Trump acuerda con Putin y traiciona a Ucrania y a Europa

Por Ignacio Montes de Oca
En septiembre del año pasado, Donald Trump reprochó públicamente a sus aliados de la OTAN que le compraran petróleo a Rusia. Dijo que con esas compras se “debilita enormemente su posición negociadora y su poder de negociación con respecto a Rusia”. Hace apenas unas horas, sorprendió al mundo al anunciar una compra masiva de combustible a Vladimir Putin y el fin de hecho del aislamiento comercial que se le impuso a Rusia por la invasión a Ucrania.
Lo comunicó él mismo por Truth Social, después de una charla personal con el líder ruso. Más de 300.000 toneladas de diésel de entrega inmediata, otras 500.000 en noviembre y un millón más poco después. El bloque firme suma 1,8 millones de toneladas, unos 13,5 millones de barriles, y puede llegar a 4,8 millones de toneladas si Rusia cumple con un tramo condicional. Con los precios del London Gas Oil, eso significa unos 2.610 millones de dólares para Moscú, y casi 7.000 millones si el acuerdo se ejecuta completo.
No fue un globo de ensayo. En cuestión de horas, el Tesoro emitió una licencia general que hasta el 7 de abril de 2027 permite vender, descargar e importar diésel ruso, incluso hacia territorio estadounidense. Una conversación entre dos presidentes se transformó en una excepción concreta al régimen de sanciones que Occidente levantó para aislar a Rusia.
Con ese gesto, Trump rompe el compromiso con sus aliados de cortarle a Putin el suministro de divisas y empieza a desarmar, por la puerta de atrás, un sistema construido desde 2014 y reforzado en 2022. La licencia mantiene restricciones sobre el Banco Central ruso, el Fondo Nacional de Riqueza y el Ministerio de Finanzas, pero abre una vía comercial que Washington había contribuido a cerrar. Estados Unidos deja de administrar la presión sobre Rusia y pasa a habilitarle un negocio que podría incorporar luego otros rubros del inventario ruso.

La excusa oficial es el precio del combustible. Trump dice que el diésel va a bajar “en cifras récord y rápidamente” y que ayudar a agricultores, ganaderos y transportistas es su máxima prioridad, a pocas semanas de las legislativas del 3 de noviembre. Con el diésel en 6,28 dólares el galón, la presión política es real.
Pero los números desarman el argumento. Estados Unidos produce 5,1 millones de barriles diarios de diésel y destilados, exporta cerca de 1,6 millones, sobre todo a América Latina y Europa, y es el mayor exportador neto de productos refinados del planeta. Los 13,5 millones de barriles del bloque firme equivalen a menos de nueve días de lo que produce para vender afuera.
Todo el paquete, con el tramo condicional incluido, es menos de lo que sus refinerías despachan al exterior en un solo mes. Con retener el 30 % de sus propias exportaciones mensuales durante un trimestre, Trump tendría más combustible del que le promete Putin, y sin pedirle permiso a nadie. El problema es regional: la Costa Este tiene inventarios 32 % por debajo del promedio de los últimos cinco años y depende de importaciones, más de 120.000 barriles diarios, para cubrir su consumo. Es un problema de logística interna que se resuelve redirigiendo barriles propios.
Y aunque lo necesitara, el diésel ruso no le serviría para lo que promete. La Administración de Información Energética ubica el origen de la crisis en otro lado: los ataques y las restricciones en Medio Oriente y el estrecho de Ormuz, que dejaron fuera de servicio 4,8 millones de barriles diarios de crudo y empujaron el Brent a un promedio de 114 dólares en septiembre, con picos de 131. Las exportaciones de diésel de Medio Oriente se redujeron a la mitad entre marzo y agosto.
Frente a ese agujero, los 2,25 millones de barriles de la primera entrega son una gota. Además, la misma EIA advierte que las bajas en los precios mayoristas no llegan de inmediato al surtidor, y que con inventarios por debajo del promedio los precios seguirán altos aun después de una moderación inicial.
Los primeros cargamentos rusos, por la logística, tardarían entre 15 y 25 días en llegar. Ni la urgencia del mercado ni el calendario electoral alcanzan para explicar esto. El precio es la coartada. Lo que se está blanqueando es un corrimiento político: Estados Unidos se pone del lado de Rusia y lo disfraza de medida de emergencia.
Ese corrimiento choca de frente con la Ley Graham, que Trump firmó el 18 de septiembre en homenaje al senador fallecido en julio. El Congreso la aprobó para apretar a Moscú: habilita aranceles de hasta 100 % contra los grandes compradores de petróleo y gas rusos y mantiene las restricciones hasta que haya un acuerdo de paz y cese de hostilidades.
Ahora el presidente que la promulgó se escuda en sus válvulas de escape, las secciones 114 y 115, para hacer exactamente lo que la ley quiere impedir. Amenaza con castigar a cualquier país que le compre energía a Rusia y, al mismo tiempo, se la compra él. Es el máximo sancionador y el cliente de emergencia del sancionado, en la misma semana. La ley exige informar la excepción al Congreso, pero deja al presidente un margen amplio para decidir cuándo la presión se aplica y cuándo se suspende. Una herramienta pensada para cerrarle mercados a Putin queda convertida en un privilegio selectivo para Washington.
Tampoco se trata de comprar combustible y listo. Para que lleguen los barriles hay que habilitar dispensas puntuales para mover buques, seguros, bancos, terminales e intermediarios que hoy están sancionados, incluida la flota en la sombra y las aseguradoras rusas. Hay que firmar más excepciones para refinerías de gigantes como Rosneft o Gazprom Neft, que están en la lista negra más dura de Washington.

Y como esas plantas están golpeadas, habrá que autorizar repuestos, componentes y asistencia técnica occidentales para repararlas. Cada privilegio necesario para que el negocio funcione es una pieza del cerco punitivo contra Rusia que se desmonta.
Levantar las sanciones formalmente exigiría un debate largo y costoso en el Congreso, que la Casa Blanca prefiere evitar, y por eso la vía es una cascada de licencias y waivers dirigidas a empresas, bancos, buques e individuos. Una compra se convierte así en apoyo indirecto a la reconstrucción de la capacidad de refinación que Ucrania venía destruyendo.
Porque Ucrania venía ganando esa pelea. Sus ataques habían dejado fuera de juego o a media máquina a buena parte de la refinación rusa: según Reuters, tres de las seis mayores plantas de diésel redujeron o frenaron su actividad, y la Agencia Internacional de Energía registró que en junio el procesamiento cayó a su menor nivel en más de veinte años.
La producción petrolera rusa en agosto estaba 940.000 barriles diarios por debajo del pico de enero. Los ingresos fiscales por petróleo y gas cayeron 17 % interanual entre enero y septiembre, y el déficit previsto para 2026 subió al 3 % del PBI, casi el doble de lo planeado. Rusia estaba apretada, y Trump le tiende el salvavidas: una fuente de divisas, un incentivo para reparar lo destruido y un escudo político sobre las instalaciones que Kiev quería seguir atacando.
Si Moscú condiciona las entregas a que sus refinerías no sean tocadas, la Casa Blanca queda en posición de exigirle a Ucrania que frene. Ayer era aliado; mañana puede ser árbitro a favor del agresor.
Zelenski lo dijo sin vueltas desde París: “los regalos a Putin no traerán la paz”. Habló de una inversión en una guerra que hay que terminar, no prolongar, y advirtió que esos miles de millones se van a convertir en más misiles, más drones y más terror sobre las ciudades ucranianas. Tiene razón. El dinero es fungible. Washington no paga directamente el esfuerzo militar ruso, pero le habilita ingresos que le dan aire fiscal al Kremlin para sostener la guerra.
Del lado ruso, el tono es de victoria. El enviado presidencial Kirill Dmitriev reposteó el anuncio del Tesoro y aseguró que la cooperación entre Rusia y Estados Unidos en diésel y energía beneficiará al mundo. Moscú habla de cooperación bilateral como si las sanciones ya fueran historia, y Putin dejó dicho que ambos líderes acordaron seguir en contacto. Ese es el mensaje que el Kremlin quiere instalar: que el tiempo es su aliado, que Washington está dispuesto a normalizar la relación sin esperar la paz y que a Ucrania solo le queda ajustarse a eso.
Kiev lo entendió así, pero no está dispuesta a rendirse. Zelenski calificó la medida de “debilidad evidente” y ofreció una desescalada recíproca: dejar de atacar las refinerías rusas si Moscú deja de atacar la infraestructura energética ucraniana. La pregunta es si Trump va a respaldar esa oferta o a presionar a Ucrania para que acepte el escudo político invisible que tendió sobre las refinerías rusas.
El momento elegido agrava el golpe. El anuncio llegó cuando diplomáticos ucranianos y europeos aterrizaban en Miami para discutir con enviados de Trump garantías de seguridad, reconstrucción y un posible alto el fuego parcial sobre infraestructura energética y rutas de granos. Se suponía que iban a construir una posición común frente a Moscú.
Trump favoreció a Rusia con una concesión formidable y no pidió una tregua a cambio antes de sentarse a negociar. Putin llega así a la mesa fortalecido, y a Ucrania le piden que considere proteger la misma infraestructura rusa que había logrado convertir en su principal herramienta de presión.

Para Europa, además, es una burla. Hace apenas una semana Trump presionó a la Unión Europea y al G7, con la amenaza de frenar sus propias exportaciones, para que liberaran 100 millones de barriles de sus reservas estratégicas de diésel y calmar los precios estadounidenses. Europa pagó ese sacrificio.
Pocos días después, el mismo presidente le compra a Putin lo que exigió que los europeos le resolvieran. Es una doble traición: a Ucrania, que pelea la guerra, y a los aliados que sostienen las sanciones y cargan con sus costos, después de que Trump trasladara a Kiev y a los europeos el costo de las armas.
Las consecuencias no se agotan en este acuerdo. Si Washington habilita la compra de combustible ruso, ¿con qué autoridad le va a pedir a otros países que dejen de comprar? Los grandes clientes del crudo ruso van a leer esta excepción como la prueba de que las sanciones son negociables, y las empresas y los intermediarios que viven de esquivarlas van a apostar a que el cerco se afloja.
Europa, por su parte, queda frente a una pregunta incómoda: si la seguridad del continente depende de una potencia que cambia las reglas cuando le conviene, la discusión sobre su autonomía estratégica deja de ser teórica.
Además, la licencia planteada por Trump tiene fecha de vencimiento, pero el vínculo no. Producir hasta 4,8 millones de toneladas en refinerías dañadas, conseguir financiamiento, contratar buques y organizar terminales exige meses de coordinación entre gobiernos, empresas y operadores. Eso crea intereses compartidos que sobreviven a cualquier permiso administrativo y demuestra que Putin puede recuperar acceso a mercados occidentales sin terminar la guerra y sin ceder en Ucrania.
Moscú, además, no tardó en responder. Horas después del anuncio, el viceprimer ministro Alexander Novak informó que Rusia empieza a levantar de inmediato la prohibición de exportar diésel que había impuesto en julio por los ataques ucranianos a sus refinerías.
El gesto de reciprocidad que faltaba llegó, al menos en el papel, y es una señal de que lo que nació el viernes puede ser algo más que un trámite. Lo que queda por ver es si Rusia puede cumplir: su producción de diésel cayó cerca de 30 %, según la Agencia Internacional de Energía. Aun así, Putin ya cobró lo que importaba: la licencia, la señal política y la división entre Washington y sus aliados.
Al reunir todos estos datos, la orientación es inconfundible: cuando los objetivos de Ucrania y Europa chocan con la relación que la Casa Blanca quiere con el Kremlin, Washington cambia las reglas comunes.
Una alianza no sobrevive si su principal potencia sanciona a los que compran energía rusa mientras se reserva el derecho de comprarla, si les exige sacrificios a sus socios mientras le regala ingresos al agresor, si negocia la paz después de fortalecer a una de las partes. Y todo esto ocurre mientras Putin sube el tono de sus amenazas a los países europeos de la OTAN.
Es probable que estemos ante el nacimiento de una nueva alianza que cambia la configuración del orden global. E incluso si el negocio no se concretara, Trump ya mostró que está dispuesto a acordar con Putin, aunque eso desaire a sus aliados y golpee duramente a Ucrania en su plan para resistir la agresión rusa.



