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Y un día la marea rusa volvió a retroceder…


Por Ignacio Montes de Oca


Durante casi tres años, el mapa de la guerra en Ucrania apenas se movió: Rusia avanzaba unos metros, Ucrania resistía y el frente parecía congelado. Cada reporte era útil sobre todo para contar pérdidas. Ese patrón comenzó a quebrarse cuando el mando militar ucraniano levantó las restricciones de información sobre lo que sucedía en el frente y reveló que desde el 29 de enero de 2026 unidades ucranianas ejecutaron un contraataque en el sur, cerca de Oleksandrivka y al norte de Hulyaipole, en Zaporiyhia. Siete meses y medio después, estamos ante la mayor recuperación territorial ucraniana desde 2023 y la primera señal clara, medida en km², de que la iniciativa podía cambiar de manos.

Las cifras varían según la fuente. El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), con sede en Washington, calcula a partir de imágenes satelitales y videos geolocalizados que, entre el 29 de enero y el 12 de agosto de 2026, Ucrania liberó cerca de 626,69 km² en el sur. El instituto advierte que probablemente subestima el avance porque solo actualiza su mapa con confirmación visual. El mando de las Fuerzas de Asalto Aéreo, que dirigió la operación, eleva el balance a más de 745 km² recuperados y otros 300 km² despejados de infiltrados rusos.

El contraste con el resto del frente es aún más revelador. Según el ISW, entre enero y agosto de 2026 Rusia ocupó o infiltró unos 382,98 km², pero perdió 233,74 km² netos al descontar los avances ucranianos. Su ritmo también se desplomó: en julio sumó apenas 37,85 km², poco más de uno por día y una fracción de lo obtenido en el mismo mes de 2025.

Ese avance lento ruso tiene además un costo humano creciente. El ISW estimó que en julio de 2026 Rusia sufrió en promedio 1.132 bajas —muertos y heridos— por cada km² conquistado, cifra que calificó de “escalofriante”. En junio de 2025 el costo era de 68 bajas por km²; un año después alcanzó unas 1.298, diecinueve veces más.



Haciendo un cálculo lineal y simplificado, a este ritmo de desgaste —unas 1.100 a 1.300 bajas rusas por cada kilómetro cuadrado realmente conquistado en 2026—, Rusia necesitaría millones de soldados solo para terminar de tomar el resto del Donbás (unos 5.500 km² que aún controla Ucrania) y esto sin haber enfrentado el núcleo del dispositivo de trincheras y obstáculos en los que esperan las tropas ucranianas. Para ocupar el resto de Ucrania, la cifra se dispararía a cientos de millones de bajas, un costo demográficamente imposible.

Ese desgaste, sumado a la escasez de reclutas ayuda a explicar por qué el Kremlin evita una nueva movilización general, políticamente costosa para Vladímir Putin, y recurre a tropas extranjeras. El 9 de agosto, Zelenski afirmó que Moscú desplegaría entre 30.000 y 50.000 soldados norcoreanos en Rusia, frente a los 11.000-14.000 enviados inicialmente en 2024. Sería el mayor contingente extranjero de la guerra y confirmaría la creciente dependencia de refuerzos no reclutados entre ciudadanos rusos.

Además, el costo real se oculta al propio Kremlin. Radio Svoboda documentó en 2026 la llamada "guerra a crédito": pequeños grupos rusos, sin apoyo de artillería ni intención de sostener el terreno, se infiltran en aldeas para izar una bandera, filmarla y generar una prueba que sus comandantes elevan en la cadena de mando. En los altos cargos militares, se habría convertido en un modo ganar el favor de Putin o evitar su ira. 



El ISW también registró videos generados o alterados con inteligencia artificial para simular banderas en localidades nunca controladas. El analista David Sharp lo definió como una puesta en escena para superiores y propaganda. Cuando esos reportes llegan a Putin, favorecen decisiones basadas en mapas ficticios, como no reforzar posiciones supuestamente aseguradas. Varios grupos terminaron aniquilados o capturados; el 20 de julio de 2026, en Zaporiyhia, 64 soldados enviados a plantar banderas se rindieron.

Una parte importante de lo que Moscú presenta como “territorio conquistado” son en realidad zonas grises: áreas donde pequeños grupos de soldados rusos logran infiltrarse temporalmente, pero que nadie controla de forma efectiva. El ISW distingue de manera clara entre territorio realmente tomado (donde se establece control estable) y territorio infiltrado. En 2026 esa diferencia es especialmente grande: el territorio en disputa ronda los 80-150 km² según la misma fuente. La propaganda rusa, sin embargo, suele contabilizar esas zonas grises como conquistas plenas, inflando artificialmente sus cifras y alimentando la narrativa de un avance constante que, en el terreno, no existe.

Al desgaste en el frente se añade el de Crimea ocupada, cada vez más demandante de recursos que no llegan al frente. Desde 2023, Ucrania convirtió la península en lo que sus oficiales llaman "un cementerio para la defensa antiaérea rusa", mediante ataques contra radares, sistemas S-300 y S-400 y bases navales. En julio de 2026 intensificó los golpes: interrumpió combustible, provocó apagones, voló puentes y cortó el transporte con Rusia continental. Según Andrii Kuzan, citado por Foreign Policy, Moscú debió enviar más agentes del FSB para contener el descontento (con crecientes casos de arrestos arbitrarios entre pobladores ucranianos) y soldados dedicados a operar pequeños sistemas antiaéreos antes usados para proteger rutas de suministro. Cada radar, batería o agente destinado a sostener Crimea es un recurso menos para Zaporiyia, Donetsk o en las refinerías y almacenes de la retaguardia profunda.



Dentro de esos almacenes entran los 22 de Wildberries atacados: entre 1,18 y 1,5 millones de m² de superficie afectada, aproximadamente el 27 % de toda su capacidad de almacenamiento. La cifra actualizada de la afectación indica 5.700 millones de dólares en mercancías incineradas, otros 1.200 millones en instalaciones destruidas (14 centros arrasados por completo), con costes totales por demolición y reconstrucción de la infraestructura y pérdidas por lucro cesante para Wildberries y sus vendedores de entre 10.000 y 12.000 millones de dólares.

La capacidad ucraniana para sostener esa presión tiene una base financiera concreta. El Kiel Institute for the World Economy, que registra la ayuda occidental desde 2022, informó el 13 de agosto de 2026 que Europa asumió el papel de mayor respaldo antes ocupado por Washington. Solo en mayo y junio, las instituciones europeas destinaron casi €11.000 millones mediante el nuevo Ukraine Support Loan, un préstamo conjunto de €90.000 millones para cubrir necesidades presupuestarias y de defensa en 2026 y 2027: €4.300 millones fueron a ayuda militar y €6.700 millones a asistencia financiera y humanitaria. Se sumaron aportes militares de Alemania (€700 millones), Dinamarca (€600 millones) y Países Bajos (€500 millones), mientras el Reino Unido lideró la ayuda financiera bilateral con unos €1.500 millones. Para Taro Nishikawa, director del proyecto, el préstamo envía una señal positiva a Ucrania.



Ese dinero se traduce en equipos: Suecia entregará gratuitamente 16 cazas Gripen C/D y venderá otros 22 más modernos, todos con misiles Meteor de largo alcance. Francia prometió hasta ocho sistemas SAMP/T de nueva generación, considerados la defensa europea más avanzada contra misiles balísticos. Estados Unidos comprometió unos 3.350 misiles de crucero ERAM, financiados con US$825 millones de Dinamarca, Países Bajos y Noruega. También avanza la producción local: el misil balístico FP-7, de 200 kilómetros de alcance, entró en servicio en 2026, y el FP-9, proyectado para hasta 855 kilómetros, completaba pruebas a mitad de año. En conjunto, el arsenal permite golpear objetivos rusos cada vez más alejados del frente, algo ya visible en los resultados.

Washington dejó formalmente de enviar ayuda directa en febrero de 2025, bajo la administración Trump, pero las armas estadounidenses no desaparecieron del frente. Entre enero y junio de 2026, Europa compró al menos €3.000 millones en armamento a empresas de Estados Unidos para reenviarlo a Ucrania: el arsenal siguió llegando, ahora pagado por europeos. En conjunto, la ayuda militar mensual promedió unos €2.000 millones en 2026, por debajo de los picos de 2022 y 2023, pero suficiente, según los mapas del ISW, para sostener la recuperación territorial en el sur.

El cambio en el mapa también modifica la relación entre Kiev y la Casa Blanca, aunque de manera irregular. Tras meses de tensión, Donald Trump suavizó su tono hacia Zelenski: desde decirle que “no tenía cartas” el 28 de febrero de 2025, pasó a decirle el 24 de junio de 2026 que "lo está haciendo bastante bien" y lo llamó valiente. Pero, más allá de los halagos, la ayuda concreta sigue sin materializarse. Tras anunciar el 8 de julio de 2026 en la OTAN la fabricación de misiles Patriot PAC-3 en Ucrania, se retractó el 31 de julio en Camp David por temor a que la tecnología llegara a Rusia.



Mientras tanto, Ucrania trasladó la guerra a la retaguardia rusa. Desde comienzos de 2026, sus drones golpearon refinerías al menos 194 veces, once veces más que en igual período de 2025, y hacia junio habían alcanzado ocho de las diez mayores del país y subieron los precios de los combustibles un 18,3% en promedio de acuerdo con la estadística de Rosstat. Según un análisis del Financial Times citado por medios ucranianos, la crisis de combustible afecta a unos 50 millones de rusos —cerca del 35 % de la población—, con colas y racionamiento en 38 regiones rusas y problemas de abastecimiento en 83, cifra surgida de relevar reportes de faltantes aparecidos en la prensa rusa. 

El impacto también aparece en las exportaciones. Los envíos de crudo ruso cayeron a 3,71 millones de barriles diarios en las cuatro semanas hasta el 9 de agosto de 2026, su nivel más bajo desde mayo. En julio, las cargas de productos petrolíferos bajaron un 23 % mensual, hasta 4,7 millones de toneladas, menos de la mitad de los 9,6 millones exportados en julio de 2025; las ventas externas de diésel tocaron mínimos de varios años. Así, los ingresos diarios por combustibles fósiles retrocedieron un 12 % entre junio y julio, a €683 millones.

El golpe alcanzó también al agro: las exportaciones de trigo previstas para agosto, entre 3,0 y 3,4 millones de toneladas, serían las más bajas para ese mes desde 2016-2017, mientras en julio los granos exportados cayeron un 38 % por los ataques ucranianos a puertos del Novorossiysk y Taman en el mar Negro y otras instalaciones en el de Azov, que paralizaron el 75% de la capacidad de sus terminales exportadoras. Estas ventas representan unos 41.100 millones de dólares anuales en ingresos de acuerdo con las cifras aduaneras rusas, de los cuales cerca de 5.100 millones ingresa a la recaudación del gobierno a través de impuestos y aranceles a la exportación según las cifras del Ministerio de Agricultura.



A las pérdidas materiales se suma un costo humano cada vez más difícil de ocultar. Mediazona, medio independiente ruso que verifica uno por uno a los muertos mediante obituarios, redes sociales y registros de herencia, confirmó 239.354 al 14 de agosto de 2026. Desde enero agregó más de 77.000 nombres, aunque muchos corresponden a combates anteriores por el retraso entre la muerte y su confirmación pública. Las estimaciones elaboradas con Meduza situaban el total real por encima de 352.000 a fines de 2025 y la BBC proyectaba entre 400.000 y 450.000 al corregir el subregistro.

El deterioro militar, económico y humano ya repercute dentro del Kremlin. Putin admitió en abril de 2026 que la economía rusa se contrajo un 1,8 % entre enero y febrero, y el ministro de Desarrollo Económico, Maxim Reshetnikov, reconoció que gran parte de las reservas estaba agotada. Las altas tasas, sostenidas para contener una inflación cada vez menos disimulable, asfixian a las empresas, y economistas cercanos al Kremlin advierten sobre una posible recesión en 2026. La fatiga también aparece en las encuestas: según el centro estatal, la aprobación de Putin bajó del 77,8 % a comienzos de año al 65,6 % en primavera, su mayor caída desde la movilización de 2022. 



Todas estas piezas forman un mismo engranaje. El apoyo europeo permite a Ucrania sostener la iniciativa táctica y ampliar su alcance; combinado con los ataques a refinerías y puertos, reduce exportaciones y abastecimiento interno, claves para financiar la guerra rusa. A la vez, sostener Crimea desvía tropas y defensas antiaéreas del frente principal, mientras las bajas, el creciente peso norcoreano y las banderas falsas revelan un ejército incapaz de sostenerse y de informarse con honestidad. Las muertes confirmadas y el deterioro económico elevan el costo político para el Kremlin y obligan a Washington, pese a sus dudas y retrocesos, a revisar su distancia.

Y queda por reportar otra baja masiva y es la de la reputación de especialistas y cuentas en redes sociales que presagiaban una inevitable derrota ucraniana o pedían su capitulación con una cesión de territorios. O reportaban - y siguen anunciando - avances rusos que solo florecen dentro de la burbuja informativa creada por Rusia.

Una mirada honesta indica que Rusia todavía no está perdiendo la guerra. Pero algo más peligroso para Moscú ya empezó a ocurrir: está empezando a perder la capacidad de ganarla al precio que estaba dispuesto a pagar. El mapa apenas comenzó a moverse. La factura rusa, en cambio, sigue sumando costos a velocidades que crecen cada día.

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