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Una aproximación a las tácticas antibuque del Comando de Aviación Naval en Malvinas


Por Mariano Sciaroni

 

En el conflicto de Malvinas, el Comando de Aviación Naval de la Armada Argentina organizó sus dos escuadrillas de Caza y Ataque dentro del marco de la Fuerza de Tareas (FT) 80.

Las mismas, junto con alguno de los helicópteros Aérospatiale SA-316B Alouette III de la Primera Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros, conformaron el GT 80.3 “Grupo de Tarea Ataque” (a cargo del Capitán de Fragata Jorge M. Czar).

Así las cosas, los Douglas A-4Q Skyhawk de la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque (Capitán de Corbeta Rodolfo Castro Fox) y los Dassault-Breguet Super Étendard de la Segunda Escuadrilla (Capitán de Corbeta Jorge Colombo) se desplegaron para atacar al enemigo británico.

Según el “Plan de Operaciones de la Fuerza de Tarea Aeronaval 2/82”, emitido por el comandante de la Aviación Naval (Contralmirante Carlos Alfredo García Boll) que resultaba contribuyente al plan esquemático de la superioridad, los objetivos materiales que ambas unidades de tareas debían atacar, con el objeto de “neutralizar la capacidad de asalto de la Fuerza Naval del ENO” eran similares.

El plan preveía, en ambos casos, en el tope de prioridad a los portaaviones enemigos, considerando luego a buques logísticos y de desembarco y, recién entonces, a los escoltas.

Obviamente, el “Plan de Operaciones 2/82” era una aproximación inicial al problema y su solución, dejando a las unidades subordinadas el planeamiento subsiguiente para conseguir los objetivos impuestos. Sin embargo, también señalaba que, debido a las diversas circunstancias del material y del armamento a emplear, existirían limitaciones y condicionamientos al momento de concretarse los ataques.

En este corto ensayo se analizarán las tácticas antibuque de ambas escuadrillas, tal como fueron planeadas por ellas (siguiendo los lineamientos del superior) en el mes de abril de 1982.

 


Estado inicial de situación.

El Comando de la Aviación Naval había desarrollado tácticas antibuque (con bombas y cohetes) prácticamente desde su nacimiento. Para la crisis de Chile de 1978, se había perfeccionado este tipo de ataques, principalmente con los aviones Douglas A-4Q.

Distinto era el caso de los Dassault-Breguet Super Étendard, cuyo principal armamento antibuque eran los misiles AM-39 Exocet, que habían arribado al país recién a fines de 1981. No había doctrina en el país para su empleo y, podría decirse, ni siquiera en Francia se había desarrollado la misma.

Pero las tácticas debían repensarse para esta guerra. No era lo mismo enfrentarse a la Armada de Chile que a la Royal Navy. Esta contaba con ventajas importantes:

·                     La existencia de dos portaaviones enemigos hacía probable la existencia de Patrullas Aéreas de Combate (PAC) de aviones Sea Harrier en cualquier ataque y

·                     La gran cantidad de destructores desplegados con sistemas Sea Dart (Tipo 42 y Tipo 82) implicaba pensar que cualquier blanco a atacar, salvo prueba en contrario, contaría con este misil de largo alcance.

Entonces, ambas escuadrillas partieron desde puntos diferentes. El Capitán Colombo debía desarrollar nuevas tácticas para los nuevos armamentos, mientras que el Capitán Castro Fox se apoyaba en la gran experiencia previa, ganada cuatro años antes, que ahora debía adaptarse a un enemigo más letal.

 


La “Segunda de Ataque”

Por falta de tiempo material para entrenarse en otro armamento y por lo decisivo que podría resultar, la escuadrilla centró sus esfuerzos durante abril de 1982 en poner a punto los misiles Exocet y desarrollar doctrina de empleo para los mismos.

Los misiles lograron dejarse listos para el combate (en una labor conjunta donde todos los involucrados señalan su tarea como la más importante…) y finalmente, el Capitán Jorge Colombo y su Oficial de Operaciones, el Capitán de Corbeta Roberto Agotegaray, diagramaron la doctrina y perfiles de vuelo.

Según el Capitán Colombo: “Nosotros basábamos los éxitos de nuestros ataques en dos cosas. La discreción y la velocidad, pero sobre todo la discreción. Éramos el enano que iba a atacar a un hombre que mide tres metros, en una noche oscura y por la espalda, en puntas de pie. No de frente.”

El perfil de misión resultante implicaba operar con reabastecimiento en vuelo, que lo realizarían los KC-130H de la Fuerza Aérea Argentina, operando en secciones de dos aviones, sin ningún tipo de cobertura ni acompañamiento. Un explorador en contacto (usualmente uno de los dos Lockheed SP-2H Neptune de la Escuadrilla Aeronaval de Exploración) proporcionaría información continua sobre el blanco a batir.

Cada uno de los aviones portaría un misil, que sería lanzado sobre el mismo objetivo. Ello implicaba, según el análisis de la información proporcionada por el fabricante que, sobre un blanco desprevenido, la posibilidad de impacto llegaría al 98 % (sobre 90% al atacar con un solo misil).



¿Cómo hacer para que el blanco no esté alerta? Considerando el conocimiento que se poseía sobre los radares 965 (búsqueda aérea lejana) de los destructores Tipo 42, se consideró que, a 120 millas náuticas del blanco, se debía estar rasante sobre el mar para realizar dos trepadas de escasos segundos, a 50/60 millas y a unas 40 millas, con el fin de localizar los blancos en el radar propio del avión y alimentar de datos al misil Exocet.

El lanzamiento se produciría a unas 20/30 millas del blanco, fuera del alcance de los misiles Sea Dart y 3 minutos y 30 segundos después de la trepada inicial.

En este escaso tiempo, la posibilidad de que el blanco tomara alguna contramedida sería mínima, lo que, se estimaba, permitiría el impacto sobre un blanco no defendido. Por último, dicho blanco debía estar en alta mar: el misil Exocet es seducido por la masa de tierra, por lo que no puede lanzarse en las cercanías de la costa.

 


La “Tercera de Ataque”

Como se señaló previamente, la doctrina de la Tercera de Ataque había sido desarrollada para el conflicto de Chile. Según el comandante, Capitán Rodolfo Castro Fox: “el perfil de vuelo para ir bajo el lóbulo radar ya lo habíamos hecho para el 78…en ningún momento hicimos algo que variara de ese perfil ya resuelto”.

Ahora bien, más allá de que ambas escuadrillas coincidían en que debían mantener el sigilo hasta el último momento posible, lo cierto es que la Tercera no contaba con misiles de largo alcance: debía sobrevolar el blanco, ya alertado (porque, por más que los aviones se pegaran contra el agua, a unas 18/20 millas, dentro del horizonte radar, ya son detectados) y atacarlo con bombas sin ningún tipo de guía. A ojo.

La bomba Mk-82 era el armamento más idóneo para este tipo de ataques y, si bien el avión A-4Q podía cargar seis, para maximizar el alcance (se previó operar con o sin avión reabastecedor), se consideró utilizar solamente cuatro, que se cargaban en la estación central de armas. En las otras dos estaciones irían tanques de combustible suplementarios. La escasa cantidad (3) de estaciones exteriores (hay que recordar que el avión era básicamente un A-4B con mejoras en electrónica) limitaba la flexibilidad del avión en el uso de armas. Las Mk-82 se utilizarían con colas de frenado “Snakeye”, que permitían el lanzamiento a baja altura.

A diferencia de los Super Étendard, la formación prevista era de tres aviones, por razones muy llanas, según informa el Capitán Castro Fox: “atacaríamos con tres aviones desde tres rumbos diferentes para que el fuego del enemigo tuviera más problemas para tomar uno de los blancos: tenía que decidirse por uno. Asimismo, es una formación sencilla, uno a cada lado del líder y, por último, teníamos en ese momento seis aviones, por lo cual hacíamos dos secciones de tres”.

Por otra parte, la cantidad de aviones y bombas sobre el blanco asegurarían un resultado satisfactorio, aun si se perdieran algunos aviones en el intento.

Este concepto tenía un fundamento teórico, desarrollado en el libro “Montecarlo. Aplicación en las empresas y en las fuerzas armadas” de Gerardo Sylvester (Contralmirante retirado y padre de Roberto, piloto de la Tercera de Ataque en ese momento), en el cual se proponía, por ejemplo, por cálculos de probabilidades que, seis aviones lanzando cada uno cuatro bombas sobre un blanco de las características de un buque moderno tenían una posibilidad de cuatro impactos directos.

Asimismo, debe considerarse que se previó que los A-4Q atacaran blancos navales en alta mar, así como en las cercanías de la costa (y, además, blancos terrestres).

 


El adiestramiento final

A partir de los días 12 y 13 de abril, las dos escuadrillas, partiendo desde la Base Aeronaval Comandante Espora, realizaron ataques simulados contra los destructores Tipo 42 de la Armada Argentina, los ARA Hércules y ARA Santísima Trinidad.

Las tripulaciones de los buques no habían sido ajenas al planeamiento aeronaval. Según el Jefe de Operaciones del ARA Hércules: ”Al regresar el destructor ARA Hércules de la toma de Malvinas, el 4 de abril, se encontraban en el muelle dos pilotos de Super Étendard (Capitanes de Corbeta Roberto Agotegaray y Alejandro A. Francisco) y uno de la Escuadrilla de A-4Q (Capitán de Corbeta Carlos María Zubizarreta, luego fallecido al regresar de una misión de combate en las Islas Malvinas)… a bordo del ARA Hércules, se procedió a diseñar el perfil de vuelo más adecuado para que los Super Étendard (y los A-4 Skyhawks) pudieran efectuar la aproximación a los sistemas británicos con seguridad y no fueran detectados tempranamente. Se desplegaron en la cámara de oficiales los planos del diagrama de los lóbulos del radar 965 de alerta aérea temprana y los del 992 de detección de superficie lejana y aérea cercana y se procedió a analizarlos cuidadosamente”.

Personal aeronaval se embarcó en ambos destructores, pudiendo determinar en qué momento eran sus colegas detectados y, en el caso de los Super Étendard, que contaban con sistemas de alerta radar (RWR), también estimar a qué distancia eran finalmente tomados.

Ello llevó a afinar los procedimientos, aun cuando, a todo evento, tanto el sistema RWR (Thomson-CSF “BF”) como el personal a bordo terminaban confirmando que siempre habría una primera detección a unas 35/45 millas (“ecos no firmes en pantalla”) y, poco después, el contacto quedaba definitivamente estable.

La Segunda Escuadrilla se adiestró por un par de días más con ambos destructores (y partió luego hacia Río Grande), pero la Tercera embarcó en el portaaviones ARA 25 de Mayo, por lo cual tuvo oportunidad de seguir ejercitándose en ataques aeronavales contra buques modernos (así como en interceptación aérea) durante el mes de abril y hasta el día 23, en tanto el Santísima Trinidad formaba parte de la escolta de éste.

No hubo mucho más tiempo para ejercitaciones, poco después, las tácticas antibuque eran puestas a prueba.


 

Colofón

La historia nos dice que ambas escuadrillas fueron extremadamente eficientes en su tarea antibuque, logrando la Segunda el hundimiento del destructor HMS Sheffield y el portacontenedores Atlantic Conveyor, así como la Tercera el hundimiento de la fragata Ardent (21 de mayo) y dañando (y esto es muy poco conocido) a la HMS Broadsword (23 de mayo).

La Segunda nunca recibió fuego enemigo y, a todo evento, pareciera que los lanzamientos que efectuó el 4 y 25 de mayo se efectuaron sobre blancos no alertados previamente (los últimos análisis desclasificados en el Reino Unido señalan que el Exocet del día 25 NO se desvió por el chaff de la fragata HMS Ambuscade), siendo todavía objeto de debate el blanco del día 30 de mayo.

Esto es, la doctrina fue exitosa.

Debe coincidirse entonces con las conclusiones de la Comisión de Análisis de Acciones de Combate (COAC), que indicó que “a la luz de lo acontecido y teniendo en cuenta la situación táctica conformada, se aprecia que los procedimientos de ataque empleados por los aviones Super Étendard respondieron a las prescripciones doctrinarias establecidas y confirmaron plenamente la vigencia de los principios generales que rigen las Operaciones Aéreas de Ataque contra blancos navales (sorpresa, capacidad de las armas y empleo del engaño táctico).”



La Tercera, por su parte, se vio obligada a combatir a muy corta distancia, perdiendo en la guerra tres aviones y dos pilotos. Sin embargo, su método de ataque y el armamento empleado hicieron a la unidad muy exitosa, pudiendo afirmarse, también, que se utilizó una doctrina correcta.

Nuevamente, se coincide con la COAC: “Se aprecia que los procedimientos tácticos empleados durante las misiones de ataque a unidades navales enemigas permitieron sacar el mayor fruto posible de la reducida capacidad que poseía la Armada para desarrollar tales operaciones.”

Queda en evidencia, entonces, la capacidad y profesionalismo de la Aviación Naval de la Armada Argentina en lo que es el desarrollo o adaptación de tácticas antibuque, así como el coraje de ejecutarlas en condiciones de marcada inferioridad material frente a una de las marinas de guerra más capaces del mundo.

 

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