco estaría envuelto en engaño electrónico.
Recién, si pudiera sortear todos estos obstáculos, podría atacar a su blanco.
Pero vamos a centrarnos en algo poco visto y discutido de esta última etapa, en la que todo se circunscribe a un duelo mortal entre el avión atacante y el buque atacado. Algo que casi parecía ciencia ficción.

Los láser
A fines de la década del 70, el ASWE (Admiralty Surface Weapons Establishment, o en castellano Oficina de Armas de Superficie del Almirantazgo) encomendó a la firma inglesa Irwin Desman Ltd el desarrollo de un sistema láser para ser instalado en buques de la Royal Navy y que, dirigido manualmente o mediante la ayuda de un radar, tendría como objetivo cegar a los pilotos de un avión atacante.
De acuerdo con lo solicitado, el sistema debería tener un alcance máximo de aproximadamente cinco kilómetros y funcionar principalmente en la banda de 400 a 700 nanómetros. El láser verde, en el mejor de los escenarios para un piloto enemigo, produciría solo un destello intenso que obligaría a desviar la mirada, aunque también podría causar ceguera al quemar los nervios ópticos, blanquear térmicamente la retina o romper los vasos sanguíneos en los ojos del piloto.
Así nació el Outfit DEC, incorporado a la Royal Navy como “Laser Dazzle Sight” (o “Visor láser deslumbrante”) o simplemente “Flasher”. El prototipo ya estaba operativo en el año 1981, realizándose pruebas en la fragata de la clase Leander HMS Euryalus mientras navegaba por el mar de Irlanda. Para ese momento, solo con guía manual. Si bien el prototipo se comportó correctamente, había mucho por trabajar en estas nuevas tecnologías antes de incorporarlas al servicio.
Cuando comenzó el conflicto de Malvinas, Irwin Desman Ltd apuró el desarrollo y la producción. Un aspecto clave era que el equipo era compacto y asequible. Cada unidad costaba 25.000 libras, lo que equivaldría a unos 80.000 libras actuales (aproximadamente 108.000 dólares estadounidenses).
El 28 de mayo, en una importante reunión en Londres, los altos mandos militares propusieron a la primera ministra Margaret Thatcher que algunos de estos equipos fueran instalados en buques ya desplegados en el Atlántico Sur.
La Royal Navy estaba sufriendo demasiado en el “Callejón de las Bombas”. La última línea de defensa, compuesta, como se dijo, por cañones y misiles, fallaba y los buques se hundían o sufrían daños enormes. El láser daría una nueva oportunidad a los buques de la Fuerza de Tareas para defenderse.
Si no se lograba cegar a los pilotos argentinos (los altos mandos ahora consideraban que el alcance realista era de tres kilómetros y que provocaba ceguera a un kilómetro de distancia), al menos asustaría a los atacantes, ya que el haz verde sería visible incluso de día y, además, facilitaría la puntería de los artilleros de los buques.
La propuesta de enviarlos al sur fue aprobada.
Pero con dos condicionamientos. El primero era el de la seguridad: nadie sabía si no ocasionarían más daños a los propios que a los enemigos, por lo cual se escribieron instrucciones sobre cómo operarlos de forma segura.
El segundo problema era la prensa, que podía detectar los equipos instalados a bordo de los buques. Los corresponsales de guerra seguramente notarían esa extraña cabina de la que surgía una especie de cámara de televisión enorme. Para responder a cualquier cuestionamiento, se elaboraron folletos con información básica sobre el sistema. Pero, sobre todo, se dieron instrucciones para mantener los láseres cubiertos y negar su existencia ante cualquier preguntón curioso.
Sin embargo, el Ministerio de Defensa (MoD) no estaba del todo convencido de su despliegue. La decisión la tomaron los altos mandos militares (Chief of Defence Staff, CDS) y la Primera Ministra, sin consultarlos. La cuestión era si era legal dejar ciego a alguien según las leyes de la guerra. Finalmente, el asunto fue archivado; quizás resultaba mejor cegar que matar.
El 30 de mayo fueron despachados desde el Reino Unido y, por vía aérea, los dos primeros Outfit DEC. Se haría una escala en la Isla Ascensión y luego un avión Lockheed C-130 Hércules los transportaría a la zona de Malvinas, lanzándolos por paracaídas. Se le dio máxima prioridad a su transporte. Serían instalados en los dos buques más antiguos de la flota, las fragatas Tipo 12 HMS Yarmouth y HMS Plymouth. Una semana más tarde, habría otros cuatro equipos disponibles para ser instalados en las dos fragatas tipo 22 desplegadas (HMS Broadsword y HMS Brilliant) y en los dos portaaviones. Irwin Desman Ltd terminaría fabricando catorce Outfit DEC, en todas sus versiones.
El capitán David Pentreath, comandante de la HMS Plymouth describe en su informe de operaciones cómo siguió el tema:
El 5 de junio, la Plymouth instaló su “arma secreta” en el techo del puente: un proyector de rayos láser para deslumbrar al desafortunado piloto de un avión enemigo que se acercaba. Este dispositivo había sido fabricado por ASWE en muy poco tiempo y había llegado lanzado por paracaídas unos días antes. El rayo era similar a los utilizados en las decoraciones navideñas de Oxford Street (Nota del Autor: la calle Oxford, de Londres, se ilumina con juegos de luces para Navidad) hace unos años, pero debido a la falta de objetivos adecuados, no se pudieron realizar pruebas de “disparo”.
Aunque la reseña pueda parecer risueña, es compartida por quienes operaron el sistema. David Sayer era un oficial de artillería que prestaba servicio a bordo de la HMS Plymouth. Mucho después de la guerra, señaló:
Teníamos una cosa enorme llamada “laser dazzler”, que era básicamente una especie de arma láser, un poco de historietas en realidad. Era completamente inútil. La montamos lo mejor que pudimos en la plataforma de dirección de artillería, en lo alto del barco. Necesitaba varios contenedores para mantenerla refrigerada. La idea era apuntarla a los pilotos que nos atacaban para que quedaran cegados y no pudieran atacarnos. Pero era completamente inútil. En realidad, producía una especie de haz. Podíamos verlo, verlo muy bien. Dentro de la torreta hay un hombre, el capitán de la torreta, que tiene una pequeña ventana y notó una sensación de ardor en la nuca cuando se encendió este aparato, así que pusimos un poco de plomo allí para mantenerlo a salvo. Era tan inútil que no había forma de apuntarlo a tiempo.
El “Flasher” jamás fue utilizado en combate. Los pilotos argentinos coinciden en que jamás se percataron de que los buques enemigos disparaban un rayo láser verde y, menos que menos, de que los cegara.

Como la verdad es la primera baja, luego de la guerra se publicitó (en los círculos de los vendedores de armas) que el sistema Outfit DEC “fue decisivo en la destrucción de tres A-4B Skyhawks argentinos durante la campaña de las Malvinas, dos de los cuales se estrellaron durante sus ataques y el tercero voló erráticamente hacia el fuego antiaéreo amigo”.
Recién en 1987 la Royal Navy admitió públicamente la existencia de estos equipos, tras ser fotografiados en las fragatas HMS Beaver y HMS Brazen al regresar de sus patrullas en el Golfo Pérsico. Para la guerra de 1991 (al invadir Irak a Kuwait), todos los buques de la Royal Navy desplegados contaban con este tipo de láser, aunque representaba una mejora importante respecto de los desplegados en Malvinas. Ahora estaban guiados por radar y el sistema era más compacto.
En 1998, finalmente entró en vigor el Protocolo IV de la “Convención sobre Ciertas Armas Convencionales”, que es un anexo a los Convenios de Ginebra de 1949. Este protocolo prohíbe, en su primer artículo, el uso de armas láser diseñadas para causar ceguera permanente.
El episodio del Outfit DEC —aquel láser improvisado, secreto y casi experimental— retrata una faceta poco conocida de la guerra de 1982: el nivel de desesperación tecnológica al que llegó la Royal Navy en el “Callejón de las Bombas”. Lejos de la imagen de una flota invulnerable, la guerra evidenció que incluso una potencia naval debía recurrir a soluciones apresuradas, sin probarlas y rozando los límites legales, para intentar contener la ofensiva aérea argentina.
Para la Argentina, este hecho reafirma algo fundamental: la aviación de ataque (tanto de la Fuerza Aérea como de la Aviación Naval) no solo fue efectiva, sino que llevó a la flota británica a buscar cualquier ventaja posible, incluso tecnologías que bordeaban la ciencia ficción de la época. Que el láser no haya tenido efectos reales en combate y que los propios británicos lo consideraran “inservible” no disminuye el dato central: su mera instalación demuestra cuán seriamente se temía el ataque argentino.
Finalmente, este hecho recuerda que detrás de los sistemas, sensores y doctrinas había personas —marinos y pilotos de ambos lados— sometidas a decisiones urgentes, riesgos altísimos y tecnologías que, en muchos casos, apenas estaban saliendo del laboratorio. La historia del láser “deslumbrante” no cambia el resultado de la guerra, pero sí ilumina un aspecto clave: la capacidad argentina de forzar a la Royal Navy a improvisar defensas inéditas, un reconocimiento implícito de la magnitud del esfuerzo y del sacrificio de nuestros pilotos y tripulaciones.



