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El ganador silencioso de la guerra de Ucrania se llama Corea del Norte


Por Ignacio Montes de Oca


Kim Jong-un no disparó en persona un solo misil en Ucrania y, aun así, terminó como el gran beneficiario de la guerra. No porque Rusia se haya retirado ni porque Putin haya tomado Kiev, sino porque su régimen convirtió el conflicto en el mejor negocio de su historia reciente. Mientras la guerra se acerca a su quinto año, Pyongyang pasó de una economía casi aislada y al borde de la asfixia a tres años consecutivos de crecimiento superior al 3 %. El Banco de Corea estima una expansión del 3 % en 2023, del 3,7 % en 2024 y del 3,5 % en 2025, con un aumento del 6,6 % en la manufactura y del 30 % en las exportaciones durante el último año.

El gobierno surcoreano atribuye buena parte de esa recuperación a la cooperación con Rusia. Moscú está dispuesto a pagar por lo que Corea del Norte tiene en abundancia: municiones, misiles, artillería, mano de obra y soldados. A cambio, ofrece petróleo, alimentos, divisas, acceso financiero, tecnología militar y protección diplomática. Cuanto más se prolonga la guerra, más valioso se vuelve el acuerdo para Pyongyang.

Para entender la magnitud del cambio, hay que recordar de dónde venía el país. Hasta 2022, cuando Putin lanzó la invasión a gran escala de Ucrania, Corea del Norte acumulaba décadas de contracciones económicas y crisis alimentarias. En los años noventa, tras el colapso de la Unión Soviética, la Marcha Penosa provocó una hambruna cuyas víctimas aún no pueden calcularse con precisión: las estimaciones van de cientos de miles a más de un millón de muertos. La población llegó a consumir hierbas, cortezas y animales silvestres, mientras el régimen seguía destinando recursos al desarrollo nuclear y misilístico. Luego llegó la pandemia. En 2020, el PIB cayó 4,5 % tras el cierre de la frontera con China, que entonces concentraba cerca del 90 % de las exportaciones norcoreanas. La economía se contrajo durante tres años consecutivos, entre 2020 y 2022, y hacia 2022 el PIB estaba un 12 % por debajo del nivel de 2016.

El panorama empezó a cambiar cuando Rusia, necesitada de proyectiles para sostener una guerra de desgaste que consume munición, recurrió a Pyongyang. Desde agosto de 2023 aumentaron los movimientos marítimos y ferroviarios entre ambos países, y las imágenes satelitales permitieron identificar miles de contenedores con destino a Rusia. Según las últimas estimaciones disponibles, Corea del Sur y el CSIS calculan que se enviaron entre 15.000 y más de 20.000 contenedores, equivalentes a más de 11 millones y hasta 15 millones de proyectiles de calibres 122, 130 y 152 milímetros, además de cohetes, sistemas de lanzamiento múltiple y misiles balísticos KN-23 y KN-24. Corea del Sur contabilizó hasta 2025 alrededor de 148 misiles de estos últimos tipos, ya utilizados por Rusia contra objetivos ucranianos. Aunque no existe una contabilidad pública del régimen de Kim, incluso la cifra más prudente supone un volumen gigantesco para una economía de este tamaño.



Ese suministro importa no solo por su cantidad. Rusia necesitaba mantener un ritmo de fuego muy alto, y Corea del Norte tenía enormes reservas de munición de diseño soviético que podía producir a bajo costo. Para Moscú, era una fuente adicional capaz de sostener una guerra industrial. Para Kim, cada proyectil disparado en Ucrania también aportaba información sobre el desempeño real de sus armas frente a defensas occidentales. Los primeros misiles norcoreanos mostraron problemas de precisión, pero informes posteriores registraron mejoras. Así, el campo de batalla ucraniano terminó funcionando como un laboratorio que Corea del Norte nunca habría podido construir por sí sola.

En 2024, el intercambio dio un salto cualitativo con la aparición de soldados norcoreanos. Corea del Norte desplegó entre 14.000 y 15.000 efectivos en Rusia, principalmente para apoyar las operaciones contra la incursión ucraniana en Kursk. Las bajas fueron elevadas: el Servicio Nacional de Inteligencia surcoreano calculó unos 6.000 muertos y heridos combinados hacia mayo de 2026, mientras otras estimaciones sitúan en 2.300 los muertos solo en Kursk. Aun así, esas pérdidas tuvieron valor militar para Pyongyang, porque sus tropas adquirieron una experiencia imposible de simular en ejercicios: combate convencional, uso de drones, guerra electrónica, reconocimiento, artillería, coordinación con fuerzas rusas y supervivencia bajo vigilancia aérea permanente.

Ese aprendizaje trascendió lo táctico: el régimen también lo capitalizó en el plano interno. En 2026, Kim Jong-un reapareció en una ceremonia pública para recibir y homenajear a las tropas que combatieron en Rusia. Presentó la alianza con Moscú como motivo de orgullo nacional, no como una decisión costosa en vidas. La propaganda estatal convirtió así una guerra ajena en una herramienta de cohesión interna y mostró el sacrificio de los soldados como prueba de que Corea del Norte ya no está aislada, sino que es socio militar de otra potencia nuclear. Ese relato refuerza la legitimidad de Kim en un momento en que la sucesión dinástica del régimen aún no tiene respuestas claras.



La escala podría crecer aún más. En agosto de 2026, Volodímir Zelenski elevó a 50.000 la cifra de soldados norcoreanos que Rusia podría recibir, por encima de los 30.000 estimados semanas antes. La inteligencia ucraniana también informó sobre el traslado a la región rusa de Vorónezh de una unidad norcoreana de misiles con unos 90 efectivos, hasta 120 misiles balísticos KN-23 y KN-24 y seis lanzadores. Varias fuentes independientes confirmaron el movimiento en las primeras semanas de agosto. Como estas cifras proceden sobre todo de fuentes ucranianas, conviene tomarlas con cautela. Sin embargo, ya existe evidencia independiente del uso de misiles norcoreanos en ataques rusos contra Ucrania: Zelenski atribuyó a esos misiles parte del ataque contra la planta siderúrgica Zaporizhstal, aunque Moscú no confirmó su origen.

El pago llegó por varias vías. El Korea Institute for Defense Analyses estimó que los beneficios acumulados por Pyongyang superaron los 20.000 millones de dólares: unos 19.200 millones por municiones y suministros, 630 millones por transferencias tecnológicas y 280 millones vinculados al personal militar. En cambio, el Institute for National Security Strategy de Seúl situó entre 7.670 y 14.400 millones de dólares el valor de los pagos en efectivo, tecnología, combustible y alimentos. Las cifras difieren mucho porque nadie fuera de ambos gobiernos conoce los contratos reales. Sin embargo, incluso la estimación más baja representa una inyección extraordinaria para una economía cuyo comercio exterior total apenas alcanzó los 3.130 millones de dólares en 2025. O, si se prefiere, es una cifra excepcional considerando que el PIB norcoreano, de acuerdo con el UNdata de la ONU, ronda los 16.400 millones de dólares anuales.

El petróleo constituye otro beneficio indiscutible. Según estimaciones del Council on Foreign Relations, Rusia suministró a Corea del Norte más de un millón de barriles en 2024, muy por encima de los límites fijados por las sanciones de Naciones Unidas. También llegaron harina, soja y cereales. Además, Moscú facilitó mecanismos financieros que redujeron el aislamiento del sistema bancario norcoreano y permitieron descongelar unos 9 millones de dólares. Lo relevante no es solo cuánto petróleo recibió Kim, sino que Rusia demostró que las sanciones de la ONU pueden neutralizarse cuando un miembro permanente del Consejo de Seguridad decide dejar de aplicarlas.

La mano de obra completa el negocio. Miles de trabajadores norcoreanos fueron enviados a Rusia pese a las prohibiciones internacionales, y el CSIS calcula que hoy hay más de 30.000 desplegados en el país en proyectos de construcción. El régimen obtiene divisas y Rusia, una fuerza laboral barata y disciplinada. Estados Unidos sostiene que Pyongyang retiene una parte muy alta de esos salarios y que, en el caso de los trabajadores informáticos, puede quedarse con hasta el 90 % de los ingresos, estimados en mil dólares mensuales por empleado. El enrolamiento norcoreano descansa, en buena medida, sobre mano de obra y tropas que el Estado moviliza sin margen de elección.

Pero el componente más importante del acuerdo probablemente no sea el dinero, sino la tecnología. Estados Unidos y sus aliados advierten que Rusia está brindando a Corea del Norte asistencia relacionada con satélites, misiles, defensa aérea y otras capacidades militares. Algunos análisis occidentales señalan incluso posibles transferencias vinculadas con submarinos y tecnología nuclear. El acceso norcoreano a propulsión silenciosa o misiles desde submarinos (SLBM) forzaría a Seúl a revisar urgentemente su doctrina antisubmarina, alterando el equilibrio en aguas disputadas

Sin embargo, la evidencia pública es limitada y no permite afirmar que Moscú haya entregado un reactor operativo o una capacidad completa. Lo probado es que Rusia ayuda a un país que lleva décadas intentando superar sus límites tecnológicos en los ámbitos espacial y misilístico.

Ese intercambio puede pesar más que cualquier transferencia de efectivo. Corea del Norte ya posee armas nucleares y una amplia familia de misiles balísticos, pero durante años tuvo problemas de precisión, vigilancia y reconocimiento. Un satélite militar operativo, mejores sistemas de navegación, sensores, defensa aérea o tecnología aplicable a submarinos pueden alterar el equilibrio militar de Asia durante décadas. El riesgo para Corea del Sur y Japón no es que Pyongyang compre mañana un cargamento de armas rusas, sino que aproveche la guerra de Ucrania para acelerar el desarrollo de sus propios sistemas.



En este contexto, la guerra en Irán hizo surgir preguntas incómodas. ¿Por qué Estados Unidos bombardeó instalaciones nucleares iraníes, pero con Corea del Norte mantuvo abierta la vía diplomática? La incógnita cobró relevancia porque horas después de anunciar el acuerdo con Irán, Trump publicó sin comentarios una foto suya con Kim tomada en la cumbre de Singapur de 2018. El gesto alimentó especulaciones sobre un posible giro de su atención hacia Pyongyang. Kim aprovechó el contraste para explicar internamente por qué Corea del Norte no debe desarmarse: a diferencia de Irán, afirmó, su país ya tiene ojivas nucleares operativas y misiles capaces de alcanzar el territorio continental de Estados Unidos. El mensaje fue claro: un arsenal terminado evita un ataque, no lo provoca. Ese trato diferenciado confirma, desde otro ángulo, lo que ya mostraba la cooperación con Rusia. La carrera tecnológica y militar de Kim no solo modifica el equilibrio en Asia; también le compra algo que Irán no tuvo: una inmunidad de facto frente al uso de la fuerza.

Estas mejoras en el arsenal norcoreano y la alianza con Rusia pueden haber influido en la decisión de Seúl del 9 de agosto de no enviar armas a Ucrania y limitarse a la asistencia humanitaria y la reconstrucción.

La actitud de Estados Unidos y Corea del Sur se relaciona con otro movimiento diplomático. En junio de 2024, Putin y Kim firmaron un Tratado de Asociación Estratégica Integral que compromete asistencia militar mutua en caso de agresión armada contra cualquiera de los dos países. Así, Rusia y Corea del Norte dejaron de ser dos regímenes sancionados que comerciaban clandestinamente y formalizaron una relación de seguridad cuyas consecuencias exceden ampliamente a Ucrania.



En este punto aparece otro de los grandes logros de Kim Jong-un: recuperar margen de maniobra frente a China. Durante décadas, Pekín fue casi el único gran sostén económico de Corea del Norte y hoy aún representa cerca del 95 % de su comercio registrado, según el Korea Development Institute. Sin embargo, la aparición de Rusia como segundo socio estratégico reduce la dependencia de Kim respecto de Xi Jinping. Esto no significa que Corea del Norte haya dejado de necesitar a China, sino algo más relevante: ahora puede oscilar entre Pekín y Moscú. Pyongyang recibe comercio e insumos de Pekín, y petróleo, tecnología y protección diplomática de Moscú. A la vez, aprovecha esa competencia para ganar autonomía. En 2026, los vínculos con China también se recompusieron mientras Rusia seguía profundizando su relación con Kim.

La señal es clara: la estrategia no consiste en elegir entre Moscú y Pekín, sino en evitar una dependencia total de cualquiera de los dos. La alianza con Moscú priva a Pekín de su monopolio sobre Kim Jong-un, generando el temor de que el aventurerismo norcoreano acelere una respuesta militar de EEUU, Japón y Corea del Sur en el Indo-Pacífico.

El resultado de estos movimientos ya se siente en el resto de la región. Desde 2025, Estados Unidos, Corea del Sur y Japón multiplicaron sus ejercicios militares trilaterales, incluidas maniobras con bombarderos capaces de portar armas nucleares. Al mismo tiempo, sus jefes de defensa reiteran en cada cumbre el compromiso con la desnuclearización completa de la península coreana. Pero la distancia entre esa declaración y los hechos aumenta: mientras Washington, Seúl y Tokio reafirman un objetivo que persiguen sin éxito desde hace tres décadas, Pyongyang recibe de Rusia la asistencia tecnológica que puede volver irreversible su arsenal nuclear y misilístico.

Además, Moscú ya advirtió a los tres países que no utilicen esa cooperación trilateral para construir una alianza contra Corea del Norte. El gesto confirma hasta qué punto el Kremlin actúa como protector diplomático de Pyongyang. Por su parte, Corea del Sur y Japón relegaron antiguas disputas históricas para coordinar una respuesta conjunta. Es la señal más clara de que la alianza ruso-norcoreana está reordenando equilibrios regionales que parecían fijos desde hacía décadas.

El resultado es paradójico. Las sanciones internacionales buscaban aislar a Corea del Norte hasta obligarla a negociar su programa nuclear. La invasión rusa de Ucrania produjo el efecto contrario: dos países sancionados descubrieron que podían ayudarse a sobrevivir. Rusia necesita las municiones norcoreanas para sostener su guerra; Corea del Norte necesita a Rusia para obtener lo que las sanciones le impiden comprar.

Queda una pregunta que nadie puede responder hoy con certeza: qué tan sólido es este modelo si la guerra se detiene. Buena parte de los ingresos norcoreanos depende del ritmo al que se consumen municiones en el frente, por lo que un alto el fuego podría cortar de golpe una fuente central de divisas. Pero no todo lo obtenido es igualmente reversible. El dinero se gasta y el petróleo se consume; el conocimiento técnico, la experiencia de combate de decenas de miles de soldados y los avances en navegación, sensores o defensa aérea permanecen.



Por eso, el verdadero riesgo estratégico para la región no depende de que la guerra continúe indefinidamente, sino de que ya dejó en Corea del Norte una huella militar que ninguna paz en Ucrania podrá borrar. Ante un alto el fuego, Pyongyang probablemente intentará redirigir su capacidad industrial para convertirse en un exportador permanente de defensa para regímenes sancionados, evitando desmantelar su economía de guerra.

Ucrania paga el costo inmediato de esta asociación con millones de proyectiles, misiles y soldados que Rusia lanza contra sus ciudades y posiciones. Sin embargo, el efecto de largo plazo se siente mucho más lejos del campo de batalla. Corea del Norte acumula dinero, alimentos, combustible, experiencia de combate, acceso financiero, tecnología y protección diplomática. Está aprendiendo de una guerra moderna sin haber tenido que iniciarla.

Kim Jong-un no ganó la guerra de Ucrania en el sentido clásico. Pero, si la pregunta es quién mejoró más su posición desde el día en que Putin cruzó la frontera ucraniana, la respuesta es inquietante. Corea del Norte salió del aislamiento con una economía en crecimiento, una industria militar más activa, nuevas fuentes de divisas, miles de hombres con experiencia de combate, un socio dispuesto a desafiar las sanciones de la ONU y acceso a tecnología capaz de transformar su arsenal nuclear y convencional.

A diferencia de Irán, no se trata del riesgo de un país nuclear en potencia, sino de un Estado autocrático que amenaza de forma constante con atacar a su vecino del sur y que realizó cientos de ensayos y lanzamientos de misiles balísticos, de crucero e hipersónicos desde 2022. Solo en ese año ejecutó un récord histórico de casi 70 lanzamientos. Continuó realizando numerosas pruebas desde entonces y en 2026 siguió acumulando decenas de pruebas adicionales hacia el mar de Japón.

El verdadero precio que Rusia paga por la ayuda norcoreana no está en los millones de proyectiles recibidos ni en los miles de soldados enviados a Kursk y Vorónezh. Está en haber convertido a Corea del Norte en una potencia militar más experimentada, mejor financiada, más legitimada interna y tecnológicamente más peligrosa. Esa factura no se cobrará en Ucrania: empezará a pagarse durante las próximas décadas, en la península de Corea y en todo el equilibrio estratégico de Asia.

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