top of page

Crisis en el Cuerno de África: ¿Eritrea entró en Etiopía?

hace 7 horas
5 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca


La mañana del miércoles 7 de octubre, dos vecinos de Adigrat dijeron a Reuters que vieron dos camiones cargados con decenas de soldados atravesar la ciudad, a unos 25 kilómetros de la frontera con Eritrea. Los reconocieron, dijeron, por los uniformes de camuflaje claro: aseguraron que eran eritreos.

El dato todavía no tiene confirmación independiente. Eritrea lo niega. Su ministro de Información, Yemane Gebremeskel, sostuvo que los testimonios forman parte de un intento de Addis Abeba por fabricar un pretexto para atacar a su vecino. El gobierno etíope y la oficina del primer ministro Abiy Ahmed no respondieron de inmediato a las consultas de Reuters.

Sin embargo, los relatos se acumulan. Un tercer residente dijo a Reuters que familiares suyos también habían visto tropas eritreas. Un funcionario local declaró a AFP que estaban en Adigrat desde hacía cuatro días, y dos testigos de esa agencia describieron convoyes con armamento pesado que avanzaban hacia el sur, en dirección a Idaga Hamus y Mekelle.

Gebreigziabher Beyene, comandante de la Fuerza de Paz de Tigray, una milicia aliada al gobierno federal, también afirmó ante AFP que el ejército eritreo había entrado uniformado y con armas pesadas. El proyecto estadounidense Critical Threats advirtió el martes que aún no podía verificar esos reportes. Esa cautela es central: hay indicios coincidentes, pero no una prueba pública concluyente sobre la magnitud del despliegue.

Adigrat no había sido un frente de combate en esta nueva fase de la guerra. Está a unos 40 kilómetros de la frontera por carretera y a 115 kilómetros al norte de Mekelle, la capital regional. Por eso una presencia militar extranjera allí no sería una incursión menor: colocaría a Eritrea sobre el corredor que une la frontera con el corazón político de Tigray.

Para entender cómo se llegó hasta aquí hay que volver apenas dos semanas. El 21 de septiembre, siete organizaciones armadas —entre ellas el Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF), el movimiento amhara Fano y el Ejército de Liberación Oromo— anunciaron una alianza para desalojar del poder a Abiy Ahmed. Reuters señaló entonces que varios de esos grupos habían combatido en bandos opuestos durante la guerra de 2020 a 2022.

Dos días después, fuerzas tigrinas tomaron los aeropuertos de Mekelle, Axum y Shire. La respuesta federal fue rápida. Entre el 3 y el 4 de octubre, el ejército y la Fuerza de Paz de Tigray entraron en Mekelle después de que el TPLF se retirara. ACLED, una organización que registra episodios de violencia política, informó que las fuerzas federales recuperaron la ciudad y su aeropuerto, mientras continuaban los ataques con drones y los combates en otros puntos de Tigray, Afar y Amhara.



La población civil volvió a quedar atrapada. Un boletín distribuido entre organizaciones humanitarias y citado por Reuters informó de al menos 17 muertos en ataques aéreos al noroeste de Mekelle. AFP recogió el testimonio de un trabajador humanitario y de un testigo según los cuales un dron mató al menos a ocho personas, entre ellas un niño, en un campamento de desplazados de Sheraro. Ninguna de esas cifras pudo verificarse de manera independiente.

Tampoco existe todavía un balance fiable de víctimas ni de nuevos desplazados. Autoridades y organizaciones locales estiman que unas 150.000 personas huyeron de sus hogares en Afar. El punto de partida ya era crítico: Etiopía tenía cerca de 1,9 millones de desplazados internos antes de esta ofensiva, unos 750.000 de ellos en Tigray, según cifras humanitarias citadas en los informes sobre la región.

La guerra anterior explica el temor. Entre 2020 y 2022, el gobierno de Abiy combatió al TPLF con apoyo de Eritrea y de fuerzas amhara. El mediador de la Unión Africana Olusegun Obasanjo estimó que murieron unas 600.000 personas. El acuerdo de Pretoria, firmado en noviembre de 2022, detuvo las grandes operaciones, pero dejó sin resolver el desarme, el control territorial y el regreso de cientos de miles de desplazados.

El mapa de alianzas, además, se dio vuelta. Eritrea, que luchó junto a Abiy en la guerra anterior, quedó fuera del Acuerdo de Pretoria y se distanció de Addis Abeba. Etiopía acusa ahora a Asmara de financiar y apoyar a la nueva coalición rebelde; Eritrea lo niega. La semana pasada ambos países rompieron relaciones diplomáticas, el deterioro más grave desde la reconciliación de 2018.



Detrás de esa ruptura aparece el Mar Rojo. Eritrea se independizó en 1993 y Etiopía quedó sin litoral. Desde entonces, el comercio etíope depende sobre todo de Yibuti. Abiy sostiene desde hace más de tres años, que una salida al mar es vital para la economía y la seguridad etíope. El 6 de octubre volvió a decir que buscará ese acceso mediante “toma y saca” y por vías pacíficas.

En Asmara, esas declaraciones se leen bajo la sombra del puerto de Assab, la antigua salida etíope al Mar Rojo. Analistas citados por Reuters consideran que Eritrea teme que Addis Abeba intente recuperarlo por la fuerza. Kjetil Tronvoll, especialista noruego en el Cuerno de África, explicó a AFP que Asmara busca conservar una franja de seguridad en el norte de Tigray y evitar que los combates lleguen a su propio territorio.

La crisis no termina en esa frontera. El jefe del Estado Mayor etíope, Birhanu Jula, acusó a Sudán, Egipto y Eritrea de respaldar y abastecer a los rebeldes. No presentó pruebas públicas. El ejército sudanés calificó la denuncia de infundada; el canciller egipcio, Badr Abdelatty, afirmó que su país no interviene en los asuntos internos de Etiopía; y Eritrea rechazó cualquier apoyo militar.

Jartum respondió con una acusación espejo: sostiene que Etiopía facilita entrenamiento, suministros y operaciones con drones a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), el grupo paramilitar que combate al ejército sudanés desde 2023. Addis Abeba lo niega. Reuters informó en febrero sobre un campamento de entrenamiento de las RSF en el oeste etíope, pero el gobierno de Abiy no confirmó su existencia.

Del otro lado, miles de combatientes tigrinos se refugiaron en Sudán tras la guerra anterior, y algunos pelearon junto al ejército sudanés contra las RSF, según International Crisis Group y otros análisis regionales. No se sabe cuántos permanecen allí, ni cuántos habrían regresado a Etiopía. Esa falta de datos convierte cada movimiento en la frontera en una fuente de rumores y riesgo de escalada.



El domingo 4 de octubre, los presidentes de Egipto, Eritrea y Somalia y el jefe del ejército sudanés se reunieron en Nueva Alamein. El comunicado conjunto no mencionó a Etiopía ni anunció una intervención. Sí afirmó que la seguridad y la gobernanza del Mar Rojo corresponden a los Estados ribereños, un dardo implícito a la pretensión etíope de salida al mar, y rechazó el reconocimiento de Somalilandia. Funcionarios egipcios dijeron que no era una cumbre contra un tercero. No hubo anuncio militar, pero la foto mostró un eje político contrario a Addis Abeba en el Mar Rojo y en Somalia, justo cuando Abiy acusa a tres de esos cuatro gobiernos de alimentar la guerra.

Por ahora, la respuesta más precisa a la pregunta inicial es incómoda. Hay varios testimonios de tropas eritreas en Adigrat, reportes de convoyes que avanzan hacia el sur y una denuncia de una milicia aliada al gobierno etíope. También hay una negación categórica de Eritrea y ninguna verificación independiente sobre el tamaño o la misión de esa fuerza.

No obstante, si se confirma esa presencia, uniría tres crisis que hasta ahora conservaban fronteras borrosas: la disputa interna por el poder en Etiopía, la guerra civil sudanesa y la pelea estratégica por los puertos del Mar Rojo. Adigrat dejaría entonces de ser una ciudad de retaguardia para convertirse en el lugar donde colisionan esas tensiones.

bottom of page