El derecho internacional, una entelequia que mata
- Hernán Martínez Soler
- hace 13 minutos
- 5 Min. de lectura

Por Hernán Martínez Soler - Foro Argentino de Defensa
Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.
Tucídides (Siglo V a.C.)
El conflicto es inherente a la naturaleza humana, el Derecho es el conjunto de normas y principios que regulan la conducta humana en sociedad, buscando justicia, equidad y orden, cuya observancia es obligatoria y puede ser impuesta por el Estado por la fuerza.
El Derecho internacional nace formalmente con la paz de Westfalia en 1648, estableciendo la soberanía de los Estados, evolucionando a un Derecho moderno con el Convenio de Ginebra de 1864, la creación de la Sociedad de las Naciones en 1920, luego de la Segunda Guerra Mundial en 1945 con la ONU y con la declaración de los Derechos Humanos en 1948.
Un mundo siempre convulsionado intentó regular las relaciones entre los Estados soberanos y otros actores internacionales como organizaciones con el fin de mantener la paz, seguridad y cooperación basado en costumbres y principios aceptados por la comunidad internacional para solucionar pacíficamente los conflictos.
Solo faltaba un pequeño detalle: la autoridad de aplicación del Derecho, capaz de hacer cumplir las leyes internacionales por encima de los intereses de las Naciones (La paz por el derecho es una esperanza y no una realidad-Raymond Aron).
Así surge, a la luz de la horrorosa carnicería de la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de las Naciones con este fin, el resultado: la Segunda Guerra Mundial. De ella surgen las actuales Naciones Unidas, desde cuya creación hasta el presente se verificaron alrededor de 500 conflictos interestatales y civiles. La intención es noble, siempre se debe aspirar a la Justicia, pero la realidad es otra (El derecho internacional no puede ser más fuerte que la voluntad de los Estados que lo crean-Hans Morgenthau 1948).
Las potencias vencedoras de la Segunda Guerra se quedaron con el poder de veto en el Consejo de Seguridad, el cual ejercen en función de sus intereses. Sus resoluciones se aplican sólo a los débiles y en los principales conflictos donde los intereses de alguno de ellos estaban en juego, la ONU no intervino o lo hizo con las manos atadas, siendo testigos de primera mano de las mayores atrocidades, como los genocidios de Ruanda o la guerra de los Balcanes, por nombrar los más conocidos, eso sí, con grandilocuentes declaraciones.
Las Naciones Unidas funcionan como un tranquilizador de las conciencias, una hipocresía, donde las Naciones vociferan en función de sus intereses y la Justicia no está invitada (El orden internacional se mantiene por un equilibrio de poder, no por normas abstractas- H.Kissinger).

El Derecho, la Ley, sin una autoridad de aplicación se transforma en algo abstracto, una utopía que no mejora ni salva la vida de la gente (Los pactos sin la espada no son más que palabras-Thomas Hobbe 1651).
Se establecen principios dogmáticos, como el de Soberanía de los Estados Nacionales, con un fin loable, pero este dogma se contrapone con el derecho de un pueblo oprimido y tiranizado que busca ayuda para liberarse o impedir su martirio. De acuerdo a este principio debe resolver por sí mismo la situación de opresión, pero el problema es cuando no puede hacerlo ni siguiendo los mecanismos legales del Estado ni por la fuerza insurreccional. La comunidad internacional debe quedarse mirando, como en el genocidio de Ruanda, habría que decirle al millón de civiles muertos en un lapso de cien días que se respetó el principio de soberanía, eso sí, se creó un Tribunal Internacional para Ruanda que luego de veinte años condenó por los hechos a: ¡61 personas!
La matanza de Srebrenica en la guerra de los Balcanes ante los ojos de las fuerzas de la ONU, cuyo responsable juzgado por el Tribunal internacional fue condenado a prisión solo 22 años después, gran consuelo para los fusilados.
Anteriormente en 1915 el genocidio armenio, donde las potencias de entonces solo declamaron, pero no intervinieron, resultado 1,5 millones de muertos. El genocidio de Camboya (1975-79) donde se miró para otro lado, la ONU por razones de interés reconoció al régimen genocida y una tardía intervención de Vietnam fue criticada por “violar la soberanía de Camboya”, resultado: 25% de la población eliminada. Hungría (1956), Checoslovaquia (1968), condena de pico, pero “respeto a las esferas de influencia” para no intervenir. Y podríamos seguir con ejemplos donde por un dogma se sacrifica la vida de alguien al cual no se le preguntó si está de acuerdo con él.
En Venezuela, por un lado, la izquierda latinoamericana fue y es cómplice del régimen dictatorial Chavista, solo porque dice ser socialista y oponerse a la “derecha fascista” y al “imperio americano. Solo palabras, en los hechos entregaron el país a los intereses geopolíticos y económicos de China, Rusia y su esbirro Cuba, sojuzgando a su población con el terror, disfrazado de una “Democracia” y que produjo el éxodo de ocho millones de personas, el mayor contemporáneo, pero para la izquierda esa gente está equivocada y no comprende las ventajas del paraíso socialista del siglo XXI.
A modo de nota al margen digamos que los mayores genocidios contra población propia se produjeron en países que gozaban del paraíso comunista o socialista, como se quiera llamar, la Rusia de Stalin, la China de Mao y la Camboya del Khmer rojo, por nombrar los más conocidos. La gente huía de Cuba no peleaba por entrar, como así también saltaba el muro de Berlín hacia occidente, nunca hacia el otro lado, por algo será. Se rasgan las vestiduras por la violación de la soberanía venezolana, la ruptura del Derecho internacional, anteponiendo el Dogma a la realidad de la vida.

Por supuesto que EEUU actúa y actuará en función de sus propios intereses geopolíticos y económicos, no hay que ser ingenuos para pensar otra cosa. La diferencia es si, con esta intervención, el pueblo venezolano pueda vivir con dignidad. Háblenle de soberanía a los ocho millones de exiliados, a los presos políticos y a los familiares de los muertos (Un príncipe no puede ni debe cumplir con su palabra cuando hacerlo va en contra de su interés- Maquiavelo).
El derecho internacional y sus instituciones están muertos si es que alguna vez estuvieron vivos. Se avecinan tiempos de cambio, habrá que ver si instancias superadoras ocurren por evolución o por revolución, entendiendo por ésta no una insurrección, sino una gran guerra.
Hoy por hoy el Derecho internacional es algo abstracto, hay que replantear todas las instituciones y ver si los dogmas que se pretenden universales están por sobre el derecho a vivir tranquilo, lo único que pretende la inmensa mayoría de la población mundial. Solo una minoría con el estómago lleno, en general lejos de los problemas, teoriza sobre abstracciones que luego pretende imponer al resto.
Resumiendo, como dice Morgenthau, la realidad indica que en la política internacional el eje no es la moral ni la cooperación sino el poder, es una lucha permanente guiada por sus intereses en un sistema anárquico, ya que no existe una autoridad superior a la de los Estados y donde no existe una moral universal aplicable directamente a éstos.
El legalismo internacional que cree en el Derecho no ha podido por sí solo eliminar los conflictos, pues no ha podido sustituir al poder en la política internacional, mientras tanto la gente sufre y muere por el ideal.



