Cuando Londres dudó en enfrentar a Argentina. La guerra de Malvinas y el Mundial de fútbol de España 1982.
- Mariano Sciaroni
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Por Mariano Sciaroni
“El mensaje es que es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa.” Lionel Scaloni, a cargo de la selección de fútbol de Argentina, fue tajante al ser consultado, luego de la victoria sobre Suiza 3 a 1, sobre el partido que se viene con la selección inglesa.
Ciertamente, otras cuestiones entre las naciones pasan por otros lados: mezclar el deporte con el conflicto no es algo inteligente.
Pero en mayo de 1982 sí se mezclaban las cuestiones. La guerra de Malvinas enfrentaba a Argentina y Gran Bretaña. Y el mundial de España de 1982 estaba por comenzar.
Gran Bretaña dudó de participar. En Londres se discutió, con total seriedad, un dilema que hoy suena casi surrealista: ¿podían Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte jugar el Mundial de España 82 sabiendo que, en cualquier cruce, podían enfrentarse a la selección del país con el que estaban en guerra?

Los expedientes entonces secretos —hoy de acceso público en los National Archives en Kew, cerca de Londres— muestran que la pregunta no fue una anécdota de sobremesa. Ocupó memorandos confidenciales, un debate en Westminster y hasta un lugar de relevancia en la apretada agenda del gabinete de la Primera Ministra Margaret Thatcher.
El primero en tomar cartas en el asunto fue Neil Macfarlane, subsecretario parlamentario de Estado a cargo del deporte. Apenas días después del desembarco argentino en las islas, instruyó a los organismos deportivos que no debía haber ningún contacto con Argentina a nivel de selecciones, clubes ni deportistas individuales, calificando la medida de plenamente proporcional a lo que ocurría en el Atlántico Sur.
Esa directiva de abril —más dura que todo lo que vendría después— recién sería levantada formalmente en agosto, ya terminada la guerra, aunque en la práctica nunca llegó a aplicarse al Mundial.

El 14 de mayo de 1982, el ministro de Medio Ambiente Michael Heseltine —de cuya cartera dependía entonces el deporte— elevó al gabinete un memorando titulado sin vueltas "Contactos deportivos con la Argentina: el Mundial". El documento recordaba que la cita en España, que arrancaba el 13 de junio, convocaba a 24 selecciones y despertaba más interés mundial que los Juegos Olímpicos. Por primera vez desde 1958 clasificaban juntas Inglaterra, Escocia e Irlanda del Norte. Argentina llegaba como campeona defensora.
El cruce era matemáticamente improbable (pero no imposible): Escocia podía encontrarse con los argentinos recién en la segunda ronda e Inglaterra o Irlanda del Norte únicamente en la final del 11 de julio.
Aun así, Heseltine advertía que la FIFA no había aceptado, bajo ningún concepto, excluir a la Argentina del torneo y que, si los equipos británicos se retiraban, simplemente serían reemplazados por otras selecciones.
El memorando de Heseltine no ahorraba en cifras. Una retirada podía derivar en una sanción de la FIFA, una posible exclusión del Mundial de México 86, la pérdida de contratos de viaje y alojamiento ya pagados, y reclamos económicos capaces de dejar en quiebra a las asociaciones de Escocia e Irlanda del Norte. El gobierno, señalaba el texto, no tenía potestad legal para prohibir los contactos deportivos —salvo que mediara una declaración formal de guerra, que nunca se daría— y, hasta ese momento, las asociaciones de fútbol venían actuando, a criterio oficial, con "una actitud muy responsable".

Había, además, un costado diplomático incómodo: España —sede del torneo— tenía previsto reabrir la frontera de Gibraltar el 25 de junio, y cualquier gesto que Madrid interpretara como una afrenta política podía enfriar esa negociación. El embajador británico en Madrid fue todavía más directo en sus cables: advirtió que un retiro británico se leería en España como un desaire al propio país anfitrión, más que como un gesto contra la Argentina.
También el 14 de mayo, Alex Fletcher, ministro de Estado para Escocia, escribió con urgencia a Downing Street (su superior, George Younger, estaba en un congreso partidario). Fletcher informaba que la Asociación de Futbolistas Profesionales de Escocia se había pronunciado a favor de retirarse del torneo, pero se apuraba a restarle peso al reclamo: el secretario del gremio era un dirigente sindical de "marcado sesgo izquierdista" cuya postura, sostenía, no reflejaba la opinión real de los jugadores. Para Fletcher, la decisión debía quedar en manos de la Asociación Escocesa, que ya había anunciado que viajaría a España según lo previsto.

A todo evento, Fletcher señalaba que el problema real podría existir si Escocia se enfrentaba a Argentina en la segunda ronda… reconociendo que Escocia jamás en la historia de los mundiales había pasado a segunda ronda.
La decisión ya no podía postergarse. ¿Debían los equipos británicos jugar contra la Argentina si el torneo los cruzaba?
El apunte más filoso aparece en el memo que Sir Robert Armstrong, secretario del gabinete, preparó para Thatcher el 17 de mayo, en vísperas de la reunión de gabinete: una retirada británica sería leída por Buenos Aires como una victoria moral y "una oportunidad de hacer propaganda", dejando a Gran Bretaña, y no a la Argentina, como el país aislado del mundo.
Finalmente, el 18 de mayo —tres días antes del desembarco británico en San Carlos— a las 11:00 hs, el gabinete se reunió y abordó el tema como punto 2 de su agenda, inmediatamente después de discutir una eventual salida negociada del conflicto. No se trató otro asunto esa mañana, lo que indica su relevancia.
Según las actas, Thatcher resumió el debate señalando que muchos británicos se sentirían "profundamente ofendidos" si sus selecciones llegaban a enfrentarse a la Argentina, pero que no había motivo, por el momento, para que el gobierno interviniera ante las asociaciones de fútbol. Eso sí: si Escocia avanzaba a segunda fase, sería "de ayuda" que la FIFA acomodara los grupos para evitar el cruce. El gabinete instruyó al secretario de Estado para Escocia a explorar esa gestión ante la FIFA.
Pero no había decisión de excluirse del mundial. Por lo menos por el momento.
La cuestión no terminó allí: pocos días más tarde llegó incluso al recinto parlamentario.
El 27 de mayo, el diputado conservador John Carlisle exigió explicaciones y Neil Macfarlane —el mismo funcionario que en abril había pedido cero contacto deportivo— salió a respaldar la línea del gobierno.
El debate parlamentario es más que interesante. Carlisle también criticó a la UEFA por no haber presionado a la FIFA para excluir a Argentina del torneo y hasta se llegó a plantear que uno de los vicepresidentes sénior de la FIFA (Harry Cavan, que era a su vez presidente de la Asociación de Fútbol de Irlanda del Norte) podría haber planteado el tema a João Havelange, presidente de la FIFA.

Pero, finalmente, todo quedó en manos de las asociaciones de fútbol de Inglaterra, Irlanda del Norte y Escocia, que no se retirarían. Algo razonable, considerando que la opinión pública británica quería a sus equipos en el mundial. Tal es así que una encuesta en un diario escocés mostró que el 90% de los votantes querían que participaran.
La guerra terminó el 14 de junio de 1982, apenas un día después de que comenzara el Mundial. El propio partido inaugural, el 13 de junio, ya había sido una rareza del destino: Bélgica le ganó 1-0 a la Argentina, campeona defensora.
Ninguno de los tres combinados británicos llegó a cruzarse con la Argentina en la cancha: Escocia quedó eliminada en primera ronda (para tranquilidad y desazón del escocés Fletcher) e Inglaterra e Irlanda del Norte no pasaron de la segunda.
Entre los papeles del archivo aparece, casi como una curiosidad final, una carta manuscrita y fechada el 30 de junio de 1982: el primer ministro italiano, Giovanni Spadolini, le escribía a Thatcher para "compartir la alegría" por el triunfo de Italia sobre la Argentina, recordando una charla que habían tenido la noche anterior durante una cena. Italia finalmente levantaría la Copa del Mundo en España.
Una postal mínima que confirma algo que los memorandos de Downing Street ya insinuaban con total seriedad burocrática: en el invierno austral de 1982, la diplomacia de guerra y la política deportiva jugaban, literalmente, el mismo partido.
