Yemen y Arabia Saudita disputan a los hutíes el control de Bab el-Mandeb

Por Ignacio Montes de Oca
Las fuerzas del gobierno yemení, respaldadas por Arabia Saudita, afirmaron este martes 6 de octubre haber recuperado posiciones estratégicas sobre la costa del mar Rojo y en torno del estrecho de Bab el-Mandeb. La ofensiva, bautizada Amanecer de Yemen, retomó el distrito de Dhubab y su pista aérea, llegó a las afueras de Mocha y, según el Ministerio de Defensa, recuperó la ciudad portuaria. Los hutíes negaron esas pérdidas y sostuvieron que conservan el terreno ganado en septiembre. Por ahora no se pudo verificar de manera independiente el mapa de las posiciones.
El avance más rápido de las fuerzas gubernamentales se estaría dando en el suroeste. Fuentes yemenitas dijeron que las tropas, con apoyo aéreo saudí, empujaron a los hutíes desde Bab el-Mandeb hacia las tierras altas y cortaron su principal ruta de abastecimiento a Mocha. También anunciaron la toma de los montes al-Manzara, al-Ashari y Dhiban, en Haifan, al sur de Taiz. La coalición saudí informó, además, una operación naval en Hodeida contra depósitos de armas, minas y embarcaciones explosivas. Los hutíes, en cambio, aseguraron haber repelido ataques en Dhubab y Bab el-Mandeb.
La contraofensiva comenzó el domingo 4 de octubre, cuando el presidente del Consejo de Liderazgo Presidencial, Rashad al-Alimi, anunció una campaña para recuperar todos los territorios bajo control hutí, incluida Saná. El vocero militar pidió a los rebeldes que depusieran las armas y sostuvo que la operación no estaba dirigida contra la población de Saná, Saada ni contra ninguna tribu. El martes, el gobierno también informó avances en otros frentes, entre ellos Marib, al-Jawf, al-Bayda y los accesos a Taiz.
La respuesta hutí combinó presión terrestre y ataques de largo alcance. El grupo afirmó haber lanzado misiles y drones contra el aeropuerto internacional de Riad, la refinería de Rabigh, el aeropuerto de Abha y la base militar de Khamis Mushait, además de operaciones previas contra instalaciones de Aramco en Riad y Khurais. Arabia Saudita y Aramco no confirmaron de inmediato esos daños. El lunes, además, las autoridades sauditas informaron ataques contra los aeropuertos de Jizán y Najrán que dejaron tres heridos. En Taiz, fuentes gubernamentales reconocieron que los hutíes ganaron tramos de una ruta montañosa y mantuvieron la presión sobre la ciudad, de modo que la recuperación costera no elimina el riesgo del cerco en el interior.
La primera reacción del mercado fue volátil. El lunes, el Brent cerró en 100,32 dólares por barril y el WTI en 89,43 dólares, después de haber alcanzado niveles superiores durante la rueda. La liberación acordada por el G7 de 100 millones de barriles de crudo y diésel, junto con la recuperación de las exportaciones regionales, moderó la suba. Este martes 6, el Brent cayó hasta 98,62 dólares y el WTI hasta 87,60, mientras aumentaban los flujos de petróleo del Golfo. La baja no eliminó la prima de riesgo: los ataques contra infraestructura energética y buques siguen amenazando una región donde ya está restringido el tránsito por Ormuz.
El sábado 3 de octubre, en la página de FIRMS se detectó una gran columna de humo y fuego cerca de una instalación de Aramco en Riad, y los hutíes reivindicaron el ataque. Al-Maliki calificó de engañosas sus afirmaciones y Aramco no explicó la causa del incendio. Conviene separar lo comprobado de lo reivindicado: hubo fuego y ataques, pero no estaba claro el alcance de los daños en Riad ni en Khurais. Reuters informó que tampoco hubo confirmación oficial saudí de la supuesta destrucción de la instalación de Aramco.
Los ataques siguen un patrón. Los hutíes declararon el 20 de julio un bloqueo naval contra Arabia Saudita. Desde entonces atacaron petroleros saudíes y, el 26 de julio, la refinería de Jizán y el puerto de Yanbu. El 8 de septiembre, drones y misiles alcanzaron Khamis Mushait, Abha, Jizán y Najrán, con 73 heridos según las autoridades sauditas. De a poco, exasperaron a los sauditas.
El oleoducto Este-Oeste, que lleva crudo hasta Yanbu, se cerró preventivamente el 11 de septiembre tras un ataque con drones. Reuters informó que un aparato lanzado desde Irak por grupos ligados a Irán dañó tres estaciones de bombeo. La interrupción obligó a detener temporalmente cargas de crudo en Yanbu, aunque Arabia Saudita reanudó luego el funcionamiento del sistema.
Los blancos trazan el mapa del sistema con el que Riad evita Ormuz: campos, estaciones de bombeo, puerto de salida y estrechos marítimos. Arabia Saudita había desviado hacia el Mar Rojo unos cuatro millones de barriles diarios por esa red, alrededor del 4% de la oferta mundial, para compensar las restricciones en Ormuz. A mediados de septiembre, un seguimiento basado en datos de Reuters y AP indicó que esos envíos habían caído de 3,8 a 2,2 millones de barriles diarios.
Esa línea de unos 1.200 kilómetros es la principal salida alternativa saudí cuando Ormuz está restringido. Antes del ataque desviaba hacia Yanbu unos cuatro millones de barriles diarios. Una caída de ese flujo, aunque pudiera ser compensada parcialmente por otras rutas y reservas, prende las alarmas porque reduce el margen de maniobra del principal exportador de petróleo del Golfo.

Reuters informó que el cierre del 11 de septiembre dejó al puerto reservas para sostener las exportaciones durante apenas cinco a siete días y llevó el Brent por encima de 108 dólares el 14 de septiembre. La reapertura parcial del 22 hizo caer el precio, aunque luego se aclaró que recuperar el flujo completo podía llevar entre seis y ocho semanas.
Pero hoy la situación es diferente. Arabia Saudita informó este martes que el flujo por el oleoducto Este-Oeste había alcanzado los 5,8 millones de barriles. Riad está utilizando esa infraestructura para redirigir alrededor de cuatro millones de barriles diarios hacia Yanbu y compensar parte de las dificultades provocadas por la guerra en Ormuz. El riesgo inmediato disminuyó, aunque la infraestructura sigue siendo un blanco estratégico.
El problema es que recuperar el flujo de crudo no resuelve la crisis de los combustibles. En septiembre, las exportaciones de crudo y condensados del Golfo ya habían recuperado el 91% del nivel previo a la guerra, pero los envíos de productos refinados apenas alcanzaban el 60%. El déficit está ahora en otro punto de la cadena: faltan capacidad de refinación, barcos y rutas seguras para transportar diésel, combustible de aviación y otros derivados.
Y allí Yanbu vuelve a ser decisiva. Los hutíes no atacaron solamente el puerto que recibe el crudo del oleoducto Este-Oeste: también apuntaron a la infraestructura energética de la ciudad, donde funcionan grandes refinerías como YASREF y SAMREF. Es decir, el petróleo llega a la costa y, al mismo tiempo, se dificulta que se transforme en los combustibles que necesita el mercado. Por eso la recuperación del bombeo puede hacer bajar el Brent sin resolver la escasez de diésel y jet fuel ni los precios que pagan transportistas, aerolíneas y consumidores.
El problema es que el mercado de refinados responde a otra lógica. Aunque el crudo vuelva a circular, cada ataque obliga a valorar a la vez el bombeo hacia Yanbu, la navegación por Bab el-Mandeb y el tránsito por Ormuz. Esa combinación encarece seguros y fletes, sostiene los márgenes de los combustibles refinados y vuelve el precio más sensible a cualquier interrupción, aunque las reservas de emergencia, la recuperación del oleoducto y la reanudación parcial de los embarques contengan el crudo.
El asunto ya no enfrenta solo a dos países y un grupo rebelde. El bloqueo y los ataques contra el bombeo, la carga y la refinación golpean los ingresos saudíes y el suministro asiático. El Atlantic Council calculó que el petróleo que cruza el estrecho equivale a cerca del 7% de la oferta mundial, destinado sobre todo a Asia. El Bab el-Mandeb es, además, una ruta comercial de alcance global: por allí circula alrededor del 12% del comercio mundial.
Según el Africa Center, Egipto perdió entre el 30% y el 40% de los 9.400 millones de dólares anuales que recauda por el Canal de Suez. También intervienen el pacto de defensa con Pakistán y Turquía, una alianza marítima saudí de más de una docena de países, el Consejo de Seguridad y la negociación entre Washington y Teherán. El Pacto de la Meca, firmado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, se reunió el 5 de octubre en Riad y acordó avanzar hacia el despliegue rápido de fuerzas y capacidades militares en Arabia Saudita para hacer efectiva la defensa colectiva.
Luego entra Irán. El Middle East Institute sostiene que, dado que la presión sobre Ormuz perjudica cada vez más su economía, Teherán utiliza a los hutíes para sumar un segundo foco en Bab el-Mandeb y forzar concesiones de Washington en la aplicación del memorando de junio, incluido su papel en la futura administración de Ormuz.
Una de las hipótesis es que Teherán busca mantener la presión energética hasta las legislativas estadounidenses y trasladar parte del costo al Golfo y Europa. Los hutíes tienen su propia disputa histórica con los sauditas y esta escalada es coherente con su alianza con los iraníes, pero además les da peso propio para negociar eventuales treguas por su cuenta, administrando el paso seguro de buques de ciertas nacionalidades o la asistencia internacional.
Por eso en público los iraníes dicen que consideran por separado la crisis en Yemen de su guerra con Estados Unidos y ofrecen ayudar a resolver la cuestión en el Mar Rojo. Hay que tener cautela con esa fórmula porque los hutíes tienen intereses locales propios, entre ellos el control de puertos, rentas y reconocimiento de su poder en Saná, y una alianza no equivale a una orden. La conclusión prudente es que la ofensiva sirve a la vez a la agenda iraní y a la hutí, hoy coincidentes en el mismo estrecho. Es el mismo problema regional, pero con dos llaves diferentes.
Para entenderlo repasemos la secuencia que condujo al escenario actual. La cadena de hechos empieza con la tregua de 2022, que se mantuvo en lo esencial hasta este año. La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán comenzó el 28 de febrero; los hutíes, al principio, al margen del resto del Eje de la Resistencia, se sumaron el 28 de marzo. Reuters informó que el 13 de julio un vuelo de Mahan Air con comandantes de la Guardia Revolucionaria y armas intentó aterrizar en Saná. Fuerzas yemeníes y Arabia Saudita bombardearon la pista y los hutíes dieron por terminada la tregua.
Estados Unidos había reimpuesto el 14 de julio su bloqueo naval a Irán, y Teherán pidió a los hutíes estar listos para cerrar el estrecho si Washington atacaba su red eléctrica. El 3 de septiembre comenzó la ofensiva hutí sobre Taiz y días después llegó el golpe costero. Los rebeldes tomaron en menos de 48 horas unos 115 kilómetros de litoral, incluido Mocha y varias islas, según las fuentes utilizadas entonces.
En esa ofensiva se movilizaron unos 75.000 combatientes hutíes en un frente de 170 kilómetros, según una estimación de la Resistencia Nacional. Para el día 11, según Reuters y Al Jazeera, los hutíes controlaban prácticamente toda la costa yemení del Mar Rojo, incluida Perim. AP añadió que capturaron blindados, cohetes y munición suministrados en buena parte por Arabia Saudita y Emiratos.

El colapso se explica por la desunión antihutí. En diciembre de 2025, aviones saudíes bombardearon Mukalla por un cargamento supuestamente enviado desde Emiratos al separatista Consejo de Transición del Sur; Abu Dabi retiró sus fuerzas y el Consejo fue declarado disuelto el 9 de enero. El Sana'a Center observó que Riad ganó una influencia inédita en el Yemen gubernamental y anunció 90 millones de dólares para salarios atrasados y 507 millones para desarrollo. Pero la reorganización dejó piezas incompatibles.
Según The New Arab, las Fuerzas Conjuntas, unas 30 brigadas, fueron reestructuradas en cinco divisiones bajo supervisión saudí. New Lines señala que la Resistencia Nacional, los Gigantes emiratíes y el Escudo de la Nación saudí siguieron respondiendo a lealtades distintas. La falta de mando unificado ofreció a los hutíes una oportunidad inmejorable y explica, al menos en parte, la velocidad de su ofensiva de septiembre. Reuters también identificó las divisiones internas del campo antihutí, el cambio de la estructura de mando y la subestimación de los preparativos hutíes como factores decisivos.
El gobierno moviliza ahora, en respuesta, una fuerza considerable. De acuerdo con un reporte de Reuters, Riad ordenó un avance con más de 100.000 soldados yemeníes y le proveerá apoyo aéreo. La Resistencia Nacional aporta unos 30.000 combatientes. Se suman los Gigantes, el Escudo de la Nación, las brigadas de Tihama, Islah y estructuras sureñas reagrupadas como Resistencia del Sur. La cifra total representa más el potencial de las fuerzas disponibles que un ejército unificado: precisamente allí está uno de los mayores interrogantes de la ofensiva.
Del otro lado está Irán. AP documentó la presencia de asesores de la Guardia Revolucionaria en distintos niveles de la campaña costera. Fuentes saudíes y gubernamentales atribuyen la conducción en Tihama al oficial de la Fuerza Quds Abdolreza Shahlaei. Como ocurre con buena parte de la información sobre la estructura de mando hutí, se trata de afirmaciones procedentes de fuentes regionales que no pueden ser verificadas de manera independiente.
Los objetivos decisivos están señalados. Taiz, la tercera ciudad del país concentra cientos de miles de civiles y miles de soldados. En sus accesos occidentales, Jabal Jardad y la colina de al-Han dominan el terreno. El analista Mohammed al-Qadhi explicó que esas alturas protegen la retaguardia hutí y dificultan cualquier intento de recuperar la costa.
En la franja costera importan Mocha, Dhubab, Perim —también llamada Mayyun— y las islas Hanish y Zuqar. Horn Review señala que Mayyun divide el estrecho en dos canales; los hutíes quedaron a unos 20 kilómetros de África y por ese paso circula cerca del 12% del comercio mundial. También cayeron Hays y al-Khawkhah, en Hodeida. En el interior, el gobierno afirma haber tomado al-Labanat y al-Yatma, en al-Jawf, y avanzar hacia al-Hazm y Dhi Na'im, en al-Bayda. En Marib, única provincia productora de gas y bastión de Islah, abrió un frente sureño.
El costo humano es enorme. AFP habló de más de 500 muertos en la primera semana. El 3 de octubre, el vocero gubernamental, coronel Majed Abdullah al-Nuzaili, dijo que se ejecutaron 257 operaciones de precisión en un día. Al Jazeera mencionó casi 500 operaciones y 1.540 hutíes muertos o heridos en 24 horas. El 4 de octubre, el portavoz gubernamental estimó que los ataques habían causado al menos 700 bajas hutíes y la destrucción de numerosos vehículos y equipos militares. Son cifras proporcionadas por las partes y no verificadas independientemente, por lo que deben leerse como estimaciones de guerra.
Estas bajas agravan la situación general en Yemen. La ONU informó que unas 184.000 personas fueron desplazadas desde la reanudación de la guerra. El Programa Mundial de Alimentos advirtió además que la situación alimentaria se está deteriorando con rapidez: alrededor de 3 de 4 cuatro hogares en las zonas no hutíes no logran cubrir sus necesidades básicas. Los combates impiden además asistir a cientos de miles de personas en Taiz y Hodeida.
Lo más notable es quién no participa esta vez en la ofensiva. En 2015, Arabia Saudita, Emiratos, Bahréin, Kuwait y Qatar participaron del ataque contra los hutíes bajo el liderazgo de Riad; Egipto, Jordania y Sudán se sumaron, Estados Unidos ofreció logística e inteligencia y solo Omán quedó fuera entre los miembros del Consejo del Golfo.
Hoy no existe una coalición comparable. La primera causa es la ruptura entre Riad y Abu Dabi. Omán y Emiratos no se sumaron a la alianza marítima saudí ni a las represalias militares. El príncipe heredero saudí recibió en Riad al vicepresidente emiratí, Mansour bin Zayed, en el intento de reconciliación más visible, aunque persisten diferencias. El acercamiento político no implica un regreso militar. La unidad de las coronas petroleras está averiada.
La segunda causa es que los vecinos del Golfo enfrentan su propia guerra. Desde febrero, el conflicto con Irán y el cierre de hecho de Ormuz amenazan la seguridad y la economía de los miembros del Consejo. Con territorios y puertos amenazados por Irán, ninguno tiene margen para otro frente. Tampoco quieren sumar el riesgo de los drones hutíes desde el flanco oeste.
La tercera causa es la discrepancia estratégica y económica. Hay un bloque de contención formado por Qatar y Omán que condena los ataques iraníes, pero insiste en la diplomacia, y otro que se protege, con Arabia Saudita, Kuwait y, en la práctica, Bahréin.
Se separan además entre los que tienen oleoductos que evitan Ormuz -Arabia Saudita y Emiratos- de los que, como Kuwait, Bahréin y Qatar, no tienen esa alternativa. Estos últimos necesitan calma marítima, no otra guerra. Omán es además el principal interlocutor con los hutíes.
También cambió el método. Tras siete años de bombardeos desde 2015 sin doblegar a los hutíes, Riad ahora aplica un esquema distinto: fuerzas yemeníes en tierra y aviación saudí. La cohesión del campo gubernamental yemení con las milicias será el factor decisivo. Reuters señaló precisamente que la campaña fue diseñada para que el peso terrestre recaiga en fuerzas yemeníes, con apoyo aéreo, inteligencia y equipamiento externo.
El caso de Estados Unidos es el más llamativo: en 2015 aportó inteligencia y logística; hoy evita combatir directamente. Axios informó que Mohammed bin Salman llamó dos veces a Donald Trump el 10 de septiembre para pedir ataques y fue rechazado. Dos funcionarios dijeron que Washington no intervendría directamente. Riad volvió a pedir bombardeos antes de la ofensiva. Sin embargo, un diplomático dijo a Reuters que Estados Unidos aporta inteligencia y asesores, y otras informaciones señalan la presencia de más de cien militares en el reino con una herramienta de selección de objetivos. Es una participación indirecta, sin fuego propio. Reuters confirmó antes de la ofensiva que Washington estaba dispuesto a proporcionar inteligencia a Riad, pero no a comprometer fuerzas estadounidenses directamente.
Washington, además, mantuvo un canal con el adversario de su aliado. Funcionarios estadounidenses se reunieron durante el fin de semana del 13 de septiembre con representantes hutíes en Mascate, en conversaciones facilitadas por Omán. Según fuentes citadas por Reuters, los hutíes dijeron que no tenían intención de atacar barcos estadounidenses y que mantenían el alto el fuego acordado con Washington en 2025.
Washington protege sus buques, mantiene un canal con los hutíes y deja el costo de la guerra principalmente en manos de Riad. Las razones parecen políticas y militares, aunque la Casa Blanca no las blanquea. La guerra con Irán enredó a Estados Unidos y agotó material misilístico crítico. Pesa también el calendario electoral: antes de la ofensiva, las estimaciones sobre el momento del ataque saudí iban de las semanas siguientes a después de las legislativas de noviembre. También existe un arreglo tácito: si los hutíes no atacan barcos estadounidenses, intervenir directamente rompería ese entendimiento sin garantía de éxito.
Para Riad, esa abstención marca un cambio crucial porque libra su guerra más importante en años sin el socio que antes le daba cobertura directa, aunque esta vez cuenta con un entramado regional diferente y con la perspectiva de activar el pacto con Turquía y Pakistán.
La apuesta es entonces a varias bandas. Si las fuerzas yemeníes recuperan la costa, Teherán pierde una parte importante de la capacidad de presión sobre Bab el-Mandeb y su posibilidad de utilizar simultáneamente los dos grandes estrangulamientos energéticos de la región. Esa es una de las razones que ayudan a explicar la dureza de los ataques contra infraestructura saudí. Pero si el avance se acerca al estrecho y se mantiene la presión sobre Irán en Ormuz, Teherán tendrá nuevos incentivos para negociar su cierre, su apertura o las condiciones de navegación.
Al mismo tiempo, los hutíes pueden perturbar la navegación por decisión propia, aunque una escalada prolongada tendría costos que probablemente los obligarían a coordinar más estrechamente con Teherán. Su dependencia de Irán para determinadas armas, tecnología y apoyo logístico es importante, pero no significa que reciban órdenes para cada operación. Tampoco quieren otra ronda de ataques estadounidenses ni sumar simultáneamente una guerra abierta con los sauditas.
Los sauditas, en ese contexto, parecen haber llegado a la conclusión de que no pueden negociar una paz mientras los hutíes controlen el acceso alternativo por el Mar Rojo. Ni pueden esperar que Trump los ayude esta vez. Y también tienen que mostrarles a los iraníes que el juego cambió, mientras la ayuda turca y pakistaní puede convertirse en el anticipo de una estructura de seguridad regional más amplia que permita a Riad golpear a los aliados de Irán en Yemen sin depender exclusivamente de Washington.
Todos tienen motivos para escalar y acordar, pero el cruce de intereses conduce con mayor facilidad a una ampliación del conflicto que a una tregua, por ahora.
La economía explica también la urgencia y la debilidad de Yemen. Al Jazeera informó en abril de escasez de efectivo en las ciudades gubernamentales, con bancos y casas de cambio limitando operaciones pese a un cambio oficial de unos 410 riales por riyal saudí. Como Yemen importa cerca del 90% de sus alimentos, toda perturbación comercial eleva los precios. El Programa Mundial de Alimentos advirtió que, sin nuevos fondos, agotará sus reservas en semanas.
Egipto integra, según las informaciones disponibles, la coalición marítima saudí y tiene también incentivos para apoyar a Riad, aunque otras fuentes sostienen que El Cairo prioriza la desescalada y evita chocar directamente con los hutíes para no agravar la crisis de ingresos en Suez.

The Conversation recogió además acusaciones ante legisladores estadounidenses de que Rusia y China apoyan a los hutíes junto con Irán, lo que agrega más actores a la trama. En paralelo, Israel proporcionó, según el Jerusalem Post, asistencia de inteligencia a los sauditas para mejorar su ofensiva en Yemen. El gobierno israelí no confirmó esa información, aunque la cooperación tendría lógica estratégica porque la milicia aliada de Irán amenaza una ruta por la que circula parte importante del tráfico mercante entre el océano Índico y el Mediterráneo. En el Mar Rojo, además, fragatas y destructores de países como Italia, Francia, Alemania y los Países Bajos están desplegados en la misión Áspides, que ya intervino en la intercepción de drones y misiles hutíes.
Es un error considerar que la fase actual de la guerra en Yemen es un asunto entre hutíes y sauditas, o que a lo sumo se amplía a Irán y los Estados Unidos. El conflicto que volvió a desatarse está involucrando a una cantidad creciente de naciones en un nudo político cada vez más denso en el que, además, se juega una parte del destino energético global y una ruta clave para el comercio mundial.
La salida a esta complejidad de elementos dependerá de tres factores. Primero, si las fuerzas yemeníes logran actuar como un ejército y no como brigadas de patrones distintos. Segundo, si Riad protege su territorio y su petróleo mientras ataca. Tercero, qué decidan Washington y Teherán en unas negociaciones que fijan los límites de la guerra.
Si la campaña recupera la costa y despeja Taiz, Arabia Saudita negociará desde una posición mejor y restará una carta a Irán. Si se estanca en la montaña, se cerrará el cerco sobre Taiz y comenzará una guerra de desgaste, con una crisis humanitaria cada vez más grave y la economía mundial pendiente de un estrecho de apenas unos 32 kilómetros.
El problema es que hay tantos actores dentro de un mismo escenario y con objetivos tan dispares que, por ahora, no hay una salida. Los gobiernos de Yemen y Arabia Saudita parecen haber avanzado, pero el bastión hutí se mantiene indemne y con fuerzas suficientes para organizar una respuesta terrestre y otra simultánea en el Mar Rojo. Reuters señala que, aun perdiendo la costa, los hutíes conservan capacidad para atacar buques mediante drones desde posiciones más alejadas del litoral.
El resultado de este laberinto es una nueva fase de un conflicto que vuelve a activarse y que, a diferencia de la primera etapa desatada en 2015, esta vez no puede entenderse solamente desde Yemen. El desenlace depende también de otra guerra, la de Ormuz, y de la relación entre Washington y Teherán. Bab el-Mandeb es ahora la segunda llave de una misma crisis energética y militar. Y mientras una de las dos llaves siga cerrada, la guerra de Yemen difícilmente vuelva a ser solamente una guerra local.



