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Rusia afronta una catástrofe demográfica y la invasión a Ucrania la está acelerando


Por Ignacio Montes de Oca


Semanas atrás Putin se transformó por un momento en el embajador en Rusia de la Isla de Epstein y se mostró de acuerdo con el matrimonio con menores. Esa referencia incómoda revela un problema demográfico que podría ser su talón de Aquiles en Ucrania. El elogio de Putin destroza la narrativa de sus seguidores dentro y fuera de Rusia sobre su gobierno como la meca de la familia tradicional. Los casamientos con menores se suponían como signo de sociedades más arcaicas, pero esa ruptura tiene un motivo en el frente ucraniano. La segunda noticia tiene que ver con la estrategia ucraniana explicada por el nuevo ministro de defensa de Ucrania, Mykhailo Fedorov. El objetivo es causar unas 50.000 bajas mensuales a Rusia y las cifras indican que mes a mes esa meta se acerca. Veamos las estadísticas en Rusia.

Empecemos por el problema demográfico. Los datos de Rosstat, la agencia estadística rusa, lo explican. El dato inicial es la población actual de Rusia de 143 millones de habitantes. Es menor que los 148 millones en la década de 1990. La tierra de Putin se vacía de personas. La tasa de mortalidad pasó de 12,1 por mil en 2023 a 13,1 en 2024 y creció otro 0,45% en 2025. La tasa de fecundidad es de 1,4, siete decimales por debajo de la tasa de reemplazo del 2,1. Antes de 2022 era de 1,6. La tasa de natalidad es de 8,6 mil por cada 100.000 habitantes.

El demógrafo ruso Alexei Raksha indicó que febrero 2025 fue el mes con menos nacimientos en 200 años. En número significa que en 2024 hubo un total de 1,2 millones de nacimientos y en 2025 esa cifra cayó a un millón por la fuga de hombres y la incertidumbre económica reinante. El otro factor para que disminuya la población es la expectativa de vida de 73 años, con 68 años para los hombres y 79 años para las mujeres. Para comparar, en Europa es de 81 años. Rusia pierde por ambos extremos del ciclo vital y además desde 2022 atravesó un éxodo masivo.



Se estima que desde que comenzó la guerra un millón de rusos emigró para evitar ser enrolados o porque la huida de empresas occidentales junto a las sanciones de occidente los llevó a probar suerte en otras naciones. En general se trata de jóvenes en su etapa más fértil.

El millón de bajas en el frente ucraniano están en el mismo segmento y entre ambos factores provocaron un envejecimiento promedio de la población a 40,3 años. En la década de 1990 era de 32 años. No solo es la población en la plenitud fértil, es además el núcleo productivo ruso. Las proyecciones son deprimentes para Rusia. Para 2046 su población podría reducirse a 130 o 135 millones. De acuerdo con el seguimiento de BBC, Mediazona y Meduza, en agosto de 2025 se había documentado la muerte en un año de 219.000 rusos cuya edad iba de los 18 a los 45 años. Estas muertes son solo las que pueden verificarse por obituarios o certificados de defunción, pero la cifra más realista podría situarse entre los 300.000 y 400.000, considerando las cifras recientes de 1.000 muertes diarias estimadas por las agencias de inteligencia occidentales.


No es solo un problema de muertes, porque aun con una cifra de un millón de bajas, la cantidad de heridos que regresan del frente es de 500.000 a 700.000 cuya capacidad de aportar a la fertilidad es menor por discapacidades físicas o emocionales. Todo suma a la crisis demográfica. En una proyección de bajas para 2026 estamos hablando del 1% de la población rusa y, si sumamos el éxodo, que aun continua pese a las restricciones de salida establecidas por Putin, nos acercamos al 2%, lo cual es una enormidad por tratarse del núcleo reproductivo ruso.

Un estudio del Instituto Montagne estimó que la guerra y las bajas contribuyen entre un 10% al 20% en la reducción de la tasa de natalidad. El informe indica que Rusia perderá cerca de un millón de nacimientos potenciales entre 2030 y 2040 debido a la "generación perdida": https://www.institutmontaigne.org/en/expressions/tragedy-after-catastrophe-demographic-impact-war-russia-and-ukraine

La confirmación de la emergencia demográfica vino con el refuerzo de los programas de promoción de la natalidad. El estado ruso pidió que todos se pongan a bombear como si se tratara de los yacimientos siberianos. El petróleo no es el único fluido que sostiene la guerra. Putin ordenó en 2012 y volvió a decirlo en 2025 en la reunión del Consejo de Desarrollo Estratégico, que los rusos deben tener al menos 3 hijos por pareja para "preservar el futuro del pueblo ruso". Pero al parecer no le están obedeciendo y las piernas y cierres siguen sin abrirse. Putin intenta aumentar los partos de muchas formas, pero, por sobre todo, haciendo una copia directa de la "Batalla por los Nacimientos" que implementó Mussolini entre 1927 y 1938 y el programa de natalidad de Hitler desde 1933. Los paralelos con ellos son abrumadores.



Putin también estableció un plan similar de premios por nacimientos de 677.000 rublos por el primer hijo, de 894.000 rublos por el segundo y bonos adicionales junto a exenciones impositivas e hipotecas en condiciones preferenciales a partir del tercero. Es cierto que otros países como Polonia, Japón y Estonia dan premios y subsidios similares. Pero el parecido con el pasado está en las medidas que complementan esos premios por parir. Allí es donde Putin se adentra en una política de premios y castigos ideológicos feroz.

Dede noviembre de 2024 se prohibieron los mensajes a favor de la vida “libre de hijos” con multas equivalentes a U$S 4.000 para las personas o de U$S 40.000 para las empresas o medios que difundan ese concepto en una publicidad o contradigan la idea de “familia tradicional”. En 2025 y bajo el paraguas de las políticas de fomento de la natalidad se relanzó el reality “Mamá a los 16”. A diferencia del original emitido por MTV, no trataba las consecuencias del embarazo adolescente, sino que lo glorificaba y normalizaba como ejemplo de “madurez acelerada”.

Desde marzo 2025 al menos 40 regiones ofrecen bonos únicos de 20.000 a 150.000 rublos (U$S 230 a U$S 1.760) a universitarias embarazadas o en edad escolar, que incluye a menores de edad en regiones como Kemerovo, Karelia y Oriol, en donde se extiende al embarazo adolescente. La política de premios y castigos, como sus antecesores de los años 40, se complementa con la criminalización de formas alternativas de sexualidad. El ejemplo más concreto son las penalidades por mencionar en público la homosexualidad o por promover técnicas anticonceptivas. En Rusia el aborto es legal, pero el gobierno lanzó una campaña para desincentivarlo y otra para presentar a las familias numerosas como un deber patriótico. También copiaron el otorgamiento de premios y honores públicos a familias que pudieran servir de ejemplos sociales.


Hay diferencias en que Mussolini buscaba aumentar la población, Hitler la cantidad de arios y Putin revertir la decadencia demográfica, pero hay una identidad en la planificación demográfica desde el estado y su puesta en práctica como una cuestión de “seguridad nacional”. El último paralelo está en el fracaso. Por ahora los planes de Putin no dan resultado y su obsesión por seguir gastando hombres en el frente como un emir se desprende de dólares en una concesionaria de Ferrari, sigue vaciando los vestuarios de hombres y las salas de parto. Esto generó otro fenómeno que es la feminización de la población. La cantidad de vientres ociosos se multiplica a medida que los hombres empiezan a escasear. Y para peor, la población femenina en edad fértil, es decir entre mujeres 20-35 años, es mucho menor que antes.

Aquí confluyen varios factores. La mayor expectativa de vida femenina, la desaparición de una generación de hombres por la guerra y la emigración y más mujeres que, pese a estar en condiciones reproductivas ideales, prefiere esquivar a la maternidad o a las proles numerosas. Rusia tiene una las proporciones más desequilibradas entre cóncavos y convexos. Hay 87 hombres por cada 100 mujeres. Esto es un 8% de la población o 10 millones de damas que no tienen consuelo. En zonas como el Extremo Oriente ruso la diferencia llega al 20%. Hay factores externos a la guerra y que por lo tanto seguirán vigentes cuando se termine. Uno es el alcoholismo, que tiene proporciones de epidemia. El consumo excesivo es una causa principal de la baja esperanza de vida masculina y eterniza la espiral demográfica negativa. El alcoholismo reduce la fertilidad masculina por problemas de salud reproductiva y la femenina por mayor riesgo de abortos espontáneos. Un estudio del Wilson Center estima que una baja en el consumo de alcohol podría elevar la población en 12 millones para el año 2036: https://www.wilsoncenter.org/sites/default/files/media/documents/event/10%20Critical%20years%20english%20version.pdf

El otro riesgo en el país que se vende como el “protector de la familia” es la tasa de divorcios. Con 4/5 divorcios cada 100.000 habitantes, Rusia tiene una de las más elevadas del mundo. Entre 2010 y 2020 el 70% de los matrimonios terminaron en separaciones legales o de facto. Los divorcios reducen la probabilidad de segundos o terceros hijos; las familias inestables son menos propensas a tener más niños. Ese ambiente conduce a matrimonios tardíos, de 33 años promedio, lo que reduce la ventana fértil. Por eso Putin pide apurar los casamientos tempranos.



Pero otro signo de la crisis es la explosión de familias monoparentales. La cantidad de madres solteras es del 30% al 40% de los hogares, lo cual acentúa la falta de incentivos para ampliar la natalidad por la crisis económica y la brecha salarial del 30% en contra de las mujeres.

Hay secuelas económicas. En Rusia faltan entre 1,5 y 2,2 millones de trabajadores. La cifra coincide con los números de bajas, de inmigrantes y con una tasa de natalidad por debajo del límite del reemplazo. El 70% de las empresas reportan problemas para encontrar trabajadores. El empleo de la mano de obra más productiva en el frente está agravando el problema y la salida de entre 500.000 y 600.000 hombres del mercado laboral por bajas en la guerra y la emigración hace que la cifra de faltante para 2025 sea de entre 2,4 y 3 millones de trabajadores. Este es un problema porque la escasez hizo subir los salarios por la mayor demanda, que a su vez aceleró la inflación y bajó la productividad por falta de obreros y no se puede resolver por medio de la tecnificación, por la falta de crédito barato debido al alza de las tasas de crédito.

La productividad baja entonces por falta de mano de obra calificada. El CEO de Sberbank, German Gref, advirtió de un crecimiento del PIB limitado a 0,8% en 2025 y al 1/1.5% en años siguientes, debido a escasez de capital y obreros. Menos dinero, menos incentivos para procrear. Putin buscó salidas creativas para la crisis demográfica y la falta de mano de obra. Por ejemplo, implementó desde abril de 2025 el programa de Brigadas Estudiantiles, que permite al estado emplear a jóvenes de 14 a 18 años en los fines de semana, feriados y vacaciones escolares.

Ese programa se extiende a empresas privadas y habilita la mano de obra infantil en los mismos términos. Por ejemplo, la fábrica Alabuga en Tartaristán es una de las que está haciendo uso de esa norma para que adolescentes de 16 a 18 años ensamblen los drones de origen iraní. El mismo plan de abril de 2025 se usó para atraer a 2,1 millones de pensionados para que dejen de hacer cosas de jubilados y realicen tareas productivas en las áreas de servicios y manufactura. Como se ve, la crisis demográfica es un asunto que realmente le preocupa al Kremlin.

La otra solución que encontró Putin fue la mano de obra extranjera. Como cuando la picadora de carne se quedó sin materia primar rusa y trajo norcoreanos, para resolver el faltante en las fábricas también está importando personas. Pero allí tiene hay cuello de botella. O de útero. Rusia necesita unos 10 millones de inmigrantes para cubrir los huecos que deja su crisis demográfica. Muchos acudieron a sus programas de atracción de extranjeros desde 2010. Pero la cantidad fue insuficiente y hay varios problemas para que Rusia se satisfaga por ese costado. El primero es la política anti migratoria que se volvió más rígida tras el atentado del ISIS en el Crocus City Hall en 2024. Rusia deportó 80.000 extranjeros tras el ataque y las redadas en sitios de trabajos de inmigrantes redujeron la llegada de extranjeros para cubrir los faltantes. Además, ayudó la implementación de una aplicación para denunciar a inmigrantes, la restricción de visas para los ciudadanos de Asia Central de 180 a 90 días, el régimen de expulsión simplificada y la prohibición para que tomen puestos en algunos rubros clave.



También contribuyó la difusión de noticias sobre inmigrantes enviados bajo engaño al frente. Es un gran problema porque a menor llegada de extranjeros menos mano de obra, pero también lleva a una menor cantidad de enrolados por la fuerza. Aquí Putin aplicó otra salida pragmática. Desde 2024 llegaron 17.000 trabajadores enviados por Corea del Norte y se espera que en 2026 alcancen los 50.000. Se destinan principalmente a la industria de defensa, la fábrica de Alabuga los utiliza, y no son trabajadores voluntarios sino personal enviado por el estado.

India también está enviando trabajadores tras la firma de un acuerdo entre Putin y Modi de diciembre de 2025 para asegurar que no fueran enviados al frente y que su destino sea planificado por el estado ruso. Cubre 71.817 puestos de los 235.000 disponibles para extranjeros. En 2026 se autorizó el ingreso de otros 40.000 y se espera que el total de trabajadores indios sume 400.000. Aún están lejos de los uzbekos (2.2 millones), tayikos (1,5 millones), kirguizos (800.000) y los kazajos (500.000). Pero aquí hay un giro demográfico interesante a futuro.

El poder en Rusia está controlado por la etnia eslava y cristiana ortodoxa, que representa el 80% de la población. La crisis demográfica tiende a cambiar esos parámetros y a futuro esto implica renegociar esas cuotas de poder o el surgimiento de reclamos étnicos para forzarlos. El retroceso eslavo surge de su tasa de fecundidad, que es de 1,4. Pero los romaníes tienen una tasa de 2.6/3,8, los chechenos 1,9/2,3 y en los tuvanos llega al 2,3, en los daguestaníes es del 1,8/2,0, entre los bashkires del 1,7/1.8 y del 1,6/17 entre los tártaros del Volga.

Incluso tributando más vidas porque el enrolamiento prioriza la leva entre las etnias marginales, la crisis demográfica golpea aún más fuerte a los eslavos. En San Petersburgo y Moscu, el núcleo eslavo, la tasa de fecundidad es de 1/1,3, apenas por debajo de la media nacional. Esto implica que en Rusia se acelera un recambio étnico y que los programas de fertilidad están funcionando solo para alentar la natalidad en las zonas periféricas a las regiones eslavas. La transformación no es solo étnica, también es religiosa y con consecuencias más profundas.

El 75% de la población es ortodoxa cristiana y obedece en teoría a la iglesia rusa regida por el patriarca Kiril II asociado a Putin. Pero en la práctica solo entre un 3% y un 5% de la población asiste regularmente a los servicios. La herencia agnóstica soviética dejó su huella. De ese 75%, el 75% son rusos eslavos y el resto son ucranianos o bielorrusos. La baja en la natalidad y la ausencia en los ritos tiende a diluir la representatividad de esa facción religiosa, pero los cambios demográficos le empiezan a dar importancia a otros de mayor crecimiento.

La segunda religión es la musulmana. Oficialmente son entre el 10% y el 15%, entre 14 y 20 millones de tártaros, bashkires, chechenos y daguestanos, pero otras fuentes aumentan esa cantidad a 25 millones por la migración de uzbekos, tayikos y los practicantes no registrados. Si vamos a la tasa de fecundidad, los ortodoxos están un poco por debajo de la media y los grupos musulmanes tienden a tener tasas más elevadas, como las que se mencionaron del 1,9/2,3 para los chechenos, el 1,8/2,5 de los daguestaníes y el 1,8 de los tártaros y bashkires. La diferencia es también cuantitativa, porque mientras en las zonas eslavas predomina la secularización y las costumbres de postergación del embarazo, en la periferia musulmana la cultura basada en las normas coránicas promueve matrimonios tempranos y familias numerosas. En las zonas islámicas no hacen falta los programas de natalidad con premios y castigos. La lejanía de los centros de poder y la autonomía cultural hacen la tarea por la inercia de las costumbres tradicionales. Por eso representan el 20% al 25% de los nacimientos rusos.



Esa costumbre se traslada a las zonas en donde migran internamente y dentro de la crisis demográfica se está produciendo otro fenómeno igual de importante, que es el retroceso de los rusos étnicos ortodoxos por minorías musulmanas incluso en las zonas tradicionalmente eslavas. Es por eso que la construcción de nuevos templos ortodoxos se estancó pese al estímulo del gobierno al "Programa 200" para ampliar su número y la de mezquitas sigue aumentando con el impulso de las comunidades locales, que es frenado por las autoridades por medios administrativos.

En Moscú, por ejemplo, viven unos dos millones de musulmanes y, pese al pedido de Ramzan Kadyrov, no se aprueba una nueva mezquita en el distrito de Butovo Sur para agregar a la capacidad de las 5 existentes. En la ciudad existe hoy el templo musulmán más grande de Europa. Esta presión musulmana dentro de Rusia va creciendo por el avance demográfico y en el futuro puede acelerarse. Con este ritmo de crecimiento y tasas de fertilidad superiores serán el 25% de la población en 2050, pero sobre una cantidad de 120 millones de rusos.

Otras estimaciones como la del gran muftí Ravil Gainutdin elevan esa proporción al 30% en 2050 si siguen haciendo el aporte mayoritario a los nacimientos. En cualquier escenario, hay un retroceso ortodoxo por la caída de su población o por su menor peso demográfico relativo.

Es improbable que los obreros hindúes aporten a cambiar en esa tendencia si cubrieran el faltante afectivo en las mujeres rusas y menos aún los norcoreanos, que tienen por religión el Kimilsungismo, cuya figura central es un dios petiso, con poderes atómicos y un peinado horrible.

La ironía del avance musulmán es que se cumpliría el deseo de Putin de ver a las niñas rusas casadas y embarazadas. Es doblemente irónico porque con sus políticas de fomento de la natalidad y su obsesión en Ucrania está acelerando el repliegue en Rusia de su etnia y su religión.

Vamos a cerrar con la otra noticia, la del objetivo ucraniano de acabar con 50.000 soldados rusos por mes. Ese es el problema más inmediato de Putin porque su estrategia de derroche de almas está profundizando la crisis demográfica. Y esa crisis agudiza el problema en el frente. Con un índice de desempleo negativo, la cantera de soldados está acabando con su capacidad de enrolamiento. Es cierto que Rusia tiene 140 millones de personas, pero, como vimos, la capacidad de llevar números mayores al frente está colapsada. Es una cuestión aritmética. Rusia convoca a unos 30.000 rusos por mes, pero está perdiendo algo más que esa cifra mensualmente. De acuerdo con el ministerio de defensa británico, en diciembre de 2025 el promedio diario era de 1.130 bajas rusas por día. Solo evita el bochorno en febrero porque hay 28 días. Extrapolando, son casi 34.000 bajas mensuales, por encima de la capacidad de reclutamiento y más allá de las posibilidades de Putin de sostener este ritmo de pérdidas. Incluso si acelerara los partos, aún le quedan entre 16 y 18 años para poder lograr que los neonatos carguen un fusil. La otra forma de comprobar que la fuente local se agota está en la contratación cada vez mayor de extranjeros de parte de Rusia. La captura de extranjeros con uniforme ruso en los primeros 9 meses de 2025 duplicó a la cifra de 2024, que a su vez se quintuplicó respecto al año anterior.

El área ucraniana dedicada a los prisioneros de guerra y a hacer inteligencia sobre combatientes no rusos identificó más de 18.000 extranjeros de 128 países que han combatido o combaten por Rusia, excluyendo a los soldados norcoreanos. No alcanza para cubrir los faltantes. Es por eso que cuando se habla de la superioridad demográfica de Rusia es una verdad a medias. Ucrania, con una cuarta parte de esa población -o un quinto si se consideran los 6 millones que dejaron el país en 2022 –, no se rindió ante la diferencia de población.

Cualquier estimación seria indica que las bajas ucranianas y rusas están en una proporción de uno a cuatro a favor de los ucranianos y relativiza la diferencia demográfica. Ucrania padece de falta de soldados suficientes, pero eso es algo que, como vimos, también afecta a los invasores. No se trata solamente de la capacidad de Putin de seguir usando la picadora de carne, sino de las consecuencias profundas que está generando la invasión en su realidad demográfica y la crisis que le impone restricciones para seguir con la táctica de avanzar poco malgastando mucho.



Esa decisión está generando un daño enorme en su tejido poblacional y acelera el despoblamiento de Rusia. Es otro tipo de bajas por lucro demográfico cesante que pocas veces se tiene en cuenta. El número es la base de la cultura militar y económica rusa, hay que recordarlo. Sin masividad todo el entramado cultural ruso se desintegra y en el frente puede verse reflejado con mayor fuerza ese fracaso. Cada día que pasa más allá de las tres iniciales ese factor corrosivo aumenta el daño. Y con las bajas en ascenso su efecto es cada vez más irreversible.

La capacidad de recuperación rusa depende de su población, ya sea para nutrir a su ejército como para hacer funcionar a su economía. El núcleo eslavo y ortodoxo no puede exhibir una victoria ante las religiones y etnias subalternas. Ese impacto puede ser aún más trascendente. Puede que el ruso típico del futuro tenga más que ver con Apu y con un musulmán promedio que con esas estampas tan al estilo del supremacismo blanco que usa el Kremlin para atraer partidarios entre los racistas de occidente. Namasté a las cuentas que hablan de la “Nueva Roma”.

El fracaso del kanato de Moscú en Ucrania está teniendo un efecto a largo plazo aun difícil de dimensionar. No pudo sumar los 34 millones de ucranianos, apenas 4,6 millones de las zonas ocupadas que ahora están huyendo o viven sometidos a privaciones y enrolamientos forzados. Con esta perspectiva tampoco podrá sumar más y solo le resta refugiarse en programas de natalidad que no funcionan y presenciar un retroceso eslavo y ortodoxo que va en el sentido contrario a las promesas de gloria neo zarista que hizo al iniciar una disputa que nunca pudo ganar.

El nuevo Holodomor que plantea con sus ataques diarios contra los civiles ucranianos puede sumar muertos y exiliados, pero no va a frenar la decadencia demográfica rusa, incluso si mañana mismo se firmase un alto el fuego. La mecha poblacional rusa ya fue encendida. Ahora es posible entender por qué Ucrania se puso el objetivo de llegar a las 50.000 bajas mensuales rusas. Como las refinerías, apunta al otro talón de Aquiles de Putin que está adelante, a la altura de su cintura y es donde se encuentra la hombría que apostó en la invasión.

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