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El otro Estrecho: Ucrania sacude el motor financiero de Putin en el Mar Negro

 

Por Ignacio Montes de Oca

 

Por cada dólar que pierde el precio del petróleo ruso, el Kremlin deja de percibir aproximadamente U$S 2.500 millones al año. Esa cifra ayuda a entender por qué, mientras los mercados siguen atentos a cada movimiento en el estrecho de Ormuz o en Bab el-Mandeb, Ucrania concentra cada vez más recursos en cortar la vena petrolera rusa en el Mar Negro.

La guerra naval ya dejó de ser una disputa por el control del mar. Hoy es, sobre todo, una batalla por el dinero que financia la invasión rusa.

El petróleo y el gas continúan siendo la principal fuente de divisas de Rusia y uno de los pilares de su presupuesto. Si Kyiv logra reducir la rentabilidad de esas exportaciones, puede debilitar la capacidad del Kremlin para sostener un esfuerzo bélico en el que no logra alcanzar el control del 20% del suelo ucraniano a otro precio, el de casi 1,2 millones de bajas, que puede ampliarse si Putin ordena otra movilización para alimentar a su picadora de carne con otro medio millón de rusos.

Vamos a entender cómo se enlaza lo que sucede en el frente con la campaña contra los petroleros rusos en el Mar Negro. Si, a primera vista apunta a cerrar el cerco sobre Crimea. Pero en una mirada profunda el propósito es mucho más ambicioso. Se trata de pasar del hundimiento de buques al naufragio de la economía rusa. Movilizar, entrenar, equipar y abastecer a otros 500.000 soldados es un asunto muy caro y es entonces cuando las cifras económicas y de petroleros hundidos pueden comenzar a combinarse con mayor elegancia.

Según el balance más reciente difundido por las Fuerzas de Sistemas No Tripulados de Ucrania, 176 embarcaciones rusas fueron alcanzadas en los mares Negro y de Azov desde el inicio de la campaña marítima. Sin embargo, el dato verdaderamente importante no es la cantidad de barcos atacados. Lo que importa es la naturaleza de los blancos.



El primer paso fue hundir entre el 30% y el 35% de la fuerza de combate total de la Flota de la Armada de Rusia en el Mar Negro. De un inventario de 33 naves principales, 4 fueron completamente destruidas y 8 sufrieron daños tan severos que les impiden servir para la guerra. Allí se le negó a Rusia el poder de controlar el tráfico marítimo y se puso a punto el instrumento para el siguiente paso: los drones navales y aéreos.

A los buques militares rusos destruidos se suman ahora petroleros, terminales portuarias, depósitos de combustible, refinerías e infraestructura logística. La prioridad dejó de ser destruir la Flota del Mar Negro para concentrarse en encarecer las exportaciones energéticas rusas.

El objetivo no es bloquear completamente el comercio marítimo. Es hacer que cada barril exportado genere menos ingresos. Partamos de dos datos decisivos: el Mar Negro transporta entre 3,5 y 3,8 millones de barriles diarios de petróleo ruso, alrededor del 3,5% de la demanda mundial.

El otro dato es que Rusia no necesita proteger un solo barco. Necesita proteger una maquinaria logística gigantesca: cerca de siete millones de barriles diarios, unos doscientos compradores y alrededor de seiscientos petroleros —muchos integrados en la llamada "flota fantasma"—. En una red de semejante tamaño, hundir un buque importa menos que volver más caro operar todos los demás.



Los drones ucranianos no sólo encarecen el petróleo ruso. También podría fortalecer el dominio chino sobre Rusia. Para compensar el crudo bloqueado en el Mar Negro, podría aumentar los envíos a China por tierra, pero los oleoductos actuales, ESPO y Atasu-Alashankou, ya operan a su capacidad máxima de 1,65 millones de barriles por día. Para expandirla, se debe amplia el oleoducto Power of Siberia 2, una obra estimada en US$ 13.600 millones que Xi Jinping le exige a Vladímir Putin financiar en su totalidad. Si el Kremlin asume el 100% de la inversión, el costo de amortización destruirá la rentabilidad. Construir la infraestructura añadirá un costo de capital diferido de entre U$S 3 y U$S 4,50 por barril transportado durante los primeros 15 años de operación comercial.

Eso convierte a Pekín en el único cliente capaz de negociar desde una posición de fuerza. Mientras Rusia necesita vender, China puede esperar. La paradoja es que cuanto más éxito tienen los ataques ucranianos, más depende del único comprador con capacidad para imponerle condiciones. Además, este megaproyecto más de 2.600 kilómetros requeriría un tiempo total de entre 5 y 10 años para ejecutarse por completo con una fortuna que Rusia no puede distraer de la invasión. Es demasiado tiempo, regresemos entonces al Mar Negro.

Por ese mar salen tanto exportaciones rusas como el CPC Blend de Kazajistán, que llega al puerto de Novorossiysk a través del oleoducto del Caspian Pipeline Consortium. A diferencia del estrecho de Ormuz, existen rutas alternativas para parte de ese flujo, pero ninguna posee capacidad suficiente para reemplazar completamente ese corredor.

Pero cada ataque exitoso aumenta el costo de utilizar esa infraestructura. Las primas de seguro suben, los armadores exigen mayores tarifas, aumentan los tiempos de operación y Rusia debe invertir más recursos en defensa aérea, patrullas navales y protección de puertos.

No es un bloqueo. Es una degradación progresiva de la rentabilidad. Es que el problema no es sólo cuánto vende Rusia, sino a qué precio y por dónde.



Los datos de mercado indican que solamente el cambio de rutas comerciales incrementó los costos logísticos en torno a U$S 15 por barril respecto de la situación previa a la guerra, al tener que cambiar sus rutas comerciales de exportación de Europa a Asia por los embargos de la UE.

En consecuencia, el petróleo Ural, el que sirve de referencia al crudo ruso, continúa vendiéndose con un descuento significativo respecto del Brent. Aunque la diferencia fluctúa según el mercado, en noviembre del año pasado estaba en U$S 23 y hoy está en casi U$S 26. Para que se entienda, el “descuento” es lo que deja de recibir para poder vender cada barril.

Ese descuento responde a varios factores: las sanciones occidentales, el redireccionamiento de las exportaciones hacia Asia, el uso creciente de la llamada “flota fantasma” y el mayor costo del transporte marítimo. Y, ahora se le suma el golpe de los drones ucranianos.

El incremento estimado por el riesgo de seguridad en el puerto de Novorossiysk en el Mar Negro se traduce en un sobrecosto o prima de flete de entre 1,50 y 2,50 dólares por barril en comparación con las rutas de Primorsk por el Mar Báltico o la de Kozmino por el Pacífico. Los ataques ucranianos no explican por sí solos esa diferencia, pero sí contribuyen a agrandarla al elevar el riesgo operativo sobre una de las principales rutas de exportación de Rusia.

Ahora revisemos el impacto sobre las cuentas del Kremlin. En 2022, los ingresos provenientes del petróleo y el gas llegaron a representar más del 40% del presupuesto federal ruso. Hoy esa participación ronda entre el 22% y el 25%, mientras el gasto militar supera el 6% del Producto Bruto Interno y absorbe alrededor del 40% del gasto federal. Las estimaciones reales indican que el gasto bélico total está entre el 9% y 10% del PBI en lo que va de 2026. En 2022 el gasto militar representaba el 4,5 % del PBI ruso.

Pero, al mismo tiempo, el margen fiscal se redujo considerablemente. Rusia acumula pérdidas millonarias, estimadas por los especialistas en torno a los U$S 13.500 millones en ingresos petroleros desde que se intensificaron los ataques crónicos con drones ucranianos contra sus refinerías.



Cada dólar perdido por las exportaciones energéticas obliga al Kremlin a compensar la diferencia mediante mayores impuestos, endeudamiento interno o utilización del Fondo Nacional de Riqueza. Ya no se trata de usar ahorros, Rusia se está endeudando.

La ecuación se vuelve especialmente delicada cuando el precio internacional del petróleo permanece bajo. Y cuando el petróleo finalmente sube de precio, los drones ucranianos se ocupan de recordar que vender más caro no significa necesariamente ganar más dinero.

La estrategia ucraniana tampoco termina en el mar. Se completa con las refinerías, que se transformaron en uno de los principales objetivos porque afectan simultáneamente las exportaciones y el abastecimiento interno. Cada instalación fuera de servicio reduce la capacidad de procesamiento, obliga a redistribuir combustibles entre regiones y fuerza al Estado a incrementar las compensaciones fiscales destinadas a las petroleras para evitar desabastecimientos. Moscú tuvo que restringir temporalmente las exportaciones de gasolina y diésel para priorizar el mercado interno, mientras distintas regiones registraban episodios de escasez y aumentos de precios. El resultado es una doble presión sobre el presupuesto: menos ingresos por exportaciones y mayores gastos para sostener el mercado doméstico.

La historia demuestra que las guerras energéticas rara vez se ganan cerrando completamente un estrecho marítimo. La llamada "guerra de los petroleros" entre Irán e Irak en los años ochenta reveló que aumentar de forma sostenida el costo de operar puede resultar tan eficaz como un bloqueo. Eso mismo ocurrió recientemente en el Mar Rojo con los ataques de los hutíes. Ucrania parece haber adaptado esa lógica al Mar Negro.

Pero falta una parte adicional de la estrategia ucraniana: los depósitos. Así como EEUU puso en aprietos a Irán al llevarla al punto de rebalsar sus almacenes de crudo y obligarla a acumularlo en buques, Rusia ahora afronta el mismo problema. Sin espacio para colocar la producción debería afrontar el cierre de pozos por falta de espacios y esto, junto a su reinicio, tiene costos elevados que luego se recortan de la ganancia. Menos ganancia implica menos inversión. Pero también menores ventas que conducen a menos impuestos e ingresos fiscales.



Los ataques ucranianos destruyeron o dañaron más de 60 tanques de almacenamiento masivo en territorio ruso instalaciones clave como el depósito de Grushovaya y la planta de Stavropol, lo que combinado con los daños a las refinerías mantiene inactivos 4,3 millones de barriles diarios equivalentes al 43% de la capacidad total de refinación de Rusia.

El objetivo no es impedir que Rusia exporte petróleo, sino en obligarla a perder rentabilidad: vender con descuento, pagar más por el transporte, asumir mayores costos de seguridad, reparar infraestructura dañada y destinar más recursos a subsidiar el mercado interno.

Ninguno de esos factores, por separado, parece capaz de alterar el curso de la guerra. Pero combinados, en cambio, comienzan a erosionar el principal activo económico del Kremlin.

Mientras el mundo observa con preocupación lo que ocurre en Ormuz y Bab el-Mandeb, el Mar Negro empieza a consolidarse como el tercer gran punto de presión sobre el comercio mundial de hidrocarburos. Allí hay otro factor, que es político. Ucrania no puede dejar de atacar porque se juega su supervivencia. Pero Putin puede ser presionado porque en su obsesión está afectando algo más que su propia economía. Y quizá allí se esté librando una de las batallas más importantes del conflicto: no por el control del territorio, sino por mostrar el precio que pagará Rusia para seguir financiando una invasión ordenada por Putin y que sigue arruinando a su economía.

Si la estrategia ucraniana se sostiene, el verdadero objetivo no será cerrar el Mar Negro, sino lograr que cada barril exportado financie un poco menos la guerra. Esa puede ser, a largo plazo, una de las ofensivas más rentables de todo el conflicto para Ucrania.

En los primeros meses de la invasión, Ucrania detuvo el avance ruso destruyendo tanques. Cuatro años y cuatro meses después limita la capacidad del Kremlin para seguir fabricándolos. No solo atacando Moscú. No está bloqueando el Mar Negro. Su plan es convertir cada barril de petróleo ruso en un negocio un poco menos rentable que el anterior. Si esa estrategia funciona, quizá la batalla económica termine siendo mucho más decisiva que la naval. Porque los barcos pueden reemplazarse. Los ingresos perdidos del Estado ruso, no.



Occidente sancionó el petróleo ruso. Ucrania hora está aplicando sanciones a su logística.

Hagamos un cálculo final: un buque petrolero tipo Aframax o Suezmax de segunda mano como los que usa Rusia en el Mar Negro cuesta entre U$S 35 millones y U$S 50 millones, dependiendo de su nivel de desgaste mecánico. Un Aframax transporta unos 750.000 barriles, mientras que un Suezmax puede cargar hasta 1.000.000. Tomando como referencia un precio con descuento para el crudo ruso Ural de US$ 65 por barril, la carga de un Aframax vale US$ 48,75 millones y la de un Suezmax asciende a US$ 65 millones.

Cada uno de los drones marinos Magura V5 ucranianos cuesta aproximadamente U$S 250.000. Los drones aéreos UJ-22 Airborne / Lyutyi se pagan U$S 20.000 por unidad. Un ataque de saturación coordinado requiere un presupuesto estimado de U$S 1,5 millones a U$S 1,75 millones, es decir, el costo de producir 6 drones marítimos Magura V5 o Sea Baby, sumado a una decena de drones aéreos de distracción.

Esto significa que por cada dólar que Ucrania invierte en fabricar y lanzar un enjambre combinado de drones marítimos y aéreos, Rusia pierde entre 50 y 65 dólares en infraestructura comercial, logística y energética irrecuperable.

¿Hacen falta más datos?

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