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Llegó el otoño militar para Rusia

hace 8 minutos
11 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca


En septiembre Moscú cedió más territorio del que ganó. Ahora apuesta a que un invierno de misiles y drones quiebre a Ucrania antes de la primavera.

En el mes que quedó atrás, el Ejército ruso cedió más territorio del que conquistó. Según el Institute for the Study of War (ISW), centro de estudios con sede en Washington, Rusia tomó 175,54 km² pero perdió 256,35, un saldo negativo de 80,81 km² para Moscú, equivale a una pérdida promedio de 2,69 km² por día. El balance sigue siendo negativo incluso cuando se contabilizan las infiltraciones rusas en zonas que Moscú todavía no controla plenamente.

No es una derrota rusa ni el fin de su ofensiva. Pero confirma que la guerra entró en una etapa distinta de la que empezó en febrero de 2022. Rusia sigue controlando una porción enorme de Ucrania y conserva ventajas militares en algunos rubros, pero obtiene cada vez menos territorio a cambio de un costo humano y material extraordinario.

La tendencia se ve mejor en el acumulado. El ISW calculó que Rusia ganó unos 4.831 km² en 2025, mientras que DeepState, un proyecto ucraniano de mapeo del frente, estima unos 2.085 km² en los doce meses posteriores. Son mediciones de fuentes distintas, pero apuntan en la misma dirección: el ritmo de conquista cayó de manera drástica. El propio ISW sostiene que la caída fue brusca en marzo de 2026 y que desde entonces las ganancias son bajas o negativas. Descontado el efecto de la Operación Vivaldi, calcula una pérdida neta de 293,59 km² desde ese mes.

Lanzada por el 3.er Cuerpo de Ejército ucraniano en el sector de Lyman, la operación Vivaldi liberó al menos 147 km², según el ISW. Su comandante, Andrii Biletskyi, atribuyó el avance al uso de drones, robots y engaños. Pero el instituto advierte que Ucrania la desarrolló durante meses y que los detalles solo emergieron en septiembre, cuando se contabilizó buena parte de lo liberado. Ese secretismo dificulta las comparaciones mes a mes, así que la tendencia pesa más que el dato de un solo mes. El frente no se rompió, pero Rusia demostró que puede ser obligada a retroceder.

El Kremlin y sus seguidores prefieren contar otra historia. Vladimir Putin afirmó en julio que Rusia había tomado más de 3.000 km² desde comienzos del año. El Ministerio de Defensa ruso sostuvo el 19 de septiembre que sus fuerzas habían tomado más de 5.300 km² desde enero y más de 670 km² solamente durante septiembre. Son cifras que contrastan con los mapas del ISW, que utiliza evidencia geolocalizada y exige control territorial para contabilizar un avance. La diferencia no es menor: también muestra hasta qué punto la disputa territorial se convirtió en una batalla por el relato de la guerra.



El problema para Rusia aparece con más claridad cuando se mira el costo humano. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) estimó en junio que las fuerzas rusas habían sufrido alrededor de 1,4 millones de bajas desde febrero de 2022, entre muertos, heridos y desaparecidos, incluidos hasta 450.000 muertos. El jefe del Estado Mayor de Defensa británico, Richard Knighton, elevó en septiembre la estimación a 1,5 millones de bajas y más de 500.000 muertos. Son estimaciones y no cifras verificables individualmente.

Más grave que el acumulado es el ritmo. Según el Estado Mayor ucraniano, una de las partes en guerra y cuyas cifras no están verificadas de forma independiente, Rusia sufrió 39.290 pérdidas de personal en junio, 42.860 en julio, 42.020 en agosto y 46.230 en septiembre, el máximo mensual de 2026. Son unas 170.000 pérdidas en cuatro meses. El ISW considera que septiembre fue el tercer mes consecutivo con más de 40.000 bajas rusas y que Moscú sigue incorporando menos hombres de los necesarios para reponer sus bajas.

El cálculo independiente del CSIS va en la misma dirección. El instituto estimó que Rusia estaba sufriendo entre 30.000 y 34.000 bajas mensuales durante 2026 frente a unos 27.000 nuevos reclutas por mes. Si esa relación se mantiene, el sistema de reclutamiento voluntario ya no alcanza para compensar el desgaste.

El vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, Dmitri Medvédev, informó de una cifra de incorporaciones de 30.000 a 35.000 soldados nuevos al mes. El déficit de hombres pone a los generales del Kremlin ante un dilema enorme.

Moscú intenta cubrir ese agujero sin repetir una movilización general como la de septiembre de 2022. Elevó bonificaciones y salarios, buscó reclutas en regiones pobres, y amplió el recurso a extranjeros. Y el 28 de septiembre Putin firmó un nuevo decreto que aumentó en 15.500 la dotación militar autorizada, hasta 1.550.500 efectivos. Fue la cuarta ampliación del año y llevó el aumento acumulado desde marzo a 47.860 hombres. El decreto, sin embargo, no explicó cómo serán reclutados esos efectivos.

Una salida de emergencia es la despensa de hombres de los países aliados. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, afirmó que ya hay 8.000 soldados norcoreanos en Rusia y que se planea enviar otros 10.000. El Servicio Nacional de Inteligencia de Corea del Sur (NIS) confirmó más movimientos de unidades de fuerzas militares norcoreanas, según reporta la BBC. 



También existe un plan mucho más ambicioso, aunque todavía no confirmado. La inteligencia ucraniana sostuvo que el Estado Mayor ruso preparó una movilización de 300.000 personas para 2026 y otras 300.000 para 2027, además de los aproximadamente 400.000 hombres anuales que necesita para reponer sus fuerzas. Es una evaluación de los servicios de inteligencia de Ucrania, no una decisión pública del Kremlin.

El presidente francés Emmanuel Macron dijo posteriormente que había recibido informes europeos, estadounidenses y ucranianos que consideraban creíble una nueva movilización rusa de alrededor de 300.000 hombres. Es otro indicio acumulado, no equivale a confirmar que Moscú haya tomado la decisión.

Abogados de derechos humanos en Rusia reportaron que las oficinas de alistamiento militar multiplicaron la entrega de “órdenes de movilización diferidas” o citaciones para verificar datos.

Las elecciones legislativas rusas ya quedaron atrás, justamente el momento que la inteligencia ucraniana había señalado como posible punto de partida para una nueva convocatoria. Eso no significa que Putin haya decidido movilizar, pero sí que desapareció uno de los principales obstáculos políticos que podían retrasarla.

Aun así, más soldados no equivalen a más capacidad ofensiva. Hay que entrenarlos, equiparlos y proveerlos de drones, artillería, oficiales y logística. Varias ofensivas anteriores no se frenaron por falta de hombres, sino por fallas de entrenamiento, coordinación y mando y por la incapacidad de explotar las penetraciones iniciales. Una nueva movilización, además, tendría un costo político considerable.

Ucrania buscó aprovechar esas debilidades con una guerra más tecnológica, y Vivaldi responde a esa lógica: en lugar de repetir las ofensivas mecanizadas de 2022, apunta a posiciones, rutas de abastecimiento y concentraciones de tropas. La diferencia no es solamente tecnológica: modifica la manera en que se afronta la liberación del territorio. Cada kilómetro pasa a depender menos de una columna de blindados y más de la capacidad de detectar, aislar y destruir al enemigo.

La industria militar ucraniana también cambió de escala. El Pentágono estimó en julio que Ucrania produciría entre seis y siete millones de pequeños drones FPV durante 2026, unos 500.000 por mes. Al mismo tiempo, Kyiv amplió la fabricación de municiones, vehículos y sistemas no tripulados de distintos tipos. En los primeros ocho meses del año, el Ministerio de Defensa ucraniano había autorizado 1.526 nuevos modelos de armas y equipos, casi el 91% de fabricación nacional.



Ese crecimiento no significa autosuficiencia. Pero sí redujo la dependencia directa de las entregas occidentales. Ucrania desarrolló además una capacidad creciente para atacar refinerías, depósitos de combustible, instalaciones militares y centros industriales dentro de Rusia, obligando a Moscú a defender un territorio gigantesco en lugar de concentrar todos sus recursos en el frente.

Los misiles son el siguiente escalón. Fire Point desarrolló los programas FP-7 y FP-9 para ampliar la capacidad ucraniana de ataque balístico. El FP-7 comenzó las pruebas militares en septiembre, y el 1 de octubre Zelenski anunció su primer empleo en combate. Reuters estimó su alcance en unos 200 kilómetros. El FP-9, de mayor autonomía, todavía se encontraba en desarrollo. La importancia de estos programas no está solamente en sus características técnicas: muestran que Ucrania intenta reducir una de las mayores brechas que todavía conserva frente a Rusia en materia de misiles balísticos.

Kyiv no necesita destruir al Ejército ruso para frenarlo: le basta con encarecer cada operación, dificultar el movimiento de reservas y golpear depósitos y logística hasta que una ofensiva pierda impulso. El empleo del FP-7 es parte de esa búsqueda de mayor capacidad para atacar objetivos alejados del frente con sistemas producidos en Ucrania.

Rusia respondió con drones baratos, incluidos modelos derivados de diseños iraníes, y con aparatos impulsados por motores a reacción que reducen el tiempo de reacción de las defensas. El vocero de la Fuerza Aérea ucraniana, Yuri Ihnat, informó el 29 de septiembre, que Rusia había lanzado 3.177 drones a reacción durante el mes, frente a 2.850 en todo agosto.

La dimensión de la campaña aérea fue todavía mayor. Zelenski informó el 27 de septiembre, que Rusia había lanzado en una semana más de 2.200 drones de ataque de largo alcance, 1.650 bombas planeadoras y 38 misiles, la mayoría balísticos. El objetivo ya no fue solamente apoyar a las tropas que avanzan en tierra. Moscú comenzó a utilizar el poder aéreo para intentar modificar el equilibrio de la guerra desde la retaguardia.

Con el frente estancado, una parte creciente del costo se trasladó a las ciudades. La Misión de Monitoreo de Derechos Humanos de la ONU en Ucrania verificó 1.396 civiles muertos y 7.978 heridos durante el primer semestre de 2026, un 37% más que en el mismo período de 2025 y 114% más que en 2024. Las bajas provocadas por armas de largo alcance aumentaron 60%.

La escalada continuó durante el verano boreal. En julio murieron 437 civiles y 2.610 resultaron heridos, según la actualización posterior de la ONU. En agosto murieron 372 y 2.349 resultaron heridos. Entre enero y agosto, la ONU confirmó 2.222 muertos y 13.058 heridos, un 55% más que durante los mismos ocho meses de 2025 y más que en todo 2025. En agosto, misiles y drones de largo alcance provocaron el 47% de las bajas civiles y la mayoría de esas víctimas se registró lejos del frente, en centros urbanos.

Septiembre empeoró el cuadro. Entre el 1 y el 24, la HRMMU registró al menos 200 muertos y 1.234 heridos. Son cifras preliminares que seguirán aumentando a medida que avance la verificación. En Kyiv hubo víctimas civiles en 16 de los primeros 24 días del mes, una frecuencia que la misión no había registrado en ningún otro mes desde el comienzo de la invasión. Los ataques alcanzaron centros comerciales, oficinas de correo, instalaciones farmacéuticas, depósitos de alimentos y estaciones de servicio. Danielle Bell, jefa de la misión, advirtió sobre la frecuencia y el alcance de los ataques contra lugares donde los civiles viven, trabajan, compran y reciben servicios.

Si septiembre fue el otoño del avance ruso, el invierno es el momento en que Moscú intenta cambiar de estrategia.



Para el ISW, el estancamiento terrestre y el aumento de los ataques a ciudades son dos caras de un mismo plan. En su informe del 27 de septiembre, el instituto sostiene que Putin ya no cuenta con avanzar indefinidamente en el frente y que busca forzar la capitulación de Ucrania antes de la primavera de 2027, mediante ataques masivos de misiles balísticos y drones a reacción. La apuesta descansa en tres supuestos: que Ucrania no logrará interceptar esos drones, que le faltarán misiles Patriot durante el invierno y que su red energética no resistirá.

El 25 de septiembre, Putin dijo que Ucrania "debe sentir" los ataques de represalia, lo que el ISW interpreta como señal de que los intensificará en invierno. El instituto añade que Putin quizá no esté midiendo los costos de largo plazo de esa campaña, y que es improbable que suavice sus demandas o acepte negociar en serio un alto el fuego antes de ver si funciona.

Ucrania tiene, sin embargo, una carta por jugar. Kyrylo Budanov, jefe de la Oficina Presidencial, dijo el 27 de septiembre que Kyiv prueba en combate prototipos de drones interceptores y que su despliegue masivo podría empezar en pocos meses. El invierno será, en buena medida, una carrera entre los drones rusos y los interceptores ucranianos.

Esa carrera se volvió más difícil por el cambio de política de Washington. Donald Trump rechazó en julio autorizar que Ucrania fabricara bajo licencia los interceptores Patriot, después de que Kyiv buscara esa posibilidad para compensar la escasez. Trump justificó la negativa en la sensibilidad de la tecnología, y sostuvo que Estados Unidos debía ser muy cuidadoso antes de permitir su transferencia.

La escasez no fue solamente política. En agosto, Zelenski afirmó que los aliados habían entregado a Ucrania en 2026 apenas un tercio de los misiles de defensa aérea recibidos en 2025. El problema era especialmente grave con los Patriot, los principales sistemas occidentales capaces de enfrentar los misiles balísticos rusos. Zelenski dijo además que Ucrania había llegado a recibir ataques en los que no logró interceptar ninguno de los misiles balísticos lanzados. Estados Unidos siguió negociando entregas mensuales de interceptores, pero el propio presidente ucraniano admitió que las cantidades acordadas no alcanzaban.

La misma presión alcanzó a las armas ofensivas. Estados Unidos no abandonó por completo la asistencia militar ni dejó de suministrar armamento, pero sus existencias de misiles de largo alcance quedaron sometidas a mayores restricciones después del fuerte consumo de municiones provocado por la guerra con Irán y por las necesidades de las propias fuerzas estadounidenses. Reuters informó en septiembre que los arsenales de sistemas como ATACMS y Patriot habían quedado fuertemente presionados y que su reposición podía llevar años.

El efecto fue doble. En el campo militar, Ucrania tuvo menos margen para proteger sus ciudades frente a los misiles balísticos rusos y para disponer de municiones estadounidenses como respaldo de sus propios ataques de largo alcance. En el diplomático, Kyiv tuvo que redoblar la presión sobre Europa para conseguir sistemas que Washington ya no garantizaba en la misma medida. Europa respondió con más dinero y armas: la Unión Europea aprobó en agosto otros €6.100 millones para defensa ucraniana, destinados entre otras cosas a sistemas de defensa aérea, misiles, municiones y radares.

La consecuencia es paradójica: Ucrania es mucho más autónoma militarmente que en 2022, pero justamente cuando su industria propia empezó a darle mayor margen de maniobra perdió la garantía de acceso a algunas de las capacidades estadounidenses más difíciles de sustituir. Puede fabricar millones de drones y desarrollar sus propios misiles, pero no puede producir de un día para otro una cantidad equivalente de interceptores Patriot, reemplazar toda la inteligencia estadounidense, o recuperar rápidamente las existencias de misiles de precisión que Washington decidió reservar para sus planes en otros escenarios.



Esa campaña también tiene un precio para Moscú. Rusia adaptó buena parte de su economía a la guerra, pero cuanto más dura el conflicto, mayor es la proporción de recursos que debe destinarle. Según documentos del gobierno revisados por Reuters, planea gastar 17,1 billones de rublos, unos 202.600 millones de dólares, en defensa durante 2027, un 27% más que lo presupuestado inicialmente y la cifra más alta desde el comienzo de la invasión. El gasto de defensa acumulado para los próximos tres años rondaría los 50 billones de rublos, cerca de 600.000 millones de dólares.

Las mismas cuentas muestran el desgaste. El déficit proyectado para 2026 subió al 3,2% del PIB, frente al 1,6% previsto anteriormente, mientras que la deuda pública pasaría del 19,9% del PIB al 21,7% en 2027, por encima del umbral del 20% que las propias autoridades consideran seguro. Reuters aclaró que el gasto militar real es secreto y que una parte puede estar registrada en otros capítulos del presupuesto.

Ucrania enfrenta un problema distinto. Su economía es mucho menor y depende de la ayuda externa, pero su industria militar creció a gran velocidad y redujo la dependencia directa de Estados Unidos en drones, municiones y otros sistemas. Eso no significa que pueda prescindir de Occidente. De hecho, el Gobierno ucraniano estimó a fines de septiembre que sus gastos relacionados con la guerra alcanzarían unos 155.000 millones de dólares en 2026 y que enfrentaba un agujero de financiación de 27.000 millones de dólares para sostener el esfuerzo militar durante 2027.

Europa pasó a ocupar, por eso, un lugar todavía más importante. Alemania, Francia, el Reino Unido y los países nórdicos aumentaron el suministro de armas y financiación, mientras la Unión Europea aprobó nuevas partidas para defensa y municiones. Pero esa sustitución tiene límites: fabricar drones y municiones convencionales es muy distinto de reconstruir una cadena industrial, capaz de producir rápidamente interceptores contra misiles balísticos.

Con todo esto sobre la mesa, ninguno de los dos bandos tiene salidas sencillas. Putin puede aumentar bonificaciones, reclutar más extranjeros, usar más tropas norcoreanas o decretar una movilización, pero cada opción trae costos políticos, de entrenamiento o de logística. Ucrania necesita producción creciente, defensa aérea suficiente, apoyo europeo sostenido y hombres para explotar cualquier debilidad rusa.

Por eso septiembre no marca el comienzo de una victoria ucraniana ni el final de la capacidad ofensiva rusa. Marca el fracaso parcial de un modelo: el desgaste terrestre rinde cada vez menos, y Moscú intenta compensarlo con una campaña aérea que mata más civiles y que se pondrá a prueba este invierno.

Cuando una guerra mide sus ganancias en kilómetros cuadrados y sus pérdidas en decenas de miles de hombres, la pregunta deja de ser quién puede avanzar un poco más. Pasa a ser cuánto puede pagar cada uno, y quién llega entero a la primavera. Mientras tanto, sigue sonando Vivaldi de fondo.

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