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The Ukrainian Paradox II: La paz como instrumento de poder

hace 6 minutos
7 min de lectura

 

Por Diego Bavio

 

El tiempo corre. El 4 de junio, Volodymyr Zelensky invitó públicamente a Vladimir Putin a reunirse para buscar una salida a la guerra. Dos meses después, el 11 de agosto, anunció que Ucrania había entregado a negociadores estadounidenses nuevas propuestas destinadas a terminar el conflicto. Kyiv sostiene que busca construir, junto con sus aliados, un mecanismo capaz de llevar a Rusia a una negociación.

No sabemos si Putin aceptará sentarse a negociar. Tampoco sabemos qué condiciones impondrá Moscú ni cuáles estará dispuesto a aceptar Kyiv.

Pero hay una cuestión que Ucrania debería empezar a discutir con la misma intensidad con la que discute el territorio: ¿qué quiere ser Ucrania después de la guerra?

Porque puede existir una salida en la que Ucrania pierda territorio y, al mismo tiempo, gane poder. Y esa posibilidad merece ser considerada seriamente.

 

Del resultado territorial al resultado estratégico

La primera paradoja ucraniana era relativamente sencilla de formular.

Ucrania ha demostrado una extraordinaria capacidad para infligir daños a Rusia mediante drones, ataques de largo alcance, operaciones especiales y una creciente industria tecnológica de defensa. Sin embargo, ninguna de esas capacidades puede sustituir indefinidamente al volumen de fuerzas, la defensa aérea, la profundidad industrial y el sostenimiento externo necesarios para librar una guerra prolongada.

La guerra está demostrando además que Rusia ha convertido el conflicto en una competencia de resistencia industrial.

Moscú ha expandido su producción militar y ha adaptado buena parte de su economía a las necesidades de la guerra. Ucrania, por su parte, ha construido una industria de defensa que en 2022 prácticamente no existía en la escala actual y que hoy produce millones de drones y una creciente variedad de sistemas no tripulados. Algunas estimaciones sitúan la producción ucraniana de drones para 2026 en varios millones de unidades. Paradójicamente, ese volumen está creando un nuevo cuello de botella operacional: cómo gestionar y coordinar cientos de drones convergiendo simultáneamente sobre un mismo objetivo.

El problema es que una capacidad tecnológica excepcional no equivale automáticamente a una capacidad estratégica suficiente para recuperar todo el territorio perdido.

Y aquí aparece la segunda paradoja. Tal vez Ucrania tenga que aceptar que no puede recuperar militarmente, en el corto plazo, todo aquello que considera propio. Pero eso no significa necesariamente que tenga que aceptar una derrota estratégica.

 

Una derrota territorial puede convertirse en una transformación nacional

La política tiene una dificultad evidente. ¿Cómo puede un gobierno ucraniano presentar ante su sociedad una paz que implique aceptar, al menos de facto, la pérdida de territorios? Probablemente no pueda hacerlo presentándola como una victoria, pero tampoco necesariamente necesita presentarla como una derrota.

Puede presentarla como un punto de equilibrio y la necesidad de no hundirse en una guerra sin fin que continúe desangrando al pueblo ucraniano. La guerra habría permitido preservar la independencia del Estado, consolidar su orientación europea, destruir la ilusión de que Rusia podía someter rápidamente a Ucrania y, sobre todo, construir unas Fuerzas Armadas y una industria de defensa que Ucrania no tenía antes de 2022.

La paz sería entonces una pausa estratégica. No una renuncia definitiva a las posiciones territoriales ucranianas, sino la decisión de dejar de consumir recursos humanos, económicos e industriales en una guerra cuyo resultado territorial inmediato parece cada vez más difícil de modificar. La diferencia es fundamental.

Aceptar una realidad territorial no equivale necesariamente a aceptar esa realidad como definitiva. Una generación futura de ucranianos podría volver a discutir Crimea, Donetsk, Luhansk, Zaporizhzhia o Kherson desde una posición política y económica completamente diferente. Pero para llegar a ese momento, Ucrania primero necesita existir, reconstruirse y acumular poder.

 


La oportunidad que la guerra construyó

Aquí aparece uno de los fenómenos más interesantes de la guerra. Ucrania está construyendo algo que podría convertirse en una ventaja estratégica mucho más duradera que cualquier ganancia territorial inmediata: un ecosistema tecnológico-industrial de defensa.

Cientos de empresas desarrollan drones, vehículos no tripulados, inteligencia artificial, guerra electrónica, robótica, sistemas navales no tripulados, software militar y otras tecnologías.

La experiencia de combate está alimentando directamente ese ecosistema. El soldado utiliza el sistema, transmite sus observaciones, el desarrollador modifica el producto, vuelve al campo de batalla y comienza nuevamente el ciclo.

Ese circuito es uno de los ejemplos más claros de lo que podemos llamar Military Learning Velocity: la capacidad de una organización militar-industrial para aprender, adaptar y transformar rápidamente ese aprendizaje en nuevas capacidades.

El fenómeno ya está despertando interés fuera de Ucrania. La industria ucraniana está comenzando a desarrollar mecanismos para exportar drones, armamento, tecnología y conocimiento, incluyendo acuerdos de producción con socios extranjeros. En abril de 2026 Kyiv anunció un marco de “Drone Deals” para facilitar la producción, suministro y transferencia tecnológica con otros países.

La pregunta entonces cambia. ¿Por qué Ucrania debería considerar esa industria solamente como una herramienta para ganar la guerra actual? ¿Por qué no convertirla en una de las bases económicas de la Ucrania posterior a la guerra?

 

El modelo israelí, sin copiar a Israel

Israel ofrece una referencia interesante. Durante décadas construyó un ecosistema en el que las Fuerzas Armadas, las universidades, la industria, las startups, el capital privado y las exportaciones se retroalimentaron mutuamente. Ucrania está recorriendo, aceleradamente, un camino parecido, pero no necesita convertirse en una copia de Israel. Podría construir un modelo propio: una potencia tecnológica militar europea nacida de una guerra convencional de alta intensidad.

La diferencia sería extraordinaria. Israel desarrolló su ecosistema durante décadas, Ucrania está desarrollando el suyo bajo fuego. Y esa experiencia tiene un valor que difícilmente puede comprarse.

Las armas ucranianas no solamente pueden ser promocionadas como productos de laboratorio. Muchas están siendo diseñadas y modificadas a partir de su utilización en una guerra real contra un adversario que dispone de grandes capacidades convencionales, drones, guerra electrónica, misiles y una enorme base industrial. 

El sello "Probado en Combate" muchas veces marca la diferencia a la hora de inclinar la balanza de potenciales compradores. Ese conocimiento operacional puede convertirse en una mercancía estratégica. Ucrania podría no solamente vender drones, podría vender cómo hacer la guerra del siglo XXI.

 

La paz puede convertirse en el comienzo del segundo ciclo

Aquí es donde la idea de paz adquiere una dimensión diferente. Para muchos ucranianos, la paz podría parecer simplemente el momento en que el país acepta aquello que no pudo recuperar. Pero existe otra posibilidad. La paz podría ser el momento en que Ucrania deje de consumir su capital nacional y empiece a convertir la experiencia acumulada durante la guerra en poder económico, tecnológico y militar.

La secuencia podría ser:

Paz → reconstrucción → inversión → industria → tecnología → exportaciones → Fuerzas Armadas → disuasión.

La reconstrucción no tendría que significar volver a la Ucrania de 2021. Podría significar construir una Ucrania completamente diferente, integrada económicamente a Europa, con una industria tecnológica de defensa competitiva, exportadora de drones, robótica, inteligencia artificial, guerra electrónica y sistemas militares, con universidades conectadas a la industria, una Ucrania donde las Fuerzas Armadas continúen siendo un laboratorio de innovación. Y, sobre todo, una Ucrania que conserve la capacidad de producir poder militar sin depender de la ayuda exterior. Eso sería una transformación estratégica mucho más profunda que la simple recuperación de una ciudad.

 

El tiempo también modifica las sociedades

Hay además una dimensión política que suele desaparecer detrás de los mapas. Las sociedades no permanecen estáticas. Una Ucrania que durante diez años continúe movilizada alrededor de la recuperación territorial será una sociedad diferente de una Ucrania que durante diez años reconstruya sus ciudades, integre su economía con Europa, genere empleo tecnológico, atraiga inversiones y se convierta en un proveedor internacional de tecnología de defensa. Eso no significa que los ucranianos olvidarán los territorios perdidos. La memoria no desaparece porque termine una guerra. Pero las prioridades pueden cambiar.

El ciudadano que en 2038 tenga un empleo en una empresa tecnológica, una vivienda reconstruida, acceso al mercado europeo y un país económicamente próspero tendrá otros incentivos políticos que el ciudadano de 2022. La cuestión territorial puede continuar siendo parte de la identidad nacional sin necesariamente dominar toda la agenda política. Y quizás esa sea una de las mayores oportunidades de una paz imperfecta.

 


No se trata solamente de detener la guerra

Hay, sin embargo, una condición fundamental. La paz no puede significar que Ucrania desmantele aquello que construyó durante la guerra. Sería un error volver a una situación en la que la industria de defensa depende casi exclusivamente de contratos estatales limitados, las startups pierden acceso al campo de pruebas y el vínculo entre Fuerzas Armadas e industria se debilita. La ventaja ucraniana está precisamente en el ciclo:

soldado → experiencia → desarrollador → prototipo → campo de batalla → aprendizaje → nueva capacidad.

Ese ciclo debe sobrevivir a la guerra. Porque si Ucrania logra conservarlo, puede convertir una característica nacida de la necesidad en una ventaja permanente. Y aquí aparece nuevamente el Military Learning Velocity. La gran ventaja ucraniana quizás no sea un determinado dron. Es haber aprendido a aprender rápidamente. Eso es mucho más difícil de copiar.

 

¿Territorio o poder?

Por eso la decisión que enfrenta Ucrania es más compleja que “guerra o paz”. La pregunta estratégica podría ser otra: ¿Qué quiere recuperar Ucrania: territorio o poder?

Porque intentar recuperar simultáneamente todo el territorio y conservar intacto el potencial humano, económico e industrial del país puede terminar siendo incompatible con los recursos disponibles. Una alternativa sería aceptar un resultado territorial imperfecto y utilizar la paz para acumular poder.

No para olvidar los territorios, ni para reconocer moralmente las anexiones rusas, ni para abandonar una eventual negociación futura. Sino para cambiar la relación de fuerzas. Una Ucrania reconstruida, integrada a Europa, económicamente dinámica, militarmente poderosa y convertida en uno de los principales polos mundiales de tecnología de defensa estaría en una posición muy diferente para discutir su futuro.

Quizás dentro de diez o quince años vuelva a sentarse frente a Rusia. Pero ya no lo haría como un país devastado intentando recuperar lo perdido. Lo haría como un país que construyó poder.

 

La paradoja final

La primera Ukrainian Paradox planteaba una pregunta incómoda: ¿puede la innovación táctica sustituir aquello que Ucrania necesita para transformar los éxitos militares en una decisión estratégica? La segunda puede plantear una pregunta todavía más incómoda:

¿Puede Ucrania convertir una derrota territorial en una victoria estratégica nacional?

Tal vez sí. Pero para hacerlo necesita reconocer una realidad fundamental de la guerra: el final de los combates no determina por sí mismo quién ganó la guerra.

Una guerra puede terminar con fronteras diferentes de las que cada parte esperaba y, sin embargo, producir transformaciones estratégicas mucho más profundas. El verdadero resultado podría medirse años después.

Si Ucrania consigue reconstruir su economía, integrarse definitivamente a Europa, mantener unas Fuerzas Armadas poderosas y transformar su industria de defensa en un polo tecnológico internacional, podría descubrir que la paz no fue simplemente el momento en que dejó de intentar recuperar territorio. Podría haber sido el momento en que dejó de consumir poder y comenzó a construirlo. Y entonces la paradoja sería completa, quizás Ucrania no necesite ganar la guerra de 2022 para ganar la Ucrania de 2035.

 

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