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Cómo se pierde una capacidad militar en cuarenta años sin una sola derrota militar

 

Por Andrea Guidugli

 

La Armada Argentina no desapareció en una batalla. Se fue degradando lentamente durante la paz, entre presupuestos insuficientes, sistemas fuera de servicio y generaciones enteras que dejaron de navegar, operar y transmitir experiencia.


La lenta desaparición del poder naval argentino

La Argentina perdió una guerra en 1982, pero la degradación de su capacidad naval no comenzó ni terminó en Malvinas. De hecho, la paradoja es mucho más incómoda: gran parte de las capacidades operativas que todavía existían durante el conflicto fueron desapareciendo lentamente en las décadas posteriores, en plena democracia, sin bombardeos, sin bloqueos navales y sin nuevas derrotas militares.

La verdadera erosión ocurrió después, porque Malvinas, paradójicamente, también demostró que la Argentina todavía conservaba capacidades militares reales. Con todos los límites materiales, políticos y estratégicos del caso, las Fuerzas Armadas argentinas mostraron cuadros profesionales preparados, aviadores extremadamente agresivos, marinos entrenados, capacidad de planificación y sistemas de armas que aún podían operar en combate.

La guerra expuso debilidades importantes, pero también dejó en evidencia que todavía existía una estructura militar funcional, con capacidad de combate real y personal técnicamente competente. La degradación más profunda llegaría después, lentamente, durante décadas de desinversión y pérdida progresiva de experiencia operativa.

Durante años el debate sobre la defensa argentina quedó atrapado entre consignas ideológicas, restricciones presupuestarias y discusiones políticas de corto plazo. Mientras tanto, casi silenciosamente, la Armada Argentina fue perdiendo algo mucho más difícil de reconstruir que un buque o un avión: la experiencia operativa, la continuidad profesional y la transmisión del conocimiento.

Una fuente naval calificada, con décadas de experiencia operativa en la Armada Argentina, resume la situación con una frase brutal por su honestidad: “hoy la Armada conserva apenas la capacidad básica de navegar y comunicarse, muy lejos de una capacidad plena de combate naval”. No se trata simplemente de una crítica presupuestaria. Lo que describe es el deterioro progresivo de un sistema completo.

 


De la proyección oceánica a la supervivencia administrativa

Durante los años setenta, ochenta e incluso parte de los noventa, la Armada Argentina todavía mantenía capacidades considerables dentro del contexto regional. Existía una estructura de formación técnica compleja, personal especializado en mantenimiento avanzado y cuadros operativos con experiencia real de navegación y ejercicios internacionales.

La Flota de Mar llegó a operar en escenarios tan distintos como el Golfo Pérsico, el Atlántico Norte o el Pacífico, gracias a una política de formación que incluía capacidades de mantenimiento de cuarto escalón. Eso hoy parece pertenecer a otra época.

Según la fuente consultada, desde el retorno de la democracia los distintos gobiernos fueron reduciendo progresivamente los presupuestos de defensa hasta niveles apenas suficientes para sostener salarios y funcionamiento mínimo.

Las incorporaciones de material fueron escasas, fragmentarias y muchas veces más simbólicas que estructurales, pero el problema no fue solamente la falta de nuevos sistemas de armas. El verdadero daño apareció en otra dimensión: la imposibilidad de sostener el adiestramiento continuo y el mantenimiento planificado, porque una marina no conserva capacidades solamente manteniendo barcos amarrados en puerto. Las conserva navegando.

 


El conocimiento que desaparece

Toda fuerza militar depende de una cadena invisible de transmisión de experiencia. Oficiales que enseñan a otros oficiales. Técnicos que forman nuevos técnicos. Operadores que acumulan miles de horas de práctica. Cuando esa cadena se rompe, la degradación puede tardar años en hacerse visible, pero termina siendo devastadora.

La fuente describe precisamente ese fenómeno. El incumplimiento sistemático de los planes anuales de adiestramiento provocó que las nuevas generaciones de oficiales navegaran cada vez menos y acumularan menos experiencia operativa real. A esto se sumó un problema aún más delicado: la desaparición progresiva del personal técnico especializado.

Durante décadas la Argentina había formado cuadros altamente capacitados en mantenimiento de sistemas navales complejos. Sin embargo, cuando los presupuestos dejaron de permitir reparaciones profundas, modernizaciones o recuperación de sistemas, gran parte de esos especialistas quedó literalmente sin tarea. La consecuencia psicológica fue tan grave como la técnica.

Equipos enteros dedicaban meses a evaluar reparaciones, calcular costos, priorizar sistemas y elevar proyectos presupuestarios cuya respuesta terminaba siendo siempre la misma: “No hay presupuesto.” Durante años, parte de la planificación militar terminó concentrada en ejercicios teóricos y rediseños conceptuales alejados de una hipótesis estratégica concreta. Planificar fuerzas sin definir con claridad para qué escenarios debían prepararse contribuyó a profundizar la distancia entre el diseño institucional y la realidad operativa. Con el tiempo, eso destruye la motivación profesional incluso de los cuadros más comprometidos.

 


El trauma submarino

En pocas áreas el deterioro resulta tan evidente como en la fuerza submarina. El hundimiento del ARA San Juan en 2017 representó mucho más que una tragedia humana. Significó también un punto de ruptura operacional.

La operación submarina exige conocimientos extremadamente específicos que solamente pueden mantenerse mediante navegación, inmersión y práctica constante. No existen simulaciones capaces de reemplazar completamente la experiencia real.

Hoy, según la fuente consultada, algunos oficiales y suboficiales argentinos realizan prácticas “a cuentagotas” junto a la Marina del Perú gracias a la cooperación bilateral. La expresión utilizada es reveladora. No habla de reconstrucción. Habla apenas de supervivencia doctrinaria y allí aparece uno de los grandes dilemas estratégicos argentinos: recuperar una fuerza submarina no significa solamente comprar submarinos. Significa reconstruir lentamente una cultura operacional perdida durante décadas.

 


¿Recuperar el pasado o redefinir la misión?

Uno de los aspectos más interesantes del análisis es que evita la nostalgia simplista.

La fuente no propone regresar mecánicamente a la Armada de los años ochenta. Por el contrario, sostiene que el problema actual ya no puede resolverse solamente aumentando presupuestos. El escenario internacional cambió.

La Argentina necesita redefinir prioridades, tareas y dimensiones de su defensa naval en función de nuevas realidades estratégicas:

·         protección del comercio exterior,

·         control del Atlántico Sur,

·         seguridad energética,

·         monitoreo marítimo,

·         vigilancia satelital,

·         interdicción,

·         responsabilidad SAR,

·         protección de rutas vinculadas al gas y al petróleo.

En este contexto aparece un concepto particularmente moderno: una “defensa inteligente de la soberanía argentina en el mar”. La expresión es importante porque implica abandonar ciertos esquemas heredados de la Guerra Fría y pensar la defensa naval como parte de una estrategia integral de protección económica y geopolítica.

 


La industria y las alianzas de largo plazo

El panorama industrial tampoco escapa al deterioro general. Gran parte de las capacidades navales desarrolladas en los años ochenta prácticamente desaparecieron. Según la fuente, hoy los astilleros argentinos conservan sobre todo experiencia en embarcaciones menores y pesqueros relativamente pequeños.

Sin embargo, el diagnóstico no es completamente pesimista. Existe todavía una posibilidad de reconstrucción gradual mediante programas de transferencia tecnológica y acuerdos industriales de largo plazo con países aliados y aquí aparece otro punto fundamental: la recuperación de capacidades no puede depender de adquisiciones aisladas realizadas “a cuentagotas”. Requiere continuidad política, financiamiento sostenido y asociaciones estratégicas duraderas, porque las capacidades militares modernas no se compran como productos terminados. Se construyen durante décadas.

 

La derrota silenciosa

La historia reciente de la Armada Argentina deja una enseñanza incómoda. Las fuerzas armadas no desaparecen únicamente cuando pierden guerras. También pueden degradarse lentamente durante la paz, a través de años de desinversión, falta de entrenamiento, pérdida de motivación y erosión del conocimiento técnico. Malvinas fue una derrota militar, pero quizá la verdadera derrota estratégica comenzó después, cuando el deterioro dejó de ser visible y empezó a volverse estructural. Y reconstruir una capacidad perdida es muchísimo más difícil que conservarla.

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