Agua y átomos, los dos riesgos que aterrorizan a las coronas petroleras
- Ignacio Montes de Oca
- hace 8 minutos
- 8 Min. de lectura
Por Ignacio Montes de Oca
Muchos se preguntan por qué las coronas petroleras no responden a los ataques de Irán luego de ser atacadas y teniendo un arsenal poderoso a su disposición. Se explica por sus vulnerabilidades y vamos a explicar a algunas de ellas. Hablemos de agua y átomos.
Las 400 plantas operativas plantas desalinizadoras en las costas del Golfo Pérsico son la infraestructura más crítica del Medio Oriente. Producen alrededor de 29 millones de m³/día y suministran agua potable, industrial y agrícola a unos 100 millones de personas. Sin agua potable, ciudades como Riad, Dubái, Doha o Abu Dabi serían inviables. La dependencia es alta en todos ellos: Arabia Saudita 70%, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait 90%, Oman 86%, Qatar 61% y Bahréin 59%. El resto de la provisión proviene de acuíferos o recolección pluvial. Más del 90% del agua desalinizada del Golfo proviene de solo 56 instalaciones, muchas expuestas en la costa. Las reservas están limitadas a una semana en la mayor parte de los países. Hablamos de una zona que por su clima es muy vulnerable a su suministro.
No solo se trata de los efectos obvios del consumo inmediato. El colapso sanitario puede darse por la diseminación de enfermedades o la salida masiva de pobladores en los momentos iniciales de la crisis de provisión. Se puede calcular a cuánta gente puede afectar esa posibilidad. La población total de Arabia Saudita, EAU, Kuwait, Qatar, Omán y Bahréin es de aproximadamente 62 millones de habitantes. Pero la población que depende de las desalinizadoras suma unos 48 millones. El resto se abastece de otras fuentes. Esa cantidad se corresponde con los centros urbanos, que a la vez son el núcleo productivo y financiero de los estados. Obligar a vaciar estas urbes por falta de agua potable implica la interrupción absoluta de la actividad política y económica de todos los estados de la zona.

Con un consumo diario de 10 a 20 litros por persona y contando las reservas disponibles de agua potable, en tres días se obligaría a una evacuación preventiva. En una semana se entraría en una crisis porque ese es el límite que surge de las existencias y el consumo básico. Quizás los Emiratos Árabes Unidos aguanten un poco más usando los recursos del acuífero de Liwa, pero sería la excepción y la posesión de ese recurso la haría el destino de las migraciones o podría disminuir el tiempo de resistencia si debe compartir el agua con sus vecinos.
A partir de la segunda semana se podría asistir a una emergencia humanitaria si Riad, Dubái, Doha, Kuwait City y Manama se vuelven inhabitables. Suplir el faltante requeriría el movimiento de cantidades colosales de agua: 10 a 20 litros diarios para 48 millones de habitantes. No es muy complicado de imaginar el escenario: 48 millones de personas que deben ser abastecidas o encontrar un sitio donde ubicarlas temporalmente hasta que se resuelva la crisis y hacerlo de un modo organizado. Si, es una locura de solo pensar en esa posibilidad.
Podemos calcular su costo de todos modos. Un m³ de agua potable costaría U$S 0,45, pero con logística se puede elevar a U$S 5 e incluso a U$S 10 por la sobredemanda. Solo para abastecer a los 7 millones de habitantes de Riad se necesitarían U$S 55 millones semanales. Ese es el costo actual de lo que importa Arabia Saudita y es una fracción de lo que demandaría la región y que no existe una flota capaz de suplir los 460 millones a 920 millones de litros diarios de las desalinizadoras que consumen a diario 46 millones de personas en la zona.

Podemos crear modelos que funcionen a menor escala y bajar la cantidad de desalinizadoras puestas fuera de servicio y el número de consumidores afectados. En cualquier caso, el umbral de vulnerabilidad sigue siendo tremendamente alto y apunta siempre a una migración forzada. De allí viene el efecto dominó: sin habitantes no hay mano de obra y sin ella no hay quien opere los yacimientos, las refinerías, el envasado de gas, las defensas aéreas ni los puertos. El negocio de los hidrocarburos se haría imposible en tanto no haya solución al problema del agua. Es que, además, la operación petrolera requiere de agua desalinizada para procesos como la inyección de agua para mantener presión y desplazar el petróleo. No se usa agua potable, pero sí se la desaliniza previamente. Lo mismo sucede en sistemas de enfriado, por ejemplo. La industria petrolera consume entre el 5 y el 10% del agua tratada y otra parte es destinada a cultivos, en donde los acuíferos no son suficientes para lograr cosechas. Este es un efecto colateral y vale pensar el sentido de esa producción si las ciudades cliente se vacían.
Son todos efectos concatenados porque, si bien el agro, aun siendo escaso, puede sobrevivir con el agua subterránea o de las pocas lluvias que hay en la región, no sin la energía y el combustible que dejaría de recibir en el caso de una migración masiva desde las ciudades. El combustible puede escasear debido a que las refinerías utilizan grandes volúmenes de agua tratada para el enfriamiento, generación de vapor y procesamiento del crudo. Para el consumo neto, se necesitan de 0,34 a 0,47 barriles de agua por cada barril de crudo procesado.
El corte de energía eléctrica sería consecuencia directa de la salida de los trabajadores que las operan y aunque todas las industrias operaran con dotaciones mínimas, queda por ver por cuánto tiempo puede operar en emergencia todo el sistema, más aún con una guerra vigente. Pensemos en una región en donde la temperatura puede alcanzar los 45° y el escenario resultante de una falta de agua para consumo y sanidad combinado con la ausencia de energía para cosas básicas como hacer a las viviendas urbanas habitables u operar los hospitales. No es solo una cuestión de contar con aire acondicionado. El golpe de calor puede ser tan mortal como por la deshidratación o una epidemia producida por el agua contaminada o los alimentos vencidos. Y el agua la necesitan incluso los soldados de cualquier nacionalidad.

Hay que tener en cuenta que las desalinizadoras hacen cogeneración de agua y electricidad con gas natural. Si se reduce la generación eléctrica se afecta a las bombas de inyección y los compresores de gas de las refinerías y terminales de exportación. Todo se relaciona. El agua crea más vulnerabilidades que el petróleo; un colapso hídrico forzaría la reducción de operaciones petroleras por falta de personal y de energía antes que por falta de crudo. Por eso la caída de un dron iraní a la planta desalinizadora el 8 de marzo encendió las alarmas.
Pero no hacen falta impacto de drones, que además parecen sobrar, para paralizar a las desalinizadoras. O, mejor dicho, esos drones las amenazan de otro modo, indirecto. Hablemos de los 50 millones de barriles almacenados en los buques paralizados por el cierre de Ormuz. En la guerra de 1991 Irak destruyó la capacidad potabilizadora de Kuwait y mostró el efecto devastador de una contaminación masiva al derramar 11 millones de barriles. El efecto llegó a las plantas saudíes de Jubail. Ahora analicemos el escenario que plantea la crisis actual. Un derrame de petróleo puede afectar las tomas submarinas que abastecen a las plantas desalinizadoras, saturar sus filtros, destruir membranas y hacer crecer el riesgo de toxinas dentro del sistema de agua civil. Esto obligaría a interrumpir su producción de agua potable. Con esto volveríamos al escenario contado antes, pero limitado a los países que sufran de los efectos de un derrame, pero a la vez multiplicado por aquellos que Irán quiera afectar. Esta circunstancia explica por qué los países del área y los europeos evitan una batalla en Ormuz.

Un superpetrolero puede cargar unos 2 millones de barriles. En caso de desatarse una ofensiva contra la navegación civil bastarían entre 10 y 20 millones de barriles para paralizar las desalinizadoras y estamos hablando de un 20 al 40% del crudo que anda flotando en la zona. También explica por qué tras el ataque de EEUU a las plantas desalinizadoras de la isla Kharg el 14 de marzo los iraníes le advirtieron a Trump sobre una posible ofensiva sobre las instalaciones similares y en ese punto los países de la costa opuesta salieron a poner paños fríos. Incluso si no hay derrames o ataques directos aún existe el riesgo de hackeos o sabotajes. No hace falta un colapso de todas las potabilizadoras, la paranoia puede tener un efecto social y arrastrar a la inestabilidad o a la salida masiva de habitantes con sus efectos inmediatos.
Pero hay otro riesgo y tiene que ver con un incidente sucedido el 18 de marzo, cuando un proyectil cayó a 350 metros de la planta nuclear iraní de Busher. El riesgo de un impacto directo es proporcional con el objetivo declarado de ponerle fin a cualquier actividad atómica en Irán. Israel y Estados Unidos buscan que Irán no tenga ninguna actividad nuclear significativa, incluyendo el enriquecimiento de uranio y la infraestructura asociada, incluso si se trata de programas "civiles" como Bushehr. Los ayatolas ya dijeron que no van a renunciar a ellos.

Veamos qué sucedería si es atacada la central iraní. O que podría pasar si el gobierno iraní llegase al extremo de inmolarse detonando la planta en el caso que, perdido por perdido, decidiera llevar al extremo la doctrina de la mochila bomba. Ambas situaciones son plausibles. Esa planta usa agua de mar para refrigeración y descarga directamente al Golfo. Un impacto directo liberaría cesio 137, yodo 131, estroncio 90, tritio y plutonio al agua y aire. Por la prevalencia de los vientos, la nube radioactiva llegaría a los países del golfo en 6 a 24 horas. La pluma de la explosión dejaría un residuo tóxico que persistiría por décadas. Aquí los escenarios anteriores pasan de una situación que podría durar meses a otro en el que los efectos podrían perdurar por un siglo. Vamos a analizar el porqué del diagnóstico pesimista.

El efecto inmediato sería la contaminación con cesio 137 y estroncio 90 de las tomas de agua de las desalinizadoras. Puede descontaminarse, pero tardarían meses y el tritio, que es igual de tóxico, que también se depositaria en tubos y depósitos es mucho más complicado de eliminar. Dado que la contaminación sería más persistente en el agua, se deberían evacuar a los 20 millones de personas que viven en las zonas costeras. Y luego al resto que incluye a las zonas rurales por la filtración de los elementos radioactivos en las napas subterráneas que usan. Puede encararse una tarea de descontaminación, pero demandaría cifras descomunales de dinero y meses o años hasta rehabilitar las zonas afectadas. Mientras tanto, las desalinizadoras quedarían fuera de servicio y regresaríamos al escenario de la inhabitabilidad de las ciudades.
La industria petrolera podría darse por clausurada. La contaminación persistente haría imposible operar en entornos radioactivos y el transporte y la venta de productos contaminados. En resumen, habría que cerrar la zona como se hizo con Chernobil y Fukuyima.
Esto implica que los países petroleros dejarían de existir en lo formal tal como los conocemos y su población debería ser evacuada de manera urgente. Y debería permanecer fuera de la zona de riesgo por al menos por los próximos 30 años, que es el tiempo de vida media del cesio 137. Las zonas costeras clave quedarían inhabitables o altamente restringidas por años o décadas y es allí donde se concentra la actividad económica central del crudo, el gas, el turismo y la logística. De más esta decir que el nivel de destrucción en Irán sería igual de dantesco. Pero Irán puede obtener agua potable de ríos y napas y tiene un tamaño mucho mayor, lo que mitigaría el daño. Aun así, su zona petrolera quedaría igual de inaccesible y el país podría salvarse de la contaminación y la migración masiva, pero no de la bancarrota y la represalia.

Como se ve, hay una sombra de catástrofe que se cierne sobre todos los países del Golfo y no es una especulación liviana. Al analizar uno a uno los escenarios es posible ver que lo que puede parecer cautela o incluso cobardía para responderle a Irán es en realidad terror. Ese terror se extiende a los que comprenden que en estos escenarios está en juego el 31% de la producción petrolera, el 17% de la de gas, el 23% de los fertilizantes nitrogenados, el 33% de la urea, el 50% del azufre y 3 billones de PBI. Y 100 millones de personas, que es lo más importante. El riesgo existencial aparece al dejar de focalizarse en la cantidad de aviones, misiles y buques para analizar la situación desde una perspectiva menos belicista y emocional para pasar a una comprensión informada de las razones de decisiones que, a primera vista, parecen poco razonables. Allí aparece la extorsión de los ayatolas y la desconexión de quienes abordan la situación pensando solo el petróleo o el gas o en tableros de ajedrez estratégico en los que las personas dentro del mapa son solo pixeles. Una vez que se entiende, todo queda claro como el agua.
