La Junta de Paz de Trump: un riesgoso intento para privatizar la seguridad global
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Davos fue la plataforma para lanzar la Junta de la Paz de Trump. Vamos a explicar cómo funciona y analizar cuál es su impacto porque luego de descubrir algo de lo grotesco de su estructura, se descubre un riesgo oculto que puede borrar las sonrisas. Primero hay que explicar que es una ampliación del mecanismo creado por Trump para llegar a un cese en fuego en Gaza, que en realidad no puede llegar a la fase 2 porque Israel se opone a la integración de Turquía y Qatar en los mecanismos de gobierno y control militar de Gaza. La violencia en Gaza sigue y Hamas nunca se desarmó, por lo que la Junta nace con un fracaso de origen. Ese es el primer dato, porque su propósito no es la pacificación sino la promoción de un modelo de gestión de crisis. El segundo objetivo es aumentar la influencia global de Trump.
La Junta está presidida por Trump de manera vitalicia y es el presidente quien decide a cuáles países se invita y quien entra en el grupo. Su decisión es discrecional, inapelable y solo puede ser removido por una decisión unánime, es decir, con el voto del propio presidente de la Junta. Trump además tiene el poder de veto sobre cualquier decisión de los miembros. Ahora hay que explicar cómo funciona la membresía para los países que son invitados y qué sucede con los U$S 1.000 millones que deben pagar. En principio, ese aporte no es obligatorio para el ingreso. Los miembros pueden entrar sin pagar, pero en ese caso la membresía es por tres años, es decir, lo que resta del mandato de Trump. El pago de U$S 1.000 millones es para tener una permanente. Si no pagan, su pertenencia a la Junta depende de una decisión personal de Trump. Ese dinero se destinaría a la reconstrucción de Gaza, pero, de nuevo, depende de la decisión del presidente y será administrado por una Comité ejecutivo integrado por personas designadas por Trump y que le reportan únicamente a él. Ya tenemos los nombres de sus integrantes.
Se compone con el secretario de estado Marco Rubio, el enviado para Rusia y Medio Oriente Steve Witkoff, el yerno de Trump, Jared Kushner, el ex premier británico Tony Blair, el CEO de la inversora Apollo Global Management. Mark Rowan, Ajay Abanga, presidente del Banco Mundial, y el asesor de seguridad nacional de Trump, Robert Gabriel. El comité ejecutivo es una extensión de la estructura de relaciones exteriores de EEUU mezclada con los intereses empresarios del presidente de la junta. Este órgano es el más importante de la Junta por varios motivos. Es el brazo operativo de la Junta. Los estados miembros no pueden intervenir en su funcionamiento, solo el presidente de la Junta. Su misión es administrar los fondos obtenidos por las membresías y los aportes para cada escenario de crisis en donde intervenga el cuerpo.

El comité se audita a sí mismo y debe elevar un informe cada trimestre al presidente de la Junta, que además puede remover o agregar integrantes de ese cuerpo ejecutivo u ordenarle la dirección de fondos, sus prioridades o crear subcomités dentro de la estructura administrativa. Es todo risas hasta que en su Carta fundacional vemos qué la Junta se arroga el derecho para intervenir en cualquier conflicto siguiendo el modelo de su gestión en Gaza. En otras palabras, que va a competir con el Consejo de Seguridad de la ONU, que ya tiene esa atribución.
En el Consejo de Seguridad los EEUU tienen que compartir su poder con los otros cuatro miembros permanentes – Rusia, China, Francia y el Reino Unido – y los otros 10 países miembros elegidos de manera rotativa. En la Junta, el poder de veto solo lo tiene Trump. En rigor, cualquier decisión de la Junta en el caso de intervenir en una crisis con medios diplomáticos o militares no tiene legalidad alguna, pero sí puede servir como excusa y darle una pátina de legitimidad por el consenso de sus miembros al decidir su injerencia en una crisis. Esta diferencia es crucial porque rompe en apariencia con la multilateralidad de la ONU y el Derecho Internacional. Pero crea otro multilateralismo y nuevas reglas que ahora pasan del consenso de 190 países y un Consejo de Seguridad imperfecto a una decisión discrecional de Trump.
Además, está creando una forma alternativa de Derecho Internacional basado en el poder liderado por los EEUU. Es un cambio de reglas de la Carta de las Naciones Unidas a lo que decidan un grupo de países dentro de una Junta que mezcla intereses públicos y privados. Dado que el presidente de la Junta tiene el poder de veto y el manejo ejecutivo del cuerpo, entonces su dirección política puede servir de plataforma para justificar intervenciones fuera de la ONU o para negociarlas discretamente dentro de un ámbito cerrado al escrutinio público.

Esto tiene una enorme gravedad porque implica posibles intervenciones que solo tienen que ser negociadas con el chairman de la Junta. El otro problema es el consenso, porque la competencia es entre la ONU y sus 190 miembros y los 21 que hasta ahora integran la Junta.
Esto conduce a la calidad de los miembros que hasta ahora firmaron el ingreso y los que se negaron. De los 19 miembros, 12 son autocracias, dictaduras o monarquías de muy bajo contenido democrático. La invitación a Rusia y Bielorrusia ya indica una dirección política. Esto es 7 democracias (40%), 7 autocracias (40%) y 6 monarquías autoritarias (30%). Es decir, la mayoría representan alguna forma de autoritarismo y ya está en condiciones de competir, por ejemplo, con la tan criticada composición del Comité de DDHH de la ONU.
Esto contrasta con la negativa de la mayor parte de los países europeos, a excepción de la Hungría de Orban, aliado estrecho de Rusia, y de Bulgaria y Kosovo. Allí se plantea otro perfilamiento y que convierte a la Junta en otra grieta interna dentro de la alianza occidental. Francia, Canadá, Reino Unido, Polonia, Alemania, Italia y Japón no aceptaron aun integrarse. Ucrania avisó que no puede compartir el espacio con Rusia y Bielorrusia. Este es un caso testigo porque la invasión rusa entra dentro de los posibles conflictos en donde intervendría. Putin condicionó su pago de los mil millones diciendo que Trump puede tomarlos de los activos rusos embargados. Trump contestó “Si está usando su dinero, eso es genial”. Esa frase abre otra grieta en occidente, pero también le da a la Junta un perfil político más claro. Mientras tanto, Rusia bombardea el sistema eléctrico de Ucrania y busca su rendición por congelamiento. Que a cambio de unirse a la Junta acuerde con levantar una de las sanciones más directas a Rusia en un momento tan particular establece un orden de prioridades claro.
Estos manejos indican que lo que está en juego en la participación de los países es la capacidad para obtener el beneplácito del presidente perpetuo. Es una transacción que avala su rol de rector global a través del reconocimiento de la Junta como poder alternativo mundial. Esa es la perspectiva más preocupante, porque le da más entidad a la discrecionalidad de Trump para intervenir en los conflictos, pero ahora excusado en un consenso aparente de países que lo avalan por medio de su integración en una Junta que lo tiene como actor central.
Hay una perspectiva aún más inquietante y es que el ser parte de la Junta aumente la probabilidad de lograr la intervención de EEUU en una controversia entre estados o en la posibilidad que se vuelque a favor de quien se integra y en contra de quien rechace ser parte. Por la estructura de la Junta y su método de decisión, esa intervención queda en última instancia sujeta al designio de Trump y cualquier desvío anulado por su poder de veto. Es como la ONU, pero con un toque monárquico, dicho esto en tono objetivo y sin importar a quien ofenda.

A su vez, esa forma de operar explica el nombre de los países que la integran y el resto corre por la necesidad de obtener favores del país que preside el que preside la Junta o el temor a verse alcanzado por sus represalias. No es solo una Junta, es una definición de realismo político. En síntesis, la Junta es un nuevo instrumento para que Trump intervenga con un poder discrecional y sin contrapesos. Funciona como una extensión de sus intereses personales tanto en lo político como en lo económico. Pero, además, ya confronta con el resto de Occidente.
Por ahora el número de países que lo integran y la baja calidad democrática del promedio de sus miembros le impiden presentarse como una alternativa vendible de la ONU. Pero es un número que alcanza para vender un respaldo suficiente para intervenir en las crisis ajenas. Es ahí en donde el grotesco se convierte en alarma, porque a medida que más países busquen agradar a Trump sumándose a su club exclusivo, mayor será su poder de injerencia y la probabilidad para que sea usado en función de los objetivos particulares de su líder. La junta ya avanza en un proyecto de control en Gaza para crear la primera zona bajo el control de una corporación en la que Trump va a obtener un rédito económico personal directo. Ese acto fundacional es el dato que faltaba para entender hacia donde apunta la estrategia.
El comité de Gaza se integra con Kushner, Witkoff, ministros de Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, el jefe de inteligencia de Egipto, el empresario israelí Yakir Gabay con interés en el negocio de la reconstrucción y el CEO de Apollo. El gobierno israelí no quiso se parte. El Comité Ejecutivo es la letra chica en donde la presencia del secretario de estado y del yerno de Trump indican que se están fundiendo los intereses del emporio empresario del presidente con la policita exterior de los EEUU. Un problema porque hablamos de la 1° potencia global. Como vemos, no es uno más de los muchos organismos multilaterales que se van creando a lo largo de la historia. Advierte sobre un cambio de reglas en donde se privatiza la multilateralidad y que los fallos de la ONU favorecieron la creación de un Golem que está al mando de Trump. La Junta y el espectáculo en torno a ella en Davos pierden bastante su comicidad al advertirse todo lo que se esconde detrás. Hay que ver con quien se junta Trump para entender hacia donde apunta al crear su propia versión de la ONU y de un Consejo de Seguridad unipersonal.



