Elecciones en Brasil: hay que esperar 21 días más

Por Ignacio Montes de Oca
La primera vuelta en Brasil prácticamente terminó y con el 99,99% escrutado, Flavio Bolsonaro ganó con el 47,03% frente al 45,16% de Inacio “Lula” Da Silva. La diferencia no fue tan abultada como se creyó al principio del conteo y ese 1,87% le pone más incertidumbre a la segunda vuelta prevista para el próximo 25 de octubre.
Las encuestas que preveían un triunfo holgado de uno u otro volvieron a errar. El margen no permite dar por cerrado el final, pero la historia favorece al candidato opositor.
Ya se dijo, las estadísticas favorecen a Bolsonaro. En todas las elecciones presidenciales que requirieron balotaje (1989, 2002, 2006, 2010, 2014, 2018 y 2022), el que tuvo más votos en la primera vuelta se impuso en la segunda. Incluso Lula contra Bolsonaro padre, cuando lideró la primera vuelta frente a Jair Bolsonaro en 2022 por unos 5 puntos, 48,4% contra 43,2%.
El antecedente es fuerte, pero no alcanza para convertir una tendencia en una certeza. La muestra es relativamente pequeña y cada elección tuvo una combinación diferente de candidatos, alianzas y circunstancias económicas. El dato sirve para medir la ventaja con la que Bolsonaro llega al 25 de octubre, no para anticipar el resultado.
En un balotaje tan polarizado, una diferencia de 1,87 puntos puede ser importante, pero también puede desaparecer si el candidato que quedó atrás consigue movilizar mejor a sus votantes o convertir el rechazo al adversario en una razón suficiente para volver a las urnas.
Esto se debe a la alta polarización, la gran mayoría de los electores ya tiene decidido su voto de antemano. El porcentaje de votantes “indecisos” o de terceras fuerzas que queda disponible para capturar tras la primera vuelta suele ser muy pequeño.
Muchas veces, como se explica en la página Road Show, los votantes de partidos minoritarios ya migran a los candidatos punteros en la primera vuelta para evitar que gane el rival que más rechazan. Esto hace que el ganador de la primera ronda quede muy cerca del 50%, dejándole un camino matemático extremadamente corto para asegurar la victoria en la segunda vuelta.
Sin embargo, es Brasil, y el análisis no reemplaza al voto, en particular porque ambos candidatos llegan con una serie de fortalezas y debilidades que, en esta ocasión, podrían generar alguna variación.
Empecemos por Lula. Mantuvo sus bastiones en la región Nordeste y entre los sectores de menores ingresos, que fueron impermeables al discurso que proponía un giro a la derecha. Tiene además a su favor la estructura política y territorial construida alrededor del oficialismo, los programas de asistencia social y la capacidad de articular alianzas con los candidatos y partidos que quedaron fuera de carrera. Allí habrá que prestar atención a los portavoces de Lula y a su red de voluntarios, con capacidad para recorrer territorios y movilizar votantes puerta a puerta. En una segunda vuelta, esa maquinaria puede ser tan importante como el resultado obtenido en las urnas el domingo.
Entre sus debilidades, podemos enumerar el desgaste de gestión y economía. Aunque los índices de pobreza han bajado, el electorado muestra un fuerte descontento con el costo de vida y la inflación. Se le suman las acusaciones de corrupción. Su campaña fue golpeada por el reciente escándalo del Banco Master, sumado a antiguas investigaciones que involucran a su entorno familiar.
Y, además, encuestas como las de Datafolha le dan un rechazo del 45%, aunque ese dato se neutraliza por el hecho de que su oponente muestra un porcentaje similar.

Vamos a Bolsonaro. Su apoyo en electorado del Sur y Centro-Oeste del país, las clases de ingresos medios/altos y, sobre todo, el haber obtenido el influyente voto evangélico, le aseguran una base sólida para la segunda vuelta. Se le suma el representar un cambio que se alimenta del desgaste de Lula como administrador y la idea de un giro en el modelo económico que promete resolver cuestiones como la inflación y el crecimiento económico. Y pesa además su propuesta de implementar una política de “mano dura” similar a la de su padre entre sectores que ven las estadísticas de criminalidad como un tema tan importante como las estadísticas económicas.
En su contra le juega el antecedente de su padre, al que prometió indultar en caso de llegar a la presidencia. Recordemos que fue inhabilitado políticamente y condenado a más de 27 años de prisión por su vinculación con el intento de golpe de Estado de enero de 2023. Algunos analistas plantean la duda respecto a que Bolsonaro padre asuma como verdadero poder, amparado en la falta de experiencia de su hijo y el hecho que le debe su candidatura al vínculo familiar.
El expresidente carga con una imagen negativa del 54% y Flavio deberá despejar esas dudas si quiere evitar que su imagen de renovación espante a los que ven en su padre lo contrario, es decir un regreso al pasado que ya fue rechazado en las urnas.
Luego hay que ver cómo juegan los apoyos externos. Es muy temprano para saber si el apoyo de Trump y Milei le restó o le sumó votos a Bolsonaro. Tampoco hay mediciones confiables que corroboren si las denuncias de injerencia externa hechas por Lula le jugaron a favor. El actual presidente puso mucho énfasis en presentar a su oponente como un representante de la Casa Blanca. Pero Bolsonaro replicó confirmando ese apoyo de Trump como elemento positivo para el futuro económico de Brasil.
El componente nacionalista del votante brasileño es fuerte, pero eso no significa que la política exterior vaya a decidir la elección. Bolsonaro puede presentar el respaldo de Trump y Milei como parte de una integración con gobiernos que comparten su rechazo al socialismo, mientras Lula puede utilizar esos mismos apoyos para denunciar una eventual subordinación de Brasil a intereses externos.
El efecto dependerá, sobre todo, de quién logre instalar esa discusión en términos de bienestar cotidiano. Para un elector preocupado por el precio de los alimentos, la seguridad o el empleo, la disputa ideológica internacional probablemente tenga menos peso que la pregunta de quién puede mejorar su vida diaria.
De allí que ambos mensajes se neutralicen: para el votante de centroizquierda y los sectores nacionalistas moderados, la intervención extranjera escenificada por Trump y Milei genera una fuerte repulsión.
En la vereda opuesta, el votante bolsonarista no percibe esto como una pérdida de soberanía, sino como la integración de Brasil en una cruzada global contra el socialismo. Allí no es previsible que nuevas opiniones externas cambien el voto que ya recibieron, la duda es como podría reaccionar ante cada uno de ellos el votante que no optó por una de las dos opciones en la primera vuelta.
En igual medida que el apoyo de los presidentes norteamericano y argentino tiene una consecuencia, el apoyo recibido por Lula de fuerzas de izquierda genera un efecto similar, aunque hay que destacar que ningún mandatario de esa corriente mostró un apoyo tan activo por el presidente brasileño durante la campaña.
En cualquier caso, ambos candidatos deberán estar atentos a encuestas como una reciente de Data Folha en la que un 32% de los encuestados evalúa que una eventual injerencia externa podría ser negativa y el 18% opina que no representaría un problema real para el país. Ese dato también debería ser material de análisis para los equipos presidenciales de los presidentes interesados en que la segunda vuelta favorezca a su candidato.
No obstante, el tema externo no pesa tanto como otros en la agenda. La mayor parte de las encuestas reflejan que los intereses y preocupaciones de los brasileños se centran en la economía cotidiana y el costo de vida, en la crisis crónica de seguridad pública, en la fortaleza de las instituciones que ya vienen muy golpeadas por los casos recurrentes de corrupción y las denuncias de intento de golpe de estado del 2023, y por un debate que aún no se resuelve respecto al alineamiento y modelo de economía al que apostarán en los siguientes años. Cada ítem tiene un impacto diferente de acuerdo con la región y el ingreso, pero a grandes rasgos son esos sobre los que deberán trabajar Lula y Bolsonaro en las próximas semanas.
Esa tarea no es poca y tampoco Bolsonaro puede dormirse en los laureles de la estadística por el último factor que podría modificar las previsiones: la participación electoral. Si bien en Brasil el voto es obligatorio para las personas de entre 18 y 70 años, las penalizaciones por no asistir son muy bajas. La capacidad de las estructuras partidarias para movilizar a nuevos votantes y convencer a los ciudadanos de acudir a las urnas un domingo de balotaje, especialmente en regiones remotas o de bajos ingresos, podría ser determinante para el resultado final.
Las cifras indican que la participación fue del 78%, levemente menor al 79% de las presidenciales anteriores. La abstención en esta primera vuelta se situó en torno al 21/22%, lo que representa un aumento moderado frente a los comicios presidenciales de 2022, dónde la inasistencia fue del 20.95%. En las elecciones pasadas los que votaron en primera vuelta a candidatos que quedaron fuera de competencia, por lo general regresan para opinar electoralmente en la segunda. Esto representan potencialmente un 7,83% de los votos y allí hay otra fuente de votos a la que los finalistas deberán apuntar.
Ese 7,83% es, en realidad, más importante que el número de indecisos que puedan registrar las próximas encuestas. Son electores que ya fueron a votar y eligieron a otra opción, por lo que ambos candidatos tienen ahora que decidir cómo hablarles sin espantar a sus propias bases.
Bolsonaro necesita convencer a una parte de ellos de que representa un cambio posible sin quedar atrapado por la imagen de su padre. Lula, en cambio, tiene que transformar el rechazo a Bolsonaro en un argumento suficiente para que esos votantes acepten volver a respaldarlo. Y existe una tercera posibilidad que las campañas no pueden ignorar: que una parte prefiera votar en blanco, anular el voto o simplemente no concurrir.
Pero en esos votantes que no eligieron ni a Lula ni a Bolsonaro corre el factor final que es el rechazo y el miedo. El no querer que determinado candidato gane puede ser un factor decisivo para ese caudal electoral y el hecho que ambos candidatos tengan un nivel de rechazo similar hace más difícil saber hacia dónde se dirigirá y más complicado seducirles para que cambien una imagen que ya se formaron tras meses de bombardeo de mensajes de campaña.
En una elección tan polarizada, una parte del electorado no necesita enamorarse del candidato que tiene enfrente; le alcanza con considerar que el otro sería peor. El problema para Lula y Bolsonaro es que ambos arrastran niveles de rechazo elevados y ninguno puede dar por descontado que el electorado de las terceras fuerzas se trasladará automáticamente hacia su candidatura.
La segunda vuelta puede terminar definiéndose menos por quién consigue convencer a más brasileños y más por quién consigue generar menos miedo o menos rechazo entre los que todavía tienen margen para cambiar de decisión.
Y como corolario queda un dato que puede terminar siendo tan importante como la elección presidencial: gane quien gane, no tendrá una mayoría en el Congreso. Eso obliga a abandonar las posiciones rígidas de la campaña y buscar acuerdos con partidos que hoy pueden parecer aliados circunstanciales y mañana convertirse en árbitros de las principales votaciones. La polarización puede servir para ganar una elección, pero no alcanza para gobernar Brasil.

El resultado legislativo confirma, de todos modos, un giro general hacia la centroderecha opositora. El Partido Liberal aparece como la principal fuerza del Senado, mientras el PT de Lula queda bastante más atrás y el resto de las bancas se reparte entre una cantidad de partidos que vuelve imposible pensar en una mayoría automática para cualquiera de los dos candidatos. El dato es importante porque el próximo presidente necesitará negociar desde el primer día con fuerzas que no necesariamente formarán parte de su coalición electoral.
Eso puede convertirse en una ventaja para Bolsonaro si consigue llegar al Planalto con el bloque opositor convertido en una coalición parlamentaria, pero también puede transformarse en un límite para cualquier gobierno que intente avanzar con un programa demasiado rígido. Esto le obliga a negociar y convierte a los partidos de centro en actores con capacidad para inclinar las principales votaciones. La elección presidencial, por lo tanto, no resolverá por sí sola quién tendrá el poder efectivo en Brasil.
La Cámara de Diputados muestra un escenario parecido. El PL de Bolsonaro emerge como la principal fuerza, mientras el bloque de Lula queda relegado y el resto de las bancas se distribuye entre partidos del Centrão y fuerzas de centro, que conservan capacidad para formar mayorías. Ningún espacio queda cerca de controlar por sí solo la Cámara, de modo que el próximo gobierno tendrá que construir acuerdos para aprobar sus principales proyectos.
El PL puede reclamar una victoria política por haber quedado como la principal fuerza legislativa, pero eso no equivale a tener el control del Congreso. La fragmentación le obliga a negociar y puede convertirse en un muro para un gobierno que pretenda gobernar solamente con su propia base electoral. Para Bolsonaro, si gana, significará demostrar que puede transformar la ventaja parlamentaria de su espacio en una coalición estable. Para Lula, si logra la reelección, implicará algo todavía más difícil: construir una mayoría con un Congreso que ya mostró un corrimiento hacia la oposición.
No hay que quedarse suspendido en el voto presidencial porque el sistema brasileño no es un presidencialismo puro, sino un presidencialismo de coalición. Un presidente puede ganar el Palacio de Planalto, pero no puede gobernar solo: necesita construir mayorías para aprobar leyes, presupuestos y buena parte de las medidas que prometió durante la campaña. El resultado legislativo ya anticipa que quien gane deberá negociar con fuerzas que hoy están fuera de su fórmula presidencial.
Esos acuerdos empezarán a tejerse mucho antes del 25 de octubre. Los candidatos tendrán que sumar votos sin espantar a los propios y, al mismo tiempo, empezar a construir una mayoría parlamentaria que todavía no existe.
Por eso la elección brasileña no terminó con el escrutinio de la primera vuelta. Bolsonaro tiene la ventaja de haber llegado primero y la historia de su lado, pero Lula conserva una estructura territorial poderosa y una parte importante del electorado que todavía puede inclinar la balanza. Quedan 21 días para saber quién se alojará en el Palacio de Planalto y, quizás más importante, con quién tendrá que negociar para poder gobernar.



