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Sukhoi Su-22 en Perú: El avión, el piloto y las manos del mecánico

hace 3 minutos
7 min de lectura

 

Una historia de casi 50 años de hombres, aeronaves, amistad, sacrificio y memoria en la Casa de los Tigres.

 

Por Angie Rajkovic

 

Hay sonidos que el tiempo no consigue apagar. Para quienes alguna vez estuvieron frente a un Sukhoi Su-22, probablemente no exista explicación suficiente para describir lo que significaba escuchar sus motores cobrar vida. Aquel rugido no era solamente el sonido de una poderosa aeronave de combate. Para una generación de aviadores de la Fuerza Aérea del Perú, era el sonido de una época, de una juventud entregada al vuelo, de horas de preparación y una vocación que terminó convirtiéndose en una forma de vida.

Y quizá por eso, cuando un piloto de Sukhoi vuelve a escuchar ese rugido —aunque hayan pasado décadas— algo dentro de él vuelve por un instante a aquellos años. Vuelve a su mente Talara, la pista de vuelo, la cabina del Su-22, los compañeros, las voces de radio, y aquellos hombres que, mucho antes de que el piloto colocara sus manos sobre los controles, habían puesto las suyas sobre la aeronave para asegurarse de que pudiera volar sin problemas.

Porque un avión de combate nunca vuela solo. Detrás de cada despegue hay un piloto que deposita su vida en un avión y un mecánico su honor en dejarlo listo para cumplir la misión. Y entre ambos se construye una confianza que no necesita palabras.

 

El día en que llegaron los Tigres

El 20 de septiembre de 1977 no llegó simplemente un nuevo avión al Perú. Llegó una nueva manera de entender el poder aéreo. Ese día, el Sukhoi Su-22 comenzó a formar parte de la historia de la Fuerza Aérea del Perú y encontró su hogar en el Grupo Aéreo N°11, en Talara, conocido como la “Casa de los Tigres”.

Para muchos de aquellos jóvenes aviadores, aquel avión representaba mucho más que velocidad, potencia y tecnología. Representaba un desafío. Había que aprenderlo, comprenderlo, respetarlo y sobre todo, había que llegar a conocerlo de tal manera que el piloto pudiera sentir sus respuestas casi antes de que aparecieran.

Con el tiempo, el Sukhoi dejó de ser una máquina extraña. Se convirtió en compañero. El piloto aprendía a reconocer sus sonidos, sus vibraciones, sus reacciones y hasta esas pequeñas señales que solamente quien ha pasado muchas horas en una cabina puede identificar. Había aviones que se conocían por los manuales. El Sukhoi se terminaba conociendo también por el corazón.

 

El mecánico que conocía el avión antes que nadie

Pero hay una parte de la historia que muchas veces queda lejos de las fotografías. Es la historia del mecánico. Mientras el piloto se preparaba para volar, había hombres que llegaban antes para revisar la aeronave. Sus manos conocían cada rincón del avión. Donde otros veían metal, ellos veían una responsabilidad. Donde otros escuchaban el sonido de un motor, ellos podían distinguir una anomalía.

Y cuando finalmente entregaban el avión al piloto, no entregaban solo una aeronave, sino su trabajo, su experiencia y, una parte de su vida. Tal vez por eso existe una verdad que solamente quienes vivieron aquellos años pueden comprender plenamente que el piloto confiaba su vida al avión; y el mecánico confiaba su trabajo al piloto.

Y esa confianza tenía que funcionar. Siempre. Porque allá arriba, a velocidades que dejaban atrás cualquier temor, no había espacio para la duda.

 


Cuando el piloto y el avión se convertían en uno

Hay una imagen que probablemente permanece intacta en la memoria de muchos pilotos.

El momento previo al vuelo. El avión en la pista. El mecánico alrededor de él. El piloto acercándose. Una mirada. Un saludo. Una última comprobación. Y después, la escalera.

Quizá en aquel instante ninguno pensaba que algún día esos momentos serían recuerdos. Pero así es la vida de los aviadores. Uno cree que está viviendo un día más.

Y años después descubre que aquel día era parte de una época que nunca volverá.

El Sukhoi acompañó a varias generaciones. Vio llegar pilotos jóvenes y despedir a otros.

Conoció madrugadas, amaneceres, alertas, ejercicios, misiones y regresos. Conoció el silencio de quienes no regresaron. Por eso, para quienes volaron estas aeronaves, recordar no es solamente una ficha técnica. Es recordar una parte de su propia vida.

 

Falso Paquisha: cuando el entrenamiento se convirtió en historia

Llegó el momento en que todo aquello aprendido en las aulas, en los simuladores, en las prácticas y en incontables horas de vuelo tuvo que demostrar su verdadero valor. En 1981, durante el conflicto de Falso Paquisha, los Sukhoi formaron parte de la respuesta de la Fuerza Aérea del Perú en defensa de la soberanía nacional. Entonces el avión dejó de ser solamente una poderosa aeronave. Se convirtió en instrumento del deber.

Y detrás de cada misión estuvieron los mismos protagonistas que tantas veces habían trabajado lejos de los titulares: pilotos, personal de mantenimiento y aquellos hombres que comprendían que la seguridad de uno dependía del trabajo del otro. La historia, muchas veces, recuerda al avión. Pero quienes estuvieron allí saben que la historia realmente la hicieron los hombres.

 

Cenepa: el cielo también guarda memoria

Años después, en 1995, el cielo del Cenepa volvió a poner a prueba a los hombres de la Fuerza Aérea del Perú. Los Sukhoi regresaron a la escena de la defensa nacional. Y esta vez la historia quedó escrita también con ausencia. El Coronel FAP Víctor Manuel Maldonado Begazo y el Comandante FAP Enrique Caballero Orrego entregaron sus vidas en cumplimiento del deber. Para la historia militar fueron oficiales que cumplieron una misión. Pero para quienes compartieron con ellos la vida aeronáutica fueron mucho más que eso. Fueron compañeros, amigos, hombres con quienes se compartieron horas de vuelo, conversaciones, preocupaciones, alegrías y sueños.

Tenían familias que los esperaban. Nombres que alguien pronunciaba con cariño, una vida antes de aquella misión. Por eso, cuando hoy se recuerda a aquellos aviadores, no basta con decir que “cayeron en combate”. Hay que recordar que fueron hombres que un día se pusieron el uniforme y cumplieron con su deber hasta las últimas consecuencias.

 


La Casa de los Tigres

El Grupo Aéreo N°11 para quienes pasaron por sus instalaciones, es una parte de su propia historia. Es “La Casa de los Tigres”. Allí quedaron las huellas de generaciones de aviadores. En sus pistas quedaron madrugadas. En sus hangares conversaciones. En sus talleres las manos de mecánicos que conocían sus aviones como si fueran propios.  Y en la memoria de sus pilotos quedaron para siempre aquellos Sukhoi que alguna vez esperaron, silenciosos, antes de convertirse nuevamente en rugido.

Talara fue escuela, hogar, punto de encuentro y despedida. Porque quienes compartieron un Sukhoi no compartieron únicamente horas de vuelo. Compartieron una época.

 

Hay aviones que se vuelan; otros se quedan a vivir en la memoria

Quizá esa sea la verdadera grandeza del Sukhoi Su-22. No solamente haber sido supersónico. No solo haber llevado una enorme capacidad de combate, ni haber participado en momentos decisivos de la historia del Perú, su verdadera grandeza está en haber dejado una huella profunda en quienes lo hicieron posible.

En el piloto que todavía puede cerrar los ojos y recordar aquella cabina.

En el mecánico que quizá aún recuerde el sonido particular de aquel motor.

En el especialista que pasó horas revisando cada sistema.

En la esposa que aprendió a reconocer el sonido de un avión y el silencio de una espera.

En los hijos que crecieron sabiendo que papá volaba un avión llamado Sukhoi.

En los compañeros que todavía se reúnen y, al hablar de aquellos años, terminan pronunciando los nombres de quienes ya no pueden sentarse con ellos. Porque hay recuerdos que no envejecen. Solo esperan.

 


A puertas de los 50 años

El 20 de setiembre de 2027 marcará medio siglo desde la llegada de los primeros Sukhoi al Perú. Cincuenta años. Toda una vida para algunos. Una carrera para otros. Y un capítulo imborrable de la historia de la Fuerza Aérea del Perú.

Al mirar hacia atrás, quizás lo más importante no sea contar cuántos aviones hubo, cuántas horas volaron o cuántas misiones cumplieron. Lo importante es recordar quiénes estuvieron detrás de cada vuelo. Los que los pilotaron. Los que los mantuvieron. Los que los esperaron. Los que los despidieron. Y los que nunca volvieron.

 

El legado de los Tigres

Con los años, los aviones pueden dejar de volar. El metal puede envejecer. Los hangares pueden cambiar. Las fotografías pueden amarillear. Pero hay algo que no pierde vigencia: la memoria de quienes hicieron historia. Por eso, para un piloto, recordar aquella aeronave probablemente sea recordar también quién fue él cuando tenía la juventud, la fuerza y el privilegio de subir a esa cabina. Y para un mecánico, recordar un Sukhoi será volver a mirar sus propias manos y saber que, alguna vez, esas manos ayudaron a mantener en el cielo una máquina en la que un compañero había depositado su vida.

Esa es la historia que merece ser contada. La historia del avión y del hombre. La historia del piloto y del mecánico. La historia de quienes volaron y de quienes hicieron posible cada vuelo. La historia de una generación que encontró en el Sukhoi mucho más que una aeronave. Encontró un compañero. Y quizá por eso, cuando el tiempo pasa y los años pesan, basta escuchar nuevamente aquel rugido para que, por un instante, todo vuelva a ser como antes.

La pista. El hangar. El uniforme. La cabina. El saludo del mecánico. La mano sobre el avión. El motor despertando. Y el cielo abriéndose delante de los ojos. Porque algunas aeronaves, cuando dejan de volar, no desaparecen. Se quedan para siempre en la memoria de quienes alguna vez las llamaron suyas.

Y mientras exista un Tigre que recuerde aquel sonido, mientras exista un piloto que pueda contar cómo era volar un Sukhoi, mientras exista un mecánico que recuerde las manos con las que preparó aquel avión, el Sukhoi Su-22 seguirá volando. No sobre Talara, ni el Cenepa, sino en el lugar donde ninguna máquina puede ser derribada por el tiempo: en la memoria de los hombres que le dieron vida.

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