Irán bajo presión y el factor baluchi
- Santiago Lucero Torres
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Mientras Trump aumenta la presión, el régimen podría verse amenazado por un flanco: Baluchistán
Por Santiago Lucero Torres – Foro Argentino de Defensa
La guerra con Irán ya no se discute sólo en términos de blancos, radares o instalaciones. Se discute en términos de desenlace político. Trump empujó esa lógica al máximo con su exigencia de rendición incondicional y con declaraciones que, en la práctica, sugieren la posibilidad de una destrucción total del poder de combate iraní si Teherán no cede. Irán, a su vez, intenta sostener que resiste y denuncia un costo humano que va en aumento. Entre ambos relatos, lo que se está definiendo es otra cosa: cuánto puede aguantar el régimen sin quebrarse por dentro.
Ahí aparece el error de muchas coberturas. Miran el centro del tablero y olvidan los bordes. En guerras donde se busca doblegar a un Estado, lo decisivo rara vez es el golpe más “cinematográfico”. Suele ser la suma de frentes que obligan al poder a dispersarse, reprimir peor, cometer errores y perder control político. Cuando el sistema entra en estrés, la periferia puede convertirse en un acelerador.
Irán no tiene un solo frente interno. Tiene varios, y son distintos. En el noroeste, el mundo kurdo combina identidad, redes políticas y, en algunos casos, brazo armado. En el suroeste, los árabes de Juzestán tocan el nervio energético del país. En el noroeste también, el universo azerí es el elefante demográfico, con identidad fuerte, aunque, en general, menos volcado a la insurgencia. En el noreste, los turkmenos que suelen ser más un termómetro de la periferia que una amenaza estratégica. Este es el mosaico que va erosionando al régimen, cada uno a su ritmo y de distinto modo.
En ese mapa debemos poner la lupa sobre Beluchistán, por una combinación de razones bastante explosiva: frontera porosa con Pakistán y Afganistán, terreno ideal para guerra irregular, economías clandestinas que sostienen logística y refugio, y el factor sectario suní en un sistema chiita obsesionado con el control interno. Es un flanco que puede producir incidentes con impacto desproporcionado y, sobre todo, internacionalizar el problema justo cuando Teherán necesita concentración.

La fuerza baluchi, en términos simples, no cuenta con un ejército, ni un movimiento unificado, ni una estructura capaz de disputar territorio de manera sostenida. Es un mosaico de células y facciones, con un actor armado que se volvió el más visible en el lado iraní, con capacidad de emboscada, ataque a puestos y patrullas, golpes contra edificios estatales, secuestros y acciones de alto impacto mediático. Su fortaleza no está en la cantidad ni en el poder de fuego frontal. Está en el terreno, en la movilidad, en la clandestinidad, en el apoyo logístico transfronterizo y en la habilidad para obligar a las fuerzas de seguridad a jugar de visitante. Son pocos, pero pueden hacer mucho ruido y generar costos políticos grandes.
La realpolitik enseña que los Estados no eligen escenarios ideales, eligen entre opciones imperfectas. Incentivar un frente periférico puede aumentar el costo interno para Teherán en el peor momento. Sin embargo, la historia castiga la ingenuidad de promover sin control al enemigo de mi enemigo. Afganistán fue una lección grabada a fuego donde redes útiles en lo táctico terminaron incubando amenazas estratégicas, con Al Qaeda como recordatorio de que un aliado coyuntural puede volverse el problema dominante del día siguiente. Si el incentivo premia radicalización, el resultado al final será radicalización.

Por eso, si el objetivo serio es una normalización y democratización de Irán, la receta inteligente no es armar a alguien. Es separar comunidad de milicia. Los baluchis como población son un dato estructural pero los grupos armados son un instrumento coyuntural y riesgoso. El incentivo que sirve para un Irán futuro es político y social más que militar, donde se incluyan derechos, desarrollo, garantías culturales y religiosas, canales institucionales y una narrativa que no empuje a la periferia hacia el extremismo como única salida posible. En paralelo, cortar lo antes posible lo que convierte esa frontera en una incubadora de financiamiento clandestino, actividades criminales y refugios.
A la pregunta de si pueden los baluchis inclinar el desenlace, se debería responder que sí en un sentido realista. Pero no porque vayan a tomar cuarteles, sino porque un frente pequeño, bien ubicado y persistente puede obligar a un régimen ya presionado desde el aire y desde la diplomacia a elegir mal. Y cuando un régimen elige mal bajo estrés, acelera su propio desgaste.
La pregunta que me haría no es si Baluchistán puede ser una herramienta útil para eliminar de una vez a un régimen siniestro que ya ha asesinado a cientos de argentinos en el pasado y a cientos de miles en el mundo. Me preguntaría si ese mundo sabrá utilizar esa herramienta sin repetir los errores clásicos, como celebrar la caída de un orden sin tener idea de qué monstruo se está alimentando para el día después.
