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Una máquina de hacer tallarines malvinera

Por Luis Briatore*


La guerra por la recuperación de nuestras Islas Malvinas llegó sin aviso. Tripulaciones muy bien entrenadas para un escenario distinto. Aviones con excelentes performances y muy bien mantenidos, pero con una aviónica superada, sin sistema de autodefensa y armamento inadecuado para ataque a objetivos navales altamente defendidos. Para el combate aire-aire, contábamos con escasos misiles, y de inferiores prestaciones en relación al recién salido del horno Sidewinder “L” de lanzamiento todo sector, cedido al enemigo por EEUU.

Esto era lo que había dentro de los hangares de la gloriosa Fuerza Aérea Argentina para enfrentar al tremendo poderío británico, que se venía con todo lo que tenía.

De las tres fuerzas, los celestes éramos lejos los peor equipados. La más joven y más reducida en efectivos, en consecuencia, a la que menos le tocaba al momento de repartir presupuesto.

Con lo puesto, una muñeca bien entrenada y untada con grasa de león, así salimos al campo de batalla.



Finalizado el conflicto, nos dimos cuenta que en algo demostramos ser muy superiores al enemigo, y fue gracias a un arma secreta e invisible, no detectada por la inteligencia británica, que permitió minimizar las diferencias con respecto al poderoso invasor, una muy completa formación integral basada en valores, la que respeto a morir la trilogía Dios-Patria-Hogar.

Como no había vuelta atrás, antes de llorar sobre la sangre derramada era mejor invertir el poco tiempo disponible en lograr solucionar los problemas existentes, principalmente las falencias de lo que teníamos para afrontar la batalla, buscando tener mayores posibilidades de atacar a la flota con éxito, para luego lograr sobrevivir en el escape. Lo difícil era cómo neutralizar semejante diferencia tecnológica en calidad y cantidad. Enfrente teníamos a una flota con un sistema de defensa aéreo de última generación, compuesto principalmente por modernos buques de guerra y material aéreo embarcado de diferentes características.

Una virtud, el ingenio

Si hay algo que destaca al argentino es buscarle la vuelta a lo que no tiene solución para un ser humano normal. Costumbre arraigada por la supervivencia del día a día, generada por los constantes vaivenes en la conducción nacional de los últimos 80 años, lo increíble es que esto sucede en uno de los países más ricos que existe sobre la faz de la tierra.

Ningún foráneo entiende esta situación, solos nosotros, que la sufrimos en carne propia, comprendemos este incomprensible fenómeno. Las falencias o inconvenientes ante la falta de medios agudizan el ingenio gaucho, de no ser así, estaríamos en condiciones de cumplir muy pocos objetivos, y ante el fantasma del no hacer, lo arreglamos con alambre, y sorteamos el obstáculo cuando y como sea. Resultado de este estado de situación, nos la tenemos que arreglar como podemos, y llevado al marco internacional, generalmente lo hacemos en soledad.

La guerra no fue la excepción, y en muchas historias y situaciones comprometidas, se pudo salir adelante, gracias a esta virtud excluyente. Emergemos del fango como el Ave Fénix, para salir airosos. Minimizamos efectos con soluciones ocurrentes y, hasta en muchas oportunidades, con un lado divertido. Hacemos un uso extremo de la ocurrencia que, combinada con la garra, algo que nos caracteriza, da como resultado inventos o arreglos de compromiso que nos dan muy buenos resultados. Cuando lo hacemos contra un oponente, como lo fue en la guerra contra las fuerzas inglesas, la tercera flota más poderosa del planeta, ante muchos hechos sorprendentes, el enemigo quedó atónito, y surgiendo la lógica pregunta: ¿Como con tan poco hicieron tanto?


El BAC Canberra MK.62

Desde la primera vez que lo vi a este bombardero, de cadete en la Escuela de Aviación Militar, al observarlo detenidamente, me llamó mucho la atención.

Desde la puesta en marcha, que se iniciaba con un cartucho explosivo, estruendo repentino, acompañado de una humareda importante que salía del motor, situación que asustaba al desconocedor del extraño sistema de arranque. Todo sucedía mientras observaba de cerca embelesado al imponente lanzador de bombas, como iba tomando vida poco a poco.

Con una silueta particular, muy diferente a la de un caza, una cabina atípica, compartida entre piloto y navegante, este último con una posición no muy ortodoxa al momento de efectuar el lanzamiento de las bombas, conformaban una serie de detalles, que despertaban de sobremanera la curiosidad en un proyecto de oficial en sus primeros pasos en la institución.

La falta de defensa ante un ataque de la artillería antiaérea o de la caza interceptora, y una aviónica de antigua generación, eran aspectos que realzaban la valentía de las tripulaciones para volar en condiciones totalmente favorables, de cara a una guerra; era otro de los aspectos que sorprendía.

Comenzado el conflicto armado habían llegado a mis oídos otros atributos. La confiabilidad de este gran bombardero en cuanto a las fallas, la buena precisión del tiro en altura y, también, un detalle irónico, que se enfrentaba a su fabricante lanzando bombas hechas en ese mismo país.

Un vuelo en altura en el que se perdía la sorpresa

Pasado el 2 de abril, al reloj de arena que representaba la cuenta regresiva le quedaba menos tiempo, y “la inventiva”, en muchas áreas de la Fuerza Aérea Argentina, estaba funcionando en su máxima expresión y lo hacía H 24.

Se repetía lo sucedido en las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Ante la falta de lo adecuado para repeler el ataque del invasor, el aceite hirviendo fue un arma inesperada, y a la vez, una gran solución. El ocurrente uso de lo impredecible casi los obliga a pegar la vuelta con las manos vacías.

Los bombarderos Canberra no escapaban a esta realidad, necesitaban señuelos antirradar, debido a lo expuestos que estaban en los ataques en altura, y bengalas por la falta de maniobrabilidad para evadir un misil de guiado infrarrojo.

La respuesta a los diferentes inconvenientes llegó de la mano de una persistente actitud de tripulantes y técnicos de la II Brigada Aérea, que buscaron sin descanso solucionar las carencias defensivas de sus aviones para dotarlos del equipamiento adecuado de autoprotección contra mortíferos y efectivos misiles, en especial los de largo alcance, los temibles Sea Dart.

¿Por qué los Canberra no tenían chaff y bengalas?

El problema fundamental era que nunca se había contado con este equipamiento de autodefensa y era imperioso conseguirlos en un corto lapso. Debían fabricar de alguna manera las tirillas de Chaff y su lanzador respectivo.

Ingenio, conocimiento y capacidad de aplicar lo aprendido

Las fuerzas armadas modernas ya utilizaban señuelos o chaff para perturbar y apartar los misiles guiados por radar hacia sus blancos preferidos, los aviones de combate.

La mayoría de las aeronaves militares de las grandes potencias contaban con dispensadores de chaff y bengalas como sistema de autodefensa. Los Canberra (bombarderos de gran altura empleados durante la guerra) no estaban equipados con dichos equipos y su seguridad se veía altamente comprometida durante diferentes tipos de misiones, quedando muy expuestos a un muy probable derribo.

Si en el conflicto de Malvinas ninguna aeronave militar o civil contaba con estos dispositivos, cabe preguntarse, ¿Cómo fue posible degradar la reconocida eficacia de los misiles de última generación británicos, que ya habían ocasionado importantes bajas a los cazabombarderos Skyhawk y Mirage en incisivos ataques a la flota británica?

La respuesta se encuentra en la persistente actitud y valentía de lo más importante que tiene cualquier institución, “el personal”, los que trabajando noche y día, solucionaron como pudieron las carencias defensivas de nuestros aviones, dotándolos de elementos de autodefensa en tiempo récord.

Había que producir los chaff de acuerdo al ancho de banda de los radares enemigos y, además, fabricar los lanzadores de cartuchos.



Comenzaron por la teoría

A partir de los conocimientos teóricos de guerra electrónica, recientemente obtenidos e inculcados por la Escuela Superior de Guerra de la Fuerza Aérea, sumado a maniobras evasivas aprendidas por los pilotos, hicieron que el lanzamiento simultáneo de chaff y bengalas fuese un sistema defensivo eficiente, que fue ideado, desarrollado y construido artesanalmente, con premura, durante el mes de abril de l982. Todo se hizo en la II Brigada Aérea de Paraná, durante la espera de la escalada bélica.

Todo comenzó por iniciativa del propio Jefe de Escuadrón de los bombarderos Canberra, quien era consciente de la imprescindible bibliografía necesaria para calcular las dimensiones y el volumen de las tirillas de chaff, que variaban de acuerdo al tipo de misil a neutralizar.

Veinte días antes del inicio de las hostilidades, la Jefatura de Inteligencia proporcionó la frecuencia de emisión de los radares que utilizaban las fragatas misilísticas de la Armada Argentina, correspondiente al control de tiro del Sea Dart, el Marconi 909, junto a los valores magnéticos e infrarrojos de la cabeza del misil. De esa manera, se determinó la longitud que debían tener las delgadas laminillas para crear ecos falsos al radar, y el valor de temperatura para atraer a los misiles infrarrojos ¡El gran problema a resolver era cómo fabricar tanto el chaff como las bengalas y sus respectivos lanzadores!


Manos a la obra

Con la información necesaria, se formó un equipo encargado de planificar y desarrollar el equipamiento de chaff y bengalas para los aviones Canberra, que tenían como misión bombardear al enemigo, y también a otro avión de dotación, los Learjet, encargados de guiar escuadrillas de combate, efectuar maniobras de diversión, retransmisión de comunicaciones en vuelo, búsqueda y reconocimiento marítimo.


La necesidad tiene cara de hereje

Un ingeniero aeronáutico, el Jefe del Escuadrón Técnico desplegado con los Canberra en la Base Aérea Militar Trelew, mayor Fernando Rezoagli, regresó a Paraná con un claro objetivo, desarrollar con elementos de uso casero el sistema lanzador de Chaff.

Al llegar, como primera acción, convocó en su casa a los compañeros del colegio secundario de su hijo. Una vez reunidos, les entregó un rollo de papel aluminio y tijeras. Durante horas cortaron tiritas hasta reunir un considerable volumen, cantidad que resultaba insuficiente, por lo que debió recurrir a otra forma más rápida y eficiente para lograr obtener un mayor volumen.


El ingenio argentino dijo, presente

Las láminas debían quedar suspendidas en el cielo para perturbar un radar, en una nube de papel metálico que simulaba el eco falso de un avión. Para desviar al misil debían tener un tamaño determinado. Los estudios previos indicaban que estas tiras de papel de aluminio debían tener el ancho de un tallarín.

Para desarrollar los chaff era necesario obtener gran cantidad de láminas de papel metalizado grueso. Por esas casualidades de la vida, en los depósitos de la misma Brigada existían grandes rollos del material buscado, que se utilizaba para cubrir los tubos de chorro de las turbinas, empleado como disipador de calor de los gases de escape.


Un par de ideas geniales

Con sorpresa, los empleados de la fábrica de pastas “Vía Nápoli” de la ciudad de Paraná, vieron entrar a una fila de uniformados, al mismo estilo de ingenieros de la NASA, portando un rollo de papel aluminio sobre el hombro. Lo extraño era que ese material brillante que resaltaba a simple vista nada tenía que ver con la producción de los famosos y sabrosos fideos producidos por “Vía Nápoli”, tan conocidos en la ciudad de Paraná.

Luego de una convincente explicación y una exhaustiva limpieza sobre la maquinaria sin dejar vestigios de harina, la fábrica de fideos pasó a ser parte de la industria bélica hogareña cívico militar argentina.

La cortadora de tallarines comenzó a ejecutar la primera prueba piloto, que resultó todo un éxito, paso previo a la producción en masa.

Sin que supieran los medios de inteligencia ingleses, se utilizó equipamiento de moderna tecnología en la producción de pastas, con el objeto de cortar las laminillas de aluminio de manera experimental.

Con determinadas y estrictas especificaciones técnicas comenzó la salida del producto tan buscado. Para ello se eligió emplear una sofisticada cortadora de tallarines al huevo de última generación, fabricada bajo licencia italiana.

En un acto patriótico, el dueño de la fábrica de pastas, a la vista del éxito obtenido, cedió la máquina a la Fuerza Aérea.

Sin perder tiempo, al día siguiente pasó a ser material sensible de uso secreto, trasladándola a la brigada para comenzar la producción a escala industrial.

Las tirillas eran entregadas en su correcta dimensión longitudinal; cortadas con tijeras y depositadas en grandes mesas, trabajo hecho por damas voluntarias, al estilo de la Patricias Mendocinas, previo a la introducción en esa rendidora máquina.

El segundo invento

De manera simultánea, el Comodoro Valenzuela, otro genio de la creatividad, elucubraba el diseño de los lanzadores de chaff, y también, la preparación de bengalas aptas para los misiles guiados por rayos infrarrojos.

Para los lanzadores se utilizó otro elemento muy original, y a la vez disponible, los cartuchos de arranque de los Canberra, que se colocaron en un lanzador horizontal con siete unidades que se ubicaban en la cola del avión.

Otra importante modificación made in casa fue la adaptación de espejos retrovisores en las punteras de ala de los Lear Jet, integrantes del activo e importante Escuadrón Fénix, buscando mejorar la visualización de las estelas dejadas por los misiles que podían aproximarse desde el sector trasero buscando derribarlos.



La fabricación de las bengalas

Para fabricar las bengalas fue necesario efectuar un requerimiento especial, se obtuvo de Fabricaciones Militares un grano de pólvora que, una vez lanzado en paracaídas, quemaba a 500º C durante 15 segundos, tiempo más que suficiente para engañar al misil infrarrojo. Eran 100º C más que la temperatura de los gases de escape de las turbinas de los aviones, parámetros ideales para atraer a los sensores infrarrojos del guiado de los misiles y desviarlos unos 2 km de la trayectoria inicial, directa hacia el avión a derribar, mientras este se encontraba efectuando maniobras evasivas.

En los cartuchos se colocaba en primer lugar la bengala con un paracaídas, luego se completaba su volumen con chaff y, finalmente, se colocaba una tapa plástica que sostenía todos los elementos para evitar que se cayeran.

El iniciador eléctrico era el mismo utilizado por los cartuchos de arranque. Se conectó a los iniciadores con una manguera de cables que llegaba hasta el tablero del navegador, donde los lanzadores estaban numerados del 1 al 7. Cada uno tenía su llave de activación y una luz roja que indicaba que había sido disparado.

Este sistema no permitía seleccionar chaff o bengala, siempre se eyectaban los dos de manera simultánea.

Finalizada la obra maestra a un bajo costo y en tiempo récord, se trasladó el equipo a Trelew, efectuándose una prueba del lanzador y las bengalas en los aviones.

Sin pérdida de tiempo, el 1° de mayo, todo estuvo instalado y en servicio para ser utilizado en combate.

El piloto podía accionar el sistema cuando veía el misil, desde el momento que este era lanzado. Eso sucedía cuando la cubierta del buque se iluminaba por los fogonazos del propulsante del misil o cuando observaba, en la oscuridad de la noche, un halo con centro negro dirigiéndose hacia el Canberra.


Bautismo del sistema de autodefensa

Ese mismo día, dos escuadrillas de tres aviones cada una fueron enviadas a bombardear los buques que atacaban las posiciones en Puerto Argentino. La primera de ellas, indicativo “Ruta”, logró divisar parte de la flota. El líder advirtió el lanzamiento de un misil y, mientras realizaba un viraje a baja altura, lanzó sus chaff. El proyectil se desvió, e hizo impacto en el agua, detrás del avión, aunque acusó algunas averías en la punta del plano que no impidieron su regreso a salvo. La segunda, con el indicativo “Rifle”, partió inmediatamente después que los “Ruta” y fue interceptada por Sea Harrier. En esta ocasión, los aviones ingleses lograron ubicarse dentro del alcance necesario para lanzar sus Sidewinder y derribaron al Canberra tripulado por el teniente Eduardo De Ibáñez y el primer teniente Mario González, quienes se eyectaron, pero lamentablemente no pudieron ser rescatados. Así, el escuadrón, con mucho dolor sufrió las primeras bajas en el Batalla Aérea de Malvinas.


A pura garra y corazón valiente

Muchas historias como ésta, que el común de la gente desconoce, son un orgullo nacional, porque civiles y militares, trabajaron codo a codo, en conjunto por amor a la Patria.

Luego de un periodo injusto y extenso de “desmalvinización” dentro de nuestro propio territorio, es necesario que, de una vez por todas, no solo sean difundidas estas historias llenas de patriotismo, sino también, incorporarlas dentro de la Historia Argentina para ser enseñadas a nuestros hijos.

Nos debemos sentir muy orgullosos, y realzar, tanto el actuar, como la entrega de miles de argentinos que cumplieron el juramento de dar su vida por defender a la celeste y blanca. Por todos ellos, el reconocimiento debe ser permanente y el reclamo por nuestras Islas Malvinas irrenunciable.



* Luis Alberto Briatore nació en la ciudad de San Fernando (Buenos Aires) en el año 1960.

Egresó como Alférez y Aviador militar de la Escuela de Aviación de la Fuerza Aérea Argentina en 1981 (Promoción XLVII) y como Piloto de Combate de la Escuela de Caza en 1982. Fue Instructor de vuelo en la Escuela de Caza y en aviones Mirage y T-33 Silver Star (Bolivia).

A lo largo de su carrera en la Fuerza Aérea Argentina tripuló entrenadores Mentor B45 y MS-760 Paris, aviones de combate F-86F Sabre, Mirage IIIC, IIIEA y 5A Mara ocupando distintos cargos operativos, tales como Jefe de Escuadrón Instrucción X (Mirage 5 Mara/Mirage biplazas) en la VI Brigada Aérea y Jefe del Grupo 3 de Ataque en la III Brigada Aérea.

En el extranjero voló Mirage IIIEE como Jefe de Escuadrilla e Instructor en el Ala 111 del Ejército del Aire (Valencia, España) y T-33 Silver Star como Instructor de Vuelo en el Grupo Aéreo de Caza 32 y Asesor Académico en el Colegio Militar de Aviación en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).

Su experiencia de vuelo incluye 3.300 horas de vuelo en reactores y 200 horas en aviones convencionales.

Es también Licenciado en Sistemas Aéreos y Aeroespaciales del Instituto Universitario Aeronáutico (Córdoba, Argentina) y Master en Dirección de Empresas de la Universidad del Salvador.

Tras su pase a retiro en el año 2014, se dedicó a la Instrucción en aviones convencionales PA-11 Cub y PA-12 Super Cub en el Aeroclub Tandil (Buenos Aires) y el Aeroclub Isla de Ibicuy (Entre Ríos) y en el año 2018 se empleó como Piloto de LJ-60 XR – operando desde Aeroparque Jorge Newbery.



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