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Cuando la percepción de la realidad pesa más que los datos, si de ganar votos se trata – El caso de Alemania

hace 6 minutos
7 min de lectura

 

Por María Laura Fuentes

 

Angela Merkel planteó esta cuestión después del resultado de AfD en Sajonia-Anhalt. Con una trayectoria de 16 años al frente de sucesivos gobiernos de coalición, expresó su preocupación ante una forma de hacer política cada vez más dominada por las emociones y menos por los hechos. Precisamente para ilustrar este punto reprodujo una frase bastante reveladora del candidato de AfD, Ulrich Siegmund: “Eso puede ser, pero no es lo que se siente”. Semejante afirmación no debiera pasar inadvertida.

 

¿Qué se revela entonces? ¿Importa más lo que es o lo que se siente?

Durante buena parte del siglo XX, los datos fueron adquiriendo un lugar central como referencia para la discusión política. Podíamos discrepar acerca de las causas de un problema, debatir sus consecuencias, cuestionar las políticas adoptadas o defender soluciones contrapuestas; pero, al menos como principio, esas diferencias se desarrollaban sobre una realidad susceptible de ser medida y discutida. Si existía un problema, su magnitud podía determinarse y los resultados de las medidas aplicadas podían evaluarse.

Esta forma de entender la discusión política se consolidó especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. La política fue incorporando cada vez más indicadores cuantificables para evaluar la realidad social y económica: inflación, desempleo, crecimiento, pobreza, productividad. Los gobiernos podían interpretar esos datos de manera diferente y discrepar sobre sus causas o sobre las soluciones, pero los datos proporcionaban un punto de referencia que permitía contrastar esas interpretaciones. No significó que las emociones desaparecieran de la política —nunca lo hicieron—, ni que los datos fueran siempre respetados. Significaba, más modestamente, que existía una expectativa de que las afirmaciones sobre la realidad pudieran ser sometidas a contraste.

 


El principio fáctico parece estar perdiendo terreno

Este debilitamiento no consiste necesariamente en negar los datos, sino en prescindir de ellos como referencias para la discusión. Por más verdaderos que sean, pueden ser minimizados, dejados de lado y finalmente desestimados —y en el mejor de los casos, sin una intención deliberada. El debate deja entonces de centrarse en qué se corresponde con los hechos y comienza a incorporar percepciones que, al imponerse con mayor o menor fuerza retórica, adquieren autoridad propia. Es entonces cuando la percepción logra independizarse del dato, con una consecuencia política de considerable alcance.

 

Soberanía emocional

Cuando adquiere autonomía, la emoción despliega una capacidad que los hechos difícilmente pueden igualar: no necesita ser comprobada para resultar políticamente eficaz.

Los datos son complejos: requieren contexto, admiten matices y, con frecuencia, exigen detenerse en distintas variables antes de llegar a una conclusión. Las emociones no necesitan ese recorrido. El miedo no necesita una tasa de criminalidad para existir. La indignación no necesita conocer el número de casos. La sensación de pérdida no necesita cifras que la cuantifiquen.

Esto resulta particularmente evidente en algunos de los asuntos que dominan el debate político alemán de la actualidad. La migración puede convertirse en una cuestión de miedo e inseguridad; el aumento del coste de vida, en una sensación de pérdida; y la relación con la Unión Europea, en una percepción de pérdida de control o soberanía. La emoción no necesita esperar a que los datos confirmen o desmientan esas percepciones para convertirse en una fuerza política.

Y ahí reside una de las ventajas de la política emocional: puede transformar un problema complejo en una experiencia inmediata. No necesita explicar toda la realidad para movilizar; le basta con darle un significado reconocible a quien la experimenta. Por eso, un dirigente capaz de identificar y canalizar una emoción colectiva puede obtener una ventaja electoral que no depende necesariamente de ofrecer una explicación más completa de la realidad, sino de ofrecer una interpretación que resulte más reconocible para el elector.

 

Un dato convence; una emoción moviliza

La emoción tiene, además, una capacidad de expansión que el dato difícilmente posee: cuando encuentra eco, puede propagarse y reforzarse. Una persona indignada encuentra a otra; ambas encuentran un relato capaz de dar sentido a esa indignación; y ese relato, a su vez, fortalece la emoción que le dio origen.

Una percepción puede reunir hechos, interpretaciones, experiencias personales y emociones hasta convertirse en una convicción difícil de modificar mediante un dato aislado. Es en este terreno donde aparecen fenómenos como la desinformación, la malinformación y la posverdad. No son lo mismo.

La desinformación consiste en difundir información falsa o engañosa de manera deliberada. La malinformación, en cambio, puede partir de información verdadera, pero utilizarla de forma engañosa, fuera de contexto o con la intención de provocar una determinada interpretación. La posverdad describe algo diferente: un escenario en el que los hechos objetivos tienen menos capacidad para influir sobre las opiniones que las emociones, las percepciones o las creencias previas.

No se trata, por tanto, simplemente de que alguien mienta y otro lo crea. El problema puede comenzar mucho antes: cuando una información llega a una sociedad que ya posee determinadas percepciones, experiencias y temores; una sociedad, por tanto, más vulnerable a determinados relatos.

 


Rusia y Alemania: cuando la realidad mostró ser otra

La relación entre Rusia y Alemania ofrece un ejemplo especialmente interesante. Durante los años de Angela Merkel, ambos países profundizaron sus vínculos comerciales y energéticos sobre la base de una lógica que, en aquel momento, podía parecer razonable: una relación de interdependencia en la que ambos tenían algo que ganar. Alemania necesitaba energía abundante y relativamente estable para sostener su economía; Rusia necesitaba mercados, compradores confiables e ingresos provenientes de sus exportaciones. El gas podía ser, al mismo tiempo, una fuente de beneficio económico y un vínculo capaz de favorecer la estabilidad y mantener abiertos los canales de diálogo con Moscú.

La invasión a Ucrania alteró radicalmente ese marco. Lo que durante años en Alemania había sido considerado una ventaja económica pasó a revelar también una vulnerabilidad. A esa dependencia se sumaba una transformación profunda del propio modelo energético alemán puertas adentro. El país había apostado por abandonar progresivamente la energía nuclear y acelerar la transición hacia las energías renovables. Cuando el gas ruso dejó de estar disponible en las condiciones anteriores, esa estrategia quedó expuesta a nuevas dificultades.

Una decisión puede parecer razonable cuando se toma y, sin embargo, mostrar sus límites cuando los hechos cambian. Los hechos habían cambiado más rápido que la percepción construida durante décadas. La idea de que el comercio, la energía y la interdependencia podían contribuir a preservar la estabilidad no desapareció automáticamente con la guerra. Y es precisamente en esa distancia entre los hechos y las percepciones donde determinados relatos pueden encontrar terreno fértil.

 

La emoción como estrategia política

La cuestión, entonces, no es solamente si una información es verdadera o falsa. También importa qué percepción encuentra al llegar y qué emociones es capaz de activar. La política deja así de competir exclusivamente por quién explica mejor la realidad y comienza a competir por quién consigue darle un significado más potente para el elector.

En la política hay, al menos como ideal, una secuencia relativamente clara: problema, diagnóstico y solución. La política emocional puede seguir otra: preocupación, explicación y culpable. No necesita demostrar que una solución funcionará. Necesita dar sentido a lo que una sociedad siente y señalar quién es responsable.

Y esto resulta especialmente relevante cuando los problemas son reales. La inmigración, la energía, el coste de vida o la educación no son asuntos imaginarios. Tienen datos, consecuencias y decisiones concretas detrás. Pero sobre cada uno de ellos pueden construirse interpretaciones muy diferentes. La disputa política no consiste únicamente en determinar qué está ocurriendo, sino también en decidir qué significado tendrá aquello que está sucediendo.



Por eso, quizá el fenómeno no deba reducirse a políticos que “acomodan la verdad” o ciudadanos “reacios a los datos”. Estamos ante algo más profundo: una transformación de la competencia por el poder. El dato, que alguna vez podía funcionar como árbitro de la discusión, corre el riesgo de convertirse en una variable más, susceptible de ser utilizada según la interpretación que se quiera sostener. Cuando coincide con una percepción previa, se acepta. Cuando la contradice, puede dejarse de lado y sustituirse por aquello que se siente como verdadero. Y así, la percepción puede terminar funcionando como evidencia de sí misma.

Pero esta lógica no pertenece exclusivamente a quienes buscan cuestionar el orden existente. También puede ser utilizada por quienes intentan defenderlo. La elección de las palabras, la identificación de una amenaza, la apelación al temor o a la indignación y la construcción de un adversario forman parte de la competencia política, independientemente de la posición ideológica desde la que se utilicen.

El reciente enfrentamiento en Alemania ofrece un ejemplo. Al referirse a la “remigración” defendida por AfD, Friedrich Merz afirmó que el término era “un sinónimo de limpieza étnica por origen y color de piel”. AfD rechazó esa caracterización y sostuvo que su propuesta se refiere a la expulsión, conforme a la ley, de quienes no tienen derecho a permanecer en Alemania. Más allá de cuál sea la valoración que merezca la propuesta de AfD, el episodio muestra hasta qué punto la elección de un término puede desplazar el centro de la discusión: de las políticas migratorias concretas hacia una interpretación cargada de una enorme fuerza emocional e histórica.

La pregunta, entonces, no es solamente quién tiene los mejores datos. También es quién consigue imponer el marco desde el cual esos datos serán interpretados.

 

La realidad en jaque

Cuando una percepción deja de estar abierta a revisión, el dato pierde capacidad para modificarla. La información ya no compite solamente con otra información, sino también con una convicción.

Merkel planteó el riesgo de que el sentimiento adquiriera “soberanía” sobre los hechos. Más allá de que se acepte o no su diagnóstico, la cuestión que deja abierta resulta difícil de ignorar. Porque cuando pierde peso lo que es cierto y comienza a imponerse solamente lo que se siente como cierto, la política ya no necesita convencer; solo necesita hacer sentir.

Se puede defender una irrealidad durante un tiempo; lo difícil es gobernarla cuando la realidad termina imponiéndose y obliga a pagar el costo de haber ignorado los hechos.

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