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La industria de defensa como pilar del desarrollo

Hace un par de semanas, por alguna razón di con el perfil de Facebook del líder de una ONG liberal de la Argentina, donde, como en tantos otros sitios, la defensa de repente pasaba a ser el tema relevante luego de la tragedia del submarino ARA San Juan. Como en tantos otros lugares, de golpe encontramos expertos en defensa graduados en la Universidad de las Redes Sociales y los Medios de Comunicación Masivos, con maestría obtenida en el taxi y un posgrado en “lo leí en Wikipedia o en Taringa”. En uno de los posts, el dueño del perfil se refería a que la industria de defensa es deficitaria y que no tiene sentido que un país como la Argentina la tenga.

Es cierto que un estado mal administrado es una de las principales causas de cualquier crisis económica y que la defensa, a simple vista, parece ser una enorme bomba de recursos que, a simple vista, no generan nada, más en un país que solo tuvo una guerra en 150 años y en la cual, además, obtuvimos el segundo puesto entre dos contendientes.

Es lógico el razonamiento de que si el país no necesita gastar mucho en defensa no tiene sentido desarrollar una industria de defensa.

Sin embargo, se puede ver que hay dos aspectos comunes en casi todos los países desarrollados económicamente: Un fuerte nacionalismo (y proteccionismo sea explícito o implícito) y un desarrollo a gran escala del sistema de defensa, incluyendo su industria. No voy a analizar si eso es bueno o no o si es el ideal que debe perseguir una nación, pero simplemente es la realidad del mundo desde que existen las civilizaciones.

Incluso se puede ver que dos países que han sido neutrales en todas las guerras del siglo XX, a pesar de estar en el centro de la zona de conflicto, como son Suiza y Suecia, son de los países más militarizados del mundo y con unas de las industrias de defensa más desarrolladas.

Habiendo tenido la oportunidad de recorrer Suiza con militares pude tomar conciencia de que el país es una gran base militar (algo que pocos saben), donde todos los puentes de los pasos en los Alpes tienen explosivos, donde hay más de 2000 kilómetros de bunkers y túneles en las montañas, posiciones de artillería en muchas montañas y uno encuentra unidades militares por todos lados. Lo mismo ocurre en Suecia, país que, por ejemplo, desde siempre desarrolló sus propios aviones de combate para su Fuerza Aérea, sin comprar nunca en el extranjero. Parece un derroche de dinero, pero ese desarrollo propio les permitió obtener un lugar importante en el mercado de la defensa mundial y una generación importante de ingresos. Además, cuentan con la total independencia tecnológica en cuestiones de defensa y eso se ha volcado al mercado civil.



Lo mismo se puede decir de otros estados como Singapur o incluso de Japón, que no ha participado en ningún conflicto luego de 1945 pero mantiene una industria de defensa gigante (que, además, por políticas del país, no ofrece sus productos a la exportación).

Pero hay un aspecto más importante en todo eso. Normalmente uno escucha que es el emprendimiento privado el que ha llevado al desarrollo tecnológico, gracias a la iniciativa por emprender que tiene el empresario y que no tiene el empleado público. Esto es cierto en parte. O sea, es cierto que es el empresario privado el que tiene ganas de emprender y pone su empeño en ganar plata, mientras que el empleado solo espera su pago a fin de mes. Pero también es cierto que casi todos los grandes avances tecnológicos de los últimos cien años pudieron ser viables gracias a que hubo alguien que puso plata sin intención de obtener ganancias, sino en pos de un beneficio estratégico de mucho más largo plazo: la defensa.

Y en esto hay que entender que la defensa no es más que un brazo de la política exterior de un país. No es solo un instrumento de guerra, sino fundamentalmente para el comercio y la protección de los intereses de los ciudadanos de un país.

Casi al mismo tiempo en que leía que la industria de defensa es un gasto, un amigo presidente de una empresa tecnológica volvía de uno de los viajes que organiza al Silicon Valley para sus clientes y le pedí que escriba un artículo sobre lo que había visto para la revista de maquinaria agrícola de la que soy editor. De su artículo me sorprendió algo que no esperaba y fue que, al hacer una breve reseña de la historia del lugar de donde nace gran parte de la tecnología que hoy tenemos, sitúa a la defensa como uno de los pilares fundamentales, ya que fue este sector el que proveyó los fondos para que los cerebros pudieran hacer realidad sus ideas.

Guste o no, la industria de defensa y seguridad es la que hoy en el mundo (hoy y al menos en los últimos 6000 o 7000 años) ha traccionado el desarrollo tecnológico y la economía de todas las potencias. Si es bueno o malo es otra discusión, pero el pacifismo hasta ahora no ha sido otra cosa que algo muy útil también a esta industria (ciudadanos pacifistas son víctimas más fáciles de los locos y, por ende, reclamarán más seguridad desde el estado).

La industria de defensa, si uno la mira netamente desde el punto de vista económico cortoplacista, es siempre un gasto y nunca una inversión. Se gasta en cosas para destruir cosas, se destruyen cosas para volverlas a construir. Pero, guste o no, así ha funcionado el mundo y así seguirá funcionando. Basta leer un poco de historia. Y creer que el mundo va a cambiar, que vendrá un nuevo hombre y que todos serán felices conviviendo en armonía pacífica es un lindo cuento, pero, seamos francos, no es más que una fantasía que, al menos en el corto o mediano plazo, no va a ser realidad.

Como ejemplo, el avión se inventa a comienzos del siglo XX, pero su desarrollo fue muy lento hasta que la I Guerra Mundial llevó a que los países gasten enormes fortunas para impulsar su desarrollo. Y no fue hasta la II Guerra Mundial en que se volvió a dar otro enorme salto, que continuó gracias a la Guerra Fría.

Hoy, casi toda la tecnología de la que disponemos es gracias a esa vocación de la humanidad por matarnos unos a otros. La telefonía celular, cámaras digitales (todo, absolutamente todo lo digital), internet, las computadoras, la aviación moderna, comunicaciones satelitales, satélites, etc., todo nació para poder hacer bosta a un montón de gente y después vimos que era útil para otras cosas que para quienes las imaginaron eran menos atractivas.



Una cámara digital como la que lleva un teléfono hoy cuesta unos 10 o 20 dólares producirla y es un gran generador de ingresos para las fábricas que las hacen. Sin embargo, pocos saben que hoy tenemos cámaras digitales porque hace unos cincuenta años las grandes potencias idearon la idea de hacer espionaje desde satélites y no encontraban la manera de que las fotos que se tomen en el espacio se puedan enviar a la tierra para ser procesadas. Enviar una película era inviable, así que se requería poder enviar las fotos por señales de radio y así nacieron las cámaras digitales. Pero llevó más de 30 años de desarrollo y miles de millones de dólares hasta que se dieron cuenta de que ya su costo de producción las hacía viables para venderlas en el mercado civil. Lo mismo ocurrió con los GPS, las computadoras, las pantallas de cristal líquido (ya en los años 80 recuerdo haber leído sobre éstas, que recién estuvieron disponibles para el mercado civil 20 años después) y ni hablar de la robótica. Hoy todos hablamos de drones, sin recordar que ya se usaban en la Guerra de Vietnam.

Así, la industria de defensa, al perseguir la obtención de un producto sin pensar en el retorno económico, permite sostener a pérdida durante muchos años el desarrollo de nuevas tecnologías, algo que ninguna empresa puede hacer si espera solo obtener rédito en el sector civil. Ninguna empresa iba a invertir miles de millones en cámaras digitales esperando empezar a recuperar su inversión 30 años después, ni en desarrollar sistemas de comunicaciones celulares en los años 60 ni en lanzar cientos de satélites al espacio desde fines de los 70 para que hoy podamos llegar fácil a destino mientras una voz nos dice “recalculando”.

Entonces, una industria de defensa no es solo estratégica, es lo que tracciona todo lo demás, así ha sido y es en todo el primer mundo. En EEUU, en Europa, en Rusia, en China, en Japón y en todos los países industrializados. La rentabilidad no es directa, sino que es esa inversión la que lleva a desarrollar capacidades que luego se hacen viables para ofrecer en el mercado civil y ahí se logra la rentabilidad.

¿Qué ganan entonces los estados al invertir en defensa? Primero, hay que ser realistas, un país militarmente poderoso se sienta con otro poder en cualquier mesa de negociaciones y puede imponer su visión. Basta ver quiénes tienen silla permanente y poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y no es precisamente por sus ondas de amor y paz. Guste o no, aunque creamos en el libre mercado, el mercado será siempre más “libre” para el más poderoso y el resto deberá agachar la cabeza. Y así lo entienden las grandes potencias, que no dudan en comprar aviones de combate que cuestan 200 o 300 millones por unidad. ¿Eso cambiará? No, mientras el hombre sea hombre.

La inversión en defensa, entonces, se recupera a través de los buenos negocios que la posición de poder que se obtiene les permite hacer a un país y sus empresarios. Decirlo es políticamente incorrecto, pero no por eso es menos real.

Además, la inversión en defensa permite en el mediano o largo plazo poder desarrollar capacidades tecnológicas para producir bienes y servicios para el mercado civil, pudiendo así tener una economía más competitiva.



La propia historia de la Argentina, con sus vericuetos surrealistas de republiqueta latina, es un ejemplo, ya que gran parte de la industria nacional, mala o buena, nació por un interés desde la defensa, como fue la industria metalúrgica, la aeronáutica, naval, automotriz, lo que hoy significa INVAP como una de las industrias tecnológicas más importantes de América Latina, el desarrollo energético, nuclear, espacial y muchas otras áreas más, que nacieron por una visión estratégica para la defensa.

Por supuesto que cualquier proyecto de desarrollo en defensa debe formar parte de un plan estratégico. El know how en la Argentina está, es un largo camino ser rentable o lograr que toda la industria que sigue por arrastre sea rentable. Ese debe ser el objetivo, que detrás de la industria de defensa venga una industria privada con objetivos civiles que se nutra del conocimiento obtenido, es lo que hacen todos los países desarrollados.

Así, la idea de que la industria de defensa es un gasto que no se recupera demuestra una visión de muy corto plazo y de muy poco alcance, de falta de capacidad de ver la película completa y solamente mirar un fotograma. O simplemente de allanar el camino para la industria de defensa de otros países, eliminando competidores.


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Pucará Defensa

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