El regreso de los hutíes amenaza el plan de Trump para Irán
- Ignacio Montes de Oca
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Por Ignacio Montes de Oca
Cuando parecía que la guerra entre Estados Unidos e Irán había entrado en una pausa, reapareció el actor que volvió a complicar todo el tablero: los hutíes de Yemen. En apenas unos días pasaron de las amenazas a los hechos, lanzando misiles y drones contra instalaciones petroleras sauditas y reactivando la tensión en el Mar Rojo.
El movimiento hutí, respaldado por Irán, no sólo busca golpear a Arabia Saudita. Su mensaje apunta también a Washington: aunque EEUU haya decidido detener por ahora los bombardeos directos sobre territorio iraní, Teherán todavía conserva capacidad para presionar a sus adversarios a través de sus aliados regionales. Es la clásica estrategia de los "frentes indirectos". Si Irán no puede responder de manera abierta, lo hacen sus socios.
La decisión de Donald Trump de frenar los ataques sobre Irán tras 13 días de ofensiva responde a varios factores. Por un lado, evitar una guerra regional de dimensiones imprevisibles. Por otro, reducir el riesgo de una crisis energética que termine disparando el precio del petróleo y perjudicando a la economía de EEUU. El precio promedio nacional de la gasolina regular en Estados Unidos se disparó 15 centavos de dólar respecto a la semana anterior según el AAA Fuel Prices. También pesa el costo militar y político de sostener una campaña prolongada.
La tregua del Memorándum de Entendimiento tuvo efectos inesperados. EEUU e Irán lo usaron para reponer y reposicionar fuerzas, a sabiendas que siempre fue una pausa precaria. En Yemen, hubo movimientos iraníes que avisaron de un deterioro de la situación. El reinicio de los ataques mutuos encendió una mecha en suelo yemenita.
Alcanzó con un incidente para encender el nuevo frente cuando aviones sauditas interceptaron un vuelo que iba desde Saná, la capital hutí, a Teherán, al sospechar que transportaba personal militar y componentes destinados a los hutíes. La tensión escaló rápidamente hasta convertirse en un conflicto abierto. Horas atrás los miembros del clan yemenita Al Jaid apoyados por los saudíes atacaron un puesto hutí en al-Yatamah. Aviones de Arabia Saudita sobrevuelan el territorio y se cruzan con los drones y misiles hutíes disparados contra la infraestructura petrolera enemiga.
Otras tribus adversarias de los hutíes y apoyadas por los sauditas se están movilizando. Están los miembros de las tribus al-Jawj, la alianza Hadhramaut y las Fuerzas del Escudo de la Patria.

Eso significa que la guerra civil yemenita, que llevaba desde abril de 2022 contenida, vuelve a tomar impulso. Es el mismo conflicto interno que empezó en septiembre de 2014 y costó 377.000 muertes y aproximadamente 4,8 millones de desplazados internos y entre un 65,4% y un 70% de la población que hoy depende directamente de la asistencia humanitaria
De un lado se alinean el gobierno legal de Yemen, respaldado por Arabia Saudita, mientras Emiratos Árabes Unidos mantiene influencia sobre varias milicias del sur del país. Estados Unidos brinda apoyo militar e inteligencia a sus aliados. Del otro, está como el principal sostén político y militar de los hutíes.
El problema es que en ambos lados hay cantidades inmensas de fuerzas listas para la batalla. Veamos las estimaciones: los hutíes movilizan una milicia de entre 200.000 a 220.000 tropas veteranas con entrenamiento, motivación y cohesión política. Del otro lado hay 400.000 soldados del ejército yemenita y 80.000 del cuerpo Fuerzas del Escudo de la Patria entrenados directamente por comandantes saudíes. Las milicias tribales contrarias a los hutíes aportan una fuerza estimada de entre 60.000 y 85.000 combatientes activos e irregulares, distribuidos según su región y su nivel de organización: Luego hay que ver si intervienen los 75.000 combatientes del Consejo de Transición del Sur sostenidos por Emiratos Árabes Unidos, que por ahora se mantienen al margen preservando su propio proyecto separatista.
En otras palabras, Yemen vuelve a reunir un volumen de fuerzas comparable al de las etapas más intensas de la guerra civil.

Es demasiada potencia de fuego enfrentada y si tanto EEUU como sus aliados petroleros quieren neutralizar de una vez a los hutíes y borrar la presencia iraní en el Mar Rojo, deberán reiniciar una guerra interna, involucrar en ella a los 43 millones de yemenitas y asumir que Bab el-Mandeb podría quedar parcialmente bloqueado durante meses. Eso supone exactamente el escenario que Washington intentaba evitar cuando decidió frenar la ofensiva directa sobre Irán.
Por eso el problema ya dejó de ser exclusivamente yemenita. El comercio energético mundial queda presionado por ambos conflictos. Es el peor escenario posible para el mercado petrolero: dos de los principales cuellos de botella marítimos del planeta amenazados al mismo tiempo.
Por ahora no hay un cierre total de ninguna de las dos rutas, pero el solo aumento del riesgo ya obliga a muchas navieras a modificar recorridos, incrementa las primas de seguro y mantiene al mercado petrolero extremadamente sensible frente a cualquier nuevo ataque. Cada misil lanzado desde Yemen ya no afecta únicamente a Arabia Saudita: impacta directamente sobre el precio del petróleo, el costo del transporte internacional y la inflación global.
A diferencia de la etapa inicial del conflicto en Medio Oriente, donde los inventarios se mantuvieron estables y permitieron amortiguar el bloqueo y por lo tanto un aumento aun mayor en el precio del barril de Brent, esta vez la situación es bastante más riesgosa. De acuerdo con datos de la Agencia Internacional de la Energía los inventarios globales se desplomaron en 246 millones de barriles desde marzo, mientras que las existencias comerciales de crudo de EEUU cayeron un 6% por debajo de su promedio de cinco años. La gran incógnita es si Washington podrá repetir ahora la maniobra de liberar una cifra récord de 290 millones de barriles de reservas estratégicas para intentar contener la crisis de suministro
Hay otra circunstancia que eleva el grado de alarma de los países petroleros. El ataque a las instalaciones de la petrolera estatal saudita ARAMCO en Jazan recordó que existe una fragilidad en la infraestructura energética del Golfo.
Ya no se trata solo de la amenaza desde Irán. Significa que ya no alcanza con proteger el Golfo Pérsico. Arabia Saudita debe defender ahora dos frentes simultáneos. Además de las instalaciones de Jazán, los hutíes alcanzaron la refinería de Yanbu y al menos dos petroleros en el Mar Rojo.

Los hutíes abrieron otro flanco desde donde pueden arribar misiles y drones. Y que además se extiende a las plantas de desalinización, cables submarinos, centros de datos y bases militares de EEUU. Éstas últimas no salen indemnes frente a los nuevos desarrollos del misil iraní Kheibar Shekan que maniobra antes de golpear a su objetivo. Junto a los drones usados para saturar a las defensas aéreas, plantean un desafío adicional que EEUU no logró conjurar con sus ataques desde junio del año pasado contra Irán, ni con la anterior campaña de bombardeos contra los hutíes de enero de 2024 a marzo de 2025. Ahora, debe reforzar simultáneamente la defensa de sus bases militares en Kuwait y Bahréin y la de la infraestructura petrolera saudita frente a dos amenazas distintas.
En otras palabras, la crisis hutí dejó de ser un conflicto periférico y ahora se enlaza con el de Ormuz. Es otra de las piezas del enfrentamiento entre Irán y Estados Unidos y uno de los factores que más puede influir sobre la economía mundial durante las próximas semanas.
Pero hay otro factor que ayuda a entender el cambio de postura de Washington: el desgaste de su propio arsenal. Después de meses de operaciones en el Golfo, el Mar Rojo y la defensa de bases y aliados frente a los ataques iraníes y hutíes, de acuerdo con un análisis del Center for Strategic and International Studies, Estados Unidos consumió probablemente casi la mitad de su arsenal de misiles interceptores Patriot y THAAD, además de misiles de ataque de precisión lanzados desde aviones y buques. Aunque el Pentágono mantiene en reserva las cifras exactas, distintos funcionarios y analistas reconocen que reponer esos arsenales llevará meses e incluso años para algunos sistemas de alta tecnología.
Esa realidad limita el margen de maniobra de la Casa Blanca. Una nueva campaña de gran intensidad contra Irán obligaría a consumir aún más interceptores para proteger bases estadounidenses, Israel y los países del Golfo, justo cuando la industria de defensa trabaja al límite para reponer existencias. Una amenaza simultánea de Irán y los hutíes, obligaría a combatir desde dos direcciones simultaneas y gastar aún más proyectiles. En ese contexto, el objetivo de Washington dejó de ser ampliar la guerra y pasó a ser evitar una nueva escalada mientras intenta llevar a Teherán nuevamente a la mesa de negociaciones. En los hechos, supone admitir que la presión militar por sí sola no consiguió doblegar a Teherán. Por eso ahora Trump dejó la retórica del regreso a la edad de piedra por un mensaje que otra vez combina presión militar con una salida diplomática: los ataques pueden reanudarse si fracasa el diálogo, pero la prioridad inmediata es conseguir un acuerdo que reduzca la intensidad del conflicto antes de agotar aún más las reservas estratégicas de armamento.
Paradójicamente, esa ventana diplomática es la que los hutíes y por lo tanto Irán, parecen intentar cerrar. De allí el rechazo que sostienen a reiniciar el diálogo sin antes acordar condiciones favorables y concretas.

Al reactivar los ataques contra Arabia Saudita y amenazar el tráfico marítimo en el Mar Rojo, buscan demostrar que el llamado "Eje de la Resistencia" todavía conserva capacidad para desestabilizar la región, dificultando cualquier negociación entre Washington y Teherán. El resultado es que Yemen vuelve a convertirse en el escenario donde se libra, por delegación, una parte decisiva del enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán.
Una campaña aérea sobre Irán mientras los hutíes atacan desde Yemen obligaría a Washington a dividir sus sistemas antimisiles entre Israel, Arabia Saudita, Qatar, Bahréin, Emiratos Árabes y sus propias bases militares. Es exactamente el tipo de guerra de desgaste que favorece a Teherán. El aumento del precio del barril de Brent hace el resto del trabajo corrosivo. Y una guerra interna reiniciada que podría traer otra catástrofe humanitaria le da el toque final a un escenario en el que los iraníes y sus proxies se mueven con soltura, mientras EEUU y sus aliados se verán obligados dispersar sus recursos rodeados por problemas que hace un año no existían, o estaban bajo control.



