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Argentina y el posible apoyo a Ucrania

Por Santiago Rivas


La posibilidad de que la Argentina entregue a Ucrania sus dos helicópteros Russian Helicopters Mi-171E que están sin volar desde hace más de dos años, así como la visita de Volodymyr Zelenskyy para la asunción de Javier Milei a la presidencia (primera visita que el presidente de Ucrania realiza a América Latina) abren las puertas no solo a un cambio geopolítico significante para la Argentina, sino una oportunidad para participar en el mundo occidental y reactivar su industria de defensa.

En 2022, pocos días antes de que Rusia invada Ucrania con el objetivo de anexarla, argumentando una ridícula “desnazificación” de Ucrania, violando el derecho internacional e iniciando una serie sistemática de crímenes de guerra, atacando indiscriminadamente a la población civil, el por entonces presidente de Argentina, en una de sus tantas muestras de falta de visión geopolítica, declaraba que esperaba que la Argentina sea la puerta de entrada de Rusia en América Latina.



La propaganda rusa en América Latina, que alcanzó significativamente a la Argentina, hizo ver con buenos ojos a Rusia, una autocracia donde se persigue a cualquier tipo de oposición, donde el poder está en manos de una pequeña oligarquía y donde, exceptuando partes de la población de Moscú y San Petersburgo, se vive como en la vieja Unión Soviética. Es cierto que occidente ha tenido políticas desastrosas hacia América Latina, e incluso la Argentina mantiene una parte de su territorio ocupada militarmente por Gran Bretaña, lo que despierta sentimientos antioccidentales, pero eso no justifica cambiar un verdugo por otro, que sabemos que no es mejor, aunque su discurso sea igual de hipócrita como el de algunas potencias occidentales. Alcanza para ver que ninguno de los aliados de Rusia en América Latina, como Cuba, Nicaragua y Venezuela (curiosamente todas dictaduras) ha mejorado su desastrosa economía y sus sociedades viven en la miseria.


El armamento ruso y América Latina

En cuanto a armamento, en los años noventa, con el fin de la URSS y la disponibilidad de material de origen ruso a bajo costo y con pocas limitaciones (aunque muchos crean lo contrario, Rusia aplica limitaciones similares a occidente a la hora de vender armas), muchos países de América Latina corrieron a comprar equipamiento ruso, como fueron los casos de México (principalmente helicópteros y aviones de transporte), Colombia (helicópteros), Ecuador (helicópteros), Uruguay (blindados), otros de sus compradores tradicionales adquirieron más material (como Perú, con más aeronaves, armas livianas y otros equipos) y luego se sumó Venezuela con la llegada del chavismo, que compró desde tanques hasta aviones de combate. Todos los demás evaluaron material o hicieron compras más pequeñas (Argentina con los Su-2AR acrobáticos y luego los Mi-171, Brasil con los Mi-35).

Sin embargo, se puede ver que a partir del inicio del nuevo milenio esas compras fueron decreciendo hasta casi desaparecer. Los motivos fueron varios, pero hubo tres que fueron primordiales. Por un lado, la falta de financiación, ya que Rusia vende en la mayoría de los casos sin financiar al cliente, lo que obliga a pagar por adelantado todo el paquete que se compre, algo difícil en las limitadas economías latinoamericanas. A esto se sumó un desastroso servicio postventa, con poco contacto entre el fabricante y el comprador, entrega tardía de repuestos, problemas con la documentación técnica y las limitaciones para hacer mantenimiento mayor por parte del operador, que obliga en muchos casos a enviar el material al fabricante, con tiempos largos para las reparaciones (y, por consiguiente, con el material fuera de servicio) y altos costos. Por último, Rusia se fue quedando muy atrás tecnológicamente, debido a la falta de recursos para investigación y desarrollo y a que, a diferencia de occidente, no hace desarrollos en conjunto con otros países para poder compartir el costo y avanzar más rápidamente en la generación de nuevas tecnologías.

Así, como hoy se ve en el conflicto de Ucrania, el armamento ruso sigue siendo en su enorme mayoría desarrollado en la era soviética, que terminó hace más de treinta años, con pocos adelantos tecnológicos agregados, en su mayoría dependientes de tecnologías compradas en occidente o, más cerca en el tiempo, en China.



Los Mi-171E

Así, los dos helicópteros Mi-171E comprados por la Argentina, si bien se mostraron como máquinas rústicas, resistentes y con buenas capacidades, fueron una pesadilla logística y, desde su incorporación en 2011, se supo que apenas se deba realizarles una inspección mayor, esta sería casi imposible por sus costos y lo complejo del proceso. Aunque la Argentina logró negociar con Rusia que los trabajos en las aeronaves, excepto sus motores, se hagan en la Argentina en lugar de tener que enviarlas a Rusia como originalmente estaba estipulado, estos trabajos no avanzaron rápidamente por la falta de apoyo ruso y a que fue imposible hacer los pagos debido a que los bancos a los cuales Russian Helicopters pidió que se transfiera estaban entre las instituciones reconocidas por operar con organizaciones terroristas o criminales, por lo que los bancos con los que opera la Argentina informaron que no podían realizar las transferencias. Mientras, los motores había que, inevitablemente, enviarlos a Rusia para ser recorridos, pero esto se demoró durante el 2021 por la imposibilidad de transferir los pagos, hasta que el inicio de la invasión a Ucrania frenó toda posibilidad de hacer la recorrida de los motores en un taller certificado.

Si bien se analizaron varias alternativas, incluyendo triangulaciones a través de India y Cuba, ninguna era factible si se esperaba tener el trabajo certificado para cumplir con el Reglamento de Aeronavegabilidad Militar.

A la vez, se sumó la presión cada vez mayor por parte de Estados Unidos para que las aeronaves sean entregadas a Ucrania para apoyar su esfuerzo para resistir la invasión. La Fuerza Aérea Argentina planteó a Estados Unidos la posibilidad de que se entreguen tres helicópteros CH-47 Chinook como reemplazo, lo cual fue luego modificado por el Estado Mayor Conjunto por cuatro aeronaves (dos para la Fuerza Aérea y dos para el Ejército), pero Estados Unidos informó que no tenía aeronaves del modelo disponibles para entregar, ofreciendo helicópteros S-61T Triton a cambio, pero el modelo no cubre las necesidades de las fuerzas.

Luego se plantearon otras alternativas, como la computación del valor de los Mi-171E a cuenta del contrato de armamento y sistemas para los F-16 Fighting Falcon que la Argentina planea comprar.

Si bien el gobierno de Alberto Fernández se negaba a cualquier posible cesión de los helicópteros a Ucrania, el cambio iniciado con la llegada de Milei al poder plantea un escenario totalmente opuesto y Ucrania, junto a Estados Unidos, esperan que la Argentina acceda a la operación, la cual cuenta con una mirada positiva desde la Fuerza Aérea Argentina, que entiende que estos helicópteros ya no volverán a volar en el país ya que las restricciones no serán levantadas y, a la vez, el actual gobierno se alejará totalmente de Rusia en materia de defensa.



Oportunidades

Dos helicópteros no cambiarán de ninguna manera el curso de la guerra en Ucrania, pero sí representarían un paso geopolítico de relevancia, como en 1991 fue enviar buques al Golfo Pérsico en apoyo del bloqueo contra Irak tras su invasión a Kuwait. Y esto se daría en tiempos en que una mayoría de América Latina mantiene su alejamiento de occidente, sin que eso le esté representando ningún beneficio a sus poblaciones.

Ucrania, además de los Mi-171, ha planteado a la Argentina la posibilidad de que esta última vuelva a fabricar munición de distintos calibres y pueda ser exportada al país europeo, en tiempos en que la producción de munición en occidente está al límite de su capacidad y por debajo de lo que se demanda. La Argentina tiene dicha capacidad sin uso, con equipamiento en distintas plantas de Fabricaciones Militares que no se emplea o casi no se emplea. Vender munición a Ucrania representaría, desde el lado de la industria de la defensa, recuperar una capacidad, ya que en los últimos 20 años la producción de munición fue muy limitada y, en los casos de artillería, fue prácticamente nula. Permitiría sanear el déficit de Fabricaciones Militares, poder incorporar tecnología y conocimientos para producir munición más avanzada y poder abastecer a las Fuerzas Armadas de Argentina también, reduciendo también los costos, al fabricar a gran escala.

Esta capacidad de producción podría luego ofrecerse para otros clientes en el mercado internacional y su uso en combate en Ucrania podría servir para mostrar su calidad en un escenario real, algo muy valorado por cualquier potencial cliente.

Por otro lado, Ucrania solicitó a Iveco Defense Vehicles la posibilidad de comprar hasta 450 blindados 6x6 Guaraní configurados como ambulancias para operar en el frente de combate. El gobierno de Lula da Silva, cercano a Rusia, negó la exportación de los blindados desde Brasil. El Guaraní es actualmente el blindado elegido por el Ejército Argentino, que firmó hace casi un año una carta de intención por 156 unidades, aunque no ha avanzado en la firma del contrato.

Actualmente, el motor y el chasis del blindado se producen en la Argentina, mientras que casi todos sus sistemas de combate son de origen israelí y europeo, mientras que en Brasil solo se produce la carrocería y se hace el ensamblado final.

La Argentina podría plantear la instalación de una línea de ensamblado en el país que permita abarcar tanto los vehículos para Ucrania como los que requiere el Ejército Argentino, ya que una demanda de más de 600 unidades justificaría organizar esta otra línea de producción, sin la necesidad de la autorización por parte del gobierno de Brasil.

Estas operaciones y la disponibilidad de otros equipos de industria nacional, como podrían ser radares de INVAP, entre muchos otros, podrían potenciar significativamente las ventas de la Base Industrial de Defensa de la Argentina, generando desarrollo de tecnología, ingresos para el país en tiempos de crisis económica, reducir los costos de adquisición para las fuerzas propias, generar mano de obra calificada y potenciar la posibilidad de obtener nuevos clientes en el mercado internacional.



Geopolítica

Sin embargo, por sobre todas las cosas, implicaría tomar una posición geopolítica que la Argentina debe tomar. La idea de la “tercera posición”, de estar afuera del mundo, si bien en la teoría suena positiva, porque supondría obtener beneficios con todos sin sufrir consecuencias si se elige el bando perdedor, en los hechos solo trajo perjuicios, ya que el bando ganador nunca toma en cuenta al que fue neutral. Así fue claramente al final de la Segunda Guerra Mundial y también lo fue siempre que la Argentina se mantuvo al margen. Peor ha sido cuando, como en el caso de Ucrania, la neutralidad en realidad ha tenido un guiño hacia Rusia, de la misma manera que ha sido más recientemente en el conflicto en Israel, con un guiño hacia los terroristas de Hamas pidiendo que Israel cese los ataques, al tiempo en que había 21 ciudadanos argentinos tomados por ellos como rehenes.

Las potencias solo toman en cuenta a quienes están con ellos en las malas, quienes corren riesgos y quienes tienen la capacidad de defender sus intereses y los de sus aliados. Y las potencias solo toman en cuenta el apoyo en hechos y no solamente con palabras. Decir que se apoya a Ucrania solo cuenta si se la apoya realmente y no solo en declaraciones o votos inútiles en las Naciones Unidas.

¿A la Argentina le conviene estar con occidente? La respuesta es inequívoca y basta con decir que la Argentina es un país occidental, donde casi toda su población desciende de europeos, tiene una cultura netamente occidental, ama todo lo occidental y aspira a tener todo lo que tienen quienes viven en las potencias occidentales. Casi ningún ciudadano argentino desea vivir como en Rusia o China, sino como en Estados Unidos y Europa (incluso hasta los más comunistas, que apenas pueden vacacionan en Miami o Europa y gastan su dinero en las tiendas más capitalistas del planeta).



Si la Argentina quiere participar en occidente, debe tomar medidas que demuestren eso en hechos, que planten una posición que se sostenga en el tiempo y que sean acciones concretas. Apoyar a Ucrania, así como debe abiertamente apoyar a Israel contra el terrorismo que sigue causando víctimas argentinas (es tarea irrenunciable del Estado proteger a sus ciudadanos y sus intereses estén donde estén), significaría un paso de volver a participar en el mundo, algo que la Argentina abandonó hace un siglo, con pequeñas excepciones menores.

Es fundamental que los políticos y economistas comprendan que el desarrollo económico que esperamos tener es inalcanzable sin demostrar la determinación de jugar en el tablero internacional y que ese juego se da en decisiones geopolíticas que implican tejer alianzas fuertes con aquellos países con quienes queremos comerciar, y que esas alianzas incluyen invariablemente la posibilidad del uso de la fuerza para defender los intereses propios y de nuestros aliados.






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