¿Qué puede suceder si Irán se desintegra?
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Puede que el régimen de los ayatolas termine cayendo. O que se debilite tras los ataques de EEUU e Israel. A partir de allí se abre un escenario posible de desintegración que muestra cómo Irán está construida sobre un equilibrio frágil de etnias, petróleo, agua y religiones.
Para empezar, veamos el mosaico étnico y religioso iraní. La mayoría persa chiita representa al 61% de los 90 millones de habitantes de Irán. Ocupan el centro, sur y el oeste del país como mayoría. Predominan en las grandes ciudades como Teherán, Isfahán, Shiraz y Mashhad. Le siguen los azeríes, el 16% de los habitantes. Ocupan el noroeste y son entre 15 y 20 millones con una particularidad, hay más azeríes en Irán que en Azerbaiyán en donde hay algo más de 10 millones. Irán acaba de atacar a ese país con dos drones y la tensión entre ambos es extrema. A diferencia de los persas, que hablan en farsi, los azeríes hablan azerí, que es una lengua turcomana y están emparentados con los turcos, lo cual no es un detalle menor en esta trama. Están integrados hasta ahora a los persas y de hecho la familia Jamenei es de origen azerí.
El 3° grupo son los kurdos que hablan… en kurdo. Son 9 millones repartidos en las provincias norteñas de Kermanshah, Kurdistán, Ilam y en el Azerbaiyán Occidental, son el 10% de la población. A diferencia de los persas y azeríes que son chiitas, los kurdos son sunitas shafi'i. Los luros son unos 5 o 6 millones, el 6% de la población. Son chiitas y hablan un dialecto cercano al farsi. No son un grupo de ideas separatistas y están integrados, pero hay un reclamo histórico por la discriminación que dicen sufrir en el reparto de la riqueza y el poder.
En el sureste, en las provincias de Sistán y Baluchistán hay 2 millones de beluchíes que hablan baluchí y son mayoritariamente sunitas. Forman parte del antiguo Baluchistán que ocupa también parte del suroeste de Pakistán y al igual que los kurdos tienen ideas secesionistas. Luego hay otros dos millones de ahwazis, que son de origen árabe y tienen su centro en la región de Juzestán. Hablan el árabe y son chiitas. Luego veremos por qué pese a ser pocos son una de las claves del rompecabezas. Quedan algunos grupos más para completar el mosaico. 2 millones de turcomanos habitan principalmente en Golestán, mezclados con los persas. Son sunitas shafi’i y hablan turcomano. También están emparentados culturalmente con los turcos. Hago esa mención de los vínculos porque más adelante se van a convertir en un factor importante.
Veamos la insurgencia. En Kurdistán el más importante es el PJAK (Partido por una Vida Libre en Kurdistán) con hasta 8.000 “pashmergas”. Los otros son el PDKI (Partido Democrático del Kurdistán Iraní) con 1.000 combatientes y el PAK (Partido por la Libertad del Kurdistán) con 300.

En la zona baluchí opera el Jaish al-Adl (Ejército de la Justicia) con 600 milicianos, asociado con grupos al otro lado de la frontera con Pakistán. El tercer grupo es la güerilla ahwazi representada por los 300 miembros del ASMLA (Movimiento de Lucha por la Liberación de Ahwaz.
Tenemos los grupos y las milicias, que como se ve, no son numerosas como para desafiar al Artesh, el ejército iraní o a la Guardia Revolucionaria Islámica. Pero son un problema porque en sus zonas de acción tienen cierto peso e ideas separatistas. Y se están activando cada vez más.
Los kurdos y baluchies fueron los únicos que ofrecieron una respuesta armada frente a la represión desatada por el régimen durante las últimas protestas masivas. Horas atrás surgió otro grupo denominado Halcones Ahwazi que llamó a la lucha armada contra el gobierno. Esta minoría árabe tiene relación con los países árabes petroleros, en particular con Arabia Saudita. Teherán acusó más de una vez a los servicios secretos saudíes de alentar el separatismo ahwazi. Loa ahwazi están en el Juzestán y abren el otro mosaico, el económico. Esa región en la costa del Golfo Pérsico produce el 90% del petróleo iraní. Perder esa zona implicaría que Irán dejaría de aportar el 5% del crudo global y la asistencia a la población árabe en riesgo podría ser la excusa ideal para que intervengan los emiratos petroleros en su apoyo.
Sería una forma de vengar el ataque iraní y neutralizar el poder de los chiitas con su yihad que se expande a las zonas sunitas vecinas. Apoyando el separatismo del Juzestán lograrían ese objetivo además de poner en riesgo la primacía de los persas sobre el universo chiita.
Los azeries están integrados, pero desde hace un par de años hay un creciente malestar por la discriminación del gobierno central. Esta circunstancia puede ser aprovechada por el GAMOH (Movimiento del Despertar Nacional de Azerbaiyán del Sur) basada en Bakú, capital de Azerbaiyán. Que el presidente azerí Aliyev haya movilizado tropas a la frontera iraní puso nerviosos a los ayatolas. El lanzamiento de dos drones no puede estas disociado del temor a que Bakú aproveche un posible caos en Irán para sumar a sus expensas territorios bajo su control. Para los nacionalistas azeríes significaría cumplir el sueño de reunificar el Gran Azerbaiyán y conectar el enclave de Najichevan evitando a Armenia y el corredor de Zangezur. Eso es algo que Turquía le conviene porque expande su influencia en el espacio turcomano. Pero cuidado…
Erdogan estaría encantado con una desintegración iraní, excepto que implique el surgimiento de un estado autónomo kurdo en el norte, más aún si está protegido por EEUU y por sobre todo por Israel, que es cada vez más su adversario principal. Vamos a explicar mejor esta derivada. Los kurdos iranies el PJAK son aliados de los kurdos del PYD en el Rojava sirio. Pero en el medio están los kurdos iraníes del KDP y el PUK, más cercanos a Turquía y adversarios de sus vecinos iraníes. Este juego de siglas esconde un problema de fondo para los planes de Ankara. Turquía ya bombardeó a los kurdos en el norte de Irán en 2022 para evitar que se fortalecieran. Y ocupa partes del norte de Irak para controlar su crecimiento y que formen una entidad autónoma del gobierno de Bagdad, en donde son importantes para mantener la estabilidad política.
En Irak controlan parte de las zonas petroleras que sacan su producción por Turquía y siempre hay una amenaza latente de un enfrentamiento con el 65% de la mayoría chiita. Y esa mayoría esta infiltrada por Irán, que controla las milicias de la Fuerzas de Movilización Popular. Esa fuerza de 150.000 hombres de las tribus del sur son un proxy de Irán como Hezbollah, Hamas o los Hutíes. En caso de riesgo existencial, llamar a una yihad en Irak es una de las alternativas de Teherán para atacar la retaguardia de un levantamiento kurdo en su norte.
Pero al mismo tiempo podría intervenir Turquía, poco interesada en una victoria de un grupo pro-Israel. O presionar a EEUU para que, otra vez, deje de apoyar a un grupo kurdo con la amenaza de dejar de colaborar con la Casa Blanca en otros frentes como en Siria, Armenia y Ucrania.
Lo que no quiere Ankara es que justo ahora que logró que EEUU abandone a los kurdos del SPD de Siria, termine creando otro Rojava en el norte iraní. O que la zona kurda siria se recupere con una alianza fortalecida con el PJAK iraní y eso arruine los planes de control de Al Sharaa en Siria.
En el Kurdistán iraní hay algo de petróleo, pero tienen otro recurso para presionar a Teherán, el agua. Los persas controlan el reparto de los recursos hídricos. Dado que Irán atraviesa una sequía feroz hace un lustro, la ha vuelto más valiosa al convertirla en un instrumento de poder. En la zona kurda o ahwazi nacen los ríos Zayandeh, Karun y Dez que alimentan las zonas persas. Pero además hay represas que controlan el paso del agua. El sabotaje al sistema de reparto hídrico es una amenaza seria para Teherán y al poder que logran mediante su reparto. El problema es que Teherán desvía cada vez más recursos hídricos a la zona central y que las vías fluviales sufren de una contaminación cada vez más aguda a causa de una explotación petrolífera sin controles. El río Karun y los humedales de Hawizeh se secaron por esas decisiones.
El lago Urmia llegó a perder el 95% de su volumen y generó protestas masivas de los kurdos, pero sobre todo en la zona azerí en 2010, que se renovaron en años recientes. Hubo críticas similares de los luros en Lorestán y en Sistan y Baluchistan por la gestión del río Helmand. Para Juzestán es vital recibir agua suficiente y Teherán se la está apropiando. Su producción agrícola de 1,8 millones de toneladas anuales de trigo, además de maíz, arroz, caña de azúcar y dátiles son cruciales para alimentar a la población de Irán. Hay una dependencia mutua.
El manejo de las aguas del rio Sefid también generó protestas en la cuenca agraria del Caspio, en donde los turkmenos de las etnias Gilaki y Mazandaranis controlan la producción de arroz, otro de los recursos alimentarios básicos de Irán. Como se ve, el problema es nacional.
La Guardia islámica se puso al frente de un enorme programa de construcción de represas y en dos décadas creo un sistema que beneficia a los persas y perjudica a las minorías. Es importante agregar que los cursos y vertientes se reparten en diferentes zonas étnicas y religiosas. Una disgregación conduciría a una guerra por esos recursos. El punto de partida es un reparto desigual y una estructura geográfica en la que todos tienen capacidad de obstaculizarle al otro el acceso al agua o a los recursos que genera. Es un panorama en extremo complejo de resolver.
La energía eléctrica es otra forma de control. El 80% de la generación de energía se concentra en Isfahán, Yazd, Fars, Teherán, Markazi, Qom, Semnan y Razavi Khorasan, en donde es controlada por los persas. El 10/15% en las zonas del Juzestán repartidas entre ahwazi y persas. Otra vez la interdependencia. El 80% de la energía proviene de las usinas alimentadas del gas natural generado en zonas ahwazi. Otro 10% del petróleo, también del Juzestán. Entre el 4% y el 6% de las represas hidroeléctricas, muchas de ellas dependientes de las vertientes kurdas. Por ejemplo, la represas Gacvoshan y Daryan se alimentan del río Sirwan que nace en territorio kurdo. Las Karun 1, 3 y 4 del río del mismo nombre que tiene sus vertientes en el Juzestán. La pérdida de control o la secesión dejaría a los persas sin un recurso que también es político.
Esta interdependencia energética es una explicación adicional al por qué Teherán no quiere renunciar a la generación nuclear. Si no reduce su exposición, el núcleo persa queda expuesto a kurdos y ahwazis en caso de un levantamiento. La fragilidad del sistema es indiscutible.
El 45% de las industrias iraníes se concentran en Teherán, Isfahán es el núcleo siderúrgico, Kerman el de la industria del cobre y Yazd y Markazi de la petroquímica. Son regiones persas. En la zona ahwazi está el 15% de la industria pesada, pero con manejo mixto junto a los persas.
Es lógico que, por ser la mayoría de la población, los persas manejen una parte proporcionalmente alta de los recursos económicos. Pero también se debe considerar el rol que les cabe a las minorías en caso de una crisis de gobernabilidad o de separatismos. Si Juzestán se fuera por su lado dejaría de tener energía para extraer petróleo y le llevaría años construir un sistema propio a escala. En ese caso, Teherán debería conseguir petróleo de otros sitios para alimentar a su sistema de energía. Cada cual tendría una parte de la solución. Lo mismo con el alimento. Las zonas productoras dependen del agua que maneja Teherán, que es a su vez dependiente de las proteínas producida en otras regiones. El problema no es cómo se resuelva la dependencia, sino cuánto tardarán los actores en ir por lo que necesitan del otro. La zona persa de Khorasan Razavi produce el 25% del trigo iraní, pero no podría mantener ese liderazgo si se cortase el flujo preferencial de agua que recibe desde zonas ahwazi. El 20% del trigo azerí y la misma proporción de los ahwazi podría crecer sin los desvíos de sus ríos.
Si Irán entra en desintegración el norte se queda sin agua y el sur sin comida. Explotar el petróleo sin energía es inviable y sin agua el riesgo de una hambruna es alto. Sin recursos, sostener separatismos y al gobierno central se convierte en imposible sin asistencia externa. Allí surge el otro problema porque la intervención externa a favor de la etnia o el grupo religioso afín podría colapsar ese equilibrio precario sobre el que se construye Irán y crear bandos irreconciliables por la existencia de grupos armados y un gobierno con poder represivo.
Es como el caso de Siria o Irak y sus guerras internas, pero elevado a la enésima potencia. Irán tiene 1,84 millones de km² y 93 millones de habitantes. Irak 438.317 km² y 48 millones de personas. Siria 185.180 km² y 26,5 millones de habitantes. Las proporciones alarman. En todo caso, podría darse también una solución fallida como la de Afganistán, pero casi tres veces más grande. El problema es que el régimen de Teherán fue creando desde hace siglos una arquitectura económica que hace que la partición presente problemas formidables.
Lo que revelan estos datos es que la economía iraní tiene una tolerancia muy escasa a las variaciones. Todos dependen entre sí y si faltase solo una de las partes el resto del sistema tiende a desmoronarse si las etnias y facciones religiosas se refugian en la intransigencia.
Queda el ISIS, autor de los mayores atentados de los últimos tiempos, como el ataque de dos suicidas en la tumba de Soleimani en enero de 2024 en el que murieron 84 personas. Cuenta con un millar de miembros y centra su reclutamiento en los grupos sunitas kurdos y beluchíes. La zona baluchí es de las más pobres de Irán, pero cuenta con yacimientos de gas, cobre, oro y otros minerales. Aunque podrían ser una fuente para financiar al separatismo, la falta de infraestructura, de energía o sustento alimentario y la inestabilidad limitan sus posibilidades.

Falta explicar cómo puede expandirse el caos a los países vecinos. Empecemos por los beluchíes. A Israel le atrae la idea de un levantamiento en esa zona que debilite al gobierno de Teherán. Pero a Pakistán le aterra la idea porque su parte baluchí puede seguir el ejemplo. En esa zona operan el BLA (Ejército de Liberación del Baluchistán) y su escisión, la facción BLA - Azad, el BRG (Guardia Republicana Baluchí), el BRAS (Baloch Raaji Aajoi Sangar) que es parte de una coalición. Para simplificar, hay muchos grupos en un entramado de alianzas. En este momento Pakistán está en una guerra con los talibanes pastunes de Afganistán y con los de su propio territorio, el TTP. Estos grupos quieren separar el norte para recrear el Pastunistán y un califato salafista el estilo del que gobierna desde Kabul.
Islamabad debería hacer frente a un levantamiento simultaneo en el sur y el norte para conjurar el riesgo del surgimiento del Baluchistán y el Pastunistán. Y puede que los separatistas cachemires de Azad Kashmir y Gilgit-Baltistán aprovechen la ocasión que se les presenta. En esas zonas operan el JKLF (Frente de liberación del Kashmir Jammu) y las milicias del Hizbul Mujahideen, Lashkar-e-Taiba, Jaish-e-Mohammed y el TRF (Frente de Resistencia). Es una ensalada de siglas que explica la complejidad del escenario pakistaní en el presente.
Un levantamiento en Irán producto del debilitamiento del gobierno teocrático podría generar una disgregación consecuente en su vecino oriental, que vale recordar tiene 200 ojivas nucleares. Y que además tiene una minoría Sindh que también reclama autonomía.
Aquí entra también Afganistán, en donde hay una pequeña comunidad baluchí y bases del Jaish al-Adl. Talibanes y ayatolas viven en tensión por las disputas por el río Helamand que condujo a choques fronterizos en 2023 y por la expulsión de 2 millones de refugiados afganos desde Irán. Hacia el este de Irán ya mencionamos el riesgo de un reinicio de la lucha interna en Irak entre kurdos y chiitas. Irán acusa a Israel de incitar a sus kurdos, a los ahwazi y a los beluchíes. Pakistán acusa a India de hacer lo mismo con los pastunes y los beluchíes separatistas. India e Israel son aliados cercanos y debilitar o desmembrar a sus enemigos respectivos es algo conveniente para sus planes estratégicos y porque cada uno de ellos los ve como un riesgo existencial. De allí que los peligros de una balcanización de Irán y Pakistán no les atemorice.
Esto no significa que se pruebe que están detrás de cada movimiento armado. Tampoco que los saudíes busquen crear una nueva nación árabe en Juzestán. Lo que sí indica es que el asunto no se termina en un problema interno de Irán y que el interés externo es parte del análisis. Esas diferencias étnicas, religiosas y lingüísticas que vimos antes implican además identificarse con otros estados o grupos en el extranjero a los que podrían acudir para separarse o para buscar apoyo ante una disgregación del poder en Irán.
Terminar con el régimen de los ayatolas suena tentador y, considerando sus crímenes, necesario. Pero debe plantearse que los mecanismos que se activen para debilitarlo no conduzcan a un escenario afgano, libio, sirio o iraquí, cuyas consecuencias aún son visibles. Por eso es importante presentar el escenario y sus mecanismos ocultos a la vista antes de iniciar una secuencia que incluso pueda dejar vivo al régimen de los ayatolas, pero dentro de un panorama de luchas intestinas que agregue otro problema a los que están en curso. Irán es un mecanismo tan complejo y frágil como el que mantiene en funcionamiento a cualquier estado. Sin un plan de contingencia, puede dar lugar a una solución de Sísifo. Y pensar solo en términos militares o de represalia puede abrir otra Caja de Pandora en Medio Oriente
