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Por qué un Super El Niño podría detonar la próxima gran crisis económica mundial


Por Ignacio Montes de Oca


Las grandes crisis económicas casi nunca comienzan donde todos las esperan. La de 1929 no nació únicamente en Wall Street. La de 2008 no empezó con la quiebra de Lehman Brothers. La pandemia tampoco fue la causa de todos los problemas que desencadenó: simplemente encontró a una economía mundial llena de vulnerabilidades y terminó por exponerlas. Hoy, mientras gobiernos e inversores observan con preocupación las guerras en Ucrania y Medio Oriente, la desaceleración china, la gigantesca deuda estadounidense y el frágil crecimiento europeo, otra amenaza empieza a ganar fuerza lejos de los mercados financieros. No proviene de un banco ni de un conflicto militar. Se está formando en las aguas del Océano Pacífico y podría convertirse en el detonante de la próxima gran crisis económica mundial.

Hay indicios que se reparten en todo el mundo. En China, las sequías redujeron el nivel de los embalses y obligaron a racionar electricidad en provincias industriales. En el canal de Panamá, la falta de lluvias redujo el nivel del lago Gatún y limitó el tránsito de buques, alterando el comercio internacional. Brasil sufrió sequías prolongadas en la Amazonia y en parte de su región agrícola, mientras el sur del país padeció inundaciones históricas. En Argentina, los extremos climáticos alternaron entre la peor sequía en décadas y lluvias que anegaron miles de hectáreas productivas. Indonesia, Francia y España enfrentaron incendios forestales favorecidos por la falta de precipitaciones, África oriental sufrió una de las peores sequías de su historia reciente y otras regiones experimentaron inundaciones excepcionales.

A inicios de agosto de 2026 el fenómeno ya no es una proyección distante. La NOAA y la Organización Meteorológica Mundial confirman que las condiciones de El Niño están presentes y se fortalecen. No hay consenso sobre si realmente sucederá el escenario más catastrófico, pero la prudencia sugiere tenerlo en cuenta porque donde sí existe un amplio consenso es en que los riesgos económicos asociados a los fenómenos climáticos están aumentando.

Existe un 81 % de probabilidad de que este fenómeno habitual alcance categoría de Super El Niño entre octubre y diciembre de este año, y un 97 % de que se prolongue al menos hasta la primavera de 2027. Algunos modelos apuntan incluso a que podría superar en intensidad a los grandes episodios de 1982-83, 1997-98 y 2015-16.

No es una hipótesis aislada. La OMM, la NOAA, el IRI de la Universidad de Columbia, el Banco Mundial y el FMI ubican a los episodios fuertes de El Niño entre los principales riesgos económicos de origen climático. Un estudio de Dartmouth College estimó que los eventos de 1982-1983 y 1997-1998 provocaron pérdidas acumuladas superiores a cuatro billones de dólares y frenaron el crecimiento de numerosos países durante más de una década. Ese daño equivale a varias veces el PBI de países como España o Australia. El perjuicio significa menor inversión y productividad, reconstrucción de infraestructura y más deuda pública.

Esta vez podría ser más costoso. En 1997, la globalización se expandía, China recién se consolidaba como fábrica mundial, Estados Unidos atravesaba un largo ciclo de crecimiento, Europa aún no sufría la crisis del euro y la deuda pública era menor. Hoy, los gobiernos llegan con menos recursos tras la pandemia, los subsidios energéticos y la crisis inflacionaria posterior a la invasión de Ucrania. Según el Instituto de Finanzas Internacionales, la deuda global superó los 353 billones de dólares en el primer trimestre de 2026: equivalente a más de tres veces toda la riqueza que produce el planeta en un año. Además, empresas, Estados y familias pagan tasas más altas, con menos margen ante otro shock.

La economía mundial también perdió capacidad para absorber pérdidas locales. La oferta de alimentos y materias primas se concentra en pocas regiones vulnerables: Brasil lidera las exportaciones de soja, azúcar y café; India aporta cerca del 40 % del comercio de arroz; Indonesia y Malasia, aproximadamente el 85 % del aceite de palma; Costa de Marfil y Ghana, cerca del 60 % del cacao. Australia es un gran exportador de trigo y Perú, un proveedor clave de harina y aceite de pescado. Si varios fallan a la vez, otros productores no pueden compensar rápidamente la oferta.



Esa concentración geográfica es el verdadero talón de Aquiles. Cuando varios de estos grandes proveedores fallan al mismo tiempo, el resto del mundo no tiene suficiente capacidad de reemplazo. El mercado llega más frágil que en episodios anteriores: la pandemia redujo reservas, la guerra en Ucrania alteró cereales y fertilizantes, y varios gobiernos ya limitaron exportaciones para proteger su propio abastecimiento. Una mala cosecha deja de ser un problema local y se convierte casi de inmediato en un shock de precios global.

A esa concentración se suma el calentamiento global. La temperatura media aumentó unos 1,3° C desde la era preindustrial y los océanos almacenan más energía. Investigaciones publicadas en Nature y Science, junto con estudios de la NOAA y la OMM, indican que el cambio climático no necesariamente multiplica los episodios de El Niño, pero sí puede intensificar sus extremos. Por cada grado adicional, la atmósfera retiene alrededor de un 7 % más de vapor de agua: cuando llueve, puede hacerlo con mayor violencia; cuando falta agua, las sequías y olas de calor pueden ser más severas.

Por eso, El Niño ya no se analiza sólo como un problema ambiental, sino como un multiplicador económico. Una sequía reduce la generación hidroeléctrica, eleva el uso de gas y carbón, encarece la energía y los fertilizantes, presiona los alimentos y obliga a mantener tasas altas. La alteración de las lluvias termina afectando inflación, inversión, empleo y crecimiento.

Las crisis modernas no quedan donde nacen: un virus paralizó el comercio mundial; una guerra en Europa del Este encareció el pan en África y la electricidad en Alemania; los ataques en el Mar Rojo alteraron las rutas entre Asia y Europa. Un Super El Niño sigue esa lógica, pero amenaza a la vez alimentos, energía, logística, finanzas y estabilidad política. La pregunta ya no es sólo cuán intensa será, sino si el mundo conserva defensas para otro gran shock.

La ciencia explica por qué unos pocos grados en la superficie del Pacífico pueden alterar la economía mundial. El calentamiento abarca millones de kilómetros cuadrados y modifica la circulación atmosférica que distribuye calor y humedad. El Niño no destruye directamente cosechas, industrias o puertos: cambia las condiciones climáticas de las que dependen la agricultura, la energía, el transporte fluvial, el agua y los precios.

El primer eslabón es la alimentación. Ninguna actividad depende tanto del clima: dos semanas de atraso en las lluvias reducen rendimientos; meses de sequía eliminan millones de toneladas. El riesgo es global porque muchos exportadores clave están expuestos a El Niño. Si varios pierden producción a la vez, faltan proveedores alternativos y los precios suben rápido.



El arroz resume esa fragilidad. Más de cuatro mil millones de personas lo tienen como alimento básico e India concentra cerca del 40 % de las exportaciones. Si El Niño debilita el monzón, bajan las reservas de agua y la producción. Nueva Delhi suele restringir ventas externas para proteger el mercado interno; la decisión reduce la oferta mundial y obliga a África, Medio Oriente y el sudeste asiático a competir por menos cereal. El golpe es mayor en los países pobres, donde la comida pesa más en el presupuesto familiar.

Brasil enfrenta sequías y olas de calor que afectan café, azúcar, soja, maíz y pasturas. El impacto cruza fronteras: China necesita soja brasileña para su producción porcina y avícola; Europa compra alimentos para ganado; y la industria utiliza azúcar y café del país. Una cosecha menor encarece balanceados, carne y productos básicos.

El café aporta otro ejemplo. Brasil produce aproximadamente un tercio del total mundial y Vietnam ocupa el segundo lugar. El Niño puede llevar sequía y calor extremo a Brasil, y déficit prolongado de lluvias a Vietnam, especialmente dañino. Si ambos fallan, casi no hay proveedores capaces de reemplazar ese volumen y el aumento llega desde las grandes compañías hasta los pequeños comercios.

El cacao combina riesgos climáticos y estructurales. Costa de Marfil y Ghana aportan cerca del 60 % de la producción, pero sus plantaciones ya sufren enfermedades, envejecimiento y temperaturas crecientes. Alteraciones adicionales de las lluvias tensarían un mercado que alcanzó máximos históricos.

La pesca peruana muestra la interdependencia global. La corriente fría de Humboldt lleva nutrientes y sostiene grandes poblaciones de anchoveta. Con un El Niño intenso, el agua superficial se calienta, el afloramiento se debilita, los peces migran o se reproducen menos y las capturas caen. La anchoveta abastece harina y aceite de pescado para acuicultura, aves y ganado: una caída encarece el salmón noruego, el camarón asiático, el pollo brasileño o el cerdo chino.

Pero la agricultura es sólo el inicio. Si las lluvias no llenan los embalses, el impacto pasa a la energía y tensiona todo el sistema económico.

La energía es el segundo eslabón. China, Brasil, India, Canadá, Noruega, Colombia y varias economías latinoamericanas dependen en buena medida de represas. Si las lluvias disminuyen, los embalses se vacían y cae la generación justo cuando el calor eleva el uso de aire acondicionado. Para cubrir la demanda, los países recurren a fuentes más caras.

China ilustra esa vulnerabilidad. Provincias industriales como Sichuan dependen de centrales sobre el Yangtsé y sus afluentes. En episodios recientes de calor y sequía, los bajos embalses obligaron a racionar electricidad, priorizar hogares y reducir o suspender producción fabril. Un Super El Niño podría ampliar ese cuadro: menos bienes industriales y más consumo de carbón y gas en un mercado ya tensionado.

Brasil, cuya electricidad proviene tradicionalmente en cerca de dos tercios de centrales hidroeléctricas, enfrenta el mismo dilema. Con menos agua incorpora generación térmica a gas, diésel o carbón, más costosa. La suba pasa a hogares e industrias, reduce competitividad y márgenes empresariales, y encarece bienes y servicios.

Si varios países compran más gas a la vez, la presión global aumenta. Europa perdió el gas ruso barato tras la invasión de Ucrania y lo reemplazó por gas natural licuado de Estados Unidos, Qatar y otros proveedores, con costos mayores. Una nueva demanda asiática obligaría a Europa a competir por un recurso limitado y agravaría la desventaja de su industria.

El gas también determina entre el 70 y el 80 % del costo de producir amoníaco, base de la urea y otros fertilizantes. Cuando sube, se encarecen los insumos agrícolas. Tras la invasión de Ucrania, ese mecanismo llevó los fertilizantes a valores históricos, redujo su uso y afectó rendimientos. El conflicto de Medio Oriente, agudizó aún más la crisis.

Un Super El Niño podría reactivar ese círculo: menos hidroelectricidad, más demanda de gas, fertilizantes más caros, costos agrícolas mayores y alimentos más costosos. Así, una alteración de las lluvias termina influyendo en el pan, la carne, la leche y los aceites vegetales a miles de kilómetros.



La inflación abre otro dilema. Si los bancos centrales bajan tasas para estimular la economía, pueden reavivar los precios; si las mantienen altas, prolongan el crédito caro, frenan inversión y actividad. El mundo ya vivió esa tensión después de la pandemia y la guerra en Ucrania. Una nueva suba de alimentos y energía podría demorar durante años la normalización monetaria.

Estados Unidos es especialmente sensible. Llega con una deuda federal cercana a 39,8 billones de dólares, déficits anuales próximos a dos billones y más de un billón anual en intereses. Si la inflación cede, la Reserva Federal puede bajar tasas; si alimentos y energía vuelven a subir, el gobierno deberá refinanciar su deuda en condiciones más caras. El shock climático se convertiría así en un problema fiscal y financiero para la mayor economía mundial.

El peligro, entonces, está en la interacción. Ninguna vulnerabilidad garantiza por sí sola una crisis global. Pero un evento capaz de afectar simultáneamente alimentos, energía, inflación, tasas, deuda y crecimiento puede cambiar el rumbo económico durante años.

Asia concentra buena parte de la producción industrial y agrícola del comercio mundial. Allí coinciden dependencia de lluvias estacionales, hidroelectricidad y exportaciones de materias primas. Por eso, una perturbación local puede cortar cadenas que abastecen desde fábricas europeas hasta supermercados latinoamericanos.

China enfrenta otra vulnerabilidad: y, como se vio antes, su aparato industrial depende del agua menos lluvias y embalses bajos tienen un efecto global: menos componentes electrónicos, maquinaria, químicos, baterías, paneles solares y bienes intermedios; más retrasos, costos e inflación. El clima se superpone con una debilidad interna: la mayor crisis inmobiliaria china reciente, desarrolladoras quebradas o reestructuradas, gobiernos provinciales endeudados y consumo por debajo de lo esperado. Si China además compra más carbón y gas para sustituir hidroelectricidad, presionará los mercados energéticos y agravará una desaceleración ya preocupante.

El efecto se esparce. Las sequías de El Niño reducen rendimientos y favorecen incendios. En 1997-1998 ardieron millones de hectáreas y el humo afectó transporte aéreo, salud y actividad económica en el sudeste asiático. Hoy, con mayor dependencia comercial, una caída de la producción golpearía de inmediato a industrias alimentarias y manufactureras globales.

Australia suele sufrir sequías, calor e incendios intensos. Como exporta trigo, cebada y carne vacuna, una caída de su oferta pesa más cuando otros productores también fallan. Además de cultivos y ganadería, se dañan pasturas, agua e infraestructura rural, con costos de recuperación de varios años.

El peso de la economía asiática amplifica cada impacto: menos agricultura encarece alimentos; menos hidroelectricidad eleva la demanda de combustibles; menos industria corta suministros; y la energía cara se traslada a miles de manufacturas. Ya no son crisis nacionales, sino una perturbación sistémica.

La geopolítica agrava el cuadro. El gas natural licuado que Asia necesitaría transita rutas ya tensionadas por el Mar Rojo y la incertidumbre en el estrecho de Ormuz. Europa depende de las mismas importaciones.

Un Super El Niño podría enfrentar a ambas regiones por un recurso limitado. El resultado sería energía más cara para la industria europea, electricidad más costosa y fertilizantes más caros justo cuando las cosechas también fallan.

Por eso, el Super El Niño se analiza junto con guerras, energía cara y deuda. Asia marcará buena parte de la evolución global, pero América Latina —gran proveedora de alimentos y materias primas— concentra otra pieza decisiva del efecto dominó.

América Latina aparece entre las regiones más expuestas porque abastece al mundo de alimentos, minerales estratégicos y materias primas. Una alteración importante de su producción repercute en inflación, comercio y crecimiento global. El Niño puede combinar sequías y calor, que reducen cultivos, pasturas y agua, con lluvias posteriores intensas, que causan inundaciones, erosión y problemas para llevar la producción a los puertos.

El impacto potencial es mundial. China necesita soja brasileña y argentina para su producción porcina; Europa compra balanceados y materias primas; África y Asia importan azúcar. Una cosecha menor encarece alimentos para ganado, carne y productos básicos, y aumenta el gasto alimentario de millones de hogares.



Argentina enfrenta el extremo opuesto. Como exportador de harina y aceite de soja, maíz, trigo y carne, puede sufrir lluvias excesivas en la región pampeana: se retrasan siembras y cosechas, se dañan caminos rurales y granos almacenados, y se demoran exportaciones incluso si el volumen total no cae demasiado.

El caso muestra que un mismo fenómeno produce efectos opuestos en países vecinos: sequías en unos, inundaciones en otros. Ambos extremos reducen producción, dañan infraestructura y elevan la incertidumbre.

En Perú y Ecuador, el calentamiento superficial debilita la corriente de Humboldt y reduce la anchoveta. La caída golpea a la pesca peruana y eleva el costo mundial de harina y aceite de pescado, insumos de salmones, camarones, aves y ganado. La gravedad de las pérdidas es inversamente proporcional al tamaño de cada economía.

Chile depende del deshielo andino y ya atraviesa una megasequía. Un El Niño extremo puede alterar lluvias y cuencas, afectar riego, hidroelectricidad y minería. El riesgo es global porque Chile lidera la producción de cobre, esencial para electrificación, energías renovables y vehículos eléctricos.

La infraestructura también es vulnerable. Carreteras, puentes, ferrocarriles y puertos fueron diseñados para condiciones más estables. Lluvias, deslizamientos e inundaciones pueden cortar exportaciones, aunque la cosecha sobreviva. Cada demora añade transporte, incumplimientos y presión sobre precios y presupuestos centrales cuando hay que afrontar la reconstrucción o entregar subsidios o quitas impositivas como compensación.

La región llega, además, con deuda alta, bajo crecimiento, poca inversión y escaso margen fiscal tras la pandemia. Reconstruir caminos, reparar riego y asistir a productores exige recursos que muchos gobiernos no tienen o que exigen aumentar el endeudamiento. El daño depende tanto del clima como de la capacidad financiera del Estado.

El encadenamiento es claro: menos producción latinoamericana eleva la inflación; la inflación condiciona a los bancos centrales; las tasas altas frenan la inversión; y una economía más débil tiene menos recursos ante nuevas emergencias. El Super El Niño amenaza así el equilibrio de una economía más integrada y vulnerable que la del siglo XX.

Las amenazas adquieren otra escala al superponerse con las crisis actuales. El clima no creó las guerras, la deuda ni los problemas logísticos, pero puede agravar al mismo tiempo alimentos, energía, comercio e inflación. El riesgo es que esas crisis se alimenten entre sí.

Y las guerras o enfrentamientos comerciales pueden conjurarse con negociaciones o cuando un estado se impone al otro. Frente al clima, los poderes nacionales son meros espectadores y solo pueden actuar sobre las consecuencias.

La guerra en Ucrania alteró cereales y fertilizantes. Ucrania era gran exportadora de trigo, maíz y aceite de girasol; Rusia domina trigo y fertilizantes. Combates, daños, ataques a puertos del mar Negro y sanciones obligaron a buscar proveedores, pero el equilibrio previo a 2022 no volvió. Si El Niño reduce a la vez las cosechas de Brasil, India, Australia o el sudeste asiático, desaparecería parte de la oferta que hoy compensa la guerra y subirían otra vez los alimentos.

Los fertilizantes son otro punto crítico. Rusia exporta nitrogenados y potásicos; Bielorrusia, potasa. Sanciones, trabas financieras y transporte caro ya elevaron precios. Si El Niño suma demanda de gas para reemplazar hidroelectricidad, los fertilizantes volverán a encarecerse justo cuando el clima reduce las cosechas. Otra parte de ese gas está varado en Ormuz.

Es que Medio Oriente añade más incertidumbre. La región concentra alrededor de un tercio del petróleo mundial y una parte importante del gas natural licuado. Cada escalada entre Israel e Irán, ataque a instalaciones o amenaza al estrecho de Ormuz incorpora una prima de riesgo a la energía, aunque hasta ahora no se haya producido una interrupción masiva.

Si Asia y América Latina pierden hidroelectricidad, deberán comprar más gas y petróleo justo cuando el Golfo Pérsico atraviesa alta incertidumbre militar. El clima aumentaría la demanda en un mercado geopolíticamente frágil.



En el Mar Rojo, los ataques obligaron a rodear el cabo de Buena Esperanza, agregando entre diez y quince días a la ruta Asia-Europa y elevando costos. Si El Niño además inunda puertos o interrumpe ríos, ferrocarriles y rutas, surgiría un nuevo cuello de botella antes de superar el anterior. La pandemia mostró cómo retrasos pequeños y acumulados generan escasez y aumentos globales.

Estados Unidos evitó una recesión profunda por la fortaleza del consumo y el empleo, pero su deuda roza los cuarenta billones de dólares y los intereses anuales superan la mayoría de las partidas presupuestarias. Si un nuevo salto de alimentos y energía obliga a sostener tasas altas, aumentará el costo de refinanciación y bajará la capacidad de responder a una desaceleración global.

El efecto alcanza al resto del mundo porque el dólar domina comercio y finanzas. Tasas altas en Estados Unidos atraen capitales y encarecen el crédito para emergentes. Si gobiernos endeudados deben además reconstruir infraestructura, subsidiar alimentos o asistir al agro, aumentan sus déficits y el riesgo de crisis de deuda.

Europa enfrenta energía cara y crecimiento débil. Alemania todavía busca reemplazar el gas ruso barato que sostenía su industria. Si Asia demanda más gas por El Niño, las empresas europeas volverán a perder competitividad.

Ninguno de estos factores garantiza por sí solo una recesión mundial. Los mercados absorbieron parcialmente la guerra en Ucrania; Medio Oriente aún no cortó masivamente el petróleo; Estados Unidos crece; China desacelera sin colapsar; Europa evita otra crisis de 2008. El peligro aparece cuando un nuevo factor presiona a todos a la vez.

Ese es el rasgo distintivo del Super El Niño: multiplica riesgos. Menos cosechas elevan alimentos; menos hidroelectricidad aumenta combustibles; energía cara encarece fertilizantes y transporte; la inflación mantiene altas las tasas; el crédito caro frena inversión, consumo y crecimiento; y economías debilitadas por guerra y deuda quedan con menos recursos para el siguiente golpe.

Nunca la economía mundial dependió de tan pocos países para producir tantos alimentos, tanta energía y tantas materias primas al mismo tiempo. Por eso algunos economistas lo describen como un riesgo sistémico climático: no origina todos los problemas, pero puede conectarlos. Las grandes crisis nacen cuando varios desequilibrios convergen en el peor momento. Si el próximo El Niño alcanza la intensidad prevista por algunos modelos, la prueba no será sólo meteorológica. Mostrará si un sistema agotado por guerras, inflación, deuda y bajo crecimiento todavía puede absorber otro shock sin caer en una crisis mayor.

Durante décadas las grandes crisis llevaron el nombre de un banco, una ciudad o una guerra. Si las advertencias de climatólogos y economistas terminan confirmándose, la próxima podría llevar el nombre de una corriente del océano Pacífico. No porque el Super El Niño haya creado las debilidades de la economía mundial, sino porque podría ser el fenómeno que finalmente las haga colapsar al mismo tiempo.

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