top of page

La red de Corea del Norte: el hilo oculto que conecta Asia, Medio Oriente y Ucrania

hace 54 minutos
10 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca


La próxima vez que Donald Trump se fotografíe junto a Kim Jong Un, quizá dentro de unas semanas, la escena debería leerse más allá del gesto diplomático. La pregunta que importa no es qué tan simpático se verá el encuentro, sino qué armas, tecnologías y capacidades militares ayuda a preservar ese vínculo personal, y qué consecuencias tiene eso para Israel, Ucrania y, sobre todo, para Corea del Sur.

Detrás de esa diplomacia de gestos existe una red construida durante más de cuatro décadas que conecta tres frentes que la Casa Blanca suele analizar por separado: Asia-Pacífico, Medio Oriente y Ucrania. Corea del Norte no es solo el problema de una península dividida.

El vínculo más antiguo y mejor documentado es con Irán. Nació en los años ochenta, durante la guerra entre Irán e Irak, cuando Pionyang se convirtió en uno de los principales proveedores de misiles de Teherán. Irán recibió misiles Scud-B y Scud-C norcoreanos y, con ayuda técnica de Pionyang, instaló su primera fábrica nacional de ensamblaje; de allí surgieron el Shahab-1 y el Shahab-2, derivados de los Hwasong-5 y Hwasong-6.

El salto definitivo llegó con la transferencia del Nodong-1, reproducido casi en espejo como Shahab-3 y con unos 1.300 km de alcance. La Arms Control Association señala que los misiles iraníes de alcance medio derivan de la tecnología Scud norcoreana y que el Shahab-3 equivale, en la práctica, al Nodong. Un funcionario estadounidense llegó a definir a Pionyang como el principal proveedor de tecnología balística de la República Islámica. Esta no es una lectura aislada: un informe de 2021 de un panel independiente de expertos de Naciones Unidas confirmó que Corea del Norte e Irán habían retomado la cooperación en misiles de largo alcance, incluida la transferencia de componentes críticos ese mismo año, aunque Teherán niega oficialmente cualquier colaboración de este tipo con Pionyang.

No fue una simple venta, sino una transferencia industrial completa —planos, componentes, asesoría técnica— que enseñó a Irán a fabricar, modificar y mejorar sus propios vectores. Del Shahab-3 derivaron el Ghadr y el Emad, con ojivas rediseñadas, maniobra terminal para evadir defensas y hasta 1.900 kilómetros de alcance. El Khorramshahr, uno de los misiles más pesados del arsenal iraní, se basa en el Hwasong-10 o Musudan, desarrollado a partir de planos del soviético R-27. Con el tiempo el circuito se volvió bidireccional: desde comienzos de la década de 2020, los avances iraníes en misiles sólidos de mayor precisión, como la familia Fateh, empezaron a interesar también a Pionyang, que los incorporó para mejorar sus propios sistemas móviles.

Vale recordar que las variantes de esos misiles son lanzados contra las ciudades ucranianas, israelíes, de los países del Golfo o contra las bases de Estados Unidos en Medio Oriente por diferentes partes de un mismo eje. La cooperación entre Irán y Corea del Norte es solo una cara del gran prisma autocrático.

Pero el aporte norcoreano a Irán excedió los misiles. Pionyang le transfirió también su experiencia en construcción subterránea, desarrollada durante décadas para resistir un eventual bombardeo estadounidense. Según el analista Bruce Bechtol —uno de los especialistas que más ha estudiado esta relación— ingenieros norcoreanos participaron desde comienzos de los 2000 en instalaciones iraníes endurecidas, incluidas las excavaciones de los complejos nucleares de Natanz e Isfahán. Un estudio del Foreign Policy Research Institute respalda en líneas generales esa idea, al describir un paquete de asistencia técnica norcoreana en el terreno a partir de 2005 para fortificar la infraestructura de defensa del programa nuclear iraní.



El resultado, según Bechtol, es una red de instalaciones y búnkeres nucleares diseñada para sobrevivir incluso a las bombas antibúnker estadounidenses más avanzadas. Esa infraestructura endurecida es hoy, para buena parte de los analistas que siguen el tema, más relevante que el mero intercambio de misiles: mientras un misil puede destruirse en un ataque, un complejo excavado en roca puede sobrevivir a una campaña aérea completa. Si esa capacidad subterránea otorga ventaja militar en Irán, la ofrece también en caso de planificar la neutralización del aparato nuclear y convencional de Kim Jong Un.

En 2026, el exdiplomático norcoreano Ryu Hyun-woo desertó a Corea del Sur. Sirvió en la cancillería norcoreana hasta 2019, con buena parte de su carrera dedicada a Medio Oriente entre 2010 y 2016. Declaró ante un centro de estudios surcoreano que Pionyang cobró unos 25 millones de dólares por transferir tecnología de túneles a Irán a comienzos de los 2000. Negó que Corea del Norte mantuviera vínculos directos con Hezbolá o Hamás, aunque admitió que no podía descartarse que Irán les hubiera reenviado parte del conocimiento recibido de Pionyang. Sin embargo, hay indicios que refuerzan esa sospecha.

La misma huella técnica de cooperación aparece en la guerra subterránea de Medio Oriente. Un informe de julio de 2021 del Centro de Investigación y Educación Alma, con sede en Israel, documentó que la sancionada Korea Mining Development Trading Corporation (KOMID) participó en la construcción de un sistema de túneles de 45 kilómetros para Hezbolá, mediante un acuerdo con una empresa fachada norcoreana valuado en unos 13 millones de dólares y completado en 2021. Es razonable pensar que, por ser parte del mismo ecosistema de la Fuerza Al-Quds iraní, ese conocimiento haya llegado de forma indirecta a Hamás y al llamado Metro de Gaza, que sus propios dirigentes estimaban en unos 500 kilómetros en 2021. Existen, sin embargo, diferencias notables: los túneles norcoreanos admiten el paso de vehículos blindados, mientras que los de Hamás, según el Instituto de Guerra Moderna de West Point, son mucho más angostos, condicionados por el terreno de Gaza y por la necesidad de eludir la vigilancia israelí.

La conexión también aparece en las armas. Tras la masacre del 7 de octubre de 2023, Israel y la inteligencia surcoreana hallaron entre el material incautado a Hamás lanzagranadas norcoreanos F-7 y fusiles Tipo 58, la versión local del AK-47. El patrón ya se había insinuado en diciembre de 2009, cuando un avión que debió aterrizar de emergencia en Bangkok transportaba 35 toneladas de armas norcoreanas declaradas falsamente como equipo de perforación, con destino final en Teherán y, según la investigación posterior, Hezbolá y posiblemente Hamás como receptores últimos.

Es entonces que aparece otra huella vincular difícil de rastrear y de neutralizar. Aunque sea de manera indirecta, Corea del Norte forma parte del ecosistema de proxies iraníes. Por eso resulta más complicado suponer una ventaja en la tolerancia con las prácticas de Kim Jong Un, por más simpático que pueda resultar para organizar cumbres o crear memes para las redes sociales.



Corea del Norte no reconoce la existencia del Estado de Israel. Los coqueteos de Trump con el líder norcoreano suman entonces otro punto de fricción para la relación con Netanyahu, que además sabe que está en la mira de los misiles iraníes que los norcoreanos ayudan a mejorar y lo estará de las ojivas nucleares persas si la paciencia excesiva con Kim Jong Un contribuye a que la relación tecnológica con los ayatolás derive en una cooperación aún más profunda.

La hostilidad del régimen norcoreano hacia Israel lleva más de seis décadas: no reconoce al Estado judío y llegó a calificarlo como una “entidad cancerígena para la paz de Oriente Medio”.

Hay incluso una cercanía política de Pionyang con los grupos palestinos más violentos anterior a la revolución iraní de 1979. Corea del Norte entrenaba militantes de la OLP desde los años sesenta; George Habash, líder del Frente Popular para la Liberación de Palestina, visitó Pionyang en 1970. Miembros del Ejército Rojo Japonés formados allí perpetraron en 1972 el ataque al aeropuerto israelí de Lod, que dejó 26 muertos. Durante la invasión israelí del Líbano de 1982, Israel capturó a 24 norcoreanos que entrenaban a combatientes de la OLP.

Aclaremos que bajo esa fachada ideológica domina, sobre todo, un incentivo económico. Corea del Norte necesita divisas bloqueadas por las sanciones; Irán necesita tecnología militar y vías para sortear su propio aislamiento financiero. No hay registros oficiales de un canje regular de petróleo por armas —ambos países sufren embargos de la ONU y de Estados Unidos—, pero agencias de inteligencia y firmas de rastreo marítimo documentaron triangulaciones mediante transferencias de barco a barco y empresas fachadas en jurisdicciones laxas: la llamada flota fantasma, que también permite a Rusia abastecer de crudo a Pionyang.

Los hutíes yemeníes muestran cómo una tecnología puede reaparecer décadas y gobiernos después de su transferencia original. Yemen había comprado a Corea del Norte misiles Hwasong-6, variante del Scud; al capturar los arsenales estatales, los hutíes los heredaron y, con ingenieros iraníes, los modificaron para atacar objetivos a cientos de kilómetros y hostigar la navegación del mar Rojo. Un panel de expertos del Consejo de Seguridad de la ONU también documentó intentos de KOMID de venderles armas directamente, eludiendo el embargo internacional mediante Siria como puente logístico.



La lección común explica el límite de las sanciones contra el régimen de Pionyang: pueden encarecer un programa o bloquear una venta puntual, pero pierden buena parte de su eficacia una vez que el conocimiento ya fue transferido y una industria local aprendió a reproducirlo por su cuenta. El propio programa norcoreano —y la infraestructura iraní que ayudó a construir, hoy casi inmune a las armas convencionales— ilustran esa limitación mejor que ningún otro caso, y también los límites de apostar todo a la diplomacia personal.

En ese punto tenemos un derrame de la cuestión. Corea del Norte aporta tanto al asedio iraní sobre el tráfico en Ormuz como el que ejecuta su proxy, los hutíes, sobre los buques que pasan por Bab el Mandeb hacia el Mar Rojo. Allí el perjuicio recae sobre la economía global y existe un interés concreto involucrado en este intento de recuperar al “dictador cool” de Pionyang.

Luego hay otra capa, la moral, que invita a reflexionar si una simpatía política justifica alivianar la mirada sobre un dictador que forma parte de una dinastía comunista que rige un campo de concentración de 120.538 km² con 26,4 millones de norcoreanos dentro. Puede que para muchos aún valga la pena por el objetivo de controlar el programa nuclear de Corea del Norte. Sin embargo, la experiencia indica que ya se intentó y no hubo éxito.

La reunión de Trump y Kim en Singapur, en junio de 2018, pareció histórica. Pionyang mantuvo ese año una moratoria autoimpuesta sobre los ensayos balísticos de largo alcance. Pero la cumbre de Hanói, en febrero de 2019, terminó sin acuerdo, y Corea del Norte retomó las pruebas: unos 25 lanzamientos ese año, según el Centro James Martin para Estudios de No Proliferación. Meses después Trump volvió a reunirse con Kim y cruzó simbólicamente la línea de demarcación en la Zona Desmilitarizada; el gesto no alteró la trayectoria militar norcoreana.

Tras la baja actividad de la pandemia, las pruebas se dispararon. En 2022 hubo más de 60, incluidos nuevos ensayos intercontinentales. En 2023 apareció el Hwasong-18, el primer ICBM de combustible sólido, que reduce drásticamente el tiempo de preparación del lanzamiento y dificulta su destrucción en tierra; después llegaron el Hwasong-19, misiles de corto alcance maniobrables y planeadores hipersónicos. SIPRI estima hoy entre 60 y 100 armas nucleares ensambladas. Ni la diplomacia personal ni las sanciones detuvieron el programa: en todo caso lo volvieron más sofisticado, más móvil y difícil de interceptar.

Siete años después de aquel cruce de frontera, Trump retoma su apuesta personal en un momento delicado para Corea del Sur. El 16 de agosto de 2026 ordenó reducir el ejercicio Ulchi Freedom Shield de once a cinco días y suprimir su segunda fase, según Reuters, mientras exige a Seúl cerca de diez mil millones de dólares anuales por la presencia militar estadounidense y mayor alineamiento frente a Irán. El canciller surcoreano Cho Hyun dijo el 19 de agosto que el recorte parecía parte de una estrategia más amplia de presión; Seúl afirmó haber sido sorprendido y no consultado.



La paradoja es evidente: Washington pide más dinero y alineamiento al aliado que aloja unos 28.500 militares estadounidenses frente a un vecino nuclear, pero ofrece diálogo y distensión al régimen que amplía ese arsenal, desarrolla misiles intercontinentales y coopera cada vez más con Rusia e Irán. Reducir ejercicios no equivale a abandonar a Corea del Sur, ni dialogar con un adversario nuclear es un error “per se”. El problema surge cuando las preferencias personales debilitan la disuasión sin concesiones verificables y sin coordinación con el aliado más expuesto.

Kim tampoco negocia desde una posición estática. Desde 2024 Corea del Norte envía tropas y municiones a Rusia y el vínculo se profundizó con un tratado de asociación estratégica que incluye compromisos de defensa mutua, según Reuters. A cambio, Moscú ofrece recursos, tecnología y respaldo diplomático. Ucrania se volvió un laboratorio real para un ejército acostumbrado a simulaciones: sus soldados observan de primera mano drones y guerra electrónica, y sus municiones reciben una evaluación imposible de replicar en maniobras domésticas. Esa dimensión rusa altera toda la ecuación: Pionyang, que durante décadas fue sobre todo un proveedor tecnológico de Teherán, ahora también recibe de un tercer socio experiencias que pueden reforzar indirectamente su propio arsenal y, por esa vía, sus otros vínculos.

Detrás de ese triángulo hay un cuarto socio menos visible pero decisivo: China, cuyo peso económico sostiene al resto del bloque informal que analistas de centros como el CSIS empezaron a llamar CRINK, por las iniciales en inglés de China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Según estimaciones de distintos centros de estudios, Beijing concentra la amplia mayoría del comercio oficial norcoreano —cifras cercanas al 90 por ciento son las más citadas—, compra buena parte del petróleo sancionado que Rusia e Irán no logran colocar en otros mercados y tolera, sin respaldar abiertamente, el tránsito de componentes de doble uso hacia la industria de defensa de sus tres socios.

China evita enviar tropas o armas letales y procura no confrontar directamente con Estados Unidos. Pero su cobertura económica y diplomática —incluido el bloqueo reiterado de nuevas sanciones en el Consejo de Seguridad— es la que en última instancia permite que Pionyang transfiera tecnología a Teherán, envíe soldados y municiones a Moscú y acelere sus propios misiles sin quedarse sin oxígeno financiero.



Ahí reside el verdadero dilema para cualquier estrategia estadounidense hacia Pionyang. Trump puede negociar con Kim y apostar por la relación personal —con cierto fundamento, dado el fracaso de la presión pura durante casi una década—, pero el costo de esa apuesta no puede medirse solo dentro de los límites de la península coreana. Mientras tanto, Corea del Norte envía ayuda a Rusia, Rusia la usa para atacar a Ucrania, e Irán y los grupos armados de Medio Oriente emplean el mismo circuito para atacar a Israel: todos forman parte de una guerra que ya no pertenece a un solo continente. Y mientras tanto, reducir ejercicios conjuntos sin concesiones verificables debilita la disuasión frente a Seúl y Tokio, y le da a Pionyang más margen para profundizar tanto su proliferación como su aprendizaje de combate.

Es por eso que el error sería seguir tratando a los tres conflictos como un expediente regional aislado. La imagen de Trump cruzando la frontera junto a Kim en 2019 fue histórica. Pero hoy pesan más otras fotografías, aún no reunidas en un solo cuadro: un misil norcoreano disparado en Ucrania, un misil iraní nacido de tecnología de Pionyang apuntando hacia Tel Aviv, Ormuz o Bab el Mandeb, y un misil intercontinental norcoreano apuntando hacia territorio estadounidense. Tres escenarios que, mirados de cerca, resultan ser una sola cadena. Y en el centro de esa secuencia, casi siempre, aparece Corea del Norte.

Sonreírle a Kim mientras Pionyang sostiene a Mojtaba Jamenei, que a su vez amenaza a Donald y a Benjamín, y mientras Vladimir dispara contra Volodímir con misiles que llevan la firma de Kim, es una secuencia demencial que ninguna lógica estratégica alcanza a justificar como simple preferencia personal.

bottom of page