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Episodios sobre el papel decisivo de Estados Unidos en el conflicto del Atlántico Sur.

Por Mariano Sciaroni

 

Resulta incontestable que Estados Unidos desempeñó un papel decisivo a favor de su aliado británico durante el conflicto de Malvinas. Washington proporcionó enormes cantidades de material bélico en tiempos récord, superando con creces cualquier compromiso previamente asumido entre ambas naciones. Se trató, en muchos casos, de armamento y equipamiento entre los más avanzados de la época: misiles, torpedos, repuestos, sistemas de comunicaciones y una extensa lista de insumos logísticos, entregados en numerosas ocasiones por los propios militares estadounidenses.

A ello se sumó el suministro de inteligencia de alto valor estratégico, que permitió a las fuerzas británicas operar con notable eficacia contra las argentinas. Un revelador artículo de The Economist, publicado sin firma el 3 de marzo de 1984 bajo el título "America's Falklands War", sostenía que el "98 % de la inteligencia sobre los movimientos argentinos provino de los americanos". La publicación incluía datos hasta entonces inéditos sobre la colaboración norteamericana, que solo pudieron haber sido facilitados por alguien con conocimiento directo del asunto —posiblemente Nicholas Henderson, embajador británico en Washington, quien ya había publicado en esa misma revista una nota de tenor similar, aunque con menor nivel de detalle sensible.

Estas revelaciones, hechas en la inmediata posguerra, fueron confirmadas posteriormente por los propios protagonistas. El Secretario de Marina de Estados Unidos señaló que "por la calidad y oportunidad de la inteligencia disponible a la Royal Navy por parte de los Estados Unidos, las fuerzas británicas contaban con mucha mejor información… algunos de los oficiales británicos de alto rango han ido tan lejos como a decir que, sin esa sustancial asistencia de inteligencia, los británicos habrían sido derrotados. Y yo concuerdo".

El agradecimiento británico por la cantidad y calidad de la inteligencia recibida queda documentado, además, en las innumerables notas obrantes en los archivos desclasificados. A todo ello debe sumarse un factor de orden estratégico frecuentemente soslayado: Gran Bretaña solo pudo movilizar su flota hacia el Atlántico Sur porque Estados Unidos aceptó cubrir los vacíos que esa movilización generaba en el esquema defensivo de la OTAN.

En síntesis, el apoyo norteamericano fue absolutamente determinante para el desenlace del conflicto. Sin participación militar directa —decisión adoptada en el plano político—, Washington operó, no obstante, como un aliado estratégico activo y de primera línea.

A continuación, se presentan tres episodios poco conocidos que ilustran la posición de Estados Unidos en el conflicto del Atlántico Sur.

 

1.- Un bombardero estadounidense Boeing B-52 Stratofortress en vuelo en 1988. Para 1982, el legendario B-52 era ya un símbolo del poder aéreo estratégico estadounidense (Tech Sgt Bill Thompson / NARA)
1.- Un bombardero estadounidense Boeing B-52 Stratofortress en vuelo en 1988. Para 1982, el legendario B-52 era ya un símbolo del poder aéreo estratégico estadounidense (Tech Sgt Bill Thompson / NARA)

Reagan y los bombarderos B-52: destruir Malvinas (pero casi en broma)

El 7 de abril de 1982, a las 08:34 horas, el presidente estadounidense Ronald Reagan presidió en la Casa Blanca una reunión reservada con un grupo reducido de asesores para analizar la situación en el Atlántico Sur. Participó el vicepresidente George H.W. Bush, el asesor de Seguridad Nacional William P. Clark, el Secretario de Estado Alexander M. Haig Jr., el Secretario de Defensa Caspar Weinberger, la representante permanente ante las Naciones Unidas Jeane Kirkpatrick, el general David Jones —al frente del Estado Mayor Conjunto— y el almirante Bobby Ray Inman, subdirector de la CIA.

Reagan se encontraba relajado, vestido de manera informal —blazer y camisa azul de cuello abierto—, a pocas horas de partir hacia Barbados durante sus vacaciones de Pascua. Estaba de buen humor.

El eje de la reunión era definir la postura de Washington frente al conflicto y evaluar la posibilidad de una intervención directa.

Luego de varios tópicos debatidos (entre ellos, Bush le preguntó a Weinberger si los reportes periodísticos acerca de sobrevuelos de aviones espía SR-71 sobre Malvinas eran ciertos, lo cual el último negó tajantemente), Inman mencionó que no sabía qué harían los soviéticos y que había que monitorear la situación.

Ese fue el primer momento en que Reagan intervino.

Afirmó rotundamente que, si los soviéticos se unían a Argentina, “hundiría todo el archipiélago con un par de B-52”, lo que llevó al Jefe de Estado Mayor Conjunto y al Secretario de Defensa Weinberger a expresar su opinión sobre la factibilidad de que esos bombarderos pesados operaran contra Malvinas.

La discusión luego pasó a terrenos más diplomáticos y se analizaron diversos escenarios. Como siempre, Weinberger asumía su posición probritánica y Kirkpatrick trataba de mantener las relaciones con Argentina. Posiblemente lo más relevante de la reunión fue la decisión de proponer a Alexander Haig como mediador.

A las 09:15 hs la reunión terminaba y Reagan comenzaba sus vacaciones, en el día en que consideró, aun en broma, que prefería destruir las islas con bombarderos pesados a tener que lidiar con un escenario argentino-soviético.

 

El presidente estadounidense Ronald Reagan recibe a la primera ministra británica Margaret Thatcher en la Casa Blanca, en septiembre de 1983. La “relación especial” entre Gran Bretaña y Estados Unidos fue fundamental para la victoria militar británica en el conflicto por Malvinas.
El presidente estadounidense Ronald Reagan recibe a la primera ministra británica Margaret Thatcher en la Casa Blanca, en septiembre de 1983. La “relación especial” entre Gran Bretaña y Estados Unidos fue fundamental para la victoria militar británica en el conflicto por Malvinas.

Un batallón estadounidense para ocupar las islas.

En las primeras horas del 25 de mayo de 1982 —Día Nacional argentino—, un telegrama secreto, firmado por el secretario de Estado Alexander Haig, llegó a la embajada británica en Washington. La misiva, dirigida al embajador Nicholas Henderson, solicitaba: "Por favor, entregue lo antes posible el martes por la mañana… el siguiente mensaje de mi parte al ministro de Relaciones Exteriores Pym".

En el telegrama, Haig reafirmaba el apoyo incondicional de Washington a Londres, pero advertía sobre un riesgo que consideraba igualmente serio: que el éxito militar en las islas condujera a un conflicto prolongado con Argentina, eventualmente respaldado por el bloque soviético. Expresaba, además, su preocupación por las consecuencias políticas de una derrota humillante para el gobierno de Buenos Aires, que podría ser reemplazado por un régimen más radical y antiestadounidense, lo que dejaría a ambas potencias en una posición de aislamiento hemisférico.

Para conjurar esos escenarios, Haig sugería que Londres impulsara una salida negociada en cuanto se asegurara la victoria militar. Como parte de ese esquema, formulaba una oferta concreta: que Estados Unidos aportara un batallón (entre 500 y 1000 hombres y a cargo de un Teniente Coronel en el US Army) a una fuerza multinacional de mantenimiento de la paz destinada a garantizar la seguridad de los isleños y disuadir nuevas agresiones durante el período de transición. Consciente del deterioro de la imagen norteamericana en América Latina a raíz de su apoyo a Gran Bretaña, Haig señalaba que dicha fuerza no podría ser exclusivamente estadounidense y proponía invitar a Brasil a integrarla, a fin de dotarla de credibilidad y aceptación hemisférica.

La consulta al gobierno brasileño, realizada simultáneamente por el embajador británico en Brasilia, no prosperó. El propio presidente João Figueiredo descartó la idea, argumentando que Argentina no aceptaría la presencia de tropas brasileñas en las islas, dada la histórica desconfianza entre ambas potencias regionales y los recelos argentinos ante eventuales pretensiones brasileñas sobre la Antártida.

Quien terminó por desactivar la propuesta fue, sin embargo, el canciller Francis Pym.

El 26 de mayo respondió el telegrama de Haig con un tono cortés pero concluyente. Agradeció la "generosa e importante oferta" de proporcionar un batallón estadounidense, señaló que Londres estaba "pensando seriamente" en el asunto, pero sugirió que ese ofrecimiento —eventualmente combinado con fuerzas brasileñas— podría resultar útil en una "etapa posterior", no en el contexto inmediato del conflicto. Pym dejó claro que el objetivo británico era recuperar la plena posesión de las islas y restaurar la administración de la Corona, para luego consultar a los isleños sobre su futuro.

La iniciativa de desplegar un batallón estadounidense en Malvinas quedó así enterrada.

 

Espionaje norteamericano en el corazón del Estado argentino

Todo indica que los mandos argentinos no tomaron cabal conciencia del alcance real de la asistencia norteamericana hasta comienzos de 1983. Un extenso memorándum de la CIA da cuenta de que el 8 de marzo de ese año un agregado del Ejército Argentino en Washington regresó a Buenos Aires para informar al jefe de la fuerza, el general Cristino Nicolaides, sobre los datos que le habían sido suministrados en torno a esa colaboración.

Al día siguiente, el oficial presentó la información y las pruebas —obtenidas, según sostuvo, de funcionarios norteamericanos— que dejaban en evidencia la verdadera magnitud del apoyo estadounidense. El impacto fue inmediato: hasta entonces, los altos mandos del Ejército tendían a considerar que la Armada exageraba al describir el nivel de asistencia recibida por los británicos.

El informe dejaba claro que el respaldo de la administración Reagan no se había limitado a una preferencia diplomática, sino que había incluido la provisión de material bélico de primera línea y un flujo masivo y sistemático de inteligencia. Lo que resultó particularmente irritante para la cúpula militar fue la comprobación de que ese traspaso de inteligencia de señales (SIGINT), datos técnicos e informes de fuentes humanas se había mantenido ininterrumpido incluso durante el período en que el propio Haig intentaba presentarse ante el mundo como mediador neutral. Para el general Nicolaides, la evidencia era concluyente: mientras Washington aparentaba actuar como un "intermediario honesto", operaba en la sombra como aliado estratégico activo de Londres.


El 6 de abril de 1982, la cadena ABC-TV informó que un SR-71 estadounidense había sobrevolado las islas antes y después de la invasión argentina para recopilar inteligencia que luego fue compartida con el Reino Unido. Al día siguiente, el Departamento de Defensa norteamericano emitió una declaración oficial en la que describió dicho reporte como "completamente falso”. La historia oficial del SAC (Strategic Air Command) sobre misiones de reconocimiento (documento aún clasificado) tampoco menciona ningún sobrevuelo.
El 6 de abril de 1982, la cadena ABC-TV informó que un SR-71 estadounidense había sobrevolado las islas antes y después de la invasión argentina para recopilar inteligencia que luego fue compartida con el Reino Unido. Al día siguiente, el Departamento de Defensa norteamericano emitió una declaración oficial en la que describió dicho reporte como "completamente falso”. La historia oficial del SAC (Strategic Air Command) sobre misiones de reconocimiento (documento aún clasificado) tampoco menciona ningún sobrevuelo.

El oficial también informó al general sobre el complejo escenario político que Argentina enfrentaba en Washington. La influencia británica sobre el Congreso y el Ejecutivo era tan determinante que cualquier futura certificación de derechos humanos para Argentina —requisito legal para que el país recuperara la elegibilidad para adquirir armamento estadounidense— podría quedar supeditada a un polémico intercambio: el apoyo argentino a las operaciones de contrainsurgencia en El Salvador. El panorama trazado era el de una relación bilateral que no se restauraría bajo condiciones de normalidad diplomática, sino bajo un esquema de presiones geopolíticas de signo estricto.

El impacto de estas revelaciones fue devastador. La conclusión a la que llegó la cúpula militar fue lapidaria: el gobierno de los Estados Unidos era, en esencia, antagónico con los intereses nacionales de Argentina. Esta convicción reavivó con fuerza los sentimientos antiestadounidenses en los cuarteles, precisamente en las vísperas del primer aniversario del desembarco, lo que marcó un punto de quiebre en la percepción castrense sobre la confiabilidad de Washington en el sistema interamericano.

El episodio resulta más perturbador desde el punto de vista de la contrainteligencia. El memorándum de la CIA lleva fecha del 14 de marzo de 1983. Para esa fecha, la agencia conocía con precisión el contenido de una reunión secreta y a puertas cerradas entre los más altos oficiales de las Fuerzas Armadas argentinas. Esa información no pudo obtenerse mediante satélites espía ni por interceptación de comunicaciones u otros medios técnicos: la única conclusión razonable es que agentes norteamericanos se encontraban infiltrados en los propios estamentos del poder militar argentino.

Este caso no es aislado. Otros documentos desclasificados refuerzan la misma hipótesis.

El 16 de noviembre de 1982 se distribuyeron las dos primeras copias del Informe Calvi —el informe sobre las operaciones del Ejército Argentino en Malvinas, clasificado como absolutamente secreto—, una destinada al propio general Calvi y otra al jefe del Ejército, el general Nicolaides. Sin embargo, apenas ocho días después, el 24 de noviembre, una copia del documento ya había llegado a Estados Unidos y había sido analizada por la CIA. El memorándum, dirigido desde los servicios de inteligencia norteamericanos a la Secretaría de Estado (específicamente a Lawrence Eagleburger, tan anglófilo como su jefe), concluía con una nota que señalaba: "La mayoría de los argentinos cree que el trabajo de la Comisión Calvi no se ha hecho público porque es un encubrimiento. Por el contrario, es poco probable que el informe se publique, ya que se trata de una evaluación vergonzosamente franca y precisa. Cualquier militar o periodista que se prestara a publicar el documento sin autorización probablemente arriesgaría su vida."

Nada de lo que ocurría en los más altos niveles del Estado argentino resultaba ajeno a la inteligencia norteamericana.

Estos son apenas tres episodios. La historia es considerablemente más profunda.

 



 

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