Estrategia en las alturas: la Fuerza Aérea del Perú frente a los incendios forestales

Por Angie Rajkovic
De la respuesta inmediata a la anticipación estratégica: una capacidad aérea descentralizada para proteger vidas, patrimonio y territorio.
En el Perú, enfrentar un incendio forestal es mucho más que combatir las llamas. Es una carrera contra el tiempo, la geografía y las condiciones meteorológicas. En los Andes, donde las montañas, quebradas, pendientes y distancias convierten cada emergencia en un desafío operacional, la diferencia entre contener un incendio y enfrentar una catástrofe puede estar determinada por una sola variable: llegar a tiempo.
En ese escenario, la Fuerza Aérea del Perú (FAP) ha demostrado que el poder aéreo constituye una herramienta estratégica al servicio del país. La experiencia desarrollada frente a los incendios que amenazaron el centro poblado de Yanahuara, en Urubamba, y diversos sectores de la provincia de Anta, en Cusco, evidenció la capacidad de la Institución para integrar reconocimiento aéreo, transporte, logística e intervención directa, articulando sus medios con las fuerzas terrestres y las autoridades responsables de la gestión del riesgo.
Más que una respuesta ante una emergencia, esta operación deja una enseñanza para el futuro: el Perú necesita convertir sus capacidades aéreas de emergencia en una verdadera arquitectura nacional de prevención y respuesta rápida.

El poder aéreo como multiplicador de capacidades
Toda operación eficaz comienza con información. En este caso, el avión Beechcraft King Air 360C permitió obtener desde el aire una visión amplia de las áreas comprometidas, identificar la evolución de los frentes de fuego y contribuir a establecer prioridades operacionales.
En terrenos montañosos, donde la visibilidad desde tierra puede ser limitada y el comportamiento del fuego cambia rápidamente, disponer de una perspectiva aérea significa disponer de mejores elementos para decidir. La vigilancia y el reconocimiento aéreo se convierten en el primer eslabón de una cadena operacional en la que información, decisión y acción deben sucederse con precisión.
A partir de esa evaluación, el C-27J Spartan del Grupo Aéreo N°8 permitió trasladar hacia Cusco el sistema Bambi Bucket y los medios logísticos necesarios. La movilidad aérea demostró nuevamente una de sus principales fortalezas: reducir las distancias cuando el tiempo se convierte en el recurso más valioso.
Posteriormente, el Mi-17-1V del Grupo Aéreo N°3 asumió la intervención directa sobre los sectores de mayor riesgo, efectuando descargas de agua en zonas de difícil acceso para las brigadas terrestres. El helicóptero realizó aproximadamente diez incursiones empleando un Bambi Bucket con capacidad de 320 galones, equivalente a unos 1.200 litros de agua por descarga. Su intervención permitió contener los sectores más críticos y generar mejores condiciones para el trabajo de los equipos en tierra.
No se trató, por tanto, de una acción aislada. Fue una operación conjunta de capacidades: el reconocimiento aéreo proporcionó información, el transporte aseguró la proyección de los medios y el helicóptero llevó el esfuerzo directamente al punto donde más se necesitaba.
Como señaló el Mayor General FAP Luis Emilio Cortijo Rossel, Comandante General del Ala Aérea N°3, en una emergencia de estas características la disponibilidad inmediata resulta determinante. Cuando un incendio comienza, las posibilidades de control son mayores; conforme transcurren las horas, su propagación puede adquirir dimensiones exponenciales.
Esa afirmación contiene una verdad operacional que debería orientar la política nacional: en materia de incendios forestales, la rapidez no es una ventaja adicional; es una capacidad decisiva.

Una misión que protege mucho más que un territorio
En Cusco, la misión adquiere una trascendencia especial. La amenaza no recae únicamente sobre bosques, viviendas o áreas agrícolas. También alcanza ecosistemas, comunidades y un patrimonio histórico y cultural cuya importancia trasciende nuestras fronteras.
Proteger Cusco significa, por ello, proteger una parte esencial de la memoria del Perú.
La actuación de la FAP puso de manifiesto una de sus fortalezas institucionales: la capacidad de proyectar medios y personal sobre geografías donde las vías terrestres pueden resultar lentas, complejas o, en determinados momentos, insuficientes.
El helicóptero, en ese contexto, deja de ser simplemente una aeronave y se convierte en un instrumento de respuesta nacional. Puede transportar personal, evacuar poblaciones, atender emergencias médicas, participar en búsqueda y rescate, trasladar ayuda humanitaria y combatir incendios. Su verdadero valor reside precisamente en esa capacidad multipropósito y de empleo inmediato.
La distancia también es un factor estratégico
Sin embargo, toda experiencia operacional debe producir una reflexión. En este caso, existe una lección evidente: el Mi-17-1V tuvo que desplazarse desde Pucallpa hasta Cusco para intervenir en la emergencia.
La misión se cumplió y demostró la capacidad de reacción de la FAP. Pero también reveló un desafío que debe ser abordado con visión de futuro. En una emergencia, disponer de una aeronave es importante. Tenerla ubicada estratégicamente cerca del área vulnerable puede ser determinante.
Cada hora empleada en trasladar un medio aéreo es tiempo durante el cual un incendio puede ganar terreno. En consecuencia, la planificación de la respuesta no debe comenzar cuando aparece la emergencia; debe comenzar mucho antes.
Esta es precisamente la oportunidad que tiene el Perú: pasar de una lógica predominantemente reactiva a una estrategia de anticipación, presencia y descentralización de capacidades.

De la reacción a la anticipación
La experiencia de Cusco debería impulsar una política nacional destinada a fortalecer y descentralizar las capacidades aéreas para enfrentar emergencias. Ello implica evaluar la ubicación estratégica de helicópteros, incrementar la disponibilidad de sistemas Bambi Bucket, fortalecer las plataformas de reconocimiento y vigilancia, mejorar los sistemas de información operacional y desarrollar mecanismos de coordinación con los gobiernos regionales y las entidades responsables de la gestión del riesgo de desastres.
La finalidad no sería disponer de medios exclusivamente para la temporada de incendios. Por el contrario, se trataría de consolidar una capacidad aérea multipropósito de empleo permanente, capaz de actuar durante todo el año ante incendios forestales, terremotos, inundaciones, deslizamientos, emergencias médicas, evacuaciones, búsqueda y rescate y otras situaciones que comprometan la seguridad de la población.
Esta visión fortalece, además, el carácter dual y estratégico de la FAP: una Institución preparada para cumplir su misión constitucional y, al mismo tiempo, capaz de poner sus capacidades al servicio directo de los peruanos cuando el país lo requiere.

Cusco: lugar estratégico para el futuro
Por su ubicación, geografía, vulnerabilidad y extraordinario valor patrimonial, Cusco reúne condiciones para convertirse en uno de los principales lugares de una futura red nacional de respuesta aérea ante emergencias. La experiencia de Urubamba y Anta demuestra que esta posibilidad no es una aspiración abstracta. Existe una capacidad operacional que puede ser fortalecida, ampliada y proyectada.
El desafío consiste ahora en transformar la experiencia en doctrina, la doctrina en planificación y la planificación en presencia efectiva. Una red descentralizada permitiría reducir tiempos de reacción, acercar los medios a las zonas de mayor vulnerabilidad y generar una respuesta coordinada entre la FAP, los gobiernos regionales, las autoridades locales y los organismos especializados en prevención y gestión del riesgo.
El futuro, por tanto, no consiste únicamente en disponer de más aeronaves. Consiste en integrar mejor las aeronaves, la información, la tecnología, el entrenamiento y la capacidad de decisión.
Una Fuerza Aérea preparada para los desafíos del mañana
La operación desarrollada en Cusco deja una conclusión que trasciende el incendio que la originó: el poder aéreo constituye una capacidad estratégica para la protección de la población y del territorio nacional.
La Fuerza Aérea del Perú demostró que, aun frente a las dificultades impuestas por la geografía, puede integrar sus capacidades y responder allí donde la Nación la necesita. Esa capacidad debe ser reconocida, preservada y proyectada hacia el futuro.
Porque los incendios forestales no esperarán a que las condiciones sean ideales. Los desastres naturales tampoco. La respuesta del Estado debe estar preparada antes de que ocurra la emergencia. Por ello, el siguiente paso no debe ser únicamente reaccionar mejor, sino anticiparse mejor. No solo llegar, sino estar más cerca. No solo disponer de medios, sino integrarlos bajo una estrategia nacional permanente.
La experiencia de Cusco demuestra que cuando la FAP despliega sus capacidades, el poder aéreo puede convertirse en una diferencia concreta entre la amenaza y la protección, entre la expansión del desastre y su contención.
En las alturas de los Andes, donde el terreno desafía al hombre, la Fuerza Aérea posee una ventaja que debe seguir desarrollando: la capacidad de ver más lejos, llegar más rápido y actuar donde otros medios encuentran mayores dificultades. El futuro exige una FAP cada vez más tecnológica, descentralizada y cercana a las necesidades del país.
Porque frente al fuego, al desastre y a la adversidad, llegar a tiempo no solo salva vidas: protege nuestro patrimonio, preserva nuestro territorio y fortalece la seguridad del país.



