Minerales críticos: La oportunidad que América Latina no puede volver a desperdiciar en el marco de la transición energética global

Por Agustina Sánchez Castro
Vengo siguiendo el tablero de los minerales críticos desde hace un tiempo y cada vez llego a la misma conclusión: La región de América Latina tiene en sus manos una ventana de oportunidad que no se repite dos veces en un siglo y todavía no decidió si va a tener voz y cabeza propia o una vez más, que decidan por ella. Todo esto se da, además en un momento en que vuelve la bipolaridad a la escena global, con Estados liderando un bloque y China liderando el otro. Cada vez más, estos recursos que antes se pensaban solo en términos comerciales terminan integrando el catálogo de insumos estratégicos para la defensa: cobre, litio y tierras raras que aparecen hoy en radares, drones, sistemas de misiles y equipamiento militar que se está desarrollando en el mundo. Eso cambia por completo la manera en que hay que leer cada acuerdo internacional de carácter minero que se firma en la región, incluidos los que firma Argentina.
La transición energética cambió las reglas de la geopolítica global mucho más rápido de lo que buena parte de la región se dio cuenta. Litio, cobalto, níquel, tierras raras, cobre, son insumos claves que necesita cualquier país que quiera fabricar baterías, autos eléctricos, turbinas eólicas, inteligencia artificial y sistemas de defensa. Según estudios de la Agencia Internacional de Energía calcula que la demanda de estos minerales se va a triplicar para 2030 y a cuadruplicar para 2040 en el escenario de cero emisiones netas de carbono, y que después de años de precios en baja, el cobre, el aluminio y el estaño ya volvieron a subir con fuerza desde 2025, con el cobre en máximos históricos. China entendió este panorama antes que nadie y hoy controla cerca del 70 % del procesamiento mundial de litio, casi el 80 % del cobalto y más del 90 % de las tierras raras. Estados Unidos reaccionó tarde y ahora corre atrás con reservas estratégicas, memorandos y cumbres ministeriales para asegurarse un lugar en la mesa. La respuesta de Occidente al dominio chino viene con nombre propio: Inflation Reduction Act, el Project Vault en Estados Unidos, Critical Raw Materials Act y el programa Resource EU en la Unión Europea y ahora el FORGE, un foro que armó Washington con socios europeos y asiáticos exclusivamente para esto, es decir, las potencias centrales decidieron no depender más de un solo proveedor y la búsqueda de socios alternativos con los que tengan a mano, y en esa mesa, guste o no, hay sillas para América Latina.

La región tiene más del 30 % de las reservas mundiales de cobre y cerca del 60 % de los recursos de litio, concentrados en el Triángulo entre Argentina, Bolivia y Chile. Es una posición que ningún analista serio discute. Lo que sí se discute y ahí es donde yo tengo mis dudas, es si los gobiernos de la región están gestionando esa posición con una estrategia propia o simplemente están firmando todo lo que les ponen adelante, conformes con la ilusión de sentirse parte de algo grande. No sería la primera vez que nos pasa. Raul Presbisch lo viene diciendo, en el fondo, desde mediados del siglo pasado, la región exporta materia prima barata e importa manufactura cara y esa ecuación no cambia sola porque el mineral de moda se llama litio en vez de trigo o petróleo. El riesgo de repetir el libreto está ahí, disfrazado esta vez de transición energética. Miro el caso argentino y lo primero que salta a la vista es el desorden. El artículo 124 de la Constitución Nacional le dejó a cada provincia argentina el manejo de sus recursos naturales y el resultado es un mosaico de reglas fiscales y ambientales que compite hacia abajo en lugar de coordinarse hacia arriba. A esto se suma que buena parte de las provincias mineras tampoco se ponen de acuerdo entre sí sobre qué exigirle a cada empresa, lo que termina jugando a favor de quien negocia del otro lado del mostrador. El RIGI vino a poner algo de previsibilidad: a julio de 2026 ya sumaba 21 proyectos mineros aprobados por casi US $47.000 millones, la mitad de ellos de litio, pero previsibilidad para el capital extranjero no es lo mismo que estrategia nacional. De los cinco megaproyectos cupríferos activos, ninguno es de una empresa argentina. Ni uno. Los Azules es de McEwen Cooper y Stellantis, El Pachón y MARÍA son de Glencore, El Distrito Vicuña (Filo del Sol y Josemaria) es de la australiana BHP y la canadiense Lundin Mining. Extraemos sí, pero decidir cuánto, cómo y a qué precio lo siguen decidiendo en oficinas que no están en Buenos Aires. Tampoco ayuda que la región llegue a esta mesa sin ponerse de acuerdo ni siquiera puertas adentro sobre cómo manejar sus propios recursos. Bolivia eligió el camino estatal, con YLB controlando toda la cadena del litio desde arriba, Chile y Perú apostaron a la apertura comercial con la minería representando cerca del 60 % de sus exportaciones y Argentina eligió un tercer camino, todavía más liberal que el de sus vecinos, dejar que cada provincia negocie por su cuenta con quien golpee la puerta. Ninguna instancia real donde discutir cuál de los tres conviene más a largo plazo. Bolivia, mientras tanto, atraviesa su propia transición política interna, lo que le suma incertidumbre a cualquier compromiso de largo plazo que firma hoy. Milei por su parte, parece cómodo con esa dispersión, encaja con su visión de que el Estado nacional debe correrse lo más posible del medio, pero me cuesta ver cómo esa lógica, llevada al extremo, no termina debilitando la capacidad de negociación del país frente a socios que si actúan como bloque. En el litio la foto es parecida, pero con un matiz interesante. Chile con su esquema de regalías escalonadas que le permite al Estado capturar hasta el 70 % del margen operacional en el Salar de Atacama, cerró 2025 con 116.000 toneladas de carbonato de litio y proyecta hasta 150.000 para este año. Argentina con un esquema fiscal mucho más liviano, crece todavía más rápido en términos relativos, procesó 11.466 toneladas solo en abril, un salto interanual del 60 % aunque deja bastante menos renta dentro del país por cada tonelada que sale. Todavía no tengo claro que el modelo argentino sea el más inteligente de los dos, aunque sea el que más entusiasma a los inversores esta temporada.

Ahora viene la parte que me genera algo de esperanza. El 28 de agosto, Chile, Argentina, Bolivia y Perú firmaron en Santiago una declaración conjunta sobre minerales estratégicos, el primer encuentro ministerial de los cuatro países dedicado exclusivamente a este tema. No hay cuotas, ni precios comunes, pero por ahora es más una foto que una política. Pero considero que es la primera vez que estos cuatro países se sientan a hablar de esto como bloque regional y no cada uno por su cuenta golpeando la puerta de Washington o Pekín por separado. Durante años, cada gobierno de la región negoció sus yacimientos mineros de manera aislada, como si el país vecino no estuviera sentado en la misma cordillera compitiendo por la misma inversión, que ahora se junten, aunque sea a firmar una declaración sin dientes, ya me parece un cambio de actitud que vale la pena señalar. Chile y Argentina ya venían avanzando un paso más concreto con los protocolos operativos para los proyectos binacionales en el Distrito Vicuña: Josemaria y Filo del Sur, y eso sí me parece una señal real de que algo puede estar cambiando puertas adentro de la cordillera.
El ministro de economía chileno Daniel Mas lo dijo con todas las letras al cerrar el encuentro: la transición energética y la inteligencia artificial van a demandar entre 400 % y 600 % más minerales críticos en la próxima década. Tiene razón. Lo que no dijo y lo que me parece que nadie está diciendo con la claridad que hace falta, es que, si esos cuatro países no logran ponerse de acuerdo en algo más que cooperación técnica, van a terminar compitiendo entre ellos a fuerza de bajar regalías y estándares ambientales, regalando cada vez más renta a cambio de la promesa de una inversión que después tarda una década en llegar.
Otra cosa que me llama la atención de la declaración de Santiago es quiénes la firman. Los cuatro gobiernos que hoy están sentados en esa mesa comparten una orientación parecida: apertura comercial, inversión extranjera, poco apetito por intervenir en los términos que negocia cada empresa. Eso no invalida el gesto de coordinación regional que me parece positivo en sí mismo, pero si me hace dudar de qué tan soberana en el sentido fuerte de la palabra, puede terminar siendo una alianza que por ahora no toca ni un punto porcentual de regalías ni discute condiciones comunes frente a los compradores externos.

Coordinar información geológica minera está bien. Coordinar una posición de negociación sería otra cosa, mucho más difícil y valiosa. Y ahí es donde vamos a saber, en un año o dos, si esto fue el inicio de algo serio o si se quedó en un apretón de manos para la foto. Tengo la sensación de que Argentina, en particular, está jugando este partido a la defensiva. El memorándum con Estados Unidos, con financiamiento del EXIMBank y la DFC, es un logro real y hay que reconocerlo: consolidar al país como socio prioritario de Washington en un momento en que el financiamiento monetario escasea en todos lados, pero ese alineamiento tiene un costo que se paga en cuotas y que casi nadie discute en voz alta, menos margen frente a China que sigue siendo clave en litio y que sostiene con Argentina un swap de monedas que salvó más de una crisis del BCRA. No es gratis elegir bando, aunque a veces se lo presente como si lo fuera. Y hay algo más que me preocupa, y que la geopolítica casi siempre deja para el final: la minería de litio en la Puna compite por agua con comunidades locales que llevan generaciones viviendo en una de las zonas más áridas del continente.
La Consulta Previa que exige el Convenio 169 de la OIT no es un trámite burocrático que se pueda saltear para acelerar un cronograma. La minería en el Noroeste ya generó cortes de ruta, amparos judiciales y demoras concretas en la inversión y eso prueba una sola cosa: ignorar el conflicto ambiental no acelera nada. Lo frena. Si me preguntan qué haría distinto, no tengo una fórmula mágica, pero tengo bastante claro que no se resuelve eligiendo entre Washington y Pekín como si fuera un examen de opción de multiple choice con una sola respuesta correcta, ni dejando que cada provincia negocie solo contra empresas transnacionales, que sí tienen estrategia global.
Me parece que hay que fomentar la construcción de infraestructura propia como rutas, ferrocarriles y puertos, que no dependa de un solo socio comercial. Sostener estándares ambientales que no se negocien a la baja cada vez que aparece un inversor extranjero con apuro. Y convertir la declaración de Santiago en algo más que una foto: En una posición de negociación conjunta de verdad, la primera que tendría este bloque de países frente a quienes hoy les compran casi todo lo que producen. Así que no, no me sumo al optimismo de que Argentina sea la próxima potencia minera. Tenemos Vaca Muerta, energía eléctrica, energía solar, energía eólica, litio, cobre. Eso es innegable. Lo que todavía no tenemos es la certeza de que vamos a jugar esas cartas con una estrategia propia, en lugar de dejar que Washington, Pekín o el próximo memorándum de turno decidan cual es nuestro lugar en el tablero geopolítico. La declaración de Santiago puede ser el primer paso hacia esa estrategia propia o puede terminar siendo otra foto protocolar que nadie recuerda dentro de cinco años. La geología ya puso el litio y el cobre bajo la cordillera de los Andes. Falta ver si la política argentina está a la altura de esa oportunidad.



