top of page

Irán descubrió de golpe la importancia de la libre navegación


Por Ignacio Montes de Oca


Los tripulantes apenas tuvieron unos segundos para reaccionar. Los drones aparecieron sobre el Caspio, un mar que Rusia e Irán consideraban fuera del alcance de la guerra. Minutos después, una serie de explosiones alcanzó a las embarcaciones Port Olya 2 y Begey que transportaban armamento y componentes militares hacia territorio ruso. Fue un modo de recordar que el principal corredor logístico entre Moscú y Teherán dejó de ser un refugio seguro.

En la madrugada del 25 de julio, Ucrania llevó la guerra a un lugar donde Rusia e Irán creían estar completamente a salvo. Una serie de ataques con drones alcanzó embarcaciones que transportaban material militar entre los puertos iraníes del Caspio y el sur de Rusia, demostrando que el último corredor logístico seguro de ambos países también podía convertirse en un campo de batalla.

Ese día, Ucrania le recordó al mundo que el mar Caspio es otro de los nexos que une la guerra que libra contra Rusia y la que enfrenta a su aliado, Irán, contra EEUU y los países de la región. El despertador se activó con la explosión en al menos tres embarcaciones que transportaban material militar destinado al esfuerzo bélico ruso sobre la ruta marítima que une los puertos iraníes de Amirabad y Anzali con Astracán, en el sur de Rusia. Dos de los buques sufrieron incendios en cubierta y uno debió ser remolcado hacia la costa después de quedar sin propulsión.

Y de paso, los drones ucranianos atacaron a una corbeta misilística del Proyecto 12418 “Molniya” usada además para lanzar misiles Kalibr sobre Ucrania. La presencia de una unidad misilera escoltando el convoy demuestra además el valor estratégico que Moscú asignaba a esa ruta.

Las autoridades rusas suspendieron temporalmente el tráfico comercial en parte del corredor mientras evaluaban daños y buscaban posibles dispositivos explosivos adicionales.

La ofensiva ucraniana sobre el Caspio no surgió de la nada. Primero, Kiev desarticuló buena parte de la logística marítima rusa en el mar Negro, obligando a la Flota del Mar Negro a abandonar Sebastopol. Luego trasladó la presión al mar de Azov, donde desde principios de julio una campaña casi diaria de drones alcanzó más de un centenar de petroleros, remolcadores, ferris y buques de carga vinculados a la logística rusa, forzando la suspensión temporal del tráfico por el canal Don-Azov, la principal conexión fluvial entre el mar de Azov y el Caspio. El siguiente paso llegó cuando el presidente Zelenski confirmó ataques de largo alcance contra un buque de guerra ruso y embarcaciones utilizadas para transportar cargamentos militares entre Irán y Rusia en el mar Caspio, una ruta que hasta entonces ambos países consideraban fuera del alcance de la guerra.

En rigor, lo novedoso es el ataque con drones a los mercantes iraníes. Ucrania ya había hecho varios ataques en el Caspio, pero contra Rusia. En noviembre de 2024, los drones alcanzaron por primera vez la base naval rusa de Kaspiysk, en la república de Daguestán. El bombardeo dañó al menos dos buques de guerra de la flotilla del Caspio: los buques de misiles Tatarstán y Daguestán. En agosto de 2025 los drones hundieron al buque Port Olya 4 en el puerto ruso de Olya tras rastrear que el buque venía cargado con municiones y componentes de drones Shahed desde Irán.

En diciembre de 2025 se ejecutó la operación “Chispa Negra” de sabotaje con ayuda de un grupo partisano dentro de Rusia. Las Fuerzas de Operaciones Especiales de Ucrania (SBS), lograron infiltrar e interceptar información crítica sobre las rutas y cargamentos. Gracias a esa información de inteligencia, Ucrania consiguió atacar con éxito otros dos buques de carga militar rusos cerca de las costas de la república de Daguestán y paralizar por primera vez una plataforma de extracción de petróleo y gas de la empresa rusa Lukoil en el yacimiento V. Filanovsky, deteniendo el funcionamiento de más de 20 pozos activos.

En mayo de 2026, los drones del SBS ucraniano interceptaron y bombardearon un buque de patrulla fronteriza ruso de la clase Svetlyak (Proyecto 10410) cerca del puerto de Kaspiysk.

Para entender la importancia de los ataques hay que imaginar al Caspio y al mar de Azov como dos extremos de una misma autopista fluvial. El sistema Volga-Don permite que un barco cargado en un puerto iraní llegue hasta las inmediaciones del frente ucraniano sin abandonar aguas controladas por Rusia.



Es que, aunque el mar Caspio parece aislado del conflicto, en realidad está conectado con el frente de guerra mediante el sistema de canales Volga-Don. El canal mide 101 km, pero se conecta con una red de vías navegables de 6.000 km que une el Caspio con el río Volga, el canal Volga-Don y el mar de Azov, permitiendo que barcos militares, mercantes y petroleros naveguen entre ambos mares sin abandonar territorio ruso. Es la principal autopista logística interior de Moscú y una de las razones por las que el Kremlin trasladó parte de su abastecimiento hacia esa ruta cuando el mar Negro dejó de ser seguro.

Por eso la campaña ucraniana muestra una lógica muy clara. Primero degradó la capacidad operativa de la Flota rusa en el mar Negro. Después comenzó a atacar el tráfico en el mar de Azov y el corredor Don-Volga, obligando a interrumpir parcialmente la navegación. Finalmente llevó los ataques hasta el Caspio, demostrando que toda la cadena logística interior rusa —desde el frente ucraniano hasta los puertos utilizados para el intercambio con Irán— puede convertirse en un objetivo militar.

Más allá de la magnitud material del último ataque, el golpe tuvo un enorme valor político. El mar Caspio era el lugar donde Moscú e Irán creían haber mantenido a la guerra fuera de alcance. El mar Negro era el frente; el Caspio, la retaguardia segura. Los drones ucranianos acaban de borrar esa diferencia.

La reacción más dura llegó desde Teherán. El canciller iraní, Abbas Araghchi, denunció una violación del derecho internacional, convocó a consultas diplomáticas urgentes y reclamó ante las Naciones Unidas garantías para la libre navegación y la seguridad del transporte marítimo en el Caspio. Incluso amenazó con atacar con sus misiles a Ucrania, algo que de hecho sucede desde hace años solo que tercerizado con los drones y misiles que le envía a Rusia para atacar a las ciudades ucranianas.

La ironía es que el mismo gobierno que justificó durante años la presión sobre el tráfico marítimo en Ormuz y respaldó los ataques hutíes contra buques en el Mar Rojo acudió ahora a las Naciones Unidas para exigir exactamente aquello que negaba a sus adversarios: el respeto a la libertad de navegación.

La contradicción es evidente: desde 2019 Irán participó directamente en la captura, retención o abordaje de al menos seis petroleros en el Estrecho de Ormuz. A través de los hutíes, además, respaldó una campaña que acumuló más de 140 ataques con misiles, drones y embarcaciones explosivas contra buques mercantes y militares en el Mar Rojo y Bab el-Mandeb. Durante todo ese período, la defensa de la libre navegación rara vez ocupó un lugar destacado en los comunicados oficiales iraníes.

La diferencia con los buques alcanzados por Ucrania en el Caspio es sencilla: esta vez los barcos amenazados transportaban material que beneficia directamente a Irán.

Desde el comienzo de la guerra, el Caspio dejó de ser un simple mar interior para transformarse en el principal puente logístico entre Teherán y Moscú. Por esa ruta circulan drones Shahed, componentes electrónicos, sistemas de navegación, municiones, repuestos industriales y tecnología que alimentan la producción militar rusa. Las estimaciones occidentales indican que Irán entregó a Rusia miles de drones de ataque y reconocimiento desde 2022, principalmente del modelo Shahed-136, además de asistencia técnica para instalar líneas para producirlos en territorio ruso y un monto indeterminado pero importante de misiles y municiones de artillería. Reuters, citando a especialistas, calcula el envío de entre 400 y 500 misiles balísticos de las familias Fateh-110 y Zolfaghar con alcances de entre 300 y 700 km.

Moscú, a cambio, les suministró sistemas de defensa aérea, tecnología espacial, cooperación nuclear y asistencia industrial. El comercio bilateral pasó de unos U$S 4.000 millones antes de la guerra a cerca de 8.000 millones en 2025, y ambos gobiernos intentan elevarlo por encima de los U$S 15.000 millones en los próximos años.



Revisemos otras cifras: el corredor entre Rusia e Irán tiene unos 7.200 km. Hasta ahora, la mayor parte de las cargas entre India y Rusia, o entre India y el norte de Europa, viajaban íntegramente por mar: salían del océano Índico, cruzaban el Mar Rojo, atravesaban el Canal de Suez y continuaban hasta puertos europeos o rusos, un recorrido que puede demandar entre 40 y 45 días.

El Corredor Internacional Norte-Sur (INSTC) permite que los buques descarguen en puertos iraníes del Golfo Pérsico o del Caspio y, desde allí, la carga continúe por ferrocarril, carretera y vías fluviales hasta Rusia. Al combinar transporte marítimo con infraestructura terrestre, el recorrido se reduce a unos 20-25 días y los costos logísticos entre un 20% y un 30%. Ese es el motivo por el cual Rusia e Irán consideran estratégico al Caspio: es el tramo que conecta ambas redes y evita depender por completo de Suez y de las rutas marítimas controladas por Occidente.

Además del intercambio militar, el Caspio canaliza exportaciones de petróleo kazajo, productos metalúrgicos rusos, granos, fertilizantes y buena parte del comercio destinado al Corredor Internacional Norte-Sur. Cualquier aumento del riesgo reduce la competitividad de una ruta que Moscú y Teherán consideran estratégica para sortear las sanciones occidentales.

Por eso el ataque ucraniano cuestiona la seguridad de la única conexión relativamente protegida que conservan ambos países. Recordemos que, de acuerdo con EOS Risk Group, todo el comercio ruso iraní se canaliza por el Caspio. Ahora Ucrania comenzó a construir otro bloqueo que, al menos en el caso de Teherán, completa el que EEUU instaló en el Pérsico y el Índico. Entonces, las acciones de Ucrania siguen una lógica que beneficia también a EEUU.

Los primeros datos muestran que las embarcaciones atacadas transportaban contenedores con componentes electrónicos, equipos de guiado, motores para drones y material dual susceptible de uso militar. Parte de la carga estaba destinada a fábricas rusas vinculadas a la producción de sistemas no tripulados. Según estimaciones occidentales, Rusia ya empleó varios miles de drones Shahed desde el comienzo de la guerra, muchos de cuyos componentes o tecnologías continúan llegando mediante la cooperación industrial con Irán. La interrupción temporal del corredor obligó a reorganizar varios envíos y provocó demoras en la cadena logística entre Irán y el sur de Rusia.



Eso explica la reacción iraní. No se trata sólo de defender un principio jurídico. Se trata de proteger una arteria estratégica. No hace falta hundir decenas de barcos para volver ineficiente una ruta. Basta con demostrar que dejó de ser completamente segura.

El problema para Teherán es que el precedente puede extenderse. Si los ataques se repiten, Moscú tendrá que destinar más recursos para proteger el Caspio, reforzar la vigilancia aérea, desplegar sistemas electrónicos y aumentar la seguridad de los convoyes. Todo eso implica costos adicionales en una guerra que ya consume enormes cantidades de dinero y equipamiento. Y cada sistema de defensa enviado al Caspio es un sistema menos disponible para proteger Crimea, el puente de Kerch, aeródromos militares o instalaciones industriales en el oeste de Rusia.

En definitiva, Ucrania no sólo atacó unos barcos. También dejó al descubierto una contradicción política difícil de explicar. Durante años, Teherán defendió el uso de la presión sobre las rutas marítimas cuando esa estrategia perjudicaba a Occidente y a sus aliados. Hoy reclama ante la ONU exactamente el principio contrario porque la guerra empezó a afectar uno de los corredores más importantes para su propia alianza con Rusia. La libre circulación marítima parece ser un principio irrenunciable... siempre que los barcos amenazados sean los propios.

Dado que los ataques también benefician a EEUU, el mensaje también tiene destinatarios en Washington. A dos días de su reunión en la Casa Blanca, el presidente ucraniano está aportando a EEUU de un modo manifiesto al degradar las rutas que usa Rusia para abastecer a Irán. Y eso sucede en un contexto en el que la ayuda de Moscú a Irán para planificar sus ataques contra las bases norteamericanas en Medio Oriente es ya imposible de ocultar. Los 18 muertos y los cientos de heridos entre las tropas de EEUU en Medio Oriente convierten esa respuesta ucraniana en un gesto político de primer orden.

Trump sigue mostrándose poco dispuesto a conectar públicamente ambos conflictos y reconocer que Putin es parte de una misma alianza que Irán, China, Cuba, Bielorrusia y el resto del mundo autocrático. El presidente Volodímir Zelenski llega a la reunión con cartas que recuerdan que Rusia e Irán son parte de la misma baraja y que todas se juegan en la misma mesa. Es por eso que no hay que dejar de notar en el momento en que suena el despertador ucraniano en el Mar Caspio.

Durante tres años el Caspio fue para Rusia lo que el Atlántico fue para Estados Unidos durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial: una retaguardia considerada prácticamente invulnerable.

El mar Negro era el frente; el Caspio, la retaguardia. Esto sugiere que Ucrania acaba de ponerlos en un mismo nivel para exhibir a la coalición ruso iraní como un mismo problema que merece una misma solución sin hipocresías ni omisiones interesadas.

bottom of page