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Trump se retira de Irak: empieza otra batalla

hace 3 minutos
13 min de lectura

Por Ignacio Montes de Oca


Estados Unidos terminó este 30 de septiembre de 2026 su retirada militar de Irak. El último contingente abandonó la base aérea de Erbil y puso fin a la presencia militar permanente que comenzó con la invasión del 20 de marzo de 2003.

El ciclo no fue continuo: Washington retiró sus tropas en 2011 y regresó en 2014 para combatir al Estado Islámico. En términos históricos, sin embargo, transcurrieron 23 años, 6 meses y 10 días desde el comienzo de la invasión hasta la salida definitiva. Esta vez no hubo escenas de caos como las que acompañaron la retirada de Afganistán. El repliegue fue ordenado. El vocero del Pentágono, Sean Parnell, habló de una “salida ordenada” y el Pentágono trasladó a Jordania el cuartel general de la misión contra ISIS.

La decisión política que terminó de cerrar el proceso fue de Donald Trump. El 14 de julio, durante una reunión con el primer ministro iraquí Ali al-Zaidi en la Casa Blanca, Trump afirmó que Estados Unidos ya no necesitaba mantener tropas en Irak, y confirmó que los militares estadounidenses abandonarían el país antes del 30 de septiembre. “No creemos que necesitemos tener allí a los militares”, sostuvo. Al-Zaidi confirmó que las tropas estadounidenses saldrían mientras las empresas norteamericanas continuarían operando en Irak. El Pentágono, posteriormente, ratificó que se estaba ejecutando el acuerdo alcanzado anteriormente con Bagdad.

La historia, sin embargo, tiene una controversia política que conviene precisar. Cuando comenzaron las conversaciones con Bagdad a inicios de 2024, la administración Biden negó que existiera una decisión ya tomada para retirar las tropas estadounidenses. Pero en septiembre de 2024, Washington y Bagdad anunciaron formalmente el calendario: la misión de la coalición terminaría y las fuerzas estadounidenses abandonarían progresivamente Irak hasta completar la transición a fines de 2026. Reuters informó entonces que el acuerdo contemplaba retirar buena parte de los aproximadamente 2.500 militares estadounidenses que había en el país y mantener temporalmente una presencia en Erbil para apoyar las operaciones contra ISIS en Siria.

Por eso, el reparto político es claro: Biden negoció el calendario y Trump ordenó y ejecutó la salida definitiva. La diferencia es importante porque Trump puede presentar el repliegue como parte de su política de terminar con las llamadas “guerras eternas”, aunque el proceso institucional que desembocó en la salida comenzó durante la administración anterior.

La comparación con Afganistán también necesita una precisión. Trump firmó el acuerdo con los talibanes en Doha el 29 de febrero de 2020. La retirada de Afganistán se concretó en agosto de 2021 bajo Biden, y terminó con el colapso del gobierno aliado y escenas de caos en el aeropuerto de Kabul. Irak fue diferente: el retiro se produjo después de una negociación de dos años, con un gobierno nacional que mantiene el control de sus principales instituciones y con las fuerzas iraquíes asumiendo formalmente la responsabilidad de la seguridad.

La magnitud del cambio se entiende al mirar el tamaño que tuvo alguna vez la presencia estadounidense. En 2007, durante el pico de la guerra, Estados Unidos llegó a tener unos 170.000 militares desplegados en Irak. En 2026 quedaban apenas unos cientos, concentrados fundamentalmente en el norte kurdo: las cifras varían según la fuente, ya que se habla de menos de 200 hacia este verano, mientras que NPR consigna unos 1.500 efectivos en la zona kurda tras el retiro del resto del país en enero.

La retirada final no fue, por lo tanto, la salida de una fuerza comparable con la que invadió el país en 2003, sino el cierre de la última estructura militar permanente que Washington conservaba después de la derrota territorial de ISIS.

El balance humano explica la escala histórica del cierre. Según el proyecto Costs of War de la Universidad Brown, murieron 4.599 militares estadounidenses durante las guerras de Irak. El mismo estudio calculó entre 186.694 y 210.038 civiles iraquíes muertos directamente por la violencia y entre 48.337 y 52.337 integrantes de las fuerzas militares y policiales iraquíes fallecidos.



A esas cifras hay que agregar a los contratistas civiles. El proyecto Costs of War estimó aproximadamente 3.650 contratistas muertos, mientras distintas reconstrucciones de las bajas de empresas privadas situaron los heridos en decenas de miles.

El costo financiero fue todavía mayor. Brown calculó que las guerras de Irak y Siria implicaron aproximadamente 1,79 billones de dólares de gasto presupuestario hasta 2023 y que, al incorporar las obligaciones futuras de atención médica y discapacidad de los veteranos hasta 2050, el costo alcanzaría unos 2,89 billones de dólares. Esta última cifra no corresponde exclusivamente a Irak: incluye también los costos de la guerra contra ISIS en Siria. Brown advierte además, que su cálculo no incorpora todos los costos asumidos por los aliados de Estados Unidos.

A eso se sumaron decenas de miles de millones de dólares destinados a reconstruir Irak, entrenar sus fuerzas de seguridad, levantar infraestructura y sostener instituciones estatales. La Oficina del Inspector General Especial para la Reconstrucción de Irak supervisó programas estadounidenses por más de 60.000 millones de dólares.

Pero el costo de la guerra no termina con las tropas que regresan. Estados Unidos deja atrás una infraestructura militar construida durante más de dos décadas. Algunas instalaciones fueron transferidas al gobierno iraquí y otras fueron desmanteladas o abandonadas. Entre las posiciones utilizadas durante años estuvieron Ain al-Asad, Balad y las instalaciones militares próximas a Bagdad y Erbil. El valor de lo transferido no se limita a los edificios: incluye comunicaciones, depósitos, infraestructura logística, sistemas de vigilancia y equipamiento.

Antes de completar el retiro, Washington también reforzó las capacidades de las fuerzas iraquíes mediante nuevos programas de asistencia militar por un valor de 800 millones de dólares. El objetivo es que la salida de las tropas no implique la ruptura de la relación de seguridad. La transición prevista por Washington y Bagdad es hacia una asociación bilateral que incluye entrenamiento, intercambio de inteligencia, mantenimiento y venta de armamento.

La diferencia fundamental está precisamente ahí: Estados Unidos se retira militarmente de Irak, pero no abandona Irak. Aquí hay una política de estado compartida por Biden y Trump.

La salida de soldados no implica el fin de la cooperación de seguridad. El Comando Conjunto de la Operación Inherent Resolve terminó su misión dentro de Irak, pero continúa operando desde Jordania para combatir a ISIS en Siria. El propio CENTCOM confirmó que la fuerza conjunta quedó instalada en territorio jordano y que continuará apoyando las operaciones contra el Estado Islámico junto con sus socios regionales.

La retirada tampoco significa simplemente que desaparezcan tropas. También desaparecen capacidades. Estados Unidos retiró de Erbil sus sistemas Patriot, utilizados para detectar e interceptar misiles y drones. Es un dato particularmente importante porque Irak todavía no tiene una red de defensa aérea equivalente. Fuentes estadounidenses y kurdas advirtieron que la región queda más expuesta a ataques iraníes y de las milicias aliadas de Teherán.

Bagdad intenta cerrar ese agujero mediante nuevas compras de radares y sistemas de defensa aérea a Estados Unidos, Corea del Sur y Turquía. Pero el reemplazo llevará tiempo. La consecuencia inmediata es que Irak asume formalmente el control de su espacio aéreo sin disponer todavía de todas las herramientas para defenderlo.

El problema no es solamente cuántos soldados estadounidenses se van, sino qué capacidades se van con ellos: inteligencia, vigilancia, reconocimiento, logística, mantenimiento, defensa aérea y capacidad de respuesta rápida. Esa diferencia será especialmente importante frente a Irán y sus aliados armados.

La segunda paradoja es política. Estados Unidos abandona una plataforma militar precisamente cuando Irán conserva una enorme influencia sobre Irak. Las organizaciones chiíes respaldadas por Teherán llevan años reclamando la salida de las tropas estadounidenses y celebraron el repliegue como una victoria.

El desafío para Bagdad es todavía más complejo, porque muchas de esas organizaciones no son simplemente grupos armados clandestinos. Buena parte de ellas integran formalmente las Fuerzas de Movilización Popular, una estructura reconocida dentro del aparato de seguridad iraquí. Algunas conservan, sin embargo, sistemas de mando autónomos, estructuras políticas propias y arsenales independientes. El objetivo del gobierno no es sólo confiscar armas, sino terminar con esas cadenas de mando paralelas y colocarlas bajo control estatal. Associated Press informó que las negociaciones incluyen la posibilidad de retirar de manos de las facciones armas como misiles y aeronaves de largo alcance.

Pero el problema más delicado está dentro del propio gobierno. Irak funciona sobre un equilibrio precario entre partidos chiitas, bloques sunitas y fuerzas kurdas, y ese equilibrio tampoco es homogéneo. Los chiitas representan a un 55/60% de la población, los sunitas al 20/22% y los kurdos al 19%.

El principal bloque chiita, el Marco de Coordinación, que sostiene al gobierno, reúne a sectores con posiciones diferentes sobre la relación con Irán, el futuro de las milicias y el grado de autonomía que debe tener el Estado frente a ellas.

Las disputas entre figuras como Nouri al-Maliki y otros dirigentes del bloque, en particular sectores vinculados a Asaib Ahl al-Haq con quienes mantuvo diferencias sobre posiciones de poder y sobre la estructura del gobierno, ya mostraron hasta qué punto esa alianza puede fracturarse cuando se discuten el poder, los ministerios y el control de las armas.

El problema no es solamente una diferencia ideológica. La coalición que llevó a al-Zaidi al poder tampoco consiguió completar con normalidad el aparato del Estado. En septiembre todavía quedaban nueve ministerios sin cubrir, entre ellos Interior y Defensa, debido a disputas entre las fuerzas del Marco de Coordinación.

El resultado es una paradoja peligrosa: Irak intenta concentrar las armas bajo autoridad estatal mientras las mismas fuerzas políticas que deben aprobar ese proceso todavía disputan quién controla los ministerios, los recursos y las estructuras de seguridad. A eso se suman las tensiones entre Bagdad y el Kurdistán por el petróleo, los ingresos y las fuerzas Peshmerga, mientras los partidos sunitas buscan conservar influencia sobre sus territorios.

El peligro es que la salida estadounidense quite el árbitro externo -aunque Estados Unidos fue también, durante años, parte del conflicto y blanco de las milicias- justo cuando estas diferencias siguen abiertas: si el gobierno pierde capacidad para repartir poder y recursos, o si una facción decide resolver la disputa mediante sus propias fuerzas armadas, Irak puede volver a caer en el enfrentamiento interno. En ese escenario, el problema no sería solamente el regreso del ISIS, sino que el Estado vuelva a fragmentarse desde adentro. Y que el fundamentalismo vuelva a aprovechar esa circunstancia para crecer.

El primer ministro Ali al-Zaidi había vinculado inicialmente la retirada estadounidense con un plazo para que las organizaciones armadas entregaran sus armas. Pero la resistencia de los grupos más poderosos obligó a extender el proceso hasta junio de 2027.

Kataib Hezbollah y Harakat al-Nujaba se encuentran entre las organizaciones que se resisten a abandonar sus arsenales. Algunas de ellas incluso condicionaron el desarme a otras cuestiones, como el control de los peshmerga kurdos y la presencia de grupos kurdos iraníes en territorio iraquí.

La retirada estadounidense elimina simultáneamente el argumento que esas milicias utilizaban para justificar su armamento y uno de los principales contrapesos militares que podían contenerlas. Teherán pierde a su adversario militar directo dentro de Irak, pero sus aliados ganan margen para negociar desde una posición de mayor autonomía.

Eso no significa que Irán vaya a controlar Irak. Bagdad conserva instituciones propias, fuerzas armadas, relaciones con Estados árabes y vínculos con Washington y Beijing. Además, el gobierno iraquí tiene un interés evidente en evitar que su territorio vuelva a transformarse en el campo de batalla de una guerra entre Irán y Estados Unidos. Pero el equilibrio será más difícil sin la presencia norteamericana.

El segundo gran riesgo es el Estado Islámico. ISIS perdió el territorio que había llegado a controlar en Irak y Siria y está muy lejos de la organización que ocupó Mosul en 2014. Pero no desapareció. Mantiene células clandestinas, redes logísticas y capacidad para aprovechar vacíos de seguridad. Reuters señaló que analistas iraquíes temen que la desaparición de la inteligencia y el apoyo militar estadounidense pueda facilitar una recuperación de esas estructuras. Señalan a zonas como Kirkuk como las más vulnerables a un resurgimiento del ISIS.

La comparación con 2011 es inevitable. Cuando Estados Unidos retiró sus tropas ese año, el Ejército iraquí quedó formalmente a cargo de la seguridad. Tres años después, ISIS lanzó una ofensiva que terminó con la caída de Mosul y el colapso de unidades enteras de las fuerzas iraquíes. No obstante, la situación actual es muy diferente: el Ejército, la policía y las unidades antiterroristas son mucho más grandes y experimentados y fueron decisivos en la derrota territorial del grupo. Pero aún dependen de capacidades extranjeras en inteligencia, vigilancia, logística y mantenimiento.

El interrogante, por lo tanto, no es si el Ejército iraquí puede combatir a ISIS. Ya demostró que puede hacerlo. La cuestión es cuánto puede hacer sin el sistema de apoyo construido por Estados Unidos y sus aliados desde 2014. Esa es una de las grandes pruebas del nuevo período.

El Kurdistán iraquí es otro punto especialmente sensible. Erbil fue durante años una de las principales plataformas de la coalición y su población sufrió más de 1.000 ataques con drones y misiles durante el conflicto entre Estados Unidos e Irán de 2026, según autoridades kurdas. La retirada de los sistemas Patriot y de las últimas tropas estadounidenses deja a la región con una capacidad de defensa aérea muy inferior a la que tenía bajo el paraguas estadounidense, más aun si Teherán decide bombardearlos en represalia por las acciones de sus pares iraníes. Es por eso que el primer ministro kurdo, Masrour Barzani, calificó de "vergonzoso" que se les deje completamente indefensos frente a la superioridad aérea iraní.

El problema kurdo tampoco es únicamente militar. Bagdad quiere aumentar el control federal sobre las fuerzas peshmerga, mientras Erbil teme que perder el respaldo estadounidense reduzca su capacidad de negociación con el gobierno central. Al mismo tiempo, Turquía mantiene fuerzas en el norte iraquí para combatir al Partido de los Trabajadores del Kurdistán, el PKK. El riesgo es que Erdogan aproveche la ocasión para ejecutar una presión similar a la que ejerce sobre el gobierno sirio de Al Sharaa para limitar la autonomía kurda, como lo hizo con Rojava.

La retirada estadounidense deja así a Erbil atrapado entre Bagdad, Ankara y Teherán. No se trata solamente de quién protege al Kurdistán, sino de quién tendrá capacidad para restringir su autonomía en los próximos años.

Turquía, de hecho, está reorganizando su propia presencia militar en Irak. Ankara acordó recientemente retirar gradualmente sus fuerzas de la base de Bashiqa, en el norte del país, y transferirla al gobierno federal. A cambio, Bagdad se comprometió a actuar contra grupos armados en Sinjar vinculados con el PKK. El acuerdo muestra que el vacío dejado por Estados Unidos no queda desocupado: otros actores están negociando cómo redistribuirlo.

Para las minorías religiosas y étnicas, especialmente cristianos y yazidíes, el escenario también cambia. No significa que la salida estadounidense vaya a provocar automáticamente una nueva ofensiva en contra de ellos. El problema es que desaparece parte del amortiguador militar externo que durante años ayudó a contener a ISIS y a las distintas fuerzas armadas que compiten por los territorios disputados del norte.

En términos regionales, la retirada llega además en un momento especialmente delicado. Durante 2026 Irán atacó posiciones estadounidenses en Medio Oriente y sus organizaciones aliadas mantuvieron la capacidad de lanzar drones y misiles contra instalaciones norteamericanas. Para Washington, retirar las tropas de Irak reduce una vulnerabilidad. Las fuerzas que permanecían en Erbil habían sido objeto de ataques reiterados.

La estrategia de Trump no consiste entonces simplemente en abandonar Medio Oriente. Consiste en reducir la exposición de tropas dentro del radio de ataque de Irán y conservar capacidad de intervención desde posiciones más alejadas. Jordania cobra una importancia mayor porque desde allí continuará operando la estructura contra el ISIS en Siria e Irak. Washington pierde la plataforma iraquí, pero conserva la capacidad de proyectar fuerza desde otros puntos de la región.

Eso también explica por qué esta retirada debe confundirse con el abandono militar del Levante. La Operación Inherent Resolve terminó en territorio iraquí, pero su estructura continúa desde Jordania y mantiene la misión contra ISIS en la zona.

La otra gran dimensión del cambio es económica. China no necesita instalar tropas para aumentar su influencia en Irak. Pekín ya tiene una presencia considerable en petróleo, gas, infraestructura y energía. Las empresas chinas participan en grandes campos petroleros del sur y en proyectos de infraestructura, mientras Irak necesita inversiones para reconstruir su red eléctrica, mejorar el suministro de agua y ampliar su producción energética.

Empresas chinas ya participan como operadoras o inversoras en varios de los principales campos del país, entre ellos West Qurna-1, Faihaa y otros proyectos de expansión. PetroChina asumió la operación de West Qurna-1, uno de los mayores yacimientos iraquíes, mientras United Energy Group produce alrededor de 120.000 barriles diarios en el bloque 9. Al mismo tiempo, China fue el principal destino individual del petróleo iraquí: importó más de 1,1 millones de barriles diarios en 2024, aproximadamente un tercio de las exportaciones de crudo de Irak.



Recordemos que Irak cuenta con 145.000 millones de barriles, lo que representa aproximadamente el 8,2% del total mundial, y la quinta reserva del planeta. Ocupa el mismo puesto en producción mundial con 4,38 millones de barriles por día promedio. Esto lo convierte, además, en el segundo mayor productor de la OPEP según la EIA. Es, además, el tercer exportador mundial neto con alrededor de 3,4 a 3,7 millones de barriles diarios.

La salida estadounidense puede facilitar, entonces, una mayor expansión económica de Pekín en Irak. Actuando como aliado estratégico de Irán, China puede aprovechar el vacío para profundizar su control sobre los hidrocarburos del país,

Mediante acuerdos de "petróleo por infraestructura" bajo la Iniciativa de la Franja y la Ruta, el avance de las empresas chinas cubriría el hueco financiero dejado por Occidente e integraría a Irak en un corredor logístico trilateral junto a Teherán y Moscú, lo que, según esta interpretación, blindaría la explotación energética regional frente a futuras iniciativas económicas de Washington.

Pero sería un error concluir que Estados Unidos pierde su capacidad de presión económica al retirar sus tropas. El petróleo representa aproximadamente 90% de los ingresos presupuestarios iraquíes y los ingresos petroleros continúan depositándose en una cuenta del Banco Central iraquí administrada a través de la Reserva Federal de Nueva York, incluyendo las operaciones chinas. Ese mecanismo nació después de la invasión de 2003 y le proporciona a Washington una influencia financiera que sobrevive a la salida militar.

El escenario es paradójico: Estados Unidos abandona las bases, pero conserva instrumentos económicos; China amplía su presencia económica sin necesidad de bases; Irán mantiene influencia mediante las milicias, y Rusia puede profundizar sus vínculos de seguridad.

Rusia no necesita ocupar vacíos para ampliar su margen. Ya opera en Irak como proveedor de armamento, socio energético e interlocutor político de un gobierno que busca no quedar atrapado entre Washington y Teherán.

Durante años, vendió sistemas de defensa, helicópteros, tanques y piezas de artillería, y mantiene canales con Bagdad y con facciones que miran a Irán sin querer depender solo de Teherán. La salida estadounidense le ofrece algo más valioso que una base: la posibilidad de vender mantenimiento, munición y sistemas que Irak ahora tendrá que reponer sin el paraguas logístico de la coalición.

Al mismo tiempo, el Kremlin puede presentar esa cooperación como prueba de un orden multipolar, sin asumir el costo de contener a ISIS, ni de arbitrar entre chiitas, kurdos y sunitas. Su ventaja no es militar en el terreno iraquí; es diplomática y comercial. Puede profundizar vínculos de seguridad precisamente porque no promete garantizarla.

Para Bagdad, la dificultad será manejar simultáneamente a todos esos actores sin quedar subordinado a ninguno. Necesita conservar la relación financiera y de seguridad con Washington, atraer inversiones chinas, mantener los vínculos con los países árabes del Golfo, negociar con Turquía y contener la influencia de Irán. Y debe hacerlo mientras intenta imponer el monopolio estatal de la fuerza sobre organizaciones que tienen representación política, armas y capacidad para desafiar al gobierno.

El balance final es, por eso, mucho más complejo que una simple retirada militar. Para Estados Unidos, significa reducir costos y exposición después de una guerra que nunca terminó de resolverse.

Para Irán, elimina un contrapeso militar fundamental y amplía el margen de sus aliados iraquíes. Para China, abre más espacio para consolidar una posición económica que ya existe. Para Turquía, modifica la relación de fuerzas en el norte. Para Rusia, ofrece oportunidades adicionales de cooperación militar y política. Y para Irak, representa algo mucho más difícil: la primera oportunidad real de demostrar si puede garantizar su propia seguridad sin convertirse nuevamente en el escenario de una guerra entre potencias.

Estados Unidos se va de Irak. Pero el vacío no queda vacío: Irán tiene las milicias, China tiene el dinero, Turquía tiene las tropas y Rusia tiene las armas. Bagdad tendrá que demostrar que todavía tiene el Estado.

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