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Cómo se extrañan los desfiles

Por Luis Briatore*


El desfile militar como conmemoración o celebración de fechas patrias en un estado tiene su inicio en la antigüedad clásica. No solo sucedía en Grecia, sino también en los imperios de Asia, como el persa y el chino. En el imperio romano, el desfile de las legiones, tanto tras campañas victoriosas como en actos conmemorativos, jugó un rol relevante en la construcción de la cultura estatal, imprimiéndole un fuerte sentido de pertenencia.

Esta costumbre, que es parte de la cultura de un pueblo, también denominado rito estatal, se mantuvo en la era cristiana y se transformó en un símbolo en los estados naciones en la era moderna, siendo por lo general la fiesta nacional la oportunidad para realizar el desfile militar de mayor envergadura del calendario anual, en Argentina, el 9 de julio, “Día de la Independencia”.

En la Francia del siglo XXI, el desfile militar a través de los Campos Elíseos el 14 de julio es un rito estatal permanente, que se mantiene con las mismas características y que no modificó en cada uno de sus detalles ninguno de los gobiernos, ni los socialistas ni los conservadores, y pasó a ser una tradición nacional. En el Reino Unido sucede otro tanto con la parada militar que se realiza el primer sábado de junio para celebrar el cumpleaños de la reina. En España tiene lugar otro tanto con el desfile militar del día nacional, que es el 12 de octubre.

Es que, más allá de las polémicas sobre el pasado, la gran mayoría de la población percibe la fiesta patria y el desfile militar como un momento y un gesto de unidad nacional, antes que una oportunidad donde se manifiestan conflictos y rencores.


¿Qué pasa en Argentina?

Lamentablemente, luego de casi dos siglos de festejos patrios ininterrumpidos, acompañados por desfiles en todas las provincias argentinas, ya hace un tiempo que no disfrutamos de esta sana modalidad de sentirnos más argentinos, en estas salidas masivas a las calles. Lo que fuera tradición por mucho tiempo en Argentina, hoy es un grato recuerdo del pasado, para un pueblo que ama su bandera y a las Fuerzas Armadas, que la custodian y la defienden hasta las últimas consecuencias, testigo de ello fue lo que sucedió Malvinas.

El recuerdo más reciente de un desfile patrio de envergadura tuvo lugar luego de pasados casi cuarenta años de aquel conflicto por la recuperación de nuestro territorio usurpado. Aquel día, y luego de mucho tiempo, veteranos excombatientes y uniformados de todas las fuerzas armadas volvieron a lo que era habitual en otros tiempos.

La fecha 9 de julio es sinónimo de desfile, es el motivo que obliga a lucir lo mejor que tenemos de nuestra gloriosa historia y del presente. Celebrar la independencia, ese abrazar con mucha fuerza a nuestra bandera celeste y blanca. En la sede del gobierno central, el lugar elegido, fue casi siempre, la ancha, arbolada y hermosa Avenida del Libertador General San Martín. En las provincias, la avenida más importante y espaciosa.

En el último desfile, todo sucedió en medio de la algarabía de una multitud fervorosa, con miles de banderas agitándose. Presenciamos un acto cívico militar de un conmovedor y sincero reconocimiento, donde la población celebró en familia el desfile donde participaron muchos de aquellos que ofrecieron su vida por la Patria, y también por nosotros.

En un país soberano y orgulloso de su historia, retomar la conmemoración patriótica debe ser una prioridad, por no decir una política de Estado, que es una manifestación del ser nacional que nos une como argentinos.


Ejemplo de disciplina

Marchar en orden cerrado obliga a los militares a sincronizar sus movimientos, actuar como si fueran un cuerpo único. Refuerza el sentido de unidad y disciplina, algo que resultaba imprescindible, tanto en la paz, en la ejecución de tareas de carácter humanitario y cooperativo, como en la guerra, en medio del fragor del combate.

Los desfiles también han sido históricamente una demostración de la potencia de un país, una exhibición del músculo capaz de disuadir al trasgresor que insinúe intentar vulnerar nuestras amplias fronteras, y también, espacios marítimos y aéreos soberanos.


Gratos recuerdos y un futuro que debe inspirar esperanza

De niño, era muy esperada la conmemoración del Día de la Independencia. El 9 de julio, con la mejor ropa y con una escarapela en la solapa o en algún lugar del pecho, la familia toda concurría a disfrutar del desfile. Se trataba de un día muy especial, dedicado a acercarnos más que nunca a la celeste y blanca.

Con el acompañamiento de una banda de música y guerra, escuchamos los acordes de diferentes marchas, melodías llenas de historia, que al disfrutarlas nos ponen la piel de gallina, las que invaden por completo ese ambiente que se transforma mágicamente en patrio.

En medio de miles de banderas que se agitan, desfilan los soldados de la Patria por las calles de la ciudad, que los reciben vestidas de gala. Lo hacen a paso redoblado, clavando el taco en el duro concreto, escuchando al unísono, ese sonido característico que nos conmueve.

La tropa formada exhibe con orgullo todo tipo de uniformes históricos y de combate, distintivos, enseñas de cada agrupación, banderas históricas de guerra, acompañados del equipamiento de dotación. A su paso, una lluvia de papeles y gritos de “viva la Patria”, dan un marco único, no visto en ningún otro tipo de celebración.

El cielo por unos minutos se oscurece por el paso de una nube de aviones, que con distintas formas y emitiendo diferentes sonidos, son el deleite de un público que inclina la cabeza hacia el cielo, observando con admiración a los custodios del aeroespacio nacional.

Qué lindo sería que los argentinos volviéramos a ese rito, vinculado a los valores patrióticos, que es un factor de cohesión, hacia el interior de las Fuerzas Armadas y hacia la población toda, propiciando el necesario hermanamiento de civiles y militares en esta Patria grande, con una historia llena de gloria y rica en valores, llamada República Argentina.

Viva la Patria



* Luis Alberto Briatore nació en la ciudad de San Fernando (Buenos Aires) en el año 1960.

Egresó como Alférez y Aviador militar de la Escuela de Aviación de la Fuerza Aérea Argentina en 1981 (Promoción XLVII) y como Piloto de Combate de la Escuela de Caza en 1982. Fue Instructor de vuelo en la Escuela de Caza y en aviones Mirage y T-33 Silver Star (Bolivia).

A lo largo de su carrera en la Fuerza Aérea Argentina tripuló entrenadores Mentor B45 y MS-760 Paris, aviones de combate F-86F Sabre, Mirage IIIC, IIIEA y 5A Mara ocupando distintos cargos operativos, tales como Jefe de Escuadrón Instrucción X (Mirage 5 Mara/Mirage biplazas) en la VI Brigada Aérea y Jefe del Grupo 3 de Ataque en la III Brigada Aérea.

En el extranjero voló Mirage IIIEE como Jefe de Escuadrilla e Instructor en el Ala 111 del Ejército del Aire (Valencia, España) y T-33 Silver Star como Instructor de Vuelo en el Grupo Aéreo de Caza 32 y Asesor Académico en el Colegio Militar de Aviación en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia).

Su experiencia de vuelo incluye 3.300 horas de vuelo en reactores y 200 horas en aviones convencionales.

Es también Licenciado en Sistemas Aéreos y Aeroespaciales del Instituto Universitario Aeronáutico (Córdoba, Argentina) y Master en Dirección de Empresas de la Universidad del Salvador.

Tras su pase a retiro en el año 2014, se dedicó a la Instrucción en aviones convencionales PA-11 Cub y PA-12 Super Cub en el Aeroclub Tandil (Buenos Aires) y el Aeroclub Isla de Ibicuy (Entre Ríos) y en el año 2018 se empleó como Piloto de LJ-60 XR – operando desde Aeroparque Jorge Newbery.

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