Guerra en las sombras. El laberinto invisible de los antidrones sin control
- Camilo Mendoza
- 10 jul
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Por Camilo Mendoza
Consultor de defensa, Representante legal de CONDOR DRONE CORP Y autor del libro Amenaza Dron.
La proliferación desordenada de sistemas antidrones en Colombia nos ha enfrentado a una paradoja tan absurda como peligrosa: en el afán ciego por proteger el suelo, estamos derribando la seguridad del cielo. La legítima urgencia por contener una amenaza letal ha detonado una carrera armamentística institucional donde cada entidad compra, prueba y despliega tecnología de interferencia electromagnética de manera aislada. El resultado no es un escudo, es un caos invisible. Hoy, la falta de protocolos conjuntos, coordinados e interagenciales ha convertido el espectro radioeléctrico en un territorio sin ley, donde el fuego amigo digital ya no es un riesgo teórico, sino una realidad que amenaza la aviación convencional, a los operadores legítimos de drones y a las propias tripulaciones de la Fuerza Pública.
La historia reciente demuestra que este exceso de celo tecnológico, divorciado de una doctrina aérea unificada, es un sabotaje directo a la seguridad operacional. No es una suposición. En el año 2020, el complejo aeronáutico de El Dorado vivió minutos de profunda tensión cuando un sistema antidrones operado desde el Comando Aéreo de Transporte Militar (CATAM) interfirió de forma imprevista el GPS de ocho aeronaves comerciales. El incidente interrumpió la operación aérea del aeropuerto más importante del país, recordándonos que un interruptor accionado desde el desconocimiento técnico puede cegar los instrumentos de un avión lleno de pasajeros con la misma facilidad con la que detiene un aparato hostil.

Lejos de aprender de aquella bofetada de realidad, la miopía institucional repitió su guión en noviembre de 2025. Varias aeronaves civiles en fase de aproximación a Bogotá reportaron una pérdida sutil pero alarmante de sus señales de GPS justo sobre el VOR de Zipaquirá. La alerta en las cabinas comerciales se resolvió cuando se descubrió que la Fuerza Aérea Colombiana adelantaba pruebas de un nuevo sistema antidrones en un puesto especial de esa área, sin una coordinación real ni un puente de comunicación efectivo con el control del espacio aéreo civil. Se ensayaba una defensa contra el terror, pero se sembraba el peligro en la aviación comercial.
Esta preocupante disociación decisional no solo golpea a los grandes aviones de línea; está asfixiando por completo a la industria legal de los Sistemas de Aeronaves No Tripuladas (UAS). A lo largo y ancho de las principales ciudades del país, se multiplican los reportes de drones comerciales que son inhibidos de manera violenta y repentina en pleno vuelo, cayendo a tierra o perdiendo el control. Lo verdaderamente alarmante es que estos operadores contaban con las autorizaciones respectivas y los planes de vuelo aprobados por la Aeronáutica Civil. Alguien en una azotea o en una guarnición militar oprime un botón de pánico electromagnético porque ve un dron, ignorando que está derribando una herramienta lícita de trabajo, afectando a pequeños empresarios que sí cumplen la ley mientras el verdadero criminal opera en la sombra, inmune a estas interferencias improvisadas. Esta desconexión de criterios crea un entorno de vulnerabilidad crítica donde el pánico del burócrata o el impulso del comandante de turno terminan fragmentando la soberanía del espacio aéreo.
La alarmante falta de sincronización no se detiene en la frontera entre lo civil y lo militar; ha comenzado a devorar las propias capacidades de la Fuerza Pública en una suerte de canibalismo electromagnético. La misteriosa pérdida de control de una aeronave no tripulada ScanEagle de la Fuerza Aeroespacial Colombiana encendió las alarmas dentro de la comunidad de defensa, sugiriendo que el vector no fue derribado por el enemigo, sino por una interferencia ciega de un sistema antidrones de capacidades robustas en el área. Los análisis preliminares abren la dolorosa posibilidad de que un equipo C-UAS operado de manera aislada por el Ejército Nacional hubiera bloqueado la señal de la aeronave de la FAC, evidenciando que el exceso de tecnología sin doctrina compartida está derribando nuestros propios ojos en el cielo por falta de coordinación interagencial.
Por último, no podemos permitir que la defensa del país se gestione como un archipiélago de islas ciegas y sordas entre sí. Si la Aeronáutica Civil, el Ministerio de Defensa y las Fuerzas Militares no sientan una doctrina interagencial con urgencia, el cielo colombiano seguirá siendo una trampa para sus propios defensores. Necesitamos tecnología para protegernos, por supuesto, pero siempre guiada por el sentido común, la disciplina de comunicaciones y la integración humana. De lo contrario, seguiremos jugando a la ruleta rusa electromagnética en nuestras principales terminales aéreas, esperando que la fortuna nos salve antes de que la interferencia de un supuesto escudo cause una tragedia que la historia jamás nos perdonará.



