El Guerrero Ampliado - Cuando la tecnología extiende los límites del combatiente

El primer manual que me tocó aprender en el Colegio Militar fue El Soldado Aislado y la Patrulla. No era una elección casual, tampoco una reliquia de otra época. El infante debía aprender, desde el comienzo de su formación, que podía quedar aislado, podía perder el contacto con su unidad, quedar separado de su jefe, perder las comunicaciones y, aun así, debía ser capaz de orientarse, comprender la situación, tomar decisiones y continuar cumpliendo su misión. Ese principio sigue siendo, todavía hoy, el corazón del infante, pero el campo de batalla está cambiando. Un combatiente puede ahora observar un objetivo que se encuentra mucho más allá de su campo visual, puede recibir imágenes en tiempo real desde un dron, consultar mapas digitales, disponer de sensores térmicos, comunicarse con otros elementos dispersos en el terreno y recibir información que ningún soldado de generaciones anteriores habría podido obtener por sí mismo. La tecnología está comenzando a extender los límites físicos del combatiente y quizás ese sea el verdadero significado del guerrero ampliado.
Ver más allá de los propios ojos
Durante siglos, el soldado estuvo limitado por sus propios sentidos, veía hasta donde alcanzaba su vista, escuchaba lo que podía escuchar, se orientaba mediante el terreno, el mapa y la brújula. Para conocer lo que ocurría más allá de su posición dependía de otros hombres, de observadores, de exploradores o de informes que inevitablemente llegaban con algún grado de demora. Todo aquello que Clausewitz denominó “niebla” comenzó a modificarse con la tecnología.
Primero fueron los prismáticos y las miras ópticas, después llegaron las cámaras térmicas, los visores nocturnos, las radios y los sistemas de posicionamiento. Hoy, un pequeño dron puede proporcionar al combatiente una perspectiva completamente diferente del terreno que lo rodea, pero la transformación más interesante no está en el sensor, está en lo que el combatiente puede hacer con aquello que el sensor le permite conocer.
Un combatiente en Ucrania relató una situación particularmente ilustrativa. Mientras se encontraba ejecutando un asalto a una posición rusa, recibía órdenes por su auricular de su jefe de sección. El jefe estaba observando su posición desde un dron y podía indicarle en tiempo real hacia dónde dirigir su atención, dónde se encontraban los efectivos enemigos y cómo modificar su acción. El combatiente estaba en tierra, su comandante estaba lejos y el dron estaba arriba, pero, durante unos instantes, los tres formaban parte de un mismo sistema. El hombre que estaba en tierra ya no dependía solamente de lo que podían ver sus propios ojos, sus sentidos habían sido ampliados por una máquina y por otro ser humano que observaba desde una perspectiva diferente. Eso es algo más que utilizar un dron, es combatir con capacidades que exceden los límites físicos del propio cuerpo.

El combatiente deja de tener un único punto de vista
La ampliación no se limita a la visión, puede conocer la posición de una unidad amiga fuera de su campo visual, recibir información sobre un objetivo antes de verlo, acceder a imágenes obtenidas por otro sistema, recibir una alerta generada por un algoritmo o comunicarse con un jefe que está observando la misma situación desde otra posición.
La diferencia fundamental es que el combatiente ya no tiene necesariamente un único punto de vista sobre la batalla, tiene acceso a una red de puntos de vista y eso modifica también la relación entre los distintos niveles de conducción.
El jefe puede observar al subordinado, el subordinado puede transmitir información directamente desde el terreno, un operador puede controlar un sistema a distancia, un sensor puede detectar aquello que ningún ser humano está observando, la información comienza a circular en todas las direcciones y el campo de batalla deja de ser solamente aquello que cada combatiente puede ver desde su posición, se convierte también en aquello que la red puede mostrarle.
La ampliación tiene un límite
Pero existe una paradoja, cuanta más información puede recibir un combatiente, mayor es también la posibilidad de saturarlo. El guerrero ampliado puede ver, escuchar y conocer más, pero continúa siendo humano, debe interpretar la información, distinguir una amenaza real de un señuelo, comprender el contexto, evaluar las recomendaciones que recibe y decidir bajo presión. La tecnología puede ampliar sus sentidos, pero no puede eliminar sus límites cognitivos. Por eso la pregunta ya no es solamente cuánta tecnología podemos colocar alrededor del combatiente; la pregunta es cuánto de esa tecnología puede convertir efectivamente en capacidad de combate, porque información no es comprensión, y mucho menos decisión. El verdadero valor de la ampliación aparece solamente cuando el combatiente puede transformar aquello que recibe en una acción eficaz.
Cuando la red desaparece
Pero existe otra cuestión todavía más importante. ¿Qué ocurre cuando la tecnología deja de funcionar? El enemigo también tiene guerra electrónica, puede interferir las comunicaciones, degradar los enlaces de datos, afectar la navegación, negar determinadas capacidades de los sensores o simplemente destruir los sistemas que permiten mantener conectado al combatiente.
El guerrero ampliado puede perder, en segundos, buena parte de aquello que multiplicaba sus capacidades, y entonces aparece nuevamente el soldado aislado, no como una figura del pasado sino como una capacidad de supervivencia para el futuro. El combatiente debe poder combatir conectado cuando la red funciona, pero también debe poder combatir cuando la red está degradada, debe poder aprovechar un dron sin depender de él, saber utilizar un sistema de navegación sin olvidar cómo orientarse con un mapa y una brújula, debe poder recibir información de un sensor sin perder la capacidad de observar el terreno y debe poder recibir órdenes, pero también comprender su misión lo suficientemente bien como para actuar cuando las órdenes dejan de llegar. La tecnología debe ampliar al combatiente. No debe convertirlo en dependiente de ella.

El verdadero guerrero ampliado
Esto nos lleva a una distinción importante, el guerrero ampliado no es simplemente un operador de drones, tampoco es el combatiente que acumula más dispositivos o recibe más información, es aquel cuya capacidad para ver, comprender, decidir y actuar ha sido extendida mediante una combinación de personas, sensores, redes, algoritmos y máquinas. El guerrero ampliado no reemplaza al soldado aislado, lo contiene, la tecnología le permite ver más allá de sus propios ojos, escuchar más allá de sus propios oídos, comprender una situación que excede su posición física y actuar sobre objetivos que se encuentran mucho más allá de aquello que podría alcanzar por sí mismo, pero cuando se corta el enlace, cuando desaparece el dron, cuando la pantalla queda en negro y la radio deja de transmitir, queda nuevamente el hombre, y ese hombre debe saber qué hacer.
¿Hasta dónde debemos ampliar al combatiente?
Toda ampliación tiene un límite: la capacidad humana para procesar, comprender y convertir en decisiones el volumen de información que recibe. Podemos multiplicar los sensores y utilizar inteligencia artificial para filtrar esos datos, pero el resultado seguirá dependiendo de un hombre capaz de interpretar aquello que tiene delante y actuar en consecuencia. El desafío, entonces, no es darle cada vez más información, sino encontrar el punto en el que esa información todavía puede convertirse en poder de combate.
El hombre sigue siendo el centro
La verdadera transformación tecnológica del campo de batalla quizás no consista en reemplazar al combatiente, tampoco en convertirlo en alguien capaz de controlar una cantidad cada vez mayor de máquinas. Puede consistir en algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo: hacer que un hombre pueda ver más, comprender más y hacer más de lo que su propio cuerpo le permitiría. Ese es el guerrero ampliado: un combatiente capaz de utilizar una red de sensores, información, máquinas y otros seres humanos como una extensión de sus propias capacidades, pero también capaz de continuar cuando esa red desaparece, porque quizás la verdadera prueba de la tecnología no sea cuánto puede hacer por nosotros cuando todo funciona, sea cuánto nos permite seguir haciendo cuando deja de funcionar.




