El poder del aparato represivo en Irán: una maquinaria tan eficiente como letal
- Ignacio Montes de Oca
- 12 ene
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Por Ignacio Montes de Oca
El régimen iraní ejecutó una masacre y se estima que las muertes podrían ascender a 2.000. El ayatola ordenó usar todo el poder de su aparato represivo contra los manifestantes. Vamos a explicar cómo se organiza la maquinaria represiva para entender la situación actual.
El aparato represivo no se limita a los grupos antidisturbios. Es en realidad un entramado de organizaciones que obedecen al ayatola y están duplicadas para evitar que alguna tenga más poder que la otra. Y vigilan y amenazan a la disidencia antes, durante y después de cada marcha. Empecemos por la policía, la NASAJ, que además de dedicarse a funciones usuales, como el orden cotidiano y de fronteras, se dedica a reprimir cualquier manifestación opositora. Hoy cambió su nombre oficial a FARAJA (Farmandehi-ye Entezamat-e Jomhuri-ye Eslami-ye Iran). Dentro de la policía hay un grupo especial antidisturbios, está la NOPO que ocupa a 60.000 de los 300.000 integrantes de la NASAJ/FARAJA, y un grupo aledaño llamado Policía 110, de respuesta rápida para dispersar multitudes. Esta es la fuerza usada con mayor frecuencia. Otra de sus divisiones es la Gasht-e Ershad o Policía de la Moral, que supuestamente fue desarticulada luego del asesinato de Masha Amini, pero aún siguen vigilando el cumplimiento de las normas islámicas y en particular el uso del hiyab por parte de las mujeres en áreas públicas. Dentro de la NASAJ funciona la FATA o policía cibernética, que se dedica a monitorear las redes sociales y opera con la PAVA, que es el área de inteligencia y seguridad pública. Toda la red depende del Poder Ejecutivo en lo formal, pero está subordinada a las decisiones del ayatola.
Lo mismo sucede con la Vevak (Vezarat-e Ettela'at va Amniyat-e Keshvar) que es el servicio de inteligencia y que también es conocido como el MOIS. Depende del ministerio de inteligencia y sus 30.000 agentes se dedican a vigilar y actuar sobre grupos disidente dentro y fuera de Irán. El VEVAK tiene una red de informantes en universidades, empresas y barrios además de manejar los centros de “interrogación”, que son temidos por los iraníes por sus métodos extremos de tortura, el asesinato de opositores en el exterior y la desaparición de personas.

Luego viene el Basij (Organización para la Movilización de los Oprimidos) que es de carácter religioso y se organiza como una fuerza paramilitar que, a diferencia de la NASAJ que obedece al ministerio del interior, depende directamente de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC). El Basij cuenta con 300.000 cuadros activos y al menos un millón de “adherentes”, aunque otras fuentes elevan ese número a 4 millones. Son auxiliares de la represión por pedido de la IRGC y se mueven en motos y autos particulares portando armas de puño. Pero tienen otras funciones. El Basij fue diseñado para infiltrarse en la vida civil para vigilar y denunciar cualquier signo de oposición. Operan en universidades, oficinas gubernamentales, compañías privadas y zonas públicas para monitorear cualquier actividad sospechosa. Son el antes y el después de las marchas.
Como todo se duplica para estimular la competencia represiva y para que los entes se vigilen mutuamente, el IRGC tiene su propia red de inteligencia, llamada Sazeman-e Ettela'at-e Sepah e identificada con las siglas IRGC – IO, con idéntica función que el VEVAK /MOIS y fidelidad al ayatola.
Hay más grupos porque además están los Ansar Hezbollah, sin relación con el grupo terrorista. Está integrado por matones a veces reclutados en los círculos criminales para vigilar, delatar, irrumpir en reuniones de disidentes, ejecutar palizas o amedrentar a manifestantes. Los Hezbollah trabajan junto al Thar Allah y los “comités Revolucionarios” como una red de vigilancia y represión paralela. Al no usar uniformes son usados por el gobierno para transmitir su mensaje represivo sin asumir como propias cada acción que realizan contra la oposición.

El IRGC tiene su propio grupo de matones denominados “Lebas Shakhsi”, que significa “hombres de civil”. Su nombre hace innecesario aclarar su carácter. Sus miembros son parte del Basij y a veces del Asnar Hezbollah y se cree que están bajo las órdenes del hijo de Jamenei. El IRGC tiene su propia policía cibernética llamada “Markaz-e Barresi-ye Jarayem-e Sazman-yafteh” y, junto a sus pares de la FATA, son las responsables de la vigilancia en redes y las que ejecutan la orden de cortar el servicio de Internet en cada momento de revuelta masiva.
Por si no fuera suficiente poder, además se detectó la llegada de entre 800 y 850 combatientes iraquíes chiitas de los Kata'ib Hezbollah, Harakat al-Nujaba, Sayyid al-Shuhada y el Cuerpo Badr asociadas a Irán, y la importación de veteranos de Hezbollah desde El Líbano. Por sobre todos esos grupos están las estructuras militares que son las que intervinieron en las últimas horas en Irán. Esta por un lado el ejército iraní o “Artesh” que depende funcionalmente del ministerio de defensa, pero que en la práctica tiene por líder supremo al ayatola Jamenei. El Artesh moviliza a unos 420.000 efectivos entre profesionales y reclutas. Cuenta con el material usual en una fuerza militar, es decir blindados, artillería, aviones y buques. Se la usa como fuerza represiva en última instancia y como auxiliar en las actividades de control interno.
Al mismo tiempo está el IRGC que cuenta con 125.000 miembros y fue creado en 1979 como fuerza especial para proteger al ayatola. Cuenta con sus propias fuerza aéreas, navales y terrestres, que incluyen blindados y artillería. Su formación y equipo es superior al del Artesh. Dentro del IRGC funciona la fuerza Quds, que es la rama exterior y puede realizar acciones contra la oposición en el exterior. Como se ve, todo se duplica, pero en cada una de las organizaciones nombradas hay un factor común y es que sus jefes son elegidos por el ayatola. Esto le garantiza el control sobre cada cuadro del aparato represivo y evitar cualquier acumulación de poder en alguna de las ramas del árbol administrativo. Con estos datos podemos comprender el desafío que enfrentan los manifestantes en Irán al salir a expresarse.

Para terminar de comprender su poder, es importante entender que las estructuras civiles y religiosas manejan también los cupos de ingresos a empleos estatales y a las empresas de defensa y servicios públicos, que en su mayoría pertenecen o son controladas también por el IRGC. De este modo, además de la represión, se administran los ingresos y beneficios de una parte importante de la población. Así se completa el sistema que va mucho más allá del momento de una manifestación y que somete a vigilancia y represalias a cualquier disidente en todo momento.
Tal acumulación de poder explica además la cantidad de muertos, heridos y detenidos. Pero además permiten comprender por qué, a pesar del número de opositores en las calles, la disidencia encuentra tan difícil lograr resultados a la hora de intentar un cambio de régimen. Como en Venezuela o Rusia, el estado desplegó una red de organizaciones que hacen que la instancia de la manifestación sea seguida de una represalia que busca aleccionar a los sectores contrarios al gobierno. Aunque el gobierno sea minoría numérica, su poder es desproporcionado. Con estos datos es tiempo de volver a analizar lo que está sucediendo en Irán y evaluar hasta qué punto los manifestantes enfrentan una amenaza existencial. El final de cada circuito represivo no es solo la cárcel o un centro de torturas, también puede ser la pena capital. El fiscal general iraní ya avisó que se puede aplicar la pena de muerte contra los manifestantes y de hecho lo están haciendo al usar munición real para reprimir. Luego puede haber más ejecuciones. En el año 2025 hubo 1.922 ejecuciones públicas, 106% más que en el año anterior.

Y luego está la red de vigilancia que pende como una condena pendiente para cada manifestante al regresar a su hogar. Ese riesgo es físico, pero también opera sobre el empleo, sus ingresos, su permanencia en centros educativos e incluso en su acceso a servicios de salud. Es importante entender la profundidad del desafío que enfrentan los manifestantes en Irán y hasta qué punto se les puede exigir un resultado positivo, habida cuenta de que carecen de ayuda externa, o al menos de la intensidad suficiente como para hacerle frente al aparato del estado. Es lógico alentar los vientos de cambio en un país que desde 1979 hipotecó su desarrollo en nombre de una revolución y una yihad global. Pero también hay que comprender que el régimen de los ayatolas tomó recaudos para destruir a la disidencia interna. El resultado, está a la vista.



