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Irán y el riesgo de una guerra larga

 

Siempre que comienza una guerra, los que la hacen creen que será corta y simple. Nadie planifica una guerra convencional excesivamente larga, esto solo se piensa en escenarios de guerra asimétrica. Sin embargo, la historia demuestra que casi siempre las guerras son más largas y costosas de lo previsto inicialmente y casi nunca el plan original sobrevive los primeros disparos. Esta realidad parece ser el caso del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán.

Nadie en su sano juicio puede justificar al régimen terrorista de Irán y desear que dicho país pueda ser gobernado por gente civilizada y que respete no solo al resto del mundo sino a sus propios ciudadanos. Sin embargo, desear que caiga el régimen es distinto a que éste caiga. Y desear que Estados Unidos e Israel ganen la guerra es distinto a que efectivamente lo hagan.

La guerra es un acto político que responde a objetivos políticos, por lo que el triunfo en el campo de batalla no significa que se ha ganado la guerra, sino que la guerra se gana cuando se alcanzan los objetivos fijados antes de iniciar las acciones y cuando el costo de lograr esos objetivos es aceptable. Y esto último debe ser no solo internamente en términos de bajas y costo económico, sino también en las relaciones con otros países. Si alcanzar una victoria implica perder aliados valiosos o recibir sanciones internacionales, dicha victoria puede transformarse en una derrota.



Por otro lado, el poder de fuego no siempre asegura una victoria. Ya lo vimos claramente en Vietnam, Afganistán (tanto con la URSS como con Estados Unidos), Irak y en muchos otros conflictos.

En el caso de Irán creo que se parte de una situación compleja, en donde dos países atacan a Irán pero con objetivos diferentes: Israel busca decapitar al régimen y dejar al país sumido en un caos que implique que los iraníes pasen décadas peleando entre sí y dejen de ser una amenaza para Israel. Algo similar a lo logrado en Siria, Libia e Irak.

Por otro lado, Estados Unidos pareciera que inicialmente buscó debilitar al régimen para favorecer una revolución y a la vez debilitarlo para impedir que sea una amenaza, pero sin convertirlo en un caos. Esto último por la experiencia en Irak, Siria, Afganistán y otros países, donde ese caos favoreció el surgimiento de grupos aún más radicalizados como Estado Islámico. Además, Estados Unidos tenía claro que debía mantener seguro el Golfo Pérsico y garantizar a los países de su costa sudoccidental que estarían seguros, no solo para asegurar el flujo de petróleo, gas y fertilizantes desde el golfo, sino también porque dichos estados son de los mayores inversores en Estados Unidos y le dan legitimidad a la presencia estadounidense en la región.


Israel, por su parte, no ha dado signos de que le interese lo que ocurra en el Golfo Pérsico ni con los países árabes y su único objetivo es acabar con la amenaza de Irán. Esto tiene su lógica, ya que Irán apunta a tener armas nucleares y éstas tienen un único objetivo: Israel. Un Irán nuclear representaría una amenaza existencial inaceptable para Israel, ya que, en una guerra nuclear entre ambos, Israel llevaría todas las de perder, por el simple hecho de tener menor superficie y porque les preocupa que su pueblo sobreviva, algo que no puede decirse de los líderes iraníes.

Ambos países pueden atacar a Irán desde el mar y el aire sin mayores problemas. Al igual que en su momento planteamos con Venezuela, Irán no tiene ninguna capacidad de hacer frente al poderío de ambos estados. Su armamento convencional es casi en su totalidad obsoleto e inútil. Los F-4, F-14, Su-24, MiG-29 y demás son aviones llamativos e históricos, pero no son más que eso en el escenario del siglo XXI. Lo mismo con casi todos sus buques de guerra, donde la mayor amenaza son sus lanchas rápidas, no por su poderío individual, sino por la cantidad, que les puede permitir realizar ataques en enjambre difíciles de frenar en aguas restringidas como el Estrecho de Ormuz.

El problema es que Irán llevó previendo esto por más de 40 años, tanto la decapitación de su gobierno como la destrucción de sus fuerzas convencionales. Y eso los ha llevado a desarrollar planes para enfrentar esta situación. Por un lado, vemos la descentralización del régimen y la planificación de una estructura para ir reemplazando a los mandos que son muertos, así como el hecho de que muchas unidades del IRGC y las Fuerzas Armadas ya tenían sus órdenes de antemano y pueden actuar por su cuenta a pesar de la disrupción del sistema de mando y comunicaciones. Esta resiliencia vuelve mucho más compleja una victoria, ya que cada vez que se mata un líder, se designa otro y la guerra sigue hasta que ese sea eliminado y se designe otro.



Además, los ataques contra infraestructura como los depósitos de combustible en Teherán y otros blancos en las grandes ciudades pueden convencer a muchos iraníes descontentos con el régimen de que tienen un enemigo aún peor que su gobierno, por lo que pueden cerrar filas con su gobierno y apoyarlo, aunque no les guste.

Por otro lado, esta preparación de Irán se enfocó en la guerra asimétrica, por un lado, empleando su arsenal de misiles balísticos, pero sobre todo con sus drones. Los Shahed son sumamente económicos, fáciles de producir y sus lugares de lanzamiento son fáciles de esconder. Estados Unidos e Israel pueden golpear la capacidad de producción y los lugares de lanzamiento de misiles balísticos con cierta facilidad, ya que son fáciles de detectar, lo cual en algún momento implicará que Irán ya prácticamente no pueda lanzar más, pero muy difícilmente acaben con la capacidad de lanzar drones.

A la vez, los iraníes desarrollaron drones navales que ya se han visto en acción, los cuales se suman a la amenaza del minado y las lanchas rápidas contra la navegación.


Esto lleva al objetivo iraní para defenderse: Por un lado, generar un daño en los países árabes de la costa sudoccidental del golfo que, de mantenerse en el tiempo, generará un cansancio de dichos estados y una presión cada vez mayor hacia Estados Unidos para que llegue a un acuerdo con Irán. Por otro lado, mantener el bloqueo virtual del Estrecho de Ormuz, generando un costo inaceptable para las empresas marítimas, lo cual genera, como está sucediendo, la casi total paralización del tráfico de buques por la zona, implicando el aumento del precio del petróleo, el gas y los fertilizantes, entre otros productos. Esto ya está generando un impacto económico global que puede también llevar a un aumento en la presión contra Estados Unidos para acordar con Irán un cese del fuego.

El gobierno estadounidense, por lo que se ha sabido recientemente, había sido desaconsejado por el Pentágono de realizar este ataque dado que se daba por sentado que los iraníes bloquearían el estrecho. Sin embargo, no hicieron planes de contingencia para eso, esperando una victoria fácil y rápida y el colapso del régimen iraní. Por eso se ve que recién ahora empiezan a movilizar una fuerza expedicionaria hacia el golfo, que demorará varios días en llegar y algunos más en estar en condiciones de actuar, aunque no se sabe cuál será su objetivo.

Uno puede ser ocupar la isla de Kharg, por donde sale casi todo el petróleo iraní, pero dado el virtual bloqueo a Irán esto tendría un impacto limitado en el corto plazo y podría a la vez generar una acción de China, que se abastece en gran medida de petróleo iraní. China hasta ahora se ha mostrado como un espectador y solo ha instado a encontrar una salida pacífica, pero difícilmente acepte que el flujo de ese petróleo quede en manos de Estados Unidos.

Otro objetivo podría ser ocupar las islas del Estrecho de Ormuz y destruir toda la infraestructura militar iraní en las costas del estrecho, pero eso no impediría que Irán siga lanzando drones contra los buques, lo que podría hacer desde tierra adentro. Además, mantener tropas en el terreno implicaría bajas, pero, sobre todo se generaría otra cuestión: Por cuánto tiempo Estados Unidos debería mantener esas tropas y qué garantía habría de que, una vez retiradas, Irán no vuelva a atacar. La experiencia en Irak y Afganistán demuestran que ocupar no es lo difícil. Lo difícil es asegurar una paz y estabilidad a largo plazo, algo que no parece que Estados Unidos tenga previsto en Irán.

Irán es un país de casi 1,65 millones de kilómetros cuadrados con más de 93 millones de habitantes, casi 4 veces la superficie de Irak y más de dos veces la de Afganistán, que Estados Unidos nunca pudo controlar.



Además, hay que tener en cuenta que, si medimos la costa iraní sobre el Golfo Pérsico, el Estrecho de Ormuz y el Golfo de Omán, desde donde puede lanzar ataques contra la navegación civil, ésta tiene unos 1600 kilómetros de extensión, algo prácticamente imposible de controlar en su totalidad, por lo que siempre estaría la amenaza de nuevos ataques con drones aéreos, navales o lanchas.

Esto genera un escenario donde, si bien Estados Unidos e Israel pueden efectivamente neutralizar toda la capacidad de guerra convencional de Irán, tienen pocas posibilidades de anular su capacidad de guerra asimétrica. Por otro lado, es preciso tener en cuenta que, mientras los iraníes pelean desde su territorio, Estados Unidos lo hace desplegando unidades a miles de kilómetros de sus bases y con un costo muy grande, el cual no puede sostener de manera indefinida, a pesar de lo que diga Trump.

Israel pelea desde su tierra, pero también tiene un costo grande y un desgaste grande para sus fuerzas que no puede sostener de forma indefinida, aunque puede hacerlo por más tiempo que Estados Unidos, dado el mayor apoyo político ya que es un país que desde hace décadas pelea por sobrevivir.



Irán muy seguramente apueste a mantener una guerra de baja intensidad, volviendo excesivamente caro operar en el Golfo Pérsico para apuntar a una crisis económica que genere la presión suficiente en Estados Unidos para buscar una salida negociada. Los iraníes también saben que la sociedad estadounidense, especialmente quienes votaron a Trump, no quieren una guerra larga y que el apoyo a Trump irá cayendo en la medida que logren prolongar el conflicto.

A esto se suma el factor Rusia y la torpeza de Trump, que, justificándolo con la idea de bajar el precio del petróleo, ha eliminado las sanciones a Rusia para la venta del mismo, lo cual le genera a Rusia un enorme alivio en su economía y la posibilidad de recuperar su capacidad para seguir atacando a Ucrania. Esto hace que a Rusia le convenga que la guerra en el Golfo Pérsico se prolongue todo lo posible, para que Estados Unidos mantenga la eliminación de las sanciones y también se mantenga lo más alto posible el precio del petróleo, así se recupera su muy golpeada (por los ucranianos) economía. Por esto, es esperable que apoyen a sus aliados iraníes a que al menos puedan mantener el conflicto, lo cual significa que la medida de Trump, indirectamente puede jugarle en contra, justo cuando las elecciones de medio término se van acercando y Trump debe convencer a sus votantes que vino a terminar con las guerras, algo que hasta ahora no parece que esté ocurriendo.



 Esto puede significar que, mientras Trump y Estados Unidos puedan ganar la guerra convencional, no alcancen el objetivo político que dio origen a esta guerra o generen costos demasiado altos al alejar a los países árabes, así como por mostrar que se fue a una guerra sin una planificación realmente efectiva que contemple todas las alternativas, como obliga cualquier plan para una guerra.

En este punto cabe preguntarse hasta cuánto tiempo Trump está dispuesto que dure la guerra, qué costo está dispuesto a pagar, qué objetivo político espera alcanzar y cuánto está dispuesto el resto del mundo a dejar que el Golfo Pérsico siga cerrado.

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