Cae la producción alimentaria por la lucha en Ormuz: la otra crisis en curso
- Ignacio Montes de Oca
- hace 1 hora
- 6 Min. de lectura

Por Ignacio Montes de Oca
Hay otra crisis en desarrollo y que ahora comienza a revelarse. El informe del USDA reveló en su informe de mayo de 2026 que la producción mundial de trigo cayó un 2,5% respecto al año anterior. Aquí se combinan el conflicto en Medio Oriente y un clima desajustado. El reporte es lapidario: los recortes de los exportadores clave en miles de millones de toneladas son considerables: Argentina -6,9, UE -9,1, Australia -6, Canadá -5, Rusia -4,3. Este año se estima una cosecha de 819,1 MMT, lo cual implica una caída de 20,9 MMT en un año. El trigo es parte de una tendencia global: el maíz cayó 17,3 MMT, el arroz 5 MMT, el azúcar un 2% y el aceite de palma un 8/14%. Pero esto recién empieza porque la campaña de siembra calzó sobre las existencias de fertilizantes y mitigó en parte el impacto en los rendimientos.
Había stocks que redujeron el aumento de precios y, sin embargo, hay que volver a rellenar esos depósitos y, en un contexto en el que las cosechas son más magras, la menor oferta dice que debería hacerse a mayores precios, que se suman a los de los costos de producción más altos. El factor más obvio es el aumento en los precios de la urea: se dispararon un 46 % y en los fertilizantes nitrogenados un 31% en promedio desde febrero. El 30% proviene de los países que no pueden sacar su producción por el bloqueo en Ormuz y los daños a sus instalaciones. Pero el impacto no se acota a la zona de crisis. El aumento en el precio y la menor disponibilidad de gas hizo que se contrajera la producción mundial de esos fertilizantes afectando aún más a la oferta y que el mayor costo se traslade a los precios finales de los granos. El gas natural representa entre el 50% y el 80% del costo de la urea y amoníaco, que es la base de los fertilizantes nitrogenados y que a su vez son los más usados en la producción de trigo, maíz, arroz y otros granos. Con el bloqueo iraní, Qatar dejó de exportar el 20% del GNL disponible a escala global.
Para entender mejor el panorama: la urea y el nitrógeno representan entre el 20 y el 35% del costo del trigo de acuerdo con la zona de producción. Es por eso que muchos productores aplicaron cantidades menores o sembraron menos hectáreas. El resultado es indistinto. Pero no todo es imputable a la pulseada entre Washington y Teherán. También hay un clima desquiciado y este año el fenómeno del Niño viene con anabólicos. Se prevén extremos climáticos y el pronóstico anticipa fuertes debates entre ambientalistas y escépticos del cambio climático.

En Australia hay una sequía severa y se prevé otra en la Pampa argentina. En Canadá están en un trance similar y tanto en Rusia como en Kazajistán y Ucrania se prevén inviernos duros y también secos. Todo esto alimenta, irónicamente, al pesimismo y a las subas de precios. Pero hay otros factores que ayudan a que suban los precios. Tenemos el precio de los combustibles porque la industria agrícola usa cantidades inmensas para mover cosechadoras, transportar el grano a los puertos o para que los buques graneleros los llevan a otros mercados. En los EEUU el combustible construye entre el 10 y el 15% del precio final del trigo. Si consideramos que el galón de Diesel subió un 40% desde el inicio de la guerra con Irán, podemos comprender en donde se acomodó ese aumento promedio de U$S 2,99 a casi U$S 5.
Menos producción a mayores costos impactan en la inflación, porque las personas por lo general pueden cargar menos combustible e incluso usar bicicletas. Lo que no pueden es dejar de comer. En consecuencia, esa rutina es la que suele afectar con mayor fuerza a los precios. De acuerdo con el índice de precios globales de los alimentos de la FAO, solo en abril hubo un incremento del 1,6% y en lo que va del año se acumula un 2% interanual. Y los vegetarianos festejan porque la carne ya acumula un 6.4% interanual de aumentos en las mediciones de la FAO: https://www.fao.org/worldfoodsituation/FoodPricesIndex/es/

Todavía no hay un escenario tan oscuro como en el que se dio en 2022 por la invasión rusa a Ucrania, pero los análisis sugieren no ser optimistas frente a la escasez de fertilizantes y la menor oferta cuando se sepa su impacto en la cosecha de la primavera – verano boreal. El rezago en el efecto puede tardar entre 12 a 18 meses, pero para ese entonces el efecto acumulado sobre los stocks agotados dará lugar a un periodo posterior de crisis hasta la recuperación de la normalidad y los precios. Cada día que pasa es una hipoteca alimentaria.
Sí puede preverse es en dónde va a sentirse con más fuerza. Para empezar, en los sitios de gran dependencia alimentaria y con crisis de hambre en curso como en Sudán, Gaza, Yemen del Sur y Sudán del Sur, en donde ya hay problemas severos y crónicos de suministro de nutrientes. En el caso del trigo, Egipto, Bangladesh, Pakistán, Somalia, Etiopía, Kenia, Haití, Mali y Afganistán sin importadores netos y entre ellos suman al menos 45 millones de personas en riesgo alimentario. Y en India y Bangladés la situación puede complicarse en el futuro inmediato.
El riesgo alimentario puede ser traducido en cifras: 19 millones de sudaneses, 2 millones de gazatíes, 13,8 millones de afganos y 18 millones de yemenitas. Para dar un ejemplo, Sudán importa el 80% del trigo que consume y ya registra una hambruna severa en la región de Fasher. De acuerdo con el Global Report on Food Crises de la FAO/WFP, entre 295y 318 millones de personas enfrentarían inseguridad alimentaria aguda en 2026, con proyecciones de deterioro en Sudán, Gaza, Sudán del Sur, Yemen, Haití y Mali. Allí el hambre es el pan de cada día.
Y si por cuestiones de Pantone alguno no siente empatía por estas sociedades, vale recordar que las crisis alimentarias suelen disparar efectos tremendos como guerra intestinas o luchas entre etnias, como las de pastores y agricultores en el Sahel por el acceso a las zonas fértiles. Pero, además, las hambrunas suelen acelerar los fenómenos migratorios y es allí en dónde incluso el más alérgico a la melanina debería dejar la apatía. O recordar que el aumento de los precios impactará en cualquiera de sus comidas diarias y en la inflación general de su país.

Para los que especulan que por ser de un país productor va a disfrutar de las ganancias por la exportación a precios más altos, es bueno recordar que hablamos de menores superficies y rindes, con lo que lo que se gana en precio se pierde en montos totales y costos mayores. Y aún queda saber qué clase de desajuste va a producir el Niño que promete sequías, calores y fríos extremos y una que otra catástrofe que demandará gastos extraordinarios y algún subsidio, lo cual seguramente alimentará el déficit y supondrá políticas impositivas estilo Sherwood.
Esta reacción es obligada porque para los importadores de nutrientes implica un trastorno en las balanzas externas y para todos, sin excepción, un factor que necesariamente modifica el Índice de Precios al Consumidor. De hecho, es un fenómeno que ya se está verificando. Un aumento en los combustibles y alimentos se dirige a la inflación núcleo y las perspectivas apuntan a un incremento constante. El sonido de un dron en Ormuz se convierte en un grito de furia cuando alguien va a comprar pan y cargar combustible en otros sitios del mundo.
El efecto cascada de la crisis en Ormuz en el área alimentaria es tan cáustico para la economía y la estabilidad mundial como el faltante de petróleo y gas. El Niño llega en junio y de acuerdo con los cálculos, a partir de entonces comenzará la disputa por los stocks alimentarios. El informe del USDA funciona como un despertador para los que solo miran el precio del Brent y juegan con la idea de hasta donde podrá aguantar cada uno de los contendientes en Medio Oriente centrándose en el “gran juego” en el que se va a dirimir quien es el estado macho alfa. Mientras tanto la huerta global se hace menos productiva, las alacenas se vacían y cada comida cuesta un poco más en la medida que el conflicto tarda en resolverse. Ojalá se dejen de luchar antes de la hora de la cena, si es que hay algo para comer cuando terminen de pelearse.



