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Chile y el riesgo de convertirse en Venezuela

Durante una parte importante del siglo XX Venezuela fue uno de los países más ricos de América Latina y considerado un milagro económico gracias al enorme empuje que el petróleo le dio a su economía. Un ejemplo claro lo encontré trabajando en la investigación para mi libro British Combat Aircraft in Latin America, leyendo el reporte de la tripulación de la Operación Sun Tan, un vuelo de buena voluntad realizado entre octubre y noviembre de 1955 sobre el norte de América del Sur y el Caribe, con cuatro Avro Shackleton MR.2 del Escuadrón 228 de la Royal Air Force. Llegando a la referencia sobre su visita a Venezuela, me llamó la atención lo impresionados que se quedaron las tripulaciones británicas con lo que encontraron, destacando la siguiente frase: "They appear to be condensing a century's progress into a decade".

Venezuela siguió creciendo durante varias décadas más, pareciendo inexplicable que al final del siglo llegue el chavismo y destruya todo por completo.

Sin embargo, la llegada al poder del chavismo no era más que la culminación de un proceso iniciado mucho tiempo antes y que muchos que hoy analizan el por qué del chavismo parecen no comprender. La primera detonación de la crisis se vio el 27 de febrero de 1989, cuando el alza del precio del transporte público generó el llamado “Caracazo”, lo cual se inició con protestas pacíficas, pero que rápidamente degeneraron en violencia, con saqueos y enfrentamientos armados, que dejaron unos 276 muertos. Ya en ese entonces se sospechó de la presencia de agitadores cubanos, incluyendo francotiradores que dispararon contra las Fuerzas de Seguridad para forzar su reacción. Hasta ese entonces, Venezuela era uno de los países que más se oponía al castrismo cubano y habían existido varios incidentes entre ambas naciones.

Más allá de la posible participación cubana, sobre la cual hablaré más abajo, interesa entender por qué lo sucedido en Venezuela tiene una gran relación con lo que sucede hoy en Chile y por qué es peligroso. El Caracazo no fue más que la detonación de una crisis que se arrastraba desde el comienzo de su crecimiento.

Si bien Venezuela experimentó un gran desarrollo, el país se sentó a crecer solamente sobre la base del petróleo, sin desarrollar significativamente ninguna otra área de la economía. Mientras, por ejemplo, la Argentina y Brasil, además de aprovechar los recursos naturales, intentaron desarrollar su industria, Venezuela mantuvo la importación de la mayor parte de todos los productos manufacturados. Tampoco se buscó desarrollar en gran escala a otras áreas productivas, generándose un país con fuertes ingresos, pero una matriz productiva casi exclusivamente dependiente del petróleo. Esto, por un lado, generaba una estructura social con una pequeña clase alta dueña de la mayor parte de los recursos y una enorme clase baja, pero, además, generaba poca movilidad social. Si bien, en promedio, Venezuela poseía la mayor renta per cápita de América Latina, estaba muy lejos de tener la mejor calidad de vida. También, generaba poca variedad de demanda de mano de obra calificada, estando en su mayor parte ligada al petróleo.

Por otro lado, el país no se enfocó durante la primera mitad de ese período de crecimiento, ni lo había hecho antes, en desarrollar el sistema educativo para lograr una masa importante de mano de obra calificada. Básicamente era un país económicamente rico, pero socialmente pobre. Los números, en promedio, eran impactantes para la región, pero la realidad era muy distinta, ya que esa riqueza no alcanzaba a todos.

Y es importante comprender aquí que la pobreza, por sobre todas las cosas, es una cuestión de contrastes. Ser pobre donde todos son pobres, no tiene el mismo peso que serlo donde hay ricos. No es lo mismo ser pobre en París que serlo en Somalía, no porque uno viva mejor que otro, sino porque uno se “siente” más pobre que otro. Y eso tiene consecuencias en su manera de actuar dentro de la sociedad. Una persona de clase media en un país rico, pero que no encuentra oportunidades para progresar, es más posible que sea más reaccionario que un indigente en un país en la extrema pobreza. Porque la visión que cada uno sobre su lugar en la sociedad no solo depende de lo que tiene, sino de sus expectativas y sus deseos.

Y, cuando un país es rico pero un sector de la población no puede satisfacer sus deseos ni ve que pueda cubrir sus expectativas, empieza a pensar que hay alguien que se está quedando con parte de lo que le toca. Y una medida puede ser el detonante para el estallido.


La similitud chilena

Chile, por su parte, es un país que ha dependido desde siempre casi exclusivamente de la producción minera, especialmente del cobre, que hoy aún representa el 49 % de sus exportaciones (la minería en general suma dos tercios del total de exportaciones) y significa más del 11 % del PBI. Esto ha sido tan así que cuando Chile adoptó un supuesto modelo liberal en los años 70, el gobierno decidió mantener a la “gallina de los huevos de oro” en sus manos. O sea, liberalizaron toda la economía menos el sector que movía la economía, el cual financió por muchos años al estado (ni, aunque la Argentina hubiera mantenido al campo en manos del estado, habría significado el mismo grado de importancia). Al igual que Venezuela, Chile por muchos años no se preocupó por diversificar la matriz productiva ni generar industria, ya que sus ingresos le permitían importar todo lo que deseara. Esto, al igual que en Venezuela, generó una economía donde la demanda de mano de obra era acotada a un sector donde, además, había pocas posibilidades de movilidad (el minero no iba a llegar nunca a ser presidente de la empresa minera).

A la vez, al igual que en Venezuela, si bien el PBI per cápita era cada vez más alto, esto no se reflejaba en la sociedad, debido a una mala distribución del ingreso.

Acá cabe aclarar que, cuando se habla de desigualdad, esta se divide en dos, aunque tanto liberales como socialistas mezclan ambas. Por un lado, la humanidad es intrínsecamente desigual, por desigualdad en capacidades, intereses y ambiciones. No todos queremos lo mismo ni estamos capacitados para alcanzar lo mismo, por lo que la pretendida igualdad de los socialistas no solo es inalcanzable, sino que también es indeseable, ya que solo se logra aplastando al que sobresale. Pero tampoco todos tenemos las mismas oportunidades al nacer, ya que nuestra posición social, geográfica, étnica, nuestra propia familia y muchas cosas más, determinan nuestras oportunidades. Algunas sociedades han compensado en parte esta desigualdad de oportunidades favoreciendo el acceso a la educación y a la vez dejando de lado las barreras sociales que impiden la movilidad (el apellido o la pertenencia a ciertos grupos como requisito para acceder a oportunidades), pero no se ve que sea el caso de Chile y lo he visto muchísimas veces, algo que allí está naturalizado pero que desde afuera se ve como anacrónico.

Así, el llamado “milagro chileno”, tenía dos grandes falencias: una dependencia de un único sector, que más allá de la vulnerabilidad que genera a los vaivenes de la demanda de dicho sector, produce una demanda de mano de obra muy acotada y una distribución del ingreso muy despareja. La otra era un modelo educativo que impedía la generación de una gran masa de mano de obra calificada, mientras que otras barreras sociales impedían la movilidad. A diferencia de la Argentina y Brasil, donde históricamente muchos grandes empresarios provenían de la clase media, en Chile el origen social se mantiene como condicionante a la hora de las oportunidades de crecimiento, excepto unos muy pocos casos.

El panorama es muy similar al que vivió Venezuela hasta el caracazo y la chispa que inició el estallido fue la misma (una suba en el valor del transporte público). En ambos casos, la economía en ese momento se encontraba creciendo por debajo del promedio en el que lo venía haciendo y ese diferencial en general afectaba más a la clase media. A la vez, en ambos casos, se generó una diferencia entre la expectativa de la gente y lo que realmente obtenía. A un gran sector de la sociedad chilena se le dijo que eran la potencia económica de América Latina, pero no podían pagarse sus estudios ni un acceso a salud de calidad, entre otras cosas.

La falta de acceso a la educación también generó una sociedad menos preparada y más extremista, lo cual se vio en el nivel de violencia de las protestas, destruyendo aquello que ellos mismos pagan con sus impuestos y destruyendo la propiedad o la fuente de empleo de la gente de su mismo nivel social.


Cuba como acelerador de crisis

Ahora, yendo a la injerencia de otros países, es bastante evidente, viendo que cubanos tuvieron que ver con la chispa que inició el Caracazo y con la identificación de cubanos y venezolanos en los incidentes en Chile, Ecuador, Bolivia y Colombia, que es parte de su política, como parte de su ejecución de la guerra híbrida para sostener a sus aliados o desestabilizar a sus enemigos.

En parte es entendible, el comunismo cubano sabe que su supervivencia depende de dos cosas: de poder seguir parasitando otros estados y de que los ojos de sus víctimas, o las víctimas de sus víctimas, nunca se vuelvan hacia ellos, por lo cual les generan problemas internos para que miren hacia dentro y, con suerte, esos estados también pasen a ser sus víctimas.


El fin de Piñera

Por otro lado, la reacción del gobierno de Piñera, más allá de que, como todo gobierno tibio, era de esperar, genera el problema mayor, por haber llevado a que éste pierda todo su poder real, por su total incapacidad de comprender el problema y lo que significa una actitud tibia. Leyendo a Maquiavelo en Discursos sobre la primera década de Tito Livio, me parece excelente para describir lo que se le viene por haber cedido en todos los reclamos de los violentos, cuando éste declara que “ningún príncipe debe descender de su rango, ni entregar voluntariamente cosa alguna, sino cuando la pueda o se crea que la puede conservar. Si se llega a término de tener que entregar algo, vale más dejar que lo tomen por fuerza que cederlo por temor, porque si lo das por miedo y deseo de evitar la guerra, las más de las veces no la evitas; que aquel a quien pruebas con la concesión tu cobardía, no se dará por satisfecho y querrá apoderarse de otras cosas, atreviéndose a más cuanto menos te estime. Por otra parte, encontrarás frialdad en tus defensores al creerte débil o cobarde. Pero si tan pronto como descubras los deseos del adversario preparas tus fuerzas, aunque sean inferiores a las suyas, el mismo enemigo empieza a estimarte, y más aún los príncipes de los Estados limítrofes; y al ver tu resolución por la defensa, quizás intente ayudarte alguno que jamás lo hiciera si te entregaras”.

Piñera dio concesiones para evitar la guerra, demostrando su cobardía, lo que envalentonó más a los terroristas, que ahora han logrado persistir, el primer paso para derrocar a un gobierno, lo cual creo que ya es inevitable. Los aliados de Piñera ya han visto su debilidad y su incapacidad, pero su espacio de maniobra es acotadísimo, porque deben respetar las leyes todo lo posible, mientras la oposición no se preocupa en eso, no le interesa, ya que su objetivo es la toma del poder por el medio que sea, ya que una vez allí adaptarán la ley a su conveniencia.


La única oportunidad

La derecha chilena hoy puede aprovechar el impulso que un amplio sector de la sociedad puede darle buscando quién la proteja del terrorismo de la izquierda, pero eso solo podrá ser una solución de corto plazo si no comprende que debe aprender de lo sucedido en Venezuela entre 1989 y 1998 para evitar la caída en un régimen populista de izquierda que los destruya por completo. Debe salir de su aislamiento y meter cambios estructurales que no van por una nueva Constitución ni por medidas de coyuntura, sino por cambiar la visión que tienen de la sociedad para comprender que, solo acelerando un gran cambio en el modelo productivo, en el modelo educativo y derribando las barreras sociales, evitarán caer en el comunismo. Mientras crean, como he visto a muchos amigos chilenos indicar en sus redes, que la protesta es solo resultado de “un grupo de simios”, Chile está completamente perdido. Los violentos solo son la punta del iceberg de un descontento social mucho más profundo y el péndulo solo se puede evitar que vaya de un extremo al otro (de una república democrática a una dictadura socialista) si se comprende qué es lo que lo mueve. A la derecha chilena aún le falta descubrirlo.

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Pucará Defensa

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