EEUU cede en Ormuz: ya no es el programa nuclear iraní, ahora se negocia el petróleo
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Cinco meses después de iniciar una guerra, Estados Unidos ya no discute sobre uranio enriquecido ni misiles balísticos iraníes. Ahora negocia la libertad de navegación para lograr que los petroleros vuelvan a cruzar el estrecho de Ormuz. Y, en el fondo, está definiendo si su poder militar le alcanza para seguir siendo la potencia más importante del planeta.
En estos días Washington, Teherán y Omán ultiman un acuerdo interino de 60 días. El pacto concentra la atención en la principal arteria energética del planeta.
Antes del conflicto, por ese paso circulaban unos 20 millones de barriles diarios de petróleo: cerca del 20 % del consumo mundial y del 30 % del comercio marítimo de crudo. También transitaban unos 11.000 millones de pies cúbicos diarios de gas natural licuado, principalmente desde Qatar. En total, cada día se movían mercancías energéticas por un valor cercano a 1.600 millones de dólares. Hoy el flujo sigue lejos de la normalidad. La cantidad de petroleros y grandes buques mercantes son apenas una docena diarios frente a los 140 a 160 de antes de la guerra.
En rigor la crisis ya lleva un año y dos meses desde el ataque de EEUU e Israel de junio de 2025 a las instalaciones nucleares de Irán en Fordow, Natanz e Isfahán. Y desde entonces, de un barril de Brent de U$S 64,25 en mayo, es decir antes de que se dispararan las tensiones, hemos pasado de un barril estabilizado en U$S 80, luego de tocar picos de hasta U$S 118 en abril de este año. Esas fluctuaciones y nuevos pisos explican gran parte de los hechos políticos recientes.
Éste es el mayor giro político de la administración Trump desde el inicio del conflicto. Al comenzar la campaña militar, la Casa Blanca prometió cuatro objetivos: destruir la capacidad nuclear iraní, reducir su arsenal de misiles, debilitar a sus proxies en Oriente Medio y reabrir Ormuz sin concesiones. Y un adicional: acabar con la teocracia de Teherán. Cinco meses después, las negociaciones dejaron los tres primeros puntos para una segunda etapa y concentran todos los esfuerzos en negociar el cuarto con el régimen que iban a desalojar del poder. La urgencia de Washington ya no es cambiar el comportamiento estratégico de Irán, sino lograr que los petroleros vuelvan a navegar.
Ningún factor, por sí solo, habría obligado a Washington a negociar. Pero la combinación de desgaste militar, suba del precio del petróleo, presión inflacionaria, caída del apoyo interno e incapacidad para reabrir Ormuz por la fuerza terminó alterando sus objetivos iniciales. Estados Unidos pasó de intentar modificar el comportamiento de Irán a buscar la estabilidad del mercado energético mundial.
La estrategia de Trump muestra ese deslizamiento. El 22 de marzo, en una entrevista con el Canal 13 de Israel, advirtió que, si Irán no reabría el estrecho, “la destrucción será total”. El 7 de abril, después de negociar con Pakistán, extendió un ultimátum por dos semanas. Ya van 12 "ultimátum". Y siempre el último es el que vale. Siempre y cuando sea el creíble que se trata del último, por supuesto.
El 12 de abril, tras el fracaso de las conversaciones de Islamabad, Trump declaró un bloqueo naval propio sobre Ormuz. Sin embargo, cada plazo fue prorrogado mientras seguían las conversaciones indirectas. En junio, el memorándum firmado con el presidente iraní Masoud Pezeshkian volvió a fracasar después de que Israel continuara sus ataques en el sur del Líbano. Esta sucesión de amenazas incumplidas debilitó la posición negociadora de Washington. También reforzó la idea de que Estados Unidos necesitaba reabrir Ormuz con más urgencia de la que tenía Irán por obtener alivio de las sanciones.
Cuanto más insistía Trump en que el ataque definitivo era inminente, más claro quedaba que la ofensiva no resolvía el problema central y real para su administración: los petroleros seguían sin volver.

Las conversaciones continúan ahora con la mediación de Omán, el apoyo diplomático de Qatar y contactos facilitados por Pakistán. El martes 4 de agosto, Trump dijo a Fox News que la negociación “avanza bien” y que el pacto “podría suceder mañana o pasado mañana”. Según fuentes iraníes y omaníes citadas por Associated Press, el borrador de un acuerdo interino de 60 días ya está cerrado. Solo falta la aprobación final del líder supremo iraní, que habría llegado ese mismo martes. El marco previsto incluye carriles marítimos separados y sin peajes durante el período inicial. La discusión sobre las tarifas de tránsito y el programa nuclear quedaría para una segunda fase.
No todos los actores comparten ese optimismo. El portavoz diplomático iraní, Esmail Baqai, subrayó que, por ahora, su país negocia directamente con Omán y no con Washington. Medios semioficiales iraníes como Tasnim y Fars atribuyeron los reiterados retrasos a las presiones y amenazas de Trump, más que a una falta de voluntad de Teherán. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, también anticipó que Washington podría cerrar el pacto en los días siguientes. Sin embargo, el propio Trump admitió que se trata de “la última oportunidad” para que Irán firme. Nunca se termina de comprender cuando “la última” es realmente la definitiva.
El principal obstáculo de largo plazo es económico. Irán quiere cobrar una tarifa por garantizar la seguridad del paso marítimo. Con un peaje del 1 %, Teherán recaudaría unos 6.000 millones de dólares al año. Con el 3 % propuesto por Omán, los ingresos superarían los 17.000 millones. Con el 5 al 7 % que reclama Irán, la recaudación podría ubicarse entre 30.000 y 40.000 millones de dólares anuales. Esa cifra es comparable con los ingresos petroleros que el país obtenía antes del endurecimiento de las sanciones. Para Washington, aceptar ese sistema implicaría reconocer, aunque fuera de manera indirecta, un derecho iraní sobre una vía marítima internacional. Por eso, el acuerdo interino evita el tema y lo remite a la negociación posterior. Las postergaciones le quitan fuerza a los ultimátums y a las, al menos, 32 veces que el presidente norteamericano afirmó en público haber derrotado a Irán y haberle impuesto sus condiciones.
Otro punto de discusión son las inspecciones. Irán afirma que no busca revisar cargamentos comerciales, sino impedir el ingreso de armas destinadas a las bases estadounidenses y a sus aliados del Golfo. Entre los sistemas que pretende controlar o limitar su llegada por la vía aérea figuran interceptores Patriot PAC-3 y THAAD; misiles Standard SM-6, ESSM y Tomahawk; bombas guiadas; y componentes para aviones F-15, F-16 y F-35. El material está dirigido principalmente a Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Kuwait y a las propias fuerzas de EEUU desplegadas en la región. Washington rechaza cualquier mecanismo que permita a Irán detener libremente embarcaciones internacionales. Por eso, se analiza un sistema de inspecciones supervisado por terceros.
Los países del Golfo apoyan la negociación, aunque por motivos distintos. Omán busca consolidarse como el principal mediador regional y fortalecer sus puertos. Qatar necesita recuperar por completo sus exportaciones de gas natural licuado. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos también quieren reabrir Ormuz, pero rechazan un acuerdo que otorgue a Irán control permanente sobre el estrecho o legitime el cobro de peajes.
Europa, India y China negocian por separado con Irán. El estilo de Trump con sus exabruptos verbales y explosiones arancelarias le han quitado fuerza negociadora. La falta de una defensa efectiva a sus aliados en el Golfo completa el panorama de soledad política que lo conduce al escenario actual. El deterioro de la economía global a partir de una decisión inconsulta con todos estos actores, limitan aún más sus opciones.

La urgencia estadounidense no se explica solo por el impacto económico. También hay un desgaste militar que, hasta hace pocos días, se conocía solo parcialmente. Según fuentes citadas por CNN, Estados Unidos consumió casi cuatro quintas partes de su inventario de interceptores THAAD respecto de los niveles anteriores a la guerra. También utilizó cerca de la mitad de sus interceptores Patriot desde el inicio del conflicto. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) estimaba que, antes de la contienda, el país disponía de unos 2.200 misiles Patriot de última generación y 452 THAAD. La reposición es lenta: apenas 20 Patriot y 15 Tomahawk nuevos por mes. Por eso, los analistas calculan que reconstruir el arsenal de THAAD hasta los niveles previos podría llevar tres años o más. Cada interceptor cuesta varios millones de dólares y tarda meses en reemplazarse. Mantener una campaña de esta intensidad no solo implica un enorme costo presupuestario: también reduce la capacidad de respuesta estadounidense ante otras crisis en Europa o el Indo-Pacífico.
Es como si un cuerpo de bomberos usara cuatro de cada cinco camiones disponibles para apagar un solo incendio. Aunque lograra controlarlo, quedaría mucho menos preparado para responder al siguiente.
La Casa Blanca afirma que el agotamiento de su arsenal es una "fake news" de la prensa, siempre colocada en un rol demonizado cuando señala debilidades de su administración. No obstante, aquel anuncio de junio de 2025 sobre el fin del programa nuclear iraní luego de las bombas GBU 57 lanzadas por los B-2 le resta seriedad a la acusación, más aun considerando que se sigue negociando el fin de un programa nuclear que Trump anunció como destruido hace más de un año.
A esa erosión de la eficacia discursiva se suma una presión interna cada vez mayor de cara a las elecciones parlamentarias de noviembre. Encuestas recientes de Gallup y del Pew Research Center muestran que el apoyo público a la intervención militar en Oriente Medio cayó por debajo del 35 %, el nivel más bajo desde el inicio de las operaciones. Una mayoría clara de votantes —incluidos sectores del propio electorado republicano— considera que los costos humanos, económicos y estratégicos superan los beneficios prometidos. También cree que la administración debería concentrarse en estabilizar los precios de la energía dentro del país. Esta pérdida de respaldo aumenta la necesidad política de reabrir Ormuz con rapidez, antes de que el desgaste genere un costo electoral mayor.

La economía también empezó a sentir el impacto. La interrupción parcial del tráfico por Ormuz mantuvo el petróleo con una prima de riesgo cercana a los 80 dólares por barril. Además, elevó los costos del transporte marítimo y disparó el precio de los seguros de guerra. Para Estados Unidos, esto significa combustibles más caros, mayor presión inflacionaria y un riesgo creciente de desaceleración económica. La Reserva Estratégica de Petróleo está en 304,8 millones de barriles, su nivel más bajo desde 1983, después de las liberaciones masivas realizadas en los últimos meses para frenar la suba de precios internos. Los inventarios comerciales también están ajustados y la capacidad de reposición es limitada. En consecuencia, la Casa Blanca tiene cada vez menos margen de maniobra: cada semana adicional de restricciones en Ormuz aumenta la vulnerabilidad energética del país y el riesgo de un shock inflacionario en pleno año electoral.
Israel observa las negociaciones con preocupación. El acuerdo en preparación resolvería el problema económico más urgente para Estados Unidos, pero dejaría casi intactas las principales amenazas para Jerusalén. Si el programa nuclear, los misiles balísticos y la red de proxies de Teherán quedan para una negociación futura, Israel podría enfrentar en pocos meses al mismo adversario estratégico. La diferencia sería que Irán tendría una economía parcialmente recuperada gracias a la reapertura de Ormuz.
En el Congreso estadounidense también hay alertas. Algunos legisladores sostienen que Washington corre el riesgo de cerrar “un acuerdo mucho más débil” que el pacto nuclear JCPOA alcanzado por la administración Obama, pero sin resolver el problema de fondo. Desde la perspectiva israelí, un pacto que reduzca la presión militar sin eliminar esas capacidades podría convertir una victoria táctica en una derrota estratégica. Por eso, no sería extraño que Jerusalén siguiera presionando a Washington para mantener las sanciones o incluso impulsara nuevas operaciones militares antes de que Irán recupere margen económico y diplomático.
El peligro nuclear, sin embargo, no desapareció. Antes de los ataques de junio de 2025, la Agencia Internacional de Energía Atómica (OIEA) verificó que Irán tenía 440,9 kilogramos de uranio enriquecido al 60 %. Esa cantidad permitiría fabricar hasta diez armas nucleares si se enriqueciera un poco más, hasta el 90 %. Gran parte del material sigue almacenado en complejos subterráneos dentro de las montañas de Isfahán, Natanz y Fordow. Puede que esté bajo escombros o en túneles sellados a los que los inspectores no acceden desde hace más de un año. O puede que se encuentre escondido en otros sitios. Nadie fuera del régimen iraní puede afirmarlo.
Desde el inicio de la guerra actual, el 28 de febrero, no puede descartarse que Irán haya usado centrifugadoras todavía operativas en instalaciones subterráneas para producir decenas de kilogramos adicionales de material altamente enriquecido. Aun con infraestructura dañada, el stock existente y la posible producción clandestina mantienen el tiempo de ruptura en un nivel peligrosamente corto: apenas semanas, si Teherán decide dar el paso final para construir ojivas atómicas.

La amenaza de los proxies tampoco se resolvió. Los hutíes, apoyados por Irán, continúan atacando buques en el mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb. Recientemente hundieron al MSV Faize Noore Oliya, un buque mercante de bandera india. Por esa ruta circula alrededor del 12 % del comercio marítimo mundial y una parte importante del petróleo destinado a Europa y Asia. Los ataques obligan a las navieras a desviar sus rutas por el cabo de Buena Esperanza. Esto alarga los viajes entre diez y catorce días, eleva los costos de combustible y de seguros de guerra, y mantiene el tráfico del canal de Suez muy por debajo de los niveles anteriores a 2023.
Combinado con el cierre parcial de Ormuz, el factor hutí multiplica la presión sobre la economía mundial. El resultado son cadenas de suministro interrumpidas, inflación importada y el riesgo permanente de que una sola escalada regional cierre al mismo tiempo dos de las arterias energéticas más importantes del planeta.
La guerra comenzó con la promesa de obligar a Irán a renunciar a sus principales herramientas de poder. Hoy, esos ítems quedaron postergados para una negociación futura. El verdadero indicador de éxito no será un comunicado conjunto entre Washington y Teherán. Será el momento en que Ormuz vuelva a transportar cerca de 20 millones de barriles diarios, los seguros marítimos regresen a niveles normales y los petroleros recuperen el ritmo anterior a la guerra.
Irán perdió instalaciones, científicos, generales y parte de su capacidad militar. Sin embargo, si logra que el mundo vuelva a comerciar mediante un acuerdo centrado en Ormuz que lo beneficie, habrá demostrado que aún conserva el instrumento de presión más valioso de Oriente Medio: la capacidad de alterar la economía mundial. Esa sería la gran paradoja de esta guerra. Estados Unidos puede haber ganado la campaña militar e Irán puede haber perdido buena parte de su infraestructura. Pero, si el resultado político es que Washington negocia primero la reapertura de Ormuz y deja para después el programa nuclear, los misiles y los proxies, será difícil afirmar que alguno de los dos obtuvo una victoria estratégica completa.
Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos construyó gran parte de su liderazgo global sobre una promesa: mantener abiertas las principales rutas marítimas del comercio internacional. Que hoy deba negociar con Irán representa un cambio estratégico de enorme magnitud. Implica reconocer que la superioridad militar, por sí sola, no bastó para garantizar la libertad de navegación.
Trump todavía tiene poco menos de dos años y medio de mandato. En estos días debe decidir si su legado será haber degradado a Estados Unidos de potencia dominante a un actor que se ve obligado a negociar con un país al que anunció haber derrotado más de una docena de veces.



